Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 27 de julio de 2016

DANIEL JAMES BROWN. REMANDO COMO UN SOLO HOMBRE

El remo es, en varios aspectos, un deporte de paradojas esenciales. En primer lugar, un bote de competición de ocho asientos –impulsado por hombres y mujeres corpulentos y con potencia física- está controlado y dirigido por la persona más baja y menos potente del bote. El timonel –hoy en día, a menudo, una mujer incluso cuando el resto del equipo es masculino- debe tener el carácter para mirar a hombres y mujeres el doble de altos que él a la cara, gritarles órdenes y confiar en que esos gigantes reaccionen inmediata y ciegamente a esas órdenes. Quizá es la relación más extraña que se da en el mundo del deporte.

La física del deporte presenta otra paradoja. Desde luego, el objetivo es que el bote se mueva por el agua tan rápido como sea posible. Sin embargo, cuanto más rápido va el bote, más difícil es remar bien. La complicadísima secuencia de movimientos, cada uno de los cuales tiene que ejecutarse con una precisión exquisita, se convierte en mucho más difícil de realizar a medida que aumenta el ritmo de palada. Remar a un ritmo de treinta y seis es un reto mucho mayor que remar a uno de veintiséis. A medida que se acelera el tempo, la penalización de un error –que el remo toque el agua una décima de segundo demasiado pronto o demasiado tarde, por ejemplo- se vuelve cada vez más severa y las posibilidades de un desastre son cada vez mayores. Al mismo tiempo, el esfuerzo que supone mantener un ritmo rápido hace que el dolor físico sea todavía más devastador y, por lo tanto que la probabilidad de cometer un error sea mayor. En este sentido, la velocidad es el objetivo último del remero, pero también su mayor enemigo. Dicho de otra manera, remar bella y eficazmente a menudo significa remar de forma dolorosa. Un entrenador anónimo lo expresó de forma muy clara: “Remar es como un pato hermoso. En la superficie todo es elegancia, ¡pero debajo el bicho patalea como un condenado!”

Sin embargo, la mayor paradoja del deporte tiene que ver con el carácter de las personas que tiran de los remos. Los grandes remeros y remeras están hechos de materias contradictorias: de agua y aceite, de fuego y tierra. Por un lado, deben tener una gran confianza en sí mismos, egos fuertes y una fuerza de voluntad titánica. Tienen que ser casi inmunes a la frustración. Nadie que no crea firmemente en sí mismo -en su capacidad de aguantar reveses y prevalecer frente a la adversidad- tiene probabilidades de meterse en algo tan audaz como el remo de alta competición. El deporte ofrece tantas posibilidades de sufrir, y tan pocas alegrías, que sólo los más tenazmente independientes y emprendedores tienen las de ganar. Y, sin embargo, al mismo tiempo –y en un aspecto crucial- ningún otro deporte exige y premia el abandono completo del propio yo como lo hace el remo. Los grandes equipos pueden tener hombres o mujeres con un talento o una fuerza excepcionales; pueden contar con timoneles y remeros de proa y de popa extraordinarios; pero no hay estrellas- Lo que importa es el trabajo en equipo: el fluir perfectamente sincronizado de músculos, remos, bote y agua; la sinfonía única, completa, unificada y bella en la que se convierte un equipo en movimiento. No importa la persona ni el individuo.

Se trata de una psicología compleja. Si bien los remeros tienen que controlar su fuerte sentimiento de independencia, al mismo tiempo tienen que mantenerse fieles a su individualidad, a sus capacidades únicas como remeros y remeras y, en general, como seres humanos. Incluso si pudieran, pocos entrenadores se limitarían a clonar a sus remeros más corpulentos, fuertes, listos y capaces. Las regatas de remo no las ganan los clones. Las ganan los equipos, y los grandes equipos son mezclas cuidadosamente equilibradas de capacidades físicas y tipos de personalidad. En términos físicos, por ejemplo, puede que los brazos de un remero sean más largos que los de otro, pero puede que este último tenga la espalda más fuerte que el primero. Ninguno de los dos es necesariamente un remero mejor o más valioso que el otro; tanto los brazos largos como la espalda fuerte son bazas para el bote. Sin embargo, si tienen que remar bien juntos, cada uno de estos remeros tiene que ajustarse a las necesidades y capacidades del otro. Cada uno tiene que estar dispuesto a ceder algo que quizá mejoraría su palada para el beneficio conjunto del bote -que el de los brazos cortos se estire un poco más y que el de los brazos largos se estire un poco menos-, de modo que los remos de ambos vayan paralelos y ambas palas entren y salgan del agua justo en el mismo momento. Esta coordinación y cooperación tan delicada tiene que multiplicarse por ocho individuos de altura y físico variados para sacar el máximo partido de las fortalezas de cada uno. Solo de esta forma las capacidades que trae consigo la diversidad -remeros más ligeros y técnicos en la proa y tiradores más fuertes y pesados en medio del bote, por ejemplo- pueden convertirse en ventajas en lugar de ser desventajas.

Y sacar provecho de la diversidad quizá es incluso más importante en lo que se refiere al carácter de los remeros. Un equipo que solo esté compuesto de ocho remeros muy enérgicos y agresivos degenera, a menudo, en una pelea disfuncional en el bote o se agota en la primera parte de una regata larga. De forma similar, puede que una tripulación de introvertidos silenciosos pero fuertes nunca encuentre la resolución visceral que hace que el bote deje atrás de golpe a sus competidores cuando todo parece perdido. Los buenos equipos son buenas mezclas de personalidades: alguien que encabece el ataque y alguien que se guarde un as en la manga; alguien que presente batalla y alguien que haga las paces; alguien que piense bien las cosas y alguien que tire adelante sin pensar. De alguna manera, todo esto tiene que cuadrar. Ese es el reto más difícil. Incluso después de encontrar la mezcla justa, cada hombre o mujer del bote tiene que entender cuál es su sitio en el entramado del equipo, aceptarlo y aceptar a los demás tal cual son. Si todo coincide con precisión, se trata de una experiencia única. La intensa vinculación afectiva y la sensación de euforia que resulta de ella son la razón por la que reman muchos remeros, mucho más que por trofeos u honores. Sin embargo, se necesitan chicos y chicas con un carácter extraordinario y con una capacidad física extraordinaria para conseguirlo.


Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro que con la emisión de hoy cierra la temporada 2015/2016 y se despide hasta el próximo curso, a principios de septiembre. Esta semana ponemos fin también al breve ciclo que en el mes de julio hemos dedicado a obras centradas en el mundo del deporte, con ocasión de la cercana -hoy ya inminente- inauguración de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. En el caso de mi propuesta de esta tarde se trata de un texto muy interesante con las competiciones de remo -de arraigada tradición olímpica- como núcleo principal, tal y como habréis podido comprobar en la extensa introducción a esta reseña. Se trata de Remando como un solo hombre, la crónica o reportaje o documento de ligera investigación histórica escrito por el norteamericano Daniel James Brown y publicado en España en 2015 gracias al esfuerzo conjunto de Nørdica Libros y Capitán Swing. Con un significativo subtítulo, La historia del equipo de remo que humilló a Hitler, el libro narra la extraordinaria hazaña de los componentes del conjunto estadounidense de remo a ocho que en las Olimpiadas de Berlín en 1936 (se cumplen ahora -el 14 de agosto- los ochenta años de su victoria) batieron al equipo alemán, entre otros duros competidores, en la misma casa y ante la consiguientemente malhumorada presencia del dictador nazi. La traducción de Guillem Usandizaga, que permite y alienta una lectura muy fluida, presenta no obstante algunos enojosos fallos (las “piernas” de las vacas; el equipo de “gimnástica” -un uso del término como poco insólito, si no abiertamente incorrecto-; un chirriante error de concordancia en la página 277; y sobre todo la reiterada presencia de construcciones gramaticales “catalanas”, como el “ya le iba bien”, “ya le parecía bien” y otros similares), acrecentados por la imagino que necesaria preservación del espíritu del texto original, lo que ha supuesto mantener numerosas manifestaciones de la molesta corrección política que atenaza al autor, singularmente la muy frecuente repetición de hombres/mujeres, ellos/ellas, remeros/remeras y otras fórmulas similares (hay varios ejemplos de ello en el fragmento que abre este comentario) que entorpecen la lectura y, al menos en mi caso, acaban provocando irritación.

Cuatro son los frentes que quiero destacar en este Remando como un solo hombre de lectura apasionante (pese a la, en cierto modo, aridez del tema elegido, al menos para quien, como es mi caso, no es especialmente aficionado al duro deporte náutico). En primer lugar la minuciosa indagación en la vida de sus personajes, singularmente en la de Joe Rantz, uno de los remeros, cuya trayectoria biográfica hila la narración. Por otro lado, e imbricada en la peripecia personal de su protagonista, sobresale la fidedigna descripción de la historia de los Estados Unidos en el primer tercio del siglo pasado, con el dramático hito de la Gran Depresión como elemento determinante. En tercer lugar, y en paralelo al relato “norteamericano”, se ofrece -cierto que con una más limitada extensión y un menor peso en el conjunto de la obra- la “fotografía” de la Alemania de los años treinta, con la ominosa presencia -aunque en esos años previos a las Olimpiadas todavía no demasiado sangrienta- del movimiento nacionalsocialista. Por último, permeando el texto entero y constituyéndose en su inexcusable leitmotiv, el libro contiene una muy valiosa profundización en el muy singular universo del remo, con multitud de detalles técnicos, profusión de precisiones sobre la práctica del esforzado deporte e innumerables reflexiones de corte filosófico, casi todas muy interesantes, acerca de los valores que entraña su ejercicio. En todas estas vertientes se aprecia la ingente labor de documentación del autor, que ha conversado con los familiares de los protagonistas, entrevistado a destacados personajes del mundo del remo y consultado una desbordante cantidad de fuentes, diarios, reportajes periodísticos, noticias de prensa, libros, películas y fotografías, citados en casi treinta páginas de interminables -en el buen sentido- notas finales.

El libro parte de una visita de su autor al domicilio de un Joe Rantz nonagenario y al borde de la muerte (que ocurrirá, en efecto, al poco tiempo, cuando el personaje ya había relatado lo sustancial de su historia al periodista). Los emotivos recuerdos del remero, de los que da cuenta entre lágrimas a su interlocutor, son el desencadenante de la historia que Daniel James Brown se ve compelido a narrar, impresionado por aquella apasionante vida cuyos detalles últimos habían permanecido ocultos hasta entonces para la mayor parte del mundo. Y así, con un eje central que se sitúa en 1933 -exactamente en un gris 19 de octubre en que se lleva a cabo la inscripción de los estudiantes universitarios de Seattle interesados en participar en los equipos de remo-, Brown retrocede hasta 1899 para, desde allí, presentarnos la esforzada vida de Joe Rantz, un chico sensible, con una infancia muy complicada, que se sobrepone a su muy difícil situación familiar hasta poder incorporarse -con mucho esfuerzo y considerable sacrificio- a las aulas de la universidad y llegar a participar en la exigente actividad del remo.

La conmovedora trayectoria vital del joven camina en paralelo al avance de unas fechas decisivas para los Estados Unidos en particular y para la humanidad en general, con el país víctima de la sequía y la pobreza, del caos financiero y la depresión económica, surcado por miles de desposeídos que atraviesan la legendaria Ruta 66 en busca de un paraíso imposible en el oeste, en una California de contornos fabulosos, casi mitológicos, “la tierra que mana leche y miel”, y en la que los desfavorecidos de la fortuna creen entrever la solución a todos sus males; y con un mundo en el que germinan los fascismos y que, tras la engañosa calma de los precarios años posteriores a la Gran Guerra, se encamina a una nueva y terrible contienda. Los nueve héroes de Berlín -los ocho remeros y su indispensable timonel- pertenecían, precisamente, a esa clase social golpeada por las inclementes condiciones de la época, los perdedores, los que nada tienen; eran chicos sencillos, toscos, asilvestrados, un poco bastos, de vidas nada refinadas, hijos todos ellos de agricultores, pescadores, madereros y trabajadores de los astilleros del Estado de Washington, jóvenes humildes, de vidas modestas, acostumbrados al duro trabajo, a ganarse la vida, a luchar por salir adelante sin ayudas, esforzadamente.

Las secciones del libro centradas en la vida de Joe Rantz y en la evolución de la Norteamérica de comienzos de siglo, que ocupan la mayor parte de sus páginas, se alternan con otros fragmentos, menores en extensión pero muy descriptivos y reveladores, que recogen el simultáneo crecimiento del fascismo en la Alemania de un Hitler recién llegado al poder que empieza a urdir sus siniestros planes y que prepara la gigantesca operación cosmética de disimulo y ocultación para demostrar al mundo, en las Olimpiadas de 1936, la bondad de su proyecto criminal entonces insospechado aún incluso para la mayor parte de sus conciudadanos. En este contexto berlinés destaca la llamativa presencia en el libro de Leni Riefenstahl, la cineasta alemana, autora de las ampulosas -y geniales, dicho sea de paso- películas propagandistas del régimen hitleriano, importante fuente documental, por otro lado, para que Brown recree las escenas que transcurren en las ceremonias y competiciones olímpicas.

Con ese doble marco de referencia, Estados Unidos y Alemania, la trama se desarrolla, no obstante, en torno al remo. Desde ese otoñal día de 1933 en que Joe se apunta a la para él casi desconocida actividad deportiva, el libro nos acompaña a lo largo de su fatigosa carrera que lo llevará, tres años más tarde, a ganar el oro olímpico junto a sus compañeros y sus lúcidos e inteligentes entrenadores y mentores. Asistimos así a un palpitante relato de los entrenamientos, pruebas, competiciones, récords, certámenes, ensayos y eliminatorias que concluirán en la jornada decisiva -narrada en unos vibrantes capítulos postreros que se leen con tensión y emoción inigualables- de la carrera final ganada ante la frustración de Hitler, sus principales autoridades y setenta y cinco mil estruendosos y a la postre decepcionados alemanes.

Y en el transcurso de esta crónica de la preparación del inigualable equipo de Joe Rantz y sus jóvenes colegas, el autor intercala constantemente pensamientos, sentencias (especialmente interesantes las de George Yeoman Pocock, genial constructor de botes, fantástico educador e inspirado experto en la materia, cuyas clarividentes máximas encabezan cada capítulo), consideraciones y lúcidos análisis sobre el remo, su técnica, las tácticas de competición, las características de los botes, las exigencias físicas que conlleva su práctica y, sobre todo, los valores y las virtudes morales que pone en juego. El libro alcanza así otra dimensión, más humana y universal, que trasciende la mera experiencia deportiva para constituirse en una metáfora general de la vida humana. El remo, su agotadora exigencia, sus retos permanentes, el sufrimiento que lleva consigo, la necesidad de constante superación que implica, la relevancia que en su ejercicio tienen el establecimiento de metas, el trabajo en equipo, la solidaridad y la confianza mutuas, la disciplina y la motivación, el respeto y la humildad, el juego limpio y la entrega a una causa común que supera a la propia individualidad, proporciona enseñanzas sin fin y acaba operando en la obra de Brown como un símbolo, como una forma de vida, como una serie de valores, como, en definitiva, un emblema de la libertad, que se opone -venciéndola- a la mezquina y cruel y despiadada e inhumana brutalidad nazi.

En fin, no caben ya más comentarios para glosar un libro que no necesita mayor labor de desentrañamiento. Es su lectura, que os recomiendo con entusiasmo, la que os hará disfrutar, aprender, emocionaros y conocer la excepcional experiencia de estos nobles e inocentes jóvenes norteamericanos capaces de enseñarnos, con su insuperable logro, tantas lecciones de vida.

Os dejo con Duke Kellington y su interpretación de In a sentimental mood, que suena en el trasatlántico en el que los remeros se dirigen ilusionados a Europa para participar en sus Juegos de ensueño. Con sus notas me despido hasta el curso próximo. Disfrutad de vuestro verano. Adiós.


miércoles, 20 de julio de 2016

JOXEMARI ITURRALDE. GOLPES DE GRACIA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. A lo largo del mes de julio, y como de sobra conocéis nuestros seguidores más habituales, el programa se centra en libros con una relación más o menos directa con alguno de los deportes olímpicos, aprovechando así la excusa de la celebración de los XXXI Juegos en Río de Janeiro, de inminente inauguración dentro de un par de semanas.

Así, en fechas anteriores os he hablado de Saber perder, la novela de David Trueba en la que uno de sus protagonistas es jugador de fútbol y en la que el deporte rey tiene un papel destacado en una de las vertientes de su trama, y de Correr, la peculiar biografía, escrita por Jean Echenoz, de Emil Zátopek, el atleta checo que logró su gran gesta en las Olimpiadas de Helsinki en 1952, en las que consiguió tres medallas de oro al ganar consecutivamente en las distancias de 5.000 y 10.000 metros y en la exigente maratón.

Esta semana le toca el turno a otro deporte de muy larga -y paradójica- tradición olímpica, el boxeo. Sorprende -al menos a mí me ha llamado la atención en mi búsqueda de información para completar esta reseña- no ya que en Atenas, en su nacimiento clásico, hubiera competiciones de lucha, sino que desde la tercera edición de los Juegos modernos, celebrados en 1904 en la ciudad norteamericana de San Luis, el boxeo no haya faltado de ningún certamen de los celebrados hasta ahora. Y ello pese al furibundo debate -a veces encarnizado, por adjetivar de un modo acorde al contexto- que en las últimas décadas se ha producido entre quienes defienden la elegancia, la nobleza, el ritmo y, en definitiva, la belleza del deporte (hay expertos que abogan, incluso, por la disciplina boxística como eficaz y “refinada” práctica para mejorar las capacidades de violinistas o contrabajistas), y quienes, por el contrario, subrayan las innegables connotaciones de violencia, riesgo y dureza de los tantas veces sangrientos combates. Parecería que el espíritu olímpico, caracterizado -al menos en sus orígenes- por ciertos valores ejemplares, generosos, “elevados” y sin duda nada cruentos, no fuera compatible con estas peleas ritualizadas que, pese a sus protocolos inspiradores -basados en el fair play-, suelen deslizarse con muy tozuda frecuencia hacia territorios más oscuros y siniestros. Y, sin embargo, hasta hace solo medio siglo el boxeo aparecía revestido de componentes positivas y estimables, y era un deporte con un enorme predicamento no solo entre los aficionados, sino en la sociedad en general.

Yo recuerdo, en los días de mi muy primera infancia, las muchas ocasiones en que en casa veíamos los combates que retransmitía aquella Televisión española en blanco y negro de la última década del franquismo, contagiada toda la familia por el notorio interés -y el arraigado conocimiento- de mi padre hacia el universo del ring. En la actualidad, el boxeo no me dice gran cosa, hace décadas que no veo un combate, pero en mi memoria resuenan aún los grandes nombres de la disciplina en aquella época, tanto los nacionales (Luis Folledo; José Legrá, “el puma de Baracoa”; Pedro Carrasco, tan conocido luego por su frívola presencia en la prensa rosa; el uruguayo nacionalizado español Alfredo Evangelista, que llegó a pelear con el mítico Cassius Clay (un combate que evocó, con su emotiva prosa, Ray Loriga, en un artículo publicado hace unas semanas tras la muerte de Muhammad Ali); el desmesurado Urtain, de infausto final; el gallego Pantera Rodríguez o, más cerca en el tiempo, Poli Díaz, de vida desgraciada, como a menudo en este deporte) como los extranjeros, casi todos rivales a los que se enfrentaron nuestros compatriotas, y dotados también -quizá por la capacidad de construir quimeras tan notable en la infancia- de proporciones mitológicas (Nino Benvenuti, el mejor boxeador italiano de la historia, de presencia imponente y atractiva aún hoy en día; el legendario Fred Galiana; el galés Howard Winstone; León Spinks; Oscar “Ringo” Bonavena, cuyo solo nombre está lleno de resonancias casi míticas; el australiano Famechon, que los niños -y los periodistas- pronunciábamos así, Famechón, a la española; el temible mexicano nacionalizado norteamericano Mando Ramos; el escocés Ken Buchanan, del que recuerdo su rostro ensangrentado tras su implacable derrota ante Roberto “Mano de Piedra” Durán, otro nombre evocador). Y por supuesto, Cassius Clay, icono universal, emblema de los años sesenta, y sus rivales, Floyd Patterson, Joe Frazier, Sonny Liston, George Foreman, entre otros. La desaparición de Clay (por cierto, y de cara al propósito que nos ocupa esta tarde, campeón olímpico a los 18) ha permitido “relanzar” y volver a poner en primera plana algunas de las vertientes más estimables y valiosas de las competiciones boxísticas.

Algunas de ellas, las que tienen que ver con la mística del fracaso, con la siempre “vistosa” ética del perdedor, con la lucha y la superación de dificultades, con la fugaz victoria y la persistente derrota, han hecho del boxeo un deporte con una importante recepción literaria (recuerdo ahora, a vuela pluma y sin demasiado análisis, un cuento de Cortázar, La noche de Mantequilla, con el fondo de aquel combate de leyenda entre Carlos Monzón y Mantequilla Nápoles en 1974, o Neutral corner, el libro de Ignacio Aldecoa, publicado en 1962, que yo tengo en un espléndido volumen de la colección “Palabra e imagen” de la editorial Lumen, con magníficas fotografías de Ramón Masats) y una aún más poderosa presencia en el cine, con decenas de películas centradas en su con frecuencia sórdido mundo (entre las que a mí me marcaron, reseño aquí la genial The Champion, de Charles Chaplin; El ídolo de barro, de Mark Robson, con Kirk Douglas, una de las más grandes películas sobre el género; Más dura será la caída, también de Mark Robson; Fat City, de John Huston; o la reciente Million dollar baby, de un como casi siempre inspirado Clint Eastwood).

De esta dimensión “honorable” y hasta “moral” del deporte carecen, en cambio, los luchadores más modernos -Mike Tyson, Julio César Chávez, Óscar de la Hoya, o los más actuales, Floyd Mayweather o Pacquiao-, meros nombres ocupando portadas en los medios, sin la grandeza ni las connotaciones sentimentales de todos aquellos personajes míticos -los “reales” y los literarios y cinematográficos-, que permanecen inscritos para siempre en mi memoria, a partir de su primera impresión en el dúctil cerebro de aquel niño que yo era en los sesenta.

Y en ese ámbito del recuerdo nostálgico comparece también Paulino Uzcudun, en mi infancia un púgil anciano, ya retirado, que había desarrollado su fulgurante carrera en los años veinte y treinta del pasado siglo pero conocido por mí a través de la emotiva remembranza de mi propio padre, quien en su juventud siguió su carrera. Uzcudun, un personaje con una importante presencia en la vida pública española en los años de su carrera profesional, seguía teniendo una cierta relevancia en los días finales del franquismo, a cuyo régimen apoyó desde la guerra civil, siendo considerado hasta su muerte -que ocurriría en democracia, en 1985- una figura oficial del siniestro sistema.

Y es precisamente este Paulino Uzcudun de vida intensa y controvertida uno de los protagonistas -el otro, no tan conocido, es Isidoro Gaztañaga, también estrella de los cuadriláteros- del libro que ahora os presento y cuyo título se ha hecho esperar y aparece por fin ahora, casi al término de mi reseña. Se trata de Golpes de gracia, escrito por el autor vasco Joxemari Iturralde y presentado hace unos meses por Malpaso Ediciones, con entregado prólogo de Ignacio Martínez de Pisón.

En realidad no estamos ante un libro de boxeo. Las biografías de los dos protagonistas -que afloran en la obra entre infinidad de datos reales, de modo que hay un punto notorio de texto documental en la propuesta- sirven al autor para recrear las vidas de dos fracasados que enceguecidos, en cierto modo, por sus progresivas y cada vez más sonadas -y el término carece de ironía- victorias, pasan de su condición de humildes pueblerinos vascos, modestas figuras del deporte rural euskaldún, a la más rutilante fama, viajando y combatiendo por todo el mundo, sumando éxitos deportivos y conquistas sociales, para acabar superados -hundidos- por una vida de disipación, alcohol, excesos y mujeres (el título de cada uno de los capítulos del libro lo encabeza un nombre de mujer, en muchos casos alguna de las “conquistas” de los populares boxeadores, en un hilo conductor unificador que revela una de las claves de la novela, pues, pese a la constatable realidad que relata, el enfoque del libro es “ficcional”). Y así, la narración discurre desde esos primeros días, aún inocentes, de sus respectivos pueblos vascuences (separados por pocos kilómetros), con sus festejos y rituales, con su costumbrismo rural y sus tradiciones milenarias, hasta los viajes transoceánicos, la estancia en esplendorosas ciudades, el alojamiento en hoteles deslumbrantes, la frecuentación de personajes fulgurantes -Hemingway y Ezra Pound, Lupe Vélez y Dolores del Río, Clara Bow y Gary Cooper, entre otros muchos-, el contacto con mujeres resplandecientes que caen rendidas ante la atracción irresistible de los poderosos machos enfrentados.

Porque esta -la del enfrentamiento y la rivalidad- es otra de las líneas de fuerza que atraviesa el libro. Amigos de inicio -Uzcudun era un ídolo para el más joven Gaztañaga- su rivalidad pugilística -nunca resuelta en un cuadrilátero- los enemista y hace nacer el odio entre ellos. Como lo es también -otra clave, y no menor, de la obra- la “excusa” de las vidas de los dos fenómenos para mostrarnos -en una fotografía fidedigna y espléndida- la España de las décadas de los veinte a los cincuenta del siglo XX, con especial protagonismo del lóbrego franquismo y su tenebroso mundo de estraperlistas, falangistas brutales, burgueses corruptos, industriales trapaceros, negociantes fraudulentos, periodistas venales y prostitutas más o menos camufladas.

Y enfangados en ese mundo febril, las intensas personalidades de Uzcudun y Gaztañaga acaban sucumbiendo porque ambos, como recuerda Martínez de Pisón en el prólogo, se pasan la vida dando puñetazos en el ring, ignorantes del momento en que les llegará el golpe que complete su desgracia y su ruina, dando así pleno sentido al título del libro, pues golpe de gracia es definido por la Real Academia como revés que completa la desgracia o la ruina de alguien o de algo.

Por todos estos motivos -la evocación del mundo del boxeo, las singulares vidas de sus protagonistas, la descripción detallada de su rivalidad, el retrato de la España franquista, la apreciable -aunque enésima- aproximación al tema del fracaso y la derrota- y por su ágil ritmo narrativo (la acción avanza a través de escenas sueltas y es muy rápida, con muchas elipsis, en capítulos muy cortos) os recomiendo Golpes de gracia; aunque hay algo en él (el lenguaje envarado y muy formal, la “pobreza” de los registros expresivos de todos los personajes -demasiado similares e intercambiables entre sí-, la “frialdad” en la narración, una “asepsia” distanciadora en el enfoque) que me ha dejado un desagradable sabor de boca tras su lectura o, más exactamente, una sensación como de “coitus interruptus”, como si el autor hubiera desperdiciado con un planteamiento menor -siempre a mi modesto juicio de profano; el libro ha sido ensalzado por doquier, con críticas muy favorables- las enormes posibilidades narrativas que encerraban las a la postre trágicas vidas de sus personajes.

Os dejo ahora con Hurricane, el tema clásico de Bob Dylan sobre el tema del boxeo, desatendiendo la tentación de ofreceros la melancólica Love for sale, que una de las amantes de Uzcudun, actriz y vedete, interpreta en el libro.


María

—¿Estás seguro de lo que quieres? ¿Lo has pensado bien? —la mujer había interrumpido sus quehaceres y miraba al muchacho con firmeza.
—Sí, madre. Estoy seguro—el chico no dudó al responder.
—Bien, te apoyaré. Pero habrá que pensar en cómo decírselo a tu padre.
María Otegui hablaba con su hijo sentada en la cocina del caserío. Sobre la mesa iba desgranando alubias, que pasaban con rapidez a un gran barreño colocado en el suelo. Al caer, los granos rebotaban saltarines y producían un ruido de canicas metálicas. Isidro, un mocetón alto y fuerte, se había sentado junto a su madre y la ayudaba en la labor.
—Pasado mañana es mi cumpleaños. Tendré ya dieciocho.
—Lo sé. El caso es que tu padre quiere que estés cerca de él para que lo ayudes en el caserío. O si no, de leñador, como hasta ahora. Ya sabes que en los montes de aquí hay trabajo de sobra. Eres el mayor de los chicos. La mayor, Juanita, no cuenta para llevar el caserío. Te toca a ti.
Isidro Gaztañaga acababa de llegar al caserío familiar, Etxetxiki, en Ibarra, tras una caminata desde la estación de tren de Tolosa. Dos kilómetros cavilando sobre cuál sería el mejor modo de afrontar el asunto, cómo decírselo a los padres sin que les causara dolor. Venía radiante de felicidad. La víspera había ido a San Sebastián con un amigo de Tolosa para cumplir el viejo sueño de ver combatir a su ídolo. En el ring de Atocha, Paulino Uzcudun había ganado un nuevo combate humillando otra vez a Paul Journée, a quien ya había derrotado en París el año anterior. Fue algo fantástico. KO en el primer asalto. El rival francés derribado en la lona en menos de dos minutos. La gente se volvió loca con su paisano. Hubo gritos y abrazos, una euforia desbordada como nunca se había visto. A la salida todos vitoreaban a Paulino.
Isidro y su amigo Fermín, sumergidos en la euforia colectiva, anduvieron de un lado a otro siguiendo como autómatas a la muchedumbre hasta que se dieron cuenta de que habían perdido el último tren de vuelta. No les importó mucho. Caminaron por las calles de San Sebastián, cada vez más solitarias, comentando una y otra vez los detalles e incidentes de aquel combate inolvidable. Isidro había leído que en la pelea del año anterior, en París, Uzcudun había vencido a Journée a los puntos tras pelear los diez asaltos. Ahora, aquí, delante de sus paisanos, se había tomado buena revancha.
Sentados en la playa de La Concha, Isidro y Fermín hacían tiempo hasta la hora del primer tren. Estaba amaneciendo y seguían hablando de su ídolo y del futuro.
—Yo, como tú, podría ser pelotari, pero prefiero ser boxeador como Paulino.
Fermín asentía moviendo la cabeza con rapidez mientras lanzaba puñados de arena previamente estrujados como si fuesen pelotas de frontón. Había oído contar eso mismo a Isidro infinidad de veces.
—Tú triunfarás como boxeador y yo lo haré como pelotari, ya lo verás.
—Seguro que sí. Los dos podríamos ser también buenos aizkolaris. Tenemos fuerza de sobra y conocemos el manejo del hacha. Pero, mira, desde que me dijeron que cualquier boxeador, por aguantar treinta minutos encima del ring, recibe dos mil pesetas, vi muy claro lo que quería. Sabes bien, Fermín, cuánto nos pagaron el año pasado cuando estuvimos cortando árboles en los montes de Berastegui y Leiza.
—Claro que me acuerdo. Mil quinientas pesetas a cada uno por ocho meses de trabajo.
—Exacto. Y trabajando como bestias, en jornadas de diez y doce horas sin apenas parar para comer. Calcula: mil quinientas pesetas en ocho meses, y un boxeador recibe dos mil por media hora. No hay color. Yo también seré boxeador.
—También Paulino empezó de aizkolari.
—Ya lo sé. Y ya me gustaría saber lo que le han pagado hoy después de estar un minuto y medio en un ring.
—Y si vas a ser boxeador, ¿qué piensas hacer con el nombre?
Se calló durante un momento y sonrió. Sabía muy bien por qué se lo preguntaba.
—También lo tengo decidido. Seré Isidoro Gaztañaga.
—¿Isidoro?
—Sí. Es muy parecido a mi nombre verdadero. A los de fuera les dará igual, ni se enterarán del cambio, y los de aquí dejarán de tocarme las narices.
Todas las escopetas de todos los cazadores de la zona, empezando por la de su padre y siguiendo por la suya, llevaban escrito en la empuñadura de madera el nombre del armero de Éibar, Isidro Gaztañaga, y todos le tomaban el pelo por ello. Su nombre y apellido coincidían con los del famoso armero y ya empezaba a estar harto de los chistes y burlas que le hacían a cuenta de eso.
—Como boxeador seré Isidoro Gaztañaga, lo tengo decidido. Así me tendrán que llamar todos. Con ese nombre seré conocido y famoso. Tanto como lo es Paulino. Los dos somos de aquí, su caserío está a sólo diez kilómetros del mío, los dos empezamos cortando troncos con el hacha en Tolosa y yo voy a ir a París como él.
—¿Lo saben ya en casa?
—No, todavía no. Iré por partes. Primero les diré que no quiero quedarme en el caserío, luego que quiero ser boxeador y por fin les haré saber que me voy a París para comenzar allí mi carrera profesional.
Isidoro Gaztañaga ya había hablado con los socios del club GU de Tolosa y, por su mediación, había conseguido contactar con el doctor Ladis Goiti. Le habían dado toda clase de facilidades, la promesa de que el doctor Goiti lo iba a ayudar como había hecho con Uzcudun y de que, una vez allí, podría entrenar en el mismo gimnasio.
—Ya verás, antes de un mes estaré entrenando en París —le dijo a su amigo el pelotari.
—Quiero verte triunfar como boxeador —le contestó su amigo Fermín.


miércoles, 13 de julio de 2016

JEAN ECHENOZ. CORRER

Hola, buenas tardes. El tercer programa de Todos los libros un libro de este mes de julio se presenta siguiendo la misma pauta que marcó el anterior. Y es que la inminente celebración de los Juegos Olímpicos en Brasil ha servido de excusa para que mis postreras recomendaciones de lectura por este curso se centren en libros en los que el deporte -y en todos los casos alguno de los presentes en los Juegos- ocupa un papel predominante.

Así ocurre sin duda esta tarde, en la que os traigo una novela de un notable escritor francés, Jean Echenoz -que ya protagonizó nuestro espacio hace un par de años, a propósito de su 14, excelente novela sobre la Primera Guerra mundial-, autor de este Correr de título inequívoco que hoy os presento. El libro forma parte de una especie de peculiar trilogía de su autor dedicada a personajes reales (situándose Correr, en el que el foco se fija en el atleta checo Emil Zátopek, entre el primero de la serie, Ravel, que gira sobre la figura del conocido músico, y el último, Relámpagos, en donde la vida del excéntrico ingeniero e inventor Nikola Tesla guía el relato novelesco). El libro vio la luz en España en 2010 en la editorial Anagrama -que alberga en su catálogo el resto de la muy interesante obra del francés- en traducción de Javier Albiñana.

Por de pronto, hay que señalar que estamos ante una novela, con muchas concomitancias con la realidad, pero literatura al fin. Como no se ha cansado de reiterar su autor en cuanta entrevista he podido leerle en relación al libro, Correr no es una biografía al uso sino, muy al contrario, una ficción, una, a mi juicio, inteligente y poderosa invención. Esta vertiente recreada de la existencia del legendario Zátopek es coincidente con el enfoque que inspiró las otras dos obras de la trilogía mencionada: con la excusa de la auténtica trayectoria vital de sus protagonistas, Echenoz construye sus delicados y sugerentes artefactos literarios, logrando el prodigio de mostrarnos, gracias a su maestría como escritor, una verdad si cabe más verdadera que la realmente acontecida.

En el particular caso de Correr, el escritor francés se encontró además, antes de la redacción de su novela, con un abrumador “silencio bibliográfico” en torno a su personaje (al que quería deportista y “mítico”, en sus propias palabras, aunque de una disciplina pobre y simple, inicialmente poco “mediática”), con una casi absoluta falta de información, con solo un libro checo -que en su investigación previa no llegó a encontrar y no pudo consultar, por lo tanto- sobre el atleta, y en definitiva, con unas carencias que lo llevaron a analizar cuatro mil números -los correspondientes a los años que van de 1946, cuando se produce la primera gran repercusión internacional de Zátopek, a 1957, fecha de su retirada- de L’Équipe, el prestigioso diario deportivo francés, para conocer -espigando exclusivamente en su sección de atletismo- todos los pormenores de la muy excepcional trayectoria personal y profesional de un corredor de leyenda. Fascinado por la prodigiosa vida -en sí misma novelística- del objeto de su investigación, Echenoz escribe su libro, en el que ciñéndose en lo esencial a la biografía del checo levanta su particular recreación de un individuo común, normal y sencillo y a la vez heterodoxo y excepcional, un hombre que pese al reconocimiento y la admiración que suscitó por su éxitos deportivos, aparece descrito en su profunda soledad, lo que lo aproxima a las figuras de Ravel y Tesla, los otros dos retratados por la delicada mano del francés, que constata en los tres casos el doloroso hecho de que (sus protagonistas) han dedicado su vida a una obra y que esta obra les ha robado la vida.

Esa obra, en el caso de Zátopek, es el atletismo, el correr y, con ese motivo central, Echenoz nos da cuenta de la extraordinaria peripecia vital de un atleta que en su sorprendente carrera conseguirá una veintena de récords, ganando en solo diez días -y esa será su “hazaña” más relevante, nunca igualada por otro atleta- las medallas de oro en 5.000 metros, en 10.000 y en el maratón, en los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952.

Los alemanes han entrado en Moravia, así empieza el libro, y desde ese momento inicial en que los nazis invaden Checoslovaquia vemos a Emil, trabajador de la fábrica Bata, participando a regañadientes en sus primeras carreras, obligado por su empresa. Sin una especial predisposición hacia el ejercicio físico (Le horroriza el deporte, en cualquiera de sus formas), con un padre que le transmite su propia antipatía por el atletismo (una pura pérdida de tiempo y sobre todo de dinero), son el azar y su especialísima personalidad los que acaban por determinar su “destino”. Carente de la más mínima formación técnica, pronto afloran sus cualidades naturales para la carrera (Corres raro pero no corres nada mal, le dice un entrenador local) y pese a que el joven Emil se resiste (Preferiría no hacerlo, afirma, "barteblyano", ante las reiteradas invitaciones de instructores y compañeros para que participe en distintas competiciones), su carácter afable le lleva a aceptar los primeros retos (cuando dice que no, lo hace sonriendo (…) Se hace de rogar pero no resulta difícil convencerlo), tras los que acaba disfrutando (lo inesperado es que muy pronto empieza a gustarle) y convirtiendo en un placer aquella enojosa ocupación impuesta.

Consciente de su intuitiva aproximación al atletismo, Emil desafía la convencional preparación deportiva y, aunque comprende que ese insospechado placer debe encauzarse, practicarse y aprenderse, se lanza a él con su peculiar método, espontáneo, improvisado, autodidacta, se pone a prueba hasta el desvanecimiento corriendo por las calles, por las carreteras, por el bosque, por el campo, corre distancias cortas y largas, no especula con su energía natural en las carreras, sale disparado, acelera y vuelve a acelerar, fuerza el cuerpo cuando parece estar a punto de reventar, inventa así el sprint final. Su inconformismo sorprende, desde todos los frentes se le recuerda que debe “mejorar”, que no sirve su inocente planteamiento, su correr intuitivo, que debe correr más rápido, organizar mejor sus fuerzas, reservar la energía para el final y, sobre todo, estudiar con atención la táctica de sus adversarios para mejorar la suya. Y él asimila los distintos sistemas de entrenamiento conocidos, el sueco, el Gerschler, el Olander, pero con todos ellos crea el suyo propio, heterodoxo, consistente en forzar y forzar, en templar la voluntad, en acelerar cuando se siente cansado. Le gusta sentir dolor, afirma Echenoz de su personaje. En pruebas y competiciones, ya sean modestas o internacionales, ya se trate de torneos amateurs u oficiales, su modo de proceder, extravagante e insólito, asombra y desconcierta: rompe el ritmo una y otra vez, ahora una arrancada brusca, luego una repentina disminución de la velocidad, de nuevo vuelta a arrancar, sin aparente premeditación, sin propósito o plan preconcebido. Corre con un estilo forzado, desencajado y agónico, que el autor nos muestra en un texto magnífico que podréis leer al final de esta reseña. Sus continuas arremetidas, sus incesantes trastueques, sus súbitos sobresaltos desquician y agotan a sus rivales. Correré con un estilo perfecto cuando se valore la belleza de una carrera según un baremo, como en el patinaje artístico. Pero yo, de momento, lo que tengo que hacer es correr lo más rápido posible, afirma, en la ficción de la novela.

Termina la guerra e ingresa en las fuerzas armadas, en las que el rudo ejercicio le resulta sencillo, acostumbrado a esfuerzos brutales, y pronto empieza a participar en campeonatos militares. Y comienza a batir récords locales y luego nacionales, despreocupadamente, sin darse importancia, entre la poca credulidad de sus jefes y los entrenadores y expertos. Y llega el reconocimiento, representa a su país en competiciones internacionales, pero sigue teniendo un comportamiento inocente, sencillo, se presenta a las carreras sin preparación, llega tarde, despistado, sin dormir, si infraestructura alguna (como ocurre en su insólita participación en el campeonato de las fuerzas aliadas en Berlín, en donde gana tras un sinfín de calamidades derivadas de su inexperiencia y su ingenuidad, perdido en la ciudad, sin lugar en el que alojarse, solo y desconcertado en el estadio, sin ropa deportiva apropiada, ignorante, al desconocer el idioma, de las reiteradas llamadas por megafonía avisando del comienzo de la carrera, accediendo a la línea de salida en el último momento, sin saber bien qué hacer ni a dónde dirigirse, ganando estrepitosamente la prueba).

El régimen checo empezará a aprovecharse de él, a usarlo como emblema de la beatífica sociedad socialista, y se multiplicarán los ascensos en los distintos grados de la carrera militar, llegando a formar parte del Partido comunista aunque, temeroso el “aparato” político de que su creciente fama le haga huir de su país, se le prohíbe salir de Checoslovaquia, se le restringe su participación en juegos y certámenes fuera de la órbita soviética, se le oculta, se le impide competir en el extranjero.

Pero su éxito se impone. Se gana el apelativo por el que pasará a la historia, La locomotora humana. Y es campeón del mundo, bate récords una y otra vez, y gana en las olimpiadas de Londres 1948 (oro en 5.000 metros y plata en 10.000) y Helsinki 1952 en donde alcanza ese logro insuperable, ya reseñado, de las tres medallas en otras tantas distancias, fondo y medio fondo, tan diferentes y que exigen una preparación y unas cualidades muy distintas.

Aunque las derrotas acaban por llegar, y un buen día pierde, y vuelve a perder, pierde otra vez y alguna vez retorna la victoria, y pierde de nuevo, hasta que en los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956 queda sexto, pero cuando llega a la meta, como un títere desarticulado, zancada rota, cuerpo dislocado, mirada extraviada, como si su sistema nervioso lo hubiera abandonado, traspasada la línea final, caerá de rodillas, con la cabeza hundida en la hierba, llorando y vomitando, sabiendo que se acabó, se acabó todo.

Aún habrá algunas carreras postreras sin brillo, antes de su retirada en España, precisamente, en el cross de Lasarte. Vivirá entonces en Praga de un cargo ministerial otorgado por el régimen, en una existencia sombría, tan gris como es entonces la existencia en una Checoslovaquia que ha dejado de ser una democracia popular para pasar a república socialista, sin que en la vida de la gente común cambien el desánimo, el abatimiento, el frío, las colas, las sospechas, el miedo.

Por eso Emil verá con ilusión la apertura de Dubceck y su esperanzadora primavera de Praga, y denunciará su violento final cuando Rusia invada el país en 1968. Las represalias del poder soviético no se harán esperar, será depurado, expulsado del ejército y del Partido, destituido de su irrelevante cargo, condenado a residir fuera de Praga, condenado, ya con cerca de cincuenta años, al trabajo físico en unas minas de uranio, y más adelante como basurero en la capital checa (una actividad que le hará ser aclamado por sus compatriotas cuando se le reconoce en las calles que debe limpiar, la gente brindándose a hacer la recogida de basuras en su lugar), y luego, ante el cariño y la admiración popular, contraproducentes para los severos mandatarios, será expulsado al campo, en donde trabajará colocando postes de telégrafo, para acabar sus días -tras firmar un documento autoinculpatorio y de exaltación del régimen, una deleznable confesión probablemente forzada- como archivista en Centro de Información de los Deportes.

Y de todo ello da cuenta Echenoz con su prosa austera, el estilo conciso, elegante, preciso, despojado, sin alardes, nada alambicado y sin hojarasca ni accesorios o adherencias superfluos; todo es sustancia, expresada en frases cortas, con un ritmo veloz, que corre en paralelo al del propio atleta. Ello no impide la “aparición” de algunos artificios literarios que revelan la presencia de un narrador “activo” y que desplazan el punto de mira desde el personaje a la voz que relata, como esas ocasiones en que el narrador dialoga con el lector (No sé qué opinaréis vosotros, pero a mi juicio, tantas proezas, tantos récords y trofeos empiezan quizá a hartar un poquito) o con el propio protagonista (Claro que sí, Emil, claro que sí, tan estimable reflexión te honra).

Pero Correr no es solo la biografía de novela de un algo extravagante individuo. La narración de su infrecuente vida sirve al autor para mostrarnos algunos dualismos y ambigüedades de su personalidad, muy interesantes y reveladores no solo sobre el personaje sino también, por extensión, sobre la naturaleza humana. Es el caso de los contrastes entre la obediencia y la rebelión (Zátopek es, en cierto modo, conformista, no es beligerante, no se enfrenta, no tiene voluntad de lucha, no busca las colisiones; pero, simultáneamente, su actitud inocente, primaria, sin apriorismos ideológicos, pone de manifiesto las contradicciones del régimen, con el que acaba litigando); lo íntimo y lo público (su voluntad, su energía, su espíritu, nacen de su interior predisposición hacia el correr, sin pretender logros, premios o reconocimientos, sin aspirar al aplauso o al medro; aunque acabará por alcanzar una inusitada dimensión pública, aplaudido y ensalzado por doquier); el individualismo burgués y los ideales colectivos nazis y soviéticos (Emil empieza a correr con los nazis en las calles de su pueblo y continúa corriendo bajo el sometimiento a otro régimen dictatorial; y a ambos es igualmente ajeno, pues su iniciativa y sus propósitos son meramente personales, egoístas incluso); la inocencia y la sencillez de sus planteamientos deportivos y existenciales frente a la sofisticada complejidad de la alta competición o el alambicado cálculo y la retorcida intencionalidad de los dirigentes políticos; la apasionada entrega -ya mencionada- a un “correr” que acaba por identificarse con la totalidad de su vida, y que le hará, en definitiva, perderla, desprovista de sentido -en cierto modo- su estancia en el mundo en cuanto la pulsión corredora se diluye.

En fin, acercaos, en estas próximas semanas repletas de competiciones deportivas, de agónicas carreras, de récords sobrehumanos, de gestas olímpicas, a la historia de este humilde Emil Zátopek que de modo tan magistral “construye” Jean Echenoz en este Correr de lectura indispensable.

Un muy apropiado Running on empty, de Jackson Browne, acompaña musicalmente esta reseña, tras “vencer” en la cinta de meta a la banda sonora de Carros de fuego, de presencia quizá más previsible en este espacio.


Un estilo, en efecto, imposible. Larry Snider no es el primero en observarlo. En preguntarse cómo se las compone Emil.

Hay corredores que parecen volar, otros bailar, otros desfilar, otros parecen avanzar como sentados sobre las piernas. Algunos dan tan sólo la impresión de ir lo más rápido posible a donde acaban de llamarlos. Emil, nada de todo eso.

Emil parece que se encoja y desencoja como si cavara, como en trance. Lejos de los cánones académicos y de cualquier prurito de elegancia, Emil avanza de manera pesada, discontinua, torturada, a intermitencias. No oculta la violencia de su esfuerzo, que se traduce en su rostro crispado, tetanizado, gesticulante, continuamente crispado por un rictus que resulta ingrato a la vista. Sus rasgos se distorsionan, como desgarrados por un horrible sufrimiento, la lengua fuera intermitentemente, como si tuviera un escorpión alojado en cada zapatilla de deporte. Está como ausente cuando corre, tremendamente ausente, tan concentrado que ni parece estar cuando está ahí más que nadie, y su cabeza, encogida entre los hombros, sobre el cuello siempre inclinado hacia el mismo lado, se balancea sin cesar, se bambolea y oscila de derecha a izquierda.

Puños cerrados, contorsionando caóticamente el tronco, Emil hace también todo tipo de cosas con los brazos. Cuando todo el mundo os dirá que se corre con los brazos. A fin de propulsar mejor el cuerpo, los miembros superiores deben utilizarse para aligerar las piernas de su propio peso: en las pruebas de fondo, el mínimo de movimientos con la cabeza y brazos mejora el rendimiento. Pues Emil hace exactamente lo contrario, parece correr sin que le importen los brazos, cuya impulsión convulsiva arranca de demasiado arriba, describiendo curiosos desplazamientos, a ratos alzados o proyectados hacía atrás, colgando o abandonados a una absurda gesticulación, y sacude también los hombros levantando exageradamente los codos como si transportase una carga demasiado pesada. Mientras corre parece un boxeador luchando contra su sombra, por lo que todo su cuerpo se asemeja a un mecanismo descompuesto, dislocado, doloroso, salvo por la armonía de sus piernas, que muerden y mastican la pista con voracidad. En suma, no hace nada como los demás, que a veces piensan que actúa atolondradamente.

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miércoles, 6 de julio de 2016

DAVID TRUEBA. SABER PERDER

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, vuestra cita semanal con la lectura en la frecuencia de Radio Universidad de Salamanca. Mis propuestas para este mes de julio nacen con la excusa de la próxima celebración, entre los días 5 y 21 de agosto, de los Juegos olímpicos de Río de Janeiro, los trigésimo primeros de la era moderna. Así, todos los libros que os propondré en estas cuatro próximas semanas van a estar relacionados de un modo u otro -no siempre de manera directa y principal y sí, a menudo, de un modo tangencial y algo traído por los pelos- con el deporte (y necesariamente con alguna de las disciplinas olímpicas, que protagonizarán el espacio en las distintas entregas de nuestra deportiva serie).

Para empezar el ciclo hoy quiero hablarlos de una novela estupenda de un polifacético escritor. Porque David Trueba, además de hermano del oscarizado Fernando Trueba, es guionista de cine, director a su vez -La buena vida o Soldados de Salamina, entre otras, son algunas de sus películas- y también novelista. Esta Saber perder que hoy os presento es su tercera novela, y cuando vio la luz hace ya ocho años fue recibida con magníficas críticas y un considerable éxito de público, siendo objeto desde entonces de numerosas reediciones en nuestro país, multiplicándose también las traducciones a otros idiomas.

Ya desde su título la novela muestra sus connotaciones deportivas. No es solo que uno de sus personajes principales, como luego veremos, sea un destacado futbolista (en una muestra más de la "oportunidad" de la reseña, con el Campeonato europeo dando sus últimos coletazos) y se mueva en un entorno personal y profesional vinculado al fútbol (deporte olímpico, no se olvide; dato que justifica su muy leve nexo con el hilo argumental de nuestras sugerencias “julianas”), sino que parte de las tesis que sostiene -en la medida en que tal cosa, la defensa de unas determinadas posturas teóricas, sea compatible con una obra de ficción- guarda una evidente ligazón con las ideas, los principios, los valores que afloran habitualmente cuando se analiza el fenómeno deportivo (en este sentido, resulta significativo que Pep Guardiola, el carismático exentrenador del Barcelona, haga gala de haber leído y apreciado el libro hasta el punto de, incluso, habérselo recomendado a algunos de sus jugadores). El propio autor ha resaltado en distintas entrevistas esta relación, a propósito de su novela, al mencionar su disconformidad con el hecho de que en nuestro mundo competitivo e infantil, simplista y “espectacularizado”, se midan el éxito, la felicidad y hasta el sentido de la vida a partir de los reduccionistas parámetros deportivos que solo entienden de victorias o derrotas: Es un error medir muchas facetas de la vida con baremos deportivos. Me fastidia que se hayan impuesto. La vida tiene un final que no se parece a la medalla olímpica, ha afirmado. Esta sobrevaloración del triunfo impregna y condiciona nuestra existencia en la que la reivindicación del “saber perder” -tan cara, por otro lado, al espíritu olímpico, al menos al originario y menos prostituido, al menos entregado a los intereses comerciales- resulta casi una excentricidad. Y es esta idea del fracaso de la vida, de toda vida, la que permea la novela entera (un fracaso exento de las connotaciones peyorativas impuestas por nuestras modernas formas de organización social que solo privilegian el éxito en su versión más burda, menos espiritual, menos noble; un aceptado -por inexorable- fracaso existencial del que la entereza y la dignidad en la aceptación de la derrota -el saber perder- es una componente fundamental).

En Saber perder se entrecruzan las vidas de algunos personajes cuyo mayor rasgo distintivo es, a mi juicio, su condición de personas normales, hombres y mujeres comunes, de la calle, como vosotros y como yo, aquejados -como vosotros y como yo- de las mismas incertidumbres, de idénticas dudas, de similares perplejidades ante la dificultad de la existencia. Son, claro, todos ellos, perdedores -el título así lo apunta-, pero su fracaso es también el nuestro: la imposibilidad de lograr los sueños, el recuerdo de la evasiva felicidad, la añoranza de otras vidas…

El personaje principal, sobre el que se articula la novela, pues no en vano la abre y la cierra, es Sylvia, una chica de dieciséis años que transita por su adolescencia buscando desconcertada su lugar en el mundo. Sylvia empieza a dejar atrás, por sentirlo reducido para sus ansias de mujer que nace a la vida, el limitado e insustancial universo de sus compañeros de instituto, su tímido pretendiente Dani, su errática amiga Mai, y se va abriendo a una vida adulta que aún no puede comprender. En torno a ella aparecen, alternándose en el discurrir de la novela, otros personajes, que David Trueba nos presenta con precisión y rigor, y que deambulan por sus existencias sumidos, al igual que la propia Sylvia, en el desconcierto y la confusión. Conocemos así a Lorenzo, el padre de Sylvia, que, sin trabajo y recién separado de su mujer, hundido en una soledad y una frustración vital absolutas, lastrado por el peso de una culpa que se relata casi desde el comienzo de la novela (ha asesinado a un antiguo socio), intenta un idilio (al que también acompañará el fracaso) con Daniela, una joven ecuatoriana que cuida los niños de unos vecinos. Aparece también Leandro, padre de Lorenzo, un anciano que, incapaz de contemplar el deterioro y el padecimiento definitivos de su mujer, Aurora, aquejada de una enfermedad terminal, se refugia de un modo compulsivo e insensato en los brazos de Osembe, una prostituta nigeriana que provocará su derrumbe postrero. Ariel, un joven jugador de fútbol argentino, recién fichado por un equipo madrileño -he ahí la presencia del deporte rey-, irrumpe también en la vida de Sylvia, con la que inicia una relación imposible. Ariel participa de las características de los demás personajes: su adaptación a la vida en España, a su club, a sus compañeros, al equipo, no es buena, su desasosiego, su inquietud, su desubicación avanzan con el texto y lo condenan al mismo fracaso que al resto de actores en esta obra coral. Porque, hay en efecto, algo de coral en la novela, pues aparecen otros personajes que, aunque se nos muestren sólo de un modo ocasional, tienen una presencia destacada en la obra (y cuando digo presencia me refiero a que su retrato es muy coherente y preciso, no son meros acompañantes episódicos de los protagonistas, están hechos con vida): los compañeros de equipo de Ariel, singularmente Amílcar, y su mujer Fernanda, con sus convicciones religiosas; el entorno directivo del club, descrito con precisión y conocimiento de causa; Wilson, el amigo de Daniela y, en general, la colonia ecuatoriana en Madrid, que permiten a Trueba adentrarse (pero sin levantar la voz de la denuncia, con el mero susurro de la verdad vivida) en los problemas cotidianos de la emigración; Paco, el socio asesinado por Lorenzo y su visión depredadora de la existencia; el mundo de Osembe, y por extensión el de las mafias que controlan la prostitución.

En fin, una novela muy rica, esta Saber Perder, muy bien escrita, de lectura muy fácil, pese a su estructura rigurosa y compleja. Una novela que nos habla, como digo, de nuestras vidas a través de las de unos personajes que, salvo Sylvia, a cuya existencia asoma un tenue foco de esperanza, aparecen desencantados, perdidos, desconcertados. Una novela que como todas las grandes creaciones artísticas, no sólo literarias, nos interesa porque habla de lo que a todos nos concierne, la condición humana. Leedla en estos días preolímpicos, seguro que no os decepcionará. You’ll never walk alone, el clásico de Gerry & The Pacemakers que se ha convertido en el emocionante himno del Liverpool y que cantan sus aficionados en cada partido, cierra esta reseña.


Algunas veces seguía a una mujer hermosa que se cruzaba por la calle. A quince pasos de distancia degustaba su andar, su contoneo, sus formas, su prisa. Especulaba con su edad, su tipo de vida, sus relaciones familiares, su empleo, fija la vista en el pelo ondulado sobre el cuello o al acecho de un perfil. Le bastaba compartir con ellas una misma dirección para conocerlas, acompañarlas varias calles para hacerles el amor. En ocasiones se perdían en un portal, en un coche, descendían a la boca del metro o entraban en un comercio y Leandro aguardaba en la acera de enfrente como un enamorado paciente. A veces había seguido a una mujer por los corredores de El Corte Inglés, incapaz de determinar lo que buscaba, y la estudiaba a través de los estantes, planta tras planta, y saboreaba su rostro dibujado con ese aire ausente de alguien que compra sin saberse mirado. Se conformaba con apreciar la armonía de unos labios, el roce de un jersey sobre la forma del seno o el velo y desvelo de una rodilla en juego con la falda. Terminaba a veces en un barrio extraño donde la mujer se besaba con un hombre o se unía a otro grupo de mujeres, después del trayecto en autobús tras la estela sensual que desaparecía de pronto al socializarse ella, al terminar su estado de soledad.

Mirar era admirar. Mirar era amar. Pero nunca el sexo obsesivo se había adueñado de Leandro como ahora. Nunca se había sentido dominado por el instinto, incapaz de controlar el deseo. Nunca había asistido a su pulsión sexual mañana, tarde y noche. El sexo a todas horas. Bastaba el destello de un objeto para devolverle el brillo de la piel de Osembe o un volumen para traerle sus muslos musculados o el leve balanceo de la materia viva para recordarle sus senos o el rosado intenso pintado en cualquier lugar para sugerir las palmas de sus manos. Cualquier accidente era sexo. Cualquier gesto era sexo. Cualquier oscilación era sexo. El redondeo de una fría cacerola, la forma de una botella posada en la mesa, el envés de una cuchara. Sexo. Sexo al despertar excitado, a solas en su cama. En la ducha de la mañana que le recordaba la ducha rápida del chalet antes y después de hacer el amor. Sexo al mediodía cuando se aproximaba la hora habitual de acudir a su encuentro. Sexo a la noche cuando volvía a su cama arrepentido de todo pero el tacto de las sábanas lo excitaba de nuevo.

El miedo era sexo también. La falta de dominio. La obsesión. La vergüenza era sexo. La caída le excitaba. El precipicio que intuía tras su persecución incomprensible de un placer que no le correspondía y sin embargo gozaba cada tarde. Cada tarde porque después de las dos primeras semanas en que a cada encuentro le seguían al menos cuarenta y ocho horas de angustia, arrepentimiento y ensayo de olvido, las defensas se habían venido abajo. En la última semana sólo faltó un día. Sábado y domingo también acudió. Pese a la lluvia persistente de la última semana de noviembre que arrastró la contaminación y la suciedad de la calle hasta dejarla destellante a la luz de los faros. A las seis de la tarde, puntual como un empleado, llamaba al timbre de la puerta metálica que se le abría con un gruñido.

Osembe le recibía en ropa interior un día, vestida de calle otro. Cambiaba la ceremonia de desnudarse, pero el proceso era el mismo. El viejo cuerpo de Leandro asediando la fortaleza de ella.


Espera, tiéndete aquí, siente la música. Leandro toma de la mano a Osembe. La ayuda a trepar hasta el piano. La planta rosada de sus pies produce un acorde disonante al pisar las teclas. El cuerpo de ella se tumba sobre la madera negra brillante del piano. Está desnuda, excepto el sujetador, que de nuevo se ha empeñado en conservar. Recoge las piernas en un gesto de protección, logra acomodarse mientras sonríe. Leandro se sienta frente al piano y toca para comenzar una improvisación lenta. La resonancia es magnífica. Osembe apoya la cabeza y mira al techo. La luz llega desde una lámpara lejana y por el ventanal se cuela el resplandor de las farolas de la calle. Pero Leandro no necesita la luz para tocar. Sin haberlo elegido conscientemente interpreta un preludio de Debussy dejándose por el camino muchas notas. Ella cierra los ojos y él ralentiza el ritmo de la música.

El momento pierde poco a poco la aparatosidad de la puesta en escena. Se olvidan de la ropa amontonada de cualquier forma en el sofá cercano, de las zapatillas de deporte volcadas en la alfombra con los diminutos calcetines blancos que asoman de ellas. La música lo cubre todo. El muslo de Osembe está a sólo unos centímetros de los ojos de Leandro. Ignora su la vibración de la música se transmite por la espina dorsal de Osembe y alcanza a emocionar a la mujer, pero él, de pronto, se sorprende con los ojos inundados en lágrimas. La pieza siempre le conmovió.

Sabe de pronto que ejecuta con Osembe aquello que la vida no le permitió hacer con su mujer cuando ambos eran espléndidos cuerpos juveniles, llenos de deseo y de ganas de comerse la vida. Qué absurdo. A quién culpar. ¿Tiene responsable todo aquello? Le regala esta fantasía privada en su vejez a quien no lo puede ni lo quiere apreciar. Una escena reservada para la mujer de su vida, pero interpretada por una sustituta que cobra por llevar a cabo un papel que no comprende.




miércoles, 29 de junio de 2016

EDNA O'BRIEN. LAS CHICAS DE CAMPO. LA CHICA DE OJOS VERDES. CHICAS FELIZMENTE CASADAS.

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca que semanalmente os ofrece una recomendación de lectura, escogida siempre con criterios de rigor y calidad. La última entrega de esta extensa -en todos los sentidos- serie que a lo largo del mes de junio estamos dedicando a libros que se agrupan bajo el formato de ciclo o saga o cadena en la que se recogen obras unidas bajo un común hilo conductor y en las que se presenta a unos personajes vinculados por una misma historia que se desarrolla en el tiempo a lo largo de diversas generaciones, en una evolución en todo semejante a la de las vidas “normales” de cualquier ser humano, debía centrarse esta tarde en los seis libros de Mi lucha, el fascinante proyecto literario de Karl Ove Knausgård, el hasta hace poco desconocido y ahora exitoso escritor noruego. Así estaba concebido mi planteamiento inicial, pergeñado en el pasado mes de septiembre, dado que de los seis libros que componen el monumental friso autobiográfico del controvertido autor tres de ellos ya habían sido traducidos en España y se anticipaba entonces la relativamente inmediata publicación de los tres restantes. Sin embargo, ha transcurrido el tiempo y la obra completa no ha visto la luz aún en nuestro país (son solo cuatro, todavía, los libros traducidos en este momento), por lo que he de posponer para una ocasión ulterior la lectura de la “colección” entera y por lo tanto su correspondiente reseña.

Y así, en su lugar, y siguiendo la misma pauta de libros “plurales”, os hablo ahora de una trilogía que aunque también es espléndida y presenta igualmente numerosos tintes de la biografía de su autor -autora en este caso-, es, sin embargo -por planteamiento y estilo, por estructura y enfoque literario-, muy distinta a la originariamente prevista para ocupar estos minutos. Hoy os presento tres emotivas novelas que con los títulos de Las chicas de campo, La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas publicó en 2013, 2014 y 2015, respectivamente, la extremeña editorial Errata Naturae en traducción de Regina López Muñoz.

Edna O’Brien, nacida en Tuamgraney, Irlanda, en 1932, pasa por ser una de las escritoras irlandesas más destacadas, siendo objeto de reconocimiento y valoración mundiales, y habiendo recibido elogios de autores tan sobresalientes como Alice Munro y Phillip Roth o, entre sus colegas británicos, Samuel Beckett, de quien fue amiga, John Berger, Kingsley Amis o el también irlandés John Banville, todos ellos nombres mayores de la literatura mundial. Autora de numerosas novelas, ensayos y biografías, guionista de cine y creadora de obras de teatro, galardonada a lo largo de su extensa carrera con premios literarios muy relevantes (el último por Country girl, La chica de campo, un título claramente autorreferencial con el que encabezó sus memorias, publicadas en inglés en 2012 y que no han sido editadas en España), O’Brien alcanzó su mayor repercusión con la trilogía cuya lectura quiero recomendaros esta tarde, escrita entre 1960 y 1964.

Aunque no procede, como es obvio, “destripar” la trama, sí quiero haceros -por significativa para la “presentación” de los libros- una breve descripción del hilo argumental de la serie, que abarca la vida de dos jóvenes irlandesas, Caithleen (Kate) Brady y Bridget (Baba) Brennan, desde su más temprana infancia hasta su primera madurez. (En este sentido, y en tanto las novelas siguen la trayectoria vital de las dos amigas -que, además y como comentaré más adelante, presentan personalidades muy diferentes, y hasta opuestas, entre sí-, el ciclo de novelas de Edna O’Brien mantiene un cierto paralelismo con Dos amigas, la obra de Elena Ferrante que os recomendé en este blog hace ahora quince días).

En Las chicas de campo vemos a las dos muchachas, con apenas cinco años (estamos en torno a 1940, las chicas son casi “contemporáneas” de la autora, en un primer rasgo autobiográfico de los muchos -confesados por su autora- que encierra la serie), en un pequeño y perdido pueblo en el profundo entorno rural irlandés. Con orígenes familiares muy distintos (la vida de Kate se desenvuelve en un ambiente muy modesto, tradicional y opresivo, con un padre siempre borracho y ausente, que dilapida en el juego su en consecuencia menguante patrimonio, y una madre afligida y desamparada en su ausencia de expectativas vitales; la de Baba, por el contrario, es más holgada -aunque encierra, quizá más soterrados, idénticos pequeños dramas, idéntica tristeza, idéntica desolación-, su padre veterinario y su madre un ama de casa atractiva y sofisticada que mitiga su desengaño, su tedio existencial, bebiendo solitaria en los bares de noche), conocemos a ambas niñas en el colegio y en su primitiva vida infantil (en un marco atrasado y sin embargo idílico, muy cercano -la cita es expresa en el libro- a El hombre tranquilo, el clásico de John Ford); más adelante, ya adolescentes, las seguimos cuando son internadas en un rígido colegio de monjas (y a esa etapa pertenece el significativo fragmento que os dejo como cierre de esta reseña); para, en un tercer gran eje del libro, acompañarlas después en su huída a la capital, a un Dublín muy cercano -en mi percepción durante la lectura- al gris, brumoso, húmedo, oscuro y deprimente de las novelas de Benjamin Black, el álter ego “policíaco” de John Banville, del que ya os he hablado en estas páginas; un Dublín en el que se independizan, logran un trabajo, flirtean con diversos jóvenes, en episodios que pese a representar momentos de libertad y exaltación, de alegría e iniciación a la vida -o quizá por ello- están impregnados, como la trilogía entera, por la tristeza, la nostalgia, la aflicción, la soledad, rasgos que definen la personalidad de Kate, desde cuya perspectiva se narra la historia. La atracción y la rivalidad entre amigas, el descubrimiento y la fascinación del amor (una ideación algo quimérica de Kate centrada en el señor Gentleman, un muy mayor vecino del pueblo), los ritos de paso a la edad adulta, los sueños y las promesas de futuro, la necesidad de volar en pos de un espacio propio y, a la vez, la añoranza de la casa familiar, la fuerza y también la vulnerabilidad de la juventud, protagonizan esta primera novela, en la que yo mismo he reconocido tantas “sensaciones” de mi propia vida a esas complicadas edades. Un libro a mi juicio deslumbrante y, con mucho, el más intenso, poético y conmovedor de los tres.

La chica de ojos verdes continúa la descripción de la vida de las jóvenes en un período que abarca -aproximadamente: aunque hay “dataciones” temporales en las tres novelas, no siempre son precisas o concretas- desde los diecisiete hasta los veintiún años de Baba y Kate. Desde el punto de vista de esta, que sigue siendo la voz narrativa, se nos cuenta su vida en Dublín en donde, ya asentadas, desarrollan su sencilla existencia -viviendo en una modesta casa de huéspedes, con sus ropillas baratas, sus hábitos mediocres, su diversiones tristísimas, siempre sin dinero-, en una sucesión de idilios irrelevantes, muy prosaicas aventuras y peripecias vitales algo patéticas. De nuevo Kate conocerá el amor (representado ahora en el cosmopolita Eugene, un viajado y ciertamente excéntrico director de cine, de nuevo mucho mayor que ella) y sufrirá por su causa, protagonizando un despertar a la vida que la traerá y llevará de Dublín a su pueblo natal, y de ahí otra vez a la capital, para acabar, en un nuevo desengaño, embarcando hacia Londres en compañía de -cómo no- su amiga Baba.

Por fin, en Chicas felizmente casadas, irónico título de la tercera y última novela de la serie, se nos muestra a las dos mujeres -jóvenes aún- habiendo accedido a una condición matrimonial que no hace honor al adverbio bajo cuya rúbrica se presenta la obra. Sus vidas como esposas -y ahora se alternan las voces narrativas de Kate y también la de Baba, que en los anteriores libros no había aparecido en primera persona- continúan la pauta de desengaño y frustración, de miseria y desolación, de desconcierto y anhelos frustrados, de expectativas incumplidas e inseguridades y dudas y tristeza y desvalimiento y aterradora soledad que ya habíamos conocido en las primeras entregas de la serie. Hay cosas en esta vida que no se pueden preguntar y (oh, Agnus Dei) hay cosas en esta vida que no se pueden responder, es el desesperanzado lema con el que se cierra la obra, evidenciando este tono sombrío de su lúcido enfoque.

La construcción de ambos personajes -y de los numerosos pero muy bien descritos secundarios que surcan la serie- es magnífica, y no resulta difícil identificarse con la algo simple Kate y sus múltiples tribulaciones. Las chicas crecen juntas pero, desde niñas, su amistad se caracteriza por una llamativa ambigüedad, un efecto atracción/rechazo o afinidad/repulsión, que las acompañará de por vida.

Kate es una chica sencilla (Fíjate qué chica tan sencilla, alegre como unas castañuelas, sin reparos en manifestar alegría cuando le sirves un segundo pastelillo, que trabaja todo el día y se mete en la cama muerta de cansancio. Una chica natural, sin dobleces), ciertamente pánfila, tímida y vulnerable, triste y frágil, melancólica y solitaria, débil, ignorante y timorata (Yo, tan maleable, temerosa de todo, irreflexiva, alocada, criada en la ignorancia de la Edad de Piedra y la barbarie religiosa), un pobre animalillo inocente que transmite permanentes sensaciones de desprotección y desvalimiento, una joven desgraciada (Al igual que la inmensa mayoría de la humanidad, su vida había sido complicada y su infancia infeliz), fantasiosa, constructora de quimeras, que vive esperando siempre otra cosa (los faros, sus destellos y los barcos solitarios me hacían pensar en toda la gente que espera a otras personas a lo largo y ancho de este mundo), que añora lo que no tiene y ansía, lo que poseyó y ha perdido, una mujer aburrida, indecisa (jamás había tenido que tomar decisiones. Siempre había alguien que elegía por mí, la ropa, la comida), anodina, que pasa desapercibida y no deja rastro en sus semejantes (la gente me olvida fácilmente), un pajarillo desamparado (Era como un gorrión en medio de una nevada: parda, aterrada, sola, en cita del libro referida a su madre, pero que como señala José María Guelbenzu en su crítica en El País, resulta muy claramente aplicable a ella misma, y definitoria de su delicada personalidad).

Los tres libros están repletos de referencias que completan ese muy interesante y profundo retrato de Kate y de las agitadas aguas interiores que perturban su desasosegado carácter: el peso de la muerte de la madre (aquél fue el último día de mi niñez, dice, a propósito de aquel infausto día), la consecuente culpabilidad en sus momentos de felicidad, pues a mi madre nunca la había visto feliz o contenta, la constante sensación de pérdida (Tenía ante sí a una persona a la que habían arrebatado demasiadas cosas), la infructuosa búsqueda de un lugar propio en el mundo (Por fin estoy aprendiendo a ser yo misma, y cuando sea capaz de expresarme imagino que no me sentiré tan sola ni tan lejos del mundo al que él trató de llevarme demasiado pronto), su obsesiva persecución del amor (A Kate podías decirle “hambruna de la patata”, que ella acababa relacionándolo con el amor, dice Baba), un amor idealizado y condenado al fracaso, como ocurrirá con el señor Gentleman y con Eugene, una ofuscación sentimental que condena su existencia y la destruye (Se llevó la mano al corazón y me dijo que le encantaría arrancárselo, pisotearlo, despedazarlo hasta la muerte, puesto que el corazón era su perdición), la persistente sensación de frustración, la honda e irremediable soledad que convierte su vida en un desolador drama (El insoportable peso del terror que llevaba años acarreando no se había aligerado), atrapada en una afligida nostalgia de un pasado supuestamente idílico en el recuerdo (los prados verdes y apacibles que se desplegaban a partir de la recia casa de piedra y, en verano, las reinas de los prados, blancas como la nata en los promontorios; o también: El mugir de las vacas, el crujido de los árboles, el alegre cacareo de las gallinas que deambulan para aprovechar los últimos minutos de libertad antes de que las recluyan), pero profundamente infeliz cuando se vivió (era un lugar sin vida, afirma, retrospectivamente, del pueblo de su infancia, destartalado, viejo, a punto de desmoronarse. Los comercios necesitaban una mano de pintura, y ya no parecía haber tantos geranios en las ventanas como los que había durante mi niñez. Y del mismo modo: Había escapado por fin de los sonidos tristes: el de la lluvia solitaria golpeando el tejado de chapa del gallinero, el de los gemidos de una vaca parturienta bajo un árbol en mitad de la noche. O aún más abruptamente: No se detuvo a mencionar las tierras pantanosas, ni las pardas ciénagas desprovistas de árboles, ni las hectáreas de campo muerto, inhóspito, con una ruina gris en el horizonte; los lugares de los que había heredado su sentido de la fatalidad).

Frente a ella, Baba es activa, positiva, primaria, superficial, disfruta de la vida -la aprovecha- sin excesivos reparos ni preocupaciones, sin culpabilidades ni angustias, sin prejuicios ni rebuscadas complejidades existenciales. Rozando en muchos casos la frivolidad, su vida es, sin embargo, más allá de esa ligereza epidérmica, mediocre e insatisfactoria, y sus profundas carencias -ya detectables desde la infancia- se traducen, entre otros efectos, en un trato degradante y ofensivo, despiadado y humillante, hacia Kate. Pensé -dice esta cuando recuerda su niñez en común- en todas las veces que habíamos recorrido juntas el trayecto de vuelta a casa desde la escuela, y en lo mucho que disfrutaba echándome a los perros y escribiéndome palabrotas en el brazo con rotulador indeleble, en una muestra reveladora de su singular amistad, de la ambigua y contradictoria relación que las une, también presente de modo significativo en la nota que Baba escribe en una tarjeta de regalo: Para Caithleen, en recuerdo de todos los buenos momentos por los que hemos pasado; eres una imbécil rematada.

El segundo gran motivo de interés de la serie, además del espléndido retrato de sus protagonistas y de la profundidad en la descripción y el análisis psicológico de las dos mujeres, lo constituye la fidedigna recreación del ambiente social de la Irlanda de los años 50. Un país primitivo, anquilosado en el pasado, del que afloran de continuo en las novelas su fanatismo religioso, el rígido catolicismo, su anacrónico puritanismo (los libros, en particular el primero, resultaron escandalosos en la época y fueron objeto de censura), la paupérrima vida rural, la reivindicaciones nacionalistas, el conflicto político y el odio a los ingleses, tal y como se refleja en el siguiente fragmento que pone también de manifiesto la componente fúnebre de la vida irlandesa: La muerte era fundamental en aquel lugar. Aquí y allá, las crucecitas pintadas de blanco clavadas en las cunetas señalaban los lugares donde algunas personas habían entregado su vida por Irlanda, y ni un solo día parecía transcurrir sin que muriera algún anciano de gripe, o de muerte natural, o de un derrame cerebral. Por el motivo que fuera, sólo nos enterábamos de las muertes; raras veces era noticia un nacimiento. Son reseñables también las múltiples referencias a claves notorias de la cultura de Irlanda, en la literatura (Joyce), la música (Van Morrison), el cine (la ya reseñada mención a El hombre tranquilo), el verde de la bandera que aflora con valor simbólico en la presentación del pueblo de la infancia, situado en la llanura del corazón de Irlanda, en el que la casa y los prados que se desplegaban en derredor formando una extensión infinita de liso verdor.

Sin tiempo ya para más, vuelvo a recomendaros vivamente la lectura de esta excepcional trilogía de Edna O’ Brien que publica Errata Naturae. Estoy seguro de que no os decepcionará. De entre las muchas alusiones musicales presentes en la serie he escogido Buttons and Bows interpretado por Dinah Shore como cierre de este comentario.

-Y ahora -añadió-, que levanten la mano las niñas que deseen tomar leche por las noches.
Como yo era de pecho delicado, levanté la mano y así fue cómo me comprometí a tomar cada noche un vaso de leche templada, comprometiendo también a mi padre a pagar dos libras anuales. Las becas no entendían de pechos delicados.
Nos mandaron temprano a la cama.
Nuestro dormitorio estaba en el primer piso. En el rellano que precedía a la estancia había un baño ante cuya puerta se formó una cola de veinte o treinta chiquillas que daban saltitos sobre una y otra pierna, como s no pudieran aguantar. Me quité los zapatos y los llevé en la mano. El dormitorio era una sala alargada con ventanas a ambos lados y una puerta al fondo sobe la que había un enorme crucifijo, y de las paredes, de un color amarillo enfermizo, pendían cuadros con escenas sagradas. En el centro, dispuestas a lo largo, dos filas de camastros de hierro vestidos con cubrecamas de algodón blanco; las estructuras también eran blancas. Las camas estaban numeradas, y no me costó trabajo dar con la que me correspondía. A Baba y a mí nos separaban seis camas. Me consolaba saber que la tendría cerca, en el caso de que algún día volviésemos a hablarnos. Había tres radiadores encajados en las paredes, pero estaban fríos.
Me senté en la silla que había junto a mi cama y me quité con calma las ligas y las medias. Las ligas me apretaban tanto que me habían dejado señales en los muslos. Preocupada por si me saldrían varices durante la noche, me entretuve en examinar las marcas sin saber que la hermana Margaret estaba justo detrás de mí. Usaba zapatos con suela de goma y se había acercado con tal sigilo que yo no me había percatado. Por eso, cuando dijo: “Atiendan, niñas”, me sobresalté y me puse de pie. Me giré para mirarla: se leía el enojo en su rostro, y estaba tan cerca de mí que pude fijarme en que tenía un pequeño quiste en un iris.
-Puede que las recién llegadas lo ignoren, pero el orgullo de un convento siempre ha sido su decencia. Nuestras colegialas son, por encima de todo, personas buenas y discretas. Y se puede medir el recato de una chica por su forma de vestirse y desvestirse. Hay que hacerlo con arreglo al decoro y al pudor. En un dormitorio común como éste... -Se interrumpió porque alguien había entrado por la puerta del fondo, golpeando un aguamanil con el batiente. Yo estaba ruborizada hasta las orejas. Prosiguió: -En el piso de arriba, las alumnas de los últimos cursos cuentan con cubículos independientes. Pero, como decía, en un dormitorio común como éste exigimos a las alumnas que se vistan y desvistan protegidas por sus batas. Y al hacerlo deberán ustedes mirar al pie de sus camas, con el fin de evitar las miradas indiscretas que podrían producirse en el caso de estar en los laterales.
Tosió y se alejó haciendo girar el mazo de llaves que llevaba en la mano. Abrió la puerta de roble del fondo de la estancia y desapareció.
La chica de la cama de al lado puso los ojos en blanco. Era bizca, y no me cayó bien. No por la bizquera, sino porque parecía la clásica persona que tiene muy mal gusto para todo. Llevaba una bata preciosa y muy cara, y unas sofisticadas zapatillas acolchadas. Sin embargo, una tenía la sensación de que se ponía esas cosas para alardear, y no porque fuesen bonitas. Vi cómo escondía dos chocolatinas debajo de la almohada.
Desnudarse con una bata sobre los hombros es un talento que requiere mucha práctica. A mí se me cayó la mía seis o siete veces, hasta que al final me encorvé y conseguí que no se me resbalara.
Andaba rebuscando en mi bolso de viaje cuando apagaron las luces; en ese momento, unas siluetillas en bata corretearon por el pasillo enmoquetado y desparecieron en sus camas blancas y heladas.
Pretendía sacar el bizcocho del fondo del bolso. Como tenía el juego de té encima, tuve que ir sacándolo pieza por pieza. Baba se deslizó sigilosamente hasta el pie de mi cama, y por primera vez hablamos; o, más bien, susurramos.
-Por Dios, vaya infierno. No aguantaré ni una semana.
-Ni yo. ¿Tienes hambre?
-Me comería a un niño chico -dijo.
Estaba sacando la lima de uñas de la bolsa de aseo para cortar con ella un trozo de bizcocho cuando una llave giró en la cerradura de la puerta del fondo del cuarto. Tapé rápidamente el dulce con una toalla y nos quedamos petrificadas mientras la hermana Margaret se acercaba hacia donde estábamos, linterna en mano.
-¿Qué significa esto? -preguntó.
Ya sabía cómo nos llamábamos, y se dirigía a nosotras por nuestro nombre completo; no sólo decía Bridget (el verdadero nombre de Baba) y Caithleen, sino Bridget Brennan y Caithleen Brady.
-Nos sentimos muy solas, hermana -traté de explicar.
-No estáis solas en vuestra soledad. La soledad no es excusa para desobedecer. -Hablaba con un susurro penetrante; todo el mundo la oía-. Vuelva a su cama, Bridget Brennan.
Baba se alejó sin hacer ruido. La hermana Margaret paseó la linterna a mi alrededor hasta que el rayo de luz alumbró el coqueto servicio de té sobre la cama.
-¿Qué es esto? -preguntó al tiempo que levantaba una de las tacitas.
-Es un juego de té, hermana. Me lo traje porque mi madre se murió.
Fue una estupidez, y me arrepentí al punto de haber dicho aquello. Siempre estoy diciendo tonterías, y es porque no pienso antes de decirlas.
-Qué conducta tan pueril y sensiblera -reprobó.
Se levantó el faldón del hábito, amontonó en el hueco que se formó las piezas del juego de té, y se las llevó.
Me metí entre las sábanas glaciales y comí un pedazo del bizcocho de semillas de alcaravea. El dormitorio entero lloraba; se percibían los sollozos y las convulsiones bajo las mantas. Un llanto ahogado.
El cabecero de mi cama estaba frente a la cama de otra chica; y, en mitad de la oscuridad, una mano apareció entre los barrotes y depositó una magdalena en mi almohada. Era una magdalena con azúcar glaseado y algo encima. Tal vez una guinda. Le pasé un pedazo de mi pastel, y nos estrechamos la mano. Me pregunté cómo sería, pues no me había fijado en ella cuando las luces estaban aún encendidas. Fuera quien fuese, se trataba de una buena persona. Y la magdalena estaba muy rica. Dos o tres camas más allá oí que una chica mordía una manzana debajo de las sábanas. Todas comíamos y llorábamos por nuestras madres.
En la esquinita de cielo que se veía desde la ventana que había delante de mi cama distinguí unas pocas estrellas. Era agradable estar allí tumbada y contemplar las estrellas, esperando a que se fueran debilitando, o se apagasen, o estallasen formando unos brillantes fuegos artificiales. Esperando a que sucediese algo en medio de aquel silencio aciago y sepulcral.