Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 18 de abril de 2018

PHILIPPE SANDS. CALLE ESTE-OESTE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos de nuevo a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca que hoy os recibe, al inicio del trimestre final del curso, con una propuesta muy interesante, un libro magnífico, un ensayo apasionante que enlaza, en su “escenario” último, con el que os presenté inmediatamente antes de las vacaciones.

Y es que si en Una librería en Berlín era la presencia del nazismo la que impregnaba la trama entera de la huida de su autora y personaje principal, Françoise Frenkel, del horror sembrado por Hitler en media Europa antes y durante la Segunda guerra mundial, en este Calle Este-Oeste que os traigo hoy, el exhaustivo, riguroso y, a la vez, palpitante estudio de Philippe Sands que publicó en 2017 la editorial Anagrama, son también los orígenes, el desarrollo y, sobre todo, las consecuencias del trágico delirio nazi los que protagonizan un libro, como digo, deslumbrante y de lectura arrebatadora. En traducción de Francisco J. Ramos Mesa, la obra se presenta con un subtítulo muy claro y explícito y, por ello, revelador del contenido que nos encontraremos en sus cerca de seiscientas páginas: Sobre los orígenes de "genocidio" y "crímenes contra la humanidad".

Es cierto que una rúbrica de este cariz parece evocar de modo evidente el mundo académico y hacer pensar al lector que se halla ante una publicación teórica, de índole científica, un denso texto doctrinal de análisis jurídico, una suerte de aburrida tesis doctoral o de abstruso trabajo de investigación, poblado, además, de notas a pie de página y fundamentado en infinidad de referencias bibliográficas. Y es verdad que son cientos las citas que salpican el relato y decenas los libros que se mencionan en un apartado final de fuentes, pero -y siento recurrir a una expresión tan manida, aunque a la vez tan esclarecedora- Calle Este-Oeste se lee con idénticos gozo, fruición y placer con los que avanzamos por la novela más excitante, pues su escritura es fluida y llena de brío, y la historia que narra -más allá de las disquisiciones teóricas que, en efecto, permean todo el texto y que resultan, también, absorbentes- es conmovedora, llena de peripecias, rezumando emoción y humanidad, mostrando con intensidad y sentimiento -entre las muy precisas argumentaciones jurídicas e históricas- las vidas de unos seres que padecieron la barbarie desencadenada por el Tercer Reich. Además, el planteamiento y la estructura elegidos por Philippe Sands para dar cuenta de los hechos que narra y para organizar la información que nos presenta tienen mucho de novela detectivesca, aportando ingredientes de thriller y siguiendo algunas pautas del género de indagación criminal, graduando la acción con maestría, ofreciendo rasgos de intriga, alternando los tiempos y los escenarios para incrementar el misterio, dejando “flecos” por doquier, elementos incompletos necesitados de desarrollo posterior que incrementan la expectación del lector y le hacen continuar la lectura simultáneamente interesado y conmovido, atento y entusiasmado, emocionado y, pese a la dureza de los sucesos referidos, feliz, con esa exaltada felicidad que es, a mi juicio, el más evidente efecto -y el más noble- que produce la mejor literatura.

Philippe Sands es profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres y abogado. En esa doble condición ha desempeñado un importante papel en juicios internacionales celebrados en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya, y en su experiencia profesional se ha involucrado en los casos de Pinochet, la guerra de Yugoslavia, el genocidio de Ruanda, la invasión de Irak y el espinoso asunto de Guantánamo. Es autor de un par de ensayos sobre la guerra de Irak y sobre el uso de la tortura por parte de la administración Bush. Colabora también, siempre en el ámbito de su especialidad, con cadenas de televisión, revistas y periódicos británicos y norteamericanos.

Esta cualidad de experto en los complicados entresijos de la justicia internacional constituye el desencadenante de la obra que ahora os presento. Invitado en 2014 por la facultad de derecho de la universidad de la hoy ucraniana ciudad de Lviv para dar una conferencia sobre las materias objeto de su especialización -los crímenes contra la humanidad y el genocidio-, Sands, que desde años antes se había interesado por el juicio de Núremberg, en el que tras el fin de la guerra se juzgó a los criminales nazis, encuentra en la pequeña ciudad de historia convulsa el nudo que enlaza algunas de sus principales preocupaciones, tanto profesionales -la consecuencias del juicio y de las condenas a los jerarcas del Reich y sus repercusiones en el Derecho internacional- como personales -las tristes peripecias vividas por su familia judía a lo largo de la primera mitad del siglo-. A partir de esos diversos ejes que confluyen en Lviv, se lanzará a una minuciosa investigación que girará sobre cuatro personajes principales: el ministro de Hitler, Hans Frank, juzgado en Núremberg, abogado y perpetrador de la inicua normativa que dio sustento “legal” a la aniquilación de los judíos, de la que él mismo fue despiadado ejecutor como gobernador de Polonia y, por tanto, responsable de la depuración étnica en los, así llamados, Territorios Ocupados; Hersch Lauterpacht, catedrático de derecho internacional, la mente jurídica internacional más preclara del siglo XX, “creador” de la noción de “crímenes contra la humanidad” y padre del actual movimiento pro derechos humanos; Rafael Lemkin, también abogado, además de fiscal, judío como Lauterpacht, e introductor en el corpus jurídico ya universal -en apasionante “carrera” con su colega y rival- de la doctrina sobre el genocidio, igualmente decisiva en la configuración de la justicia internacional de nuestros días; y, last but not least, Leon Buchholz, abuelo del autor, apenas el único sobreviviente de una amplia familia judía masacrada, erradicada casi en su totalidad, en pogromos y campos de exterminio, en inhumanos traslados, en salvajes ejecuciones, en siniestras cámaras de gas. Los cuatro, casi coetáneos -nacidos entre 1897 y 1904-, coinciden en Lviv (Buchholz nacido allí; Lauterpacht, en Żółkiew, a escasos kilómetros; Lemkin, residente en el pueblo desde muy joven; y Frank, en tanto gobernador de la zona, visitante del lugar por motivos “profesionales”), que se constituye así, y no sólo por estas razones más o menos azarosas, en el quinto gran protagonista del libro.

Porque la pequeña ciudad de Lviv, situada en el mismo corazón de Europa, resulta un ejemplo paradigmático del trágico destino que ha acompañado al continente en los peores momentos de su historia. Conocida indistintamente como Lemberg, Lviv, Lvov y Lwów, perteneciente, en distintas épocas, al imperio austrohúngaro, a la Polonia independizada poco después de la Primera Guerra Mundial, a la Unión Soviética que la ocupó durante la Segunda Guerra Mundial, a la Alemania nazi en 1941 y, por fin, tras la “reconquista” soviética, a la actual Ucrania, de la que forma parte en nuestros días, sus calles, sus edificios, también -por desgracia- sus habitantes, sufrieron, una tras otra, todas las desgracias a las que un siglo terrible, con dos devastadoras guerras de por medio, abocó a la humanidad. Así, la historia de la ciudad se constituye, en definitiva, en una representación a pequeña escala de la de todo el continente. Y esta Lviv, y la vecina Żółkiew, y tantas otras cercanas poblaciones judías parecidas, en las que coinciden las existencias de las familias de los personajes principales, se acomodan a unas estructuras urbanas similares, descritas en la cita de Joseph Roth con la que se abre el libro y que, además, con enorme potencia metafórica, le da nombre: La pequeña población se halla en medio de una gran llanura [...]. Comienza con pequeñas chozas y termina con ellas. Al poco las chozas son reemplazadas por casas. Empiezan las calles. Una discurre de norte a sur; la otra, de este a oeste.

Calle Este-Oeste se presenta así como una indagación, que tiene, como he dicho, algo de detectivesco, en tres frentes que se imbrican e interrelacionan, que se mezclan e intercalan: el “buceo” en las biografías de los cuatro personajes y de su pasos dentro y fuera de su ciudad común, en una pesquisa palpitante y narrada con una capacidad de atracción irresistible; la descripción -con precisión y fidelidad de sobrecogedora crónica periodística- de las sesiones del juicio de Núremberg, en la ya histórica sala 600 de su Palacio de Justicia, que representa una nueva convergencia -junto a la de la ciudad que los vincula- entre los protagonistas principales: en él, Frank será condenado y, tras la sentencia, ejecutado en la horca, Lauterpacht y Lemkin participarán, en distinta medida, con sus aportaciones teóricas, mientras que Leon estará presente a través de su nieto, este Philippe Sands que años después, estudiará con detalle el proceso y escribirá su libro; y, por último, la exposición de los aspectos jurídicos de la génesis, la evolución y la general aceptación de los dos novedosos y “revolucionarios” conceptos -genocidio y crímenes contra la humanidad- cuya construcción tiene lugar en esos días y que se utilizarán por primera vez frente a los asesinos responsables nazis, para integrar desde entonces un ordenamiento legal internacional -en particular la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948- al que se han acogido hoy día la mayor parte de los estados desarrollados.

Esas tres vertientes del libro -que el propio autor no duda en calificar de proyecto literario, eliminando así cualquier disquisición sobre su naturaleza: literatura al fin, al margen de su género- se articulan en un cuerpo central hecho de cuatro grandes capítulos -uno por protagonista- que se alternan y completan con otros menores en los que Sands da cuenta, en un permanente juego hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, de los pasos de su investigación, de sus viajes, de sus entrevistas con otros personajes secundarios (sobrecogedoras -y sorprendentes- las “apariciones” de Niklas Frank, hijo del criminal), de sus visitas a bibliotecas y archivos, todo ello con muestras, que se “espolvorean” con intención y acierto por el texto, de mapas, fotos, pasaportes, visados y otros documentos, los cuales, junto a la ya mencionada base “profesoral” -las bien nutridas secciones finales de agradecimientos, fuentes y notas, y el completo índice analítico-, complementan, con su inequívoca carga de “realidad” comprobada, los aspectos más “novelescos” y por tanto susceptibles -quizá- de ser puestos en duda si se entendieran como una mera ficción literaria.

De todas estas relevantes facetas del libro, me interesan especialmente dos, las que podríamos llamar “humana” y “jurídica”. Desde el primero de los dos puntos de vista, Calle Este-Oeste sobrecoge en tanto que el detallado recorrido por la historia íntima, personal y familiar de los personajes nos muestra retazos de su vida auténtica, de sus afanes, de sus luchas, de sus preocupaciones, de sus esperanzas, también de sus miserias, sus contradicciones o sus cobardías. Sands reconstruye sus antecedentes familiares, rastrea -llegando a visitar- sus domicilios, los negocios que los sustentaron, da cuenta de sus oficios, de las vicisitudes de sus vidas cotidianas, y, claro está, levanta acta de las persecuciones, de la diáspora, de la dispersión, de las huidas, de los exilios, también del infortunio, de las deportaciones, de las muertes, de la aniquilación casi total de muchas de estas pequeñas poblaciones judías centroeuropeas y con ellas de sus habitantes. Y, de continuo, el lector se ve embargado por la emoción que transmiten esos seres desgraciados sometidos a un insoportable sufrimiento.

La batalla de ideas entre Lauterpacht y Lemkin por introducir y hacer prevalecer en el derecho internacional las figuras jurídicas de las que son creadores, respectivamente “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, es también fascinante, por el apasionamiento -no exento de egocentrismo- de ambos contendientes y por las importantes repercusiones que ambas categorías acabarían teniendo en las décadas posteriores y hasta nuestros días actuales. Para entender lo destacado de sus aportaciones hay que partir de la base de que, hasta esos años, el derecho internacional estaba dominado por la idea de que la ley servía al soberano, y, conforme a ese principio, resultaba inconcebible que un individuo tuviera derechos cuyo cumplimiento pudiera imponerse frente a los estados soberanos, que eran libres de actuar como quisieran contra sus ciudadanos, sin sometimiento a principio alguno de más valor que su propio ordenamiento interno: soberanía significaba soberanía, total y absoluta. De este modo, el Reich -pero también cualquier otro Gobierno nacional- podía, dentro de sus fronteras, discriminar, torturar o matar, sin limitación alguna ni reproche jurídico posible. Y así, las minorías y los individuos particulares estaban desprotegidos frente a los excesos de sus gobernantes.

Conscientes -como muchos otros juristas- de que el mundo necesitaba alguna reacción -alguna reacción legal- frente a ese tipo de conductas, que habían desembocado en los intolerables e inhumanos excesos nazis, Lauterpacht y Lemkin acometen su batalla jurídica desde dos ángulos complementarios -aunque en ocasiones antitéticos-: el individual y el grupal. El primero pretendía reforzar la protección del individuo frente a los estados al margen de su pertenencia a grupo alguno, fuera, pues, de cualquier consideración “tribal”. La noción de “crímenes contra la humanidad”, entendidos como el asesinato, el exterminio, la esclavización, la deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, o las persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos, cuando tales actos sean cometidos o tales persecuciones sean llevadas a cabo al perpetrar un delito contra la paz o un crimen de guerra, o en relación con él, vulneren o no la legislación del país en donde se produjeron, surge, pues, para preservar los derechos de los individuos de los abusos de sus dirigentes. Con idéntico propósito pero muy diferente enfoque, Lemkin se centra en la defensa de las personas que sufren actuaciones organizadas de exterminio por el hecho de ser miembros de un grupo, por su raza, por su etnia, por su religión. Construye así la noción de genocidio entendido como el exterminio de grupos raciales o religiosos, de las poblaciones civiles de ciertos territorios ocupados para destruir determinadas razas y clases de personas y grupos nacionales, raciales o religiosos, en particular judíos, polacos, gitanos y otros. Ambos enfoques impregnarán -en muy distinta medida- los informes y los dictámenes, las resoluciones y las sentencias que condenarán a los jerarcas nazis en Núremberg y que, desde entonces, se aplicarán con profusión -el ser humano no parece aprender jamás de sus errores- en Serbia y en Croacia, en Ruanda, Sudán y Libia, en Arabia Saudí y Yemen, en Irán, Irak y Siria, en Israel y Palestina, también en Argentina, Chile o el mismo Estados Unidos.

En fin, son muchos, como podéis comprobar, los motivos de interés de este libro espléndido, Calle Este-Oeste, de Philippe Sands, que esta tarde he querido recomendaros. Os dejo ya con un significativo fragmento extraído de su prólogo y con uno de los dos temas musicales que se citan en la obra -el otro, una canción de Leonard Cohen de la que se cita un verso que no he sido capaz de localizar-: Insensiblement, una pieza que suena al final del libro y que, en fechas posteriores a las del juicio de Núremberg, popularizaría Django Reinhardt.


Niklas y yo estábamos allí, en la sala de justicia número 600, gracias a una invitación que yo había recibido inesperadamente unos años antes. Procedía de la facultad de derecho de la universidad que alberga la ciudad actualmente conocida como Lviv, y era una invitación a dar una conferencia pública sobre mi trabajo en torno a los crímenes contra la humanidad y el genocidio. Me pedían que hablara de los casos en los que había participado, de mi labor académica sobre el juicio de Núremberg, y de las consecuencias del juicio para nuestro mundo moderno.

Hacía tiempo que me hallaba fascinado por el juicio y los mitos de Núremberg, el momento en que se decía que nació nuestro moderno sistema de justicia internacional. Me sentía cautivado por los extraños detalles que podían encontrarse en las larguísimas transcripciones, por las sombrías evidencias, atraído por los numerosos libros, memorias y diarios que describían con minuciosidad forense los testimonios declarados ante los jueces. Me sentía intrigado por las imágenes, las fotografías, los noticiarios cinematográficos en blanco y negro, y películas como Vencedores o vencidos, un filme que en 1961 ganó un Oscar y al que harían memorable tanto el tema que abordaba como el breve flirteo de Spencer Tracy con Marlene Dietrich. Mi interés tenía una razón práctica, puesto que aquel proceso había ejercido una profunda influencia en mi trabajo: la sentencia de Núremberg había hinchado como un potente viento las velas de un movimiento pro derechos humanos todavía en germen. Sí, es cierto que había un fuerte tufillo a “la justicia del vencedor”, pero no cabía ninguna duda de que el caso fue un catalizador que abrió la posibilidad de que los líderes de un país pudieran ser juzgados por un tribunal internacional, algo que nunca había ocurrido antes.

Muy probablemente fue mi trabajo como abogado, antes que mis escritos, lo que suscitó la invitación de Lviv. En el verano de 1998 yo había tenido un papel secundario en las negociaciones que llevaron a la creación de la Corte Penal Internacional, en una reunión en Roma, y unos meses después trabajé en el caso Pinochet en Londres. El expresidente de Chile había pedido inmunidad a los tribunales ingleses por los cargos de genocidio y crímenes contra la humanidad presentados contra él por el juez español Baltasar Garzón, y había perdido. En los años siguientes, otros casos permitieron que las puertas de la justicia internacional se abrieran finalmente entre chirridos tras un periodo de inactividad en las décadas de la Guerra Fría que siguieron al juicio de Núremberg.

Los casos de la antigua Yugoslavia y de Ruanda no tardaron en aterrizar sobre mi escritorio en Londres. Luego seguirían otros, relacionados con diversas acusaciones en el Congo, Libia, Afganistán, Chechenia, Irán, Siria y el Líbano, Sierra Leona, Guantánamo e Irak. Una lista larga y triste que reflejaba el fracaso de las buenas intenciones manifestadas en la sala de justicia número 600 de Núremberg.

Trabajé en varios casos de matanzas. Algunos de ellos se argumentaron como crímenes contra la humanidad, asesinatos de individuos a gran escala, mientras que otros dieron lugar a acusaciones de genocidio, o destrucción de grupos. Estos dos delitos distintos, con su énfasis diferenciado en el individuo y el grupo, se desarrollaron de forma paralela, si bien con el tiempo el genocidio emergió a los ojos de muchos como el crimen de crímenes, una jerarquía que parecía sugerir que el asesinato de un gran número de personas consideradas como individuos resultaba de algún modo menos terrible. De vez en cuando, yo recababa pistas sobre los orígenes y propósitos de los dos términos y su conexión con una serie de argumentos que se formularon por primera vez en la sala de justicia número 600. Sin embargo, nunca investigué con excesiva profundidad acerca de lo que había ocurrido en Núremberg. Sabía cómo habían nacido aquellos nuevos delitos y cómo habían evolucionado posteriormente, pero lo ignoraba casi todo sobre las historias personales que implicaban, o sobre cómo se habían llegado a argumentar en el caso contra Hans Frank. Tampoco conocía las circunstancias personales en las que Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin habían desarrollado sus distintas ideas.

La invitación de Lviv me ofrecía la posibilidad de explorar aquella historia. 



Philippe Sands. Calle Este-Oeste


miércoles, 11 de abril de 2018

WILLIAM BOYD. SUAVE CARICIA. LAS MUCHAS VIDAS DE AMORY CLAY

Cuando nací —en la Inglaterra eduardiana—, «Beverley» era completamente aceptable como nombre de chico (al igual que Evelyn, Hilary, Vivian), y me pregunto si fue por eso por lo que mi padre eligió para mí un nombre andrógino: Amory. Creo que los nombres son importantes, y que no habría que escogerlos a la buena de Dios. El nombre se convierte en tu etiqueta, tu clasificación; es como te refieres a ti misma. ¿Qué podría ser más importante? Solo he conocido a otro Amory en toda mi vida, y era un hombre: un hombre aburrido, por cierto, y su interesante nombre tampoco lo hacía más animado.

Cuando nació mi hermana, mi padre ya estaba en la guerra, y mi madre consultó con su hermano, mi tío Greville, qué nombre ponerle al recién nacido. Entre ambos se decidieron por algo «familiar y sólido», o eso dice la tradición familiar, y de este modo la segunda hija de los Clay se llamó «Peggy»; no Margaret, sino directamente un simple diminutivo. Quizá fue así como mi madre decidió contrarrestar el andrógino nombre de «Amory» que me habían puesto a mí, y que ella no había elegido. Peggy llegó así al mundo; Peggy, sólida y familiar. Creo que no ha existido nadie con un nombre tan equivocado. Cuando mi padre regresó a casa de permiso para conocer a su hija de seis meses, el nombre quedó completamente consolidado, y todos nosotros la conocimos como «Peg», «Peggoty» o «Peggsy», y ya no se pudo hacer nada. A mi padre nunca le gustó de verdad ese nombre, Peggy, y como resultado nunca quiso del todo a Peggy, creo, como si fuera una especie de huérfana que hubiéramos recogido. Ya veis lo que quiero decir acerca de la importancia de los nombres. ¿Quizá Peggy tenía la impresión de que le habían puesto un nombre equivocado porque a su padre no le gustaba especialmente, como tampoco a ella? ¿Fue otro error? ¿Fue por eso por lo que posteriormente se lo cambió?

En cuanto a Alexander, «Xan», fue una solución de mutuo acuerdo. El padre de mi madre, un juez comarcal que murió antes de que yo naciera, se llamaba Alexander. Fue mi padre quien al instante lo abrevió a Xan, y así se quedó. Y esos éramos los hijos de los Clay: Amory, Peggy y Xan.

Lo primero que recuerdo de mi padre es verle cabeza abajo en el jardín de Beckburrow, nuestra casa, cercana a Claverleigh, en East Sussex. Era algo que podía hacer sin ningún esfuerzo, un truco que había aprendido de joven. No había más que darle un cuadrado de césped, y con toda facilidad se colocaba sobre las manos y daba unos pasos. No obstante, después de que lo hirieran en la guerra, lo fue haciendo cada vez menos, por mucho que le imploráramos. Decía que le provocaba dolor de cabeza y se le desenfocaba la vista. De todos modos, cuando éramos pequeños no hacía falta que insistiéramos. Le encantaba ponerse cabeza abajo, según él, porque reajustaba sus sentidos y su perspectiva. Hacía el pino y decía: «Chicas, os veo colgadas de los pies como si fuerais murciélagos, y lo siento mucho por vosotras, ya lo creo, en vuestro mundo al revés con la tierra encima y el cielo abajo. Pobrecitas». ¡No, no, le gritábamos nosotras, eres tú quien está cabeza abajo, papá, no nosotras!

Recuerdo verle llegar de permiso, vestido de uniforme, después del nacimiento de Xan. Este ya tenía tres o cuatro meses, de manera que debía de ser hacia finales de 1916. Xan nació el 1 de julio de 1916, el primer día de la batalla del Somme. Es la única vez que recuerdo haber visto a mi padre de uniforme —capitán B. V. Clay, Orden por Servicios Distinguidos—, la única ocasión en que lo vi como un soldado. Supongo que debí verlo uniformado otras veces, pero recuerdo ese permiso en concreto probablemente porque acababa de nacer Xan, y mi padre lo sostenía en brazos con una expresión extraña e inmutable en la cara.

Al parecer, había dejado instrucciones precisas acerca del nombre que quería para su tercer hijo: Alexander si era un varón; Marjorie si era una niña. ¿Cómo lo sé? Porque a veces, cuando me enfadaba con Xan y quería meterme con él, lo llamaba «Marjorie», así que debía de ser algo que todo el mundo sabía. Tengo la impresión de que todas las historias familiares, todas las historias personales, son tan imprecisas y poco de fiar como las historias de los fenicios. Deberíamos anotarlo todo, llenar todos los huecos, si pudiéramos. Y por eso escribo estas líneas, queridos míos.


Hola, buenas tardes, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, que hoy empieza de una manera tan sugestiva con el texto que antecede, un estimulante aperitivo de un libro magnífico. Se trata de Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay, escrito por el británico William Boyd y presentado en España por la editorial Alfaguara en traducción de Damiá Alou.

“Estas líneas” con las que se cierra el fragmento que abre mi reseña son, precisamente, las que integran las quinientas cincuenta largas páginas de la novela, pues de una novela hablamos, una “falsa biografía” de esta Amory cuya voz escuchamos desde el inicio y que desenvuelve su existencia desde 1908, año de su nacimiento, hasta 1983, fecha de su muerte, aunque el libro se detiene, por razones que no quiero explicar para no desvelar aspectos esenciales, en 1977.

William Boyd nos narra la vida de su inventado personaje dando cuenta de las muchas peripecias de su íntima trayectoria vital -que más allá de los hechos históricos en los que se verá envuelta es, por lo demás, en su interior, común, no demasiado excepcional y similar a la de cualquier otra persona; de ahí, en una significativa paradoja, su valor universal-; una vida que corre casi en paralelo a un siglo -este sí extraordinario y repleto de acontecimientos trascendentales- el cual aflora de continuo en la novela como telón de fondo -en el que, sin embargo, no se ahonda- que enmarca la acción.

El libro se estructura en dos planos, que se alternan y complementan. Por un lado, asistimos, con un desarrollo cronológico convencional, al relato de la propia Amory, que recrea los episodios fundamentales de su vida -en una narración con un tono cercano al del diario, en primera persona- desde su nacimiento y el significativo error del anuncio puesto por su padre en el londinense Times (El 7 de marzo de 1908, Beverley y Wilfreda Clay tuvieron un hijo varón, Amory), hasta un momento que se presume final -y del que, siguiendo una costumbre habitual en mis reseñas y que ya conocéis, no quiero avanzar información alguna-, cuando, adentrándose ya en la ancianidad, la protagonista se recluye en una cabaña, de difusa herencia familiar, en Barrandale, un paraje solitario en una perdida isla escocesa. Y es aquí, en este sosegado retiro de su personaje, en donde Boyd sitúa el segundo frente de la novela, pues la trama argumental que avanza en primer plano con el siglo, se interrumpe a cada poco para presentar el llamado Diario de Barrandale (siendo esta vez diarístico no solo el tono sino el planteamiento mismo de los textos) que, escrito en un aparente presente de 1977 e integrado formalmente entre los distintos momentos de la narración principal, comenta y analiza los hechos del pasado en una especie de glosa retrospectiva para completar y enriquecer nuestra visión de esa fecunda vida que se extingue.

Y con esa estructura dual la novela fluye, precisa y arrebatadora, entretenida y agilísima, haciendo su lectura absorbente y adictiva, para darnos cuenta de la personalidad de un ser humano muy atractivo, de una mujer intensa y singular, sensible y apasionada, mientras vemos pasar a su lado, casi íntegro, como se ha dicho, un siglo XX repleto de sucesos decisivos para la humanidad. Me detendré en un sucinto análisis de ambos frentes, el psicológico y el sociológico (por así llamarlos), como breve cierre a este comentario.

Amory, una niña en esas primeras “escenas” que he transcrito en mi introducción, se interesa, desde muy pequeña, por la fotografía, una afición de la que acabará por hacer un modo de vida (Me gustaba fotografiar a gente en acción: caminando, bajando las escaleras, corriendo, saltando y, lo más importante, que no miraran hacia la lente de la cámara. Me encantaba el modo en que la cámara era capaz de captar esa animación suspendida e irreflexiva. La imagen de alguien completamente detenido en el tiempo: su siguiente paso, su siguiente gesto, su siguiente movimiento, incompletos para siempre. Detenidos en aquella postura, por mí, con el chasquido del obturador. Creo que entonces ya era consciente de que solo la fotografía podía hacer eso con tanta confianza, con tan poco esfuerzo. Solo la fotografía podía llevar a cabo ese truco mágico de detener el tiempo, de capturar ese milisegundo de nuestra existencia, permitiéndonos vivir para siempre). En el ejercicio de su profesión Amory vivirá una existencia intensa y en el fondo feliz (Mis setenta años han sido ricos e intensamente tristes, fascinantes, divertidos, absurdos y aterradores -a veces-, difíciles, dolorosos y dichosos. Complicados, en otras palabras), cuya narración, por sí sola, mantendría vivos el interés y la atención del lector (Sí, mi vida ha sido muy complicada, pero me doy cuenta de que son las complicaciones lo que más me ha atraído, lo que me ha mantenido con vida). Los ricos e infrecuentes hechos a los que asiste o de los que forma parte convierten su transcurrir por el mundo en una experiencia singular, muchas veces insólita y siempre fascinante (Pensaba en lo desconcertante y extraña que es la vida, en la manera tan complicada en que a veces te lanzaba esas “bolas con efecto”, como solían decir los soldados en Vietnam. A veces tenía la impresión de que mi vida estaba compuesta completamente de bolas con efecto y sorpresas inoportunas. Ninguna hija espera que padre intente matarla metiendo el coche en un puto lago. Ninguna joven fotógrafo espera que la procesen por obscenidad, ni unos putos fascistas casi la maten de una paliza). En cualquier caso, y en esta dimensión más íntima, nos interesan sobre todo sus reflexiones, sus emociones, sus pensamientos en torno a sus muy particulares vivencias, al modo en que se manifiesta en este muy significativo fragmento, que encierra -de manera velada y tangencial- una clave de una obra que pese a lo que de él pueda deducirse es vitalista y alegre, ilusionante y pletórica: ¿Es cierto que la vida no es más que una larga preparación para la muerte, lo único de lo que podemos estar seguros los miles de millones de habitantes de la tierra? Las muertes que presencias, las muertes de las que oyes hablar, de los que están cerca de ti, las que puedes causar o provocar, aunque sea sin querer (pienso en mi perro, Flim), te preparan, de manera sigilosa y acumulativa, para tu futura partida. Pienso en las muertes con que me he encontrado -las que me han dejado destrozada, las muertes de desconocidos que he visto por casualidad- y comprendo que me han llevado hasta este punto de vista, esta convicción intelectual que ahora mantengo. Cuando eres joven no te das cuenta, pero a medida que envejeces esa constante acumulación de saber te va aleccionando, se vuelva cada vez más pertinente para tu propio caso.
Pero entonces me pongo a pensar, le doy vueltas a esta idea. Todas las muertes con que te encuentras, ¿suponen algo positivo en tu vida? Tu historia personal de la muerte te enseña lo que es importante, lo que hace que valga la pena estar vivo: ser un ser que siente, que respira. Es una lección clave, porque si ya sabes eso, también sabes lo contrario: cuándo ya no vale la pena seguir viviendo, y entonces puedes morir feliz.

Para mejor recrear la vida inventada de su personaje, William Boyd acompaña su relato de numerosas ilustraciones fotográficas, placas supuestamente realizadas por Amory Clay. En realidad, durante años él mismo fue recopilando, en bazares y mercadillos, en rastros y librerías, alrededor de dos mil fotografías -de orígenes y autores diversos, con temas y protagonistas muy disímiles entre sí- de las que, al final, unas setenta y tres aparecen en el libro. El propio autor cuenta en distintas entrevistas que he podido leerle el modo en que dio con la foto de la “propia” Amory, que acabó por ocupar la portada del libro: Fue un amigo quien encontró la fotografía de Amory Clay en una parada de autobús. “Estaba en el suelo. La recogió. Me la envió. Y yo me dije que era una señal, que aquella chica en bañador era Amory”. Este interesante juego de realidad/ficción permea toda la obra, ya desde su cita inicial, autoría de un Jean-Baptiste Charbonneau del que sólo hay constancia en el mundo “real” como explorador americano muerto en 1866 -siendo la cita de un supuesto volumen de 1957-; aunque así se llama también un personaje que aparece en la novela, escritor y por lo tanto plausible “autor” de la reflexión que la abre. Una cita, por cierto, que explica no solo el “suave caricia” del título, sino, sobre todo, su espíritu optimista e ilusionado, dichoso y vivificante: Dure lo que dure vuestra estancia en este pequeño planeta, tanto da lo que ocurra en ella, lo más importante es sentir -de vez en cuando- la suave caricia de la vida.

Y en esta narración autobiográfica, Amory se nos presenta en diversos episodios que tienen como marco algunos de los principales hitos del siglo XX: la primera guerra mundial de la que el padre es una víctima superviviente; el deslumbrante y caótico y transgresor Berlín de los años veinte previos al auge del nazismo; la efervescente Nueva York de los treinta, bulliciosa y espléndida pese a los efectos de la Gran depresión; los aciagos días de la segunda contienda, con una especial mención a los insidiosos atisbos del fascismo británico ejemplificados en la violencia de los grupos pronazis de Oswald Mosley; la guerra fría, las pacíficas revoluciones hippies y la contestación a la guerra del Vietnam, a la que nuestra protagonista asistirá, ya una mujer madura, en su último trabajo como fotógrafa. Pero este escenario aparece, ya se ha dicho, como un mero decorado en el que no se profundiza, tratado de un modo ligero y casi anecdótico, sin apenas hondura, muchas veces a través de meras referencias aisladas que cruzan el texto sin mayor desarrollo, como por ejemplo: Y el mundo giraba y la historia transcurría: la incendiaria destrucción del dirigible Hindenburg, la guerra chinojaponesa, el estreno de Blancanieves y los siete enanitos. O también: Me enteré de que Alemania se había anexionado Austria, que un meteorito de quinientas toneladas había aterrizado cerca de Pittsburgh, Pensilvania, que se había inventado algo llamado café “instantáneo”, de que Orson Welles había emitido por la radio La guerra de los mundos y había sembrado el pánico. E incluso: Los bombardeos alemanes de Londres, que Japón había invadido Singapur, que el Afrika Korps había recuperado Tobruk, que la armada de los Estados Unidos había triunfado en la batalla del mar del Coral. En todos los casos se trata de simples notas para dotar de “color” a la narración, como lo son también Irwin Shaw, George Stevens, John Steinbeck o Marlene Dietrich, entre otros, que comparecen en el libro, meros nombres sin “densidad”, sin ulterior tratamiento o justificación, para “anclar” su acción en la cronología del siglo. Así ocurre igualmente con las fotografías elegidas por Boyd para ilustrar el relato, las cuales, más allá de su interés intrínseco, le sirven para documentar el acontecer de los años e incluso -casi imperceptiblemente- la evolución del propio arte fotográfico.

Y otro tanto sucede con la música, de la cual se dejan en la novela algunas muestras de canciones que ayudan a datar la época. Es el caso de Ain’t she sweet, de Gene Austin, al que no se cita, como tampoco a los Beatles, que hicieron una solvente versión; It Happened in Monterey, conocida por su interpretación de Frank Sinatra, que tampoco es mencionado; Bobbie Shafto; o el Walk On By que popularizó Dionne Warwick, y que es el tema que he elegido para cerrar esta reseña.

Interesante novela, en cualquier caso, pese a sus sombras, esta Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay, que presenta en Alfaguara William Boyd y que os recomiendo con contenido entusiasmo (valga el relativo oxímoron).

miércoles, 28 de marzo de 2018

FRANÇOISE FRENKEL. UNA LIBRERÍA EN BERLÍN

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Hoy, el ya veterano espacio de literatura en Radio Universidad de Salamanca os acerca una obra interesante, de lectura muy instructiva aunque a mi juicio algo fría, sobre un tema bien conocido y del que aquí ya os hemos presentado infinidad de aproximaciones. Se trata de Una librería en Berlín, el relato en primera persona en el que Françoise Frenkel, una ciudadana judía de origen polaco, desconocida para mí en tanto escritora, da cuenta de su experiencia como librera en Berlín a principios de los años veinte del pasado siglo y, sobre todo, de su trágica huida por Alemania, Francia y Suiza, escapando de la agobiante opresión del nazismo entre 1939 y 1943. El título escogido para la aparición del libro en España no es el original, mucho más significativo respecto a su contenido: Rien où poser sa tête (“ningún sitio donde descansar la cabeza”), siendo además algo equívoco y pudiendo inducir a la confusión, pues la presencia de la librería berlinesa referida ocupa apenas treinta de las casi trescientas páginas del volumen. Una librería en Berlín fue publicado en 2017 por la editorial Seix Barral en traducción de Adolfo García Ortega, excelente escritor él mismo (hace años presenté en este espacio El mapa de la vida, una magnífica novela) y muy interesado, en sus libros y sus traducciones, por las dramáticas vicisitudes vividas por los judíos en el terrible siglo XX. El texto viene precedido de un clarificador prefacio de Patrick Modiano, otro escritor (también reseñado en esta página) “obsesionado” con la segunda guerra mundial, en particular con los escenarios y personajes de la ocupación de Francia por las tropas hitlerianas, y se cierra con un muy necesario dosier final, que incluye documentación variada sobre la protagonista del libro y sobre algunos de los detalles de los que se habla en él. De este curioso dosier adjunto os comentaré más adelante algunos detalles relevantes.

La mayor parte de las obras literarias centradas en los trágicos episodios vividos por las víctimas -sobre todo judías- de la barbarie nazi en el período que va desde la ascensión al poder de Hitler hasta el fin de la Segunda guerra mundial, tanto las que se plantean a partir de una base autobiográfica y casi documental como las que adoptan abiertamente la forma de un relato de ficción, suelen presentar a los personajes en sus vidas anteriores a su deportación a los siniestros campos de concentración y exterminio o bien una vez incorporados a ellos. En el primero de los casos, las narraciones se centran en el clima de terror que progresivamente va tomando cuerpo en la Alemania -y en el resto de los países invadidos- dominada por el nacionalsocialismo, en las amenazas a los judíos, en las sospechas y vejaciones, en la humillante exposición pública, en la infamante exigencia de portar la estrella de David en sus ropas, en las ofensas y agresiones inicialmente esporádicas, luego constantes, en los ataques y linchamientos, en la expulsión de sus trabajos, la destrucción de sus negocios y el vacío social y profesional, en el ambiente irrespirable, los registros, los saqueos y las confiscaciones, en la enajenación de sus bienes, el racionamiento y la degradación, en el confinamiento en guetos y, por fin, en la exacerbación de los pogromos con su detención y su cruel conducción a los campos, cientos de miles de personas hacinadas e indefensas en los inhumanos trenes de la muerte. Una segunda vertiente -muy nutrida y copiosa, y de extraordinario valor “moral”- entre los libros que registran ese infausto momento histórico lo constituyen aquellos que describen las penalidades sufridas por sus protagonistas en los centros de internamiento y exterminio, en las diversas variantes del horror y la atrocidad, de la bestialidad y la locura sobre las que se articulaba la existencia en lugares como Auschwitz, Birkenau, Treblinka, Dachau, Buchenwald o Mauthausen. (Aprovecho, una vez más, para recordaros la inexcusable visita a la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que puede verse hasta el próximo 17 de junio en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid).

Mucho menos a menudo nos encontramos con libros que se centren en la descripción de la huida, en la dura cotidianidad de quienes, vislumbrando el peligro escondido en los ominosos indicios que ofrecían las primeras acciones perpetradas por las desenfrenadas huestes de las tropas de asalto o las juventudes hitlerianas o desesperados ante la desaparición de sus conocidos, allegados o parientes, deciden escapar, dejando atrás pertenencias y amistades, familia y propiedades -la existencia entera-, para salvar la vida y en busca de seguridad y, sobre todo, libertad. En el caso de la literatura de expresión francesa, a la que pertenece la autora que hoy nos ocupa, es bien cierto que existen algunos ejemplos notables de esta “tendencia”, pues el propio Patrick Modiano sí ha basado una parte sustancial de su obra en referir el día a día en la Francia ocupada, pero sus novelas reflejan más la “normalidad” que la fuga, en la medida en que en ellas la amenaza nazi es más difusa, está en el ambiente, claro -las calles de las ciudades asisten al paso triunfal de los invasores alemanes-, pero no acosa directamente a los personajes, que se desenvuelven en su existencia habitual condicionados por la presencia de la guerra pero no presionados o agredidos o violentados brutalmente por ella. Suite francesa, la obra maestra de Irène Némirovsky, que aprovecho para recomendaros apasionadamente, un libro que tiene más de un punto en común con el que hoy os presento, sí se centra en el sufriente itinerario de la retirada y dispersión, angustiosa y desesperada, de miles de familias que abandonan un París bombardeado para escapar de sus más que probables verdugos. Sin embargo, la novela de Némirovsky, a años luz (a su favor) en calidad literaria de Una librería en Berlín, no se limita, como lo hace ésta, a la mera descripción casi notarial de las peripecias de los desplazados, sino que tiene más altura, más profundidad, más dimensiones en definitiva, constituyendo un espléndido y vivo testimonio de la sociedad francesa y del estado del mundo en su época, así como una profunda indagación en la condición humana.

En cambio, como digo, la historia que se nos cuenta en Una librería en Berlín es, sin despreciar el enorme valor que supone como muestra -una más- de la feroz e inhumana irracionalidad a la que puede llegar nuestra especie, es más trivial, más “ligera”, más “rutinaria” -y espero que los adjetivos no suenen frívolos en este contexto-, o al menos ésa ha sido mi percepción durante su lectura.

Frymeta Idesa Frenkel, que se hará llamar Françoise Frenkel, nace en 1889 en Polonia. Estudiante de Letras en la Sorbona realiza sus prácticas en una librería parisina. En 1921 se instala con su marido, Simon Raichenstein (del que, muy sorprendentemente, no aparece ni una sola referencia, por pequeña o indirecta que fuese, en el libro), en Berlín, en donde ambos fundan La Maison du Livre, la primera librería especializada en literatura francesa de la capital alemana. Las primeras intimidantes sombras que enturbian la normalidad de la vida de los judíos llevan al exilio al marido, mientras Françoise permanece en Berlín al frente de su establecimiento (Yo amaba a mi librería como una mujer ama, con verdadero amor, será la declaración más entusiasta sobre su oficio -y a mí y ya me parece algo retórica y, en el fondo, vacua-, aparte de alguna mención superficial a escritores y títulos favoritos) hasta julio del 39 en que la declaración de guerra la obliga a dejar Alemania y huir a París. La crónica de esos largos años -en ese momento nuestra protagonista tiene ya cincuenta- ocupa, como ya he señalado, una treintena de páginas, mientras el núcleo principal del libro se detiene en las sucesivas etapas de un cada vez más penoso peregrinaje en pos de una liberación que la mujer acabará encontrando en junio de 1943 cuando, tras al menos tres intentos fallidos, logra cruzar a Suiza y alcanzar la salvación. Su marido, en cambio -pero esta información no la conocemos por el relato de Françoise-, acabará deportado a Auschwitz y morirá en el campo. El lector de Una librería en Berlín seguirá a su autora por mil y una peripecias, de Berlín a París y, desde la capital gala, a Aviñón, Vichy, de nuevo Aviñón, Niza, algún lugar perdido de las montañas prealpinas, Grenoble, Annecy, Saint-Julien, otra vez Annecy y por último el tranquilizador país helvético tras cruzar abruptamente la frontera desde la región de Saboya. En su arriesgado itinerario, en el que utilizará distintos medios de transporte (trenes, autobuses, camiones, burros, sin excluir las muchas caminatas a pie), Françoise -que parece gozar de una holgada condición económica, pues se aloja, al menos los primeros años de su periplo, en hotelitos de una cierta calidad- se asienta en sus diferentes destinos siempre a la expectativa de alguna benéfica novedad (El fondo subyacente de aquella experiencia era la espera, escribe), se adapta en ellos, mientras no llegan las buenas noticias, a una relativamente despreocupada normalidad y entra en contacto con gentes variadas, amigos, conocidos, acogedoras familias que la albergan, lugareños afables o siniestros que la ayudarán a escapar cuando la placidez de su refugio se ve en peligro por una nueva aproximación de los temidos invasores... Su relato recrea puntualmente las diferentes situaciones por las que transcurre su escapada, en la que son frecuentes los cambios de domicilio, en condiciones cada vez más austeras, punteándolas con reflexiones personales en las que comenta los pormenores de su errante vida, añora a sus seres queridos y los tranquilos días del pasado, emite juicios sobre las personas que encuentra, desliza algún pensamiento más o menos filosófico e introduce algún pasaje poético o tocado de un cierto lirismo. Desde el punto de vista literario, pues, el libro no me dice mucho; es, incluso, a mi juicio, algo simple, muy llano y elemental, sin demasiados aspectos sobresalientes o de una especial relevancia: la narración algo desapasionada y sin la intensidad ni el dramatismo ni la emoción, al menos desde mi percepción lectora, que las duras vivencias experimentadas conllevan, de una mujer con posibles que ve cómo su vida se desmorona y se ve obligada a abandonar cuanto tiene y adaptarse a muy difíciles circunstancias, pero siempre de un modo privilegiado frente al sufrimiento y la indefensión que debieron padecer muchos de los perseguidos en aquellos días, gentes del común a la postre no tan favorecidos por la fortuna como sin duda lo fue, pese a sus desgracias, Françoise Frenkel. Quizá sea este hecho el que motive que al lector le resulte difícil sentirse del todo identificado con la protagonista del relato en sus tristes contingencias.

La edición española se completa, como he anticipado, con un muy ilustrativo dosier final que incluye una sucinta cronología, algunas pruebas documentales -fotografías, recibos, facturas, testimonios notariales, declaración juradas, escritos oficiales, artículos de prensa, dedicatorias, páginas de listines telefónicos- de los hechos narrados en el texto, así como de la inusitada y azarosa trayectoria del libro original, “desaparecido” durante décadas tras su publicación en 1945 y “recuperado” por azar en un tenderete de un rastro hace menos de un lustro.

En fin, una lectura, pese a todo, interesante, la de esta Una librería en Berlín de Françoise Frenkel que esta tarde os recomiendo. Como acompañamiento musical a mi reseña os dejo a Yves Montand poniendo su voz a un bellísimo poema, Barbara, de Jacques Prévert, algo posterior -1946- a la acción narrada en el libro, pero lleno de referencias a la brutalidad de la guerra entonces recién terminada (Oh Barbara/Qué gilipollez la guerra/Qué habrá sido de ti/Bajo esta lluvia de hierro/De fuego de acero de sangre/Y aquel que te estrechaba en sus brazos/Cariñosamente/Estará muerto desaparecido o quizá viva).


Cuando pienso en los últimos años tan atormentados de mi estancia en Berlín, de nuevo veo ante mí una cadena de hechos alucinantes: los primeros desfiles silenciosos de los futuros camisas pardas; el proceso que siguió al incendio de Reichstag, típica muestra del proceder nacionalsocialista; la rápida transformación de los niños alemanes en larvas excitadas de las Juventudes Hitlerianas; el aspecto masculino de las chicas rubias de ojos azules que desfilaban con zancadas tan bruscas que hacían vibrar los escaparates y temblar los libros que había en los expositores como un sombrío presentimiento; la visita de una madre alemana que lloraba por su hijo, quien acababa de ser felicitado delante de toda la clase y puesto como ejemplo por haberla denunciado por sus opiniones antinazis; o esa otra madre, esta judía, que, con el corazón lleno de dolor, me contó que se había encontrado en la calle con su hijo, de padre cristiano, y como iba acompañado de camaradas hitlerianos hizo como que no la conocía; la creciente desolación de todas las madres ante el desafecto de sus hijos arrancados del hogar familiar; la influencia de los jefes de edificio que se metían en la vida de los inquilinos, los delataban ante los tribunales de comportamiento, dislocaban los lazos del matrimonio, de la amistad, del cariño, del amor; las personas desposeídas primero de sus trabajos y de sus funciones, luego de su fortuna y finalmente de sus derechos cívicos y humanos; la huida de los perseguidos hacia las fronteras; los entierros de los desesperados que se habían arrojado a las ruedas del tren o por las ventanas; la desaparición definitiva en los campos de concentración; el regreso de algunos clientes después de largas ausencias, mentes finas y lúcidas -con la cabeza rasurada como condenados a trabajos forzados, mirando al infinito, desquiciados, temblándoles las manos- que se habían convertido en unos viejos en tan pocos meses.
Recuerdo la aparición de un jefe con cara de robot, cara en la que el odio y el orgullo estaban tan profundamente marcados que en ella había muerto todo sentimiento de amor, de amistad, de bondad, de piedad…
Y alrededor de ese jefe, con voz histérica, una muchedumbre hechizada capaz de toda violencia y de todo asesinato.
Visión del nacimiento de ese monstruoso y siempre creciente termitero humano que se extendía rápidamente por todo el país con un siniestro chirrido metálico, termitero de un incalculable potencial de fuerzas colectivas. 



Françoise Frenkel. Una librería en Berlín

miércoles, 21 de marzo de 2018

PALOMA DÍAZ-MAS. LO QUE OLVIDAMOS 

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca, sale a vuestro encuentro un miércoles más con una propuesta espléndida, un libro intenso, emotivo, intimista, sincero, conmovedor, escrito por una autora no demasiado popular aunque sí muy reconocida por la crítica y que tiene tras de sí una amplísima trayectoria desde hace casi cuarenta años. Se trata de Paloma Díaz-Mas, a la que yo leí con entusiasmo en los años ochenta y noventa del siglo pasado en novelas y cuentos magníficos -El rapto del Santo Grial, Nuestro milenio, El sueño de Venecia, Una ciudad llamada Eugenio, La tierra fértil-, que os recomiendo con fervor, y que ha presentado, a finales de 2016 y en su sello habitual, Anagrama, Lo que olvidamos, una novela de corte claramente autobiográfico que relata la terrible experiencia de la enfermedad de alzheimer sufrida por su madre y la repercusión que en la hija, en su memoria y sus recuerdos, tiene el hundimiento de aquella en el desconcierto y el olvido, en la oscuridad y el sinsentido. La sensibilidad, la belleza, la ternura que rezuma el libro son difícilmente transmisibles en una reseña como ésta, forzosamente neutra y hasta distante, objetiva y por ello siempre algo fría, razón por la que os invito a mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes, en el que en próximas semanas, inmediatamente después de las vacaciones de Pascua, dedicaré dos programas al libro, con una amplia muestra de significativos fragmentos de la obra que os permitirán apreciar -si os decidís a escucharlos- la vibrante y tristísima, la doliente y amorosa, la compasiva y cálida, la íntima y enternecedora historia que se cuenta en Lo que olvidamos.

En setenta y cinco no muy largos capítulos que se presentan al modo de breves viñetas, fragmentos significativos de una vida, distintos episodios del pasado, acontecimientos relevantes y otros triviales, citas literarias, reflexiones, pensamientos y hasta digresiones, la narradora describe la dramática evolución de la enfermedad de su madre. Primero aparecen algunos ligeros atisbos del mal, casi inapreciables y de difícil valoración: olvidos menores, contradicciones, despistes, más tarde despropósitos, frases sin sentido, repeticiones, incoherencias. Entre todo ello, no obstante, la normalidad, su inteligencia y sentido del humor habituales, su amabilidad, su encanto, su fluida conversación, sus prácticas cotidianas desenvueltas como de costumbre, hasta el punto de hacer dudar a los hijos, a los amigos, a los conocidos: ‘serán sólo rarezas del carácter, manías de la edad, salidas intempestivas de una anciana’. Pero, progresivamente, comparecen, ante la tristeza y el desgarro de los seres queridos, el deterioro, el ensimismamiento, el descuido en el vestir, la relajación en los hábitos, el desorden, los objetos perdidos, la irreparable ampliación de la frontera entre la madre conocida -lúcida, alegre, locuaz- y ya casi inexistente, y el abismo al que se abre una personalidad del todo ajena, ya un fantasma, una mente perdida, irreconocible, sumida en una confusión dramática, impotente.

Muy pronto -muy pronto en la novela- llega el internamiento en la residencia, las visitas de la hija, la deprimente atmósfera de las salas pobladas de enfermos apagados y solitarios, de cuasi cadáveres ambulantes, el hundimiento acelerado de la madre en su extrañeza, en su inaccesible cerrazón. Y entonces, cuando la certeza de la enfermedad es ya completa, cuando la familia debe renunciar a cualquier posibilidad de recuperar una vida ya “esfumada”, y en paralelo a los encuentros cotidianos en las dependencias del establecimiento hospitalario, llega el desmantelamiento de la casa materna y con él la reaparición de decenas de objetos arrumbados en cajones, en trasteros, en carpetas, en armarios, que despertarán los recuerdos de la narradora al tiempo que los de su madre se desvanecen en una densa tiniebla impenetrable. El contacto con esos recuerdos “materiales” casi olvidados avivará los verdaderos, los que guardábamos en la memoria y ahora se nos hacen presentes por intercesión de un trasto viejo e inútil. Lo que olvidamos:
Viene ahora la inacabable tarea de deshacer esta casa que fue sucesivamente tantas casas: la casa de nuestros abuelos, la casa de nuestros padres, la de nuestra familia, la de una viuda (nuestra madre) con hijos, la de una viuda con la que vivían cada vez menos hijos, la de una anciana sola viviendo en un caserón inmenso.
Cada una de esas etapas ha ido dejando en este piso antiguo y enorme un estrato de cosas que un día adquirimos con ilusión, que luego cayeron en desuso y fueron quedándose ahí, como pecios de nuestra vida, de nuestras respectivas y sucesivas vidas. Una casa grande invita a no tirar nada; todo, hasta lo más inservible, acaba encontrando un acomodo en sus lugares visibles y luego en los rincones invisibles: el fondo de los cajones, el altillo de los armarios, los anaqueles más altos de las librerías, las habitaciones que poco a poco van dejando de utilizarse y acaban convirtiéndose en trasteros. En realidad, ésa ha sido la evolución de esta vivienda: de una casa viva a una colección de cuartos de los trastos, con uno o dos espacios apenas habitados (el dormitorio, el cuarto de estar que pasó a ser el centro de la vida doméstica, abandonado el salón por demasiado grande y demasiado frío, la cocina decrépita y el cuarto de baño insuficiente).
Muchos de los objetos que hay aquí, en estas habitaciones progresivamente deshabitadas, fueron guardados porque los considerábamos recuerdos, vestigios tangibles de momentos memorables. Quisimos guardarlos para no olvidarnos de que vivimos aquello. Inútiles recuerdos los que han caídos en el olvido, los que están sepultados en el anonimato de un cajón, de un armario o de una caja cerrada en un trastero, los que durante muchos años fueron invisibles y que en todo ese tiempo no sirvieron para recordarle nada a nadie. Ahora toca descubrir que estaban ahí, sacarlos a la luz, decidir cuáles merecen ser salvados y guardados -muy pocos tendrán que ser: vendida esta casa enorme, la mayoría ya no cabrán en ninguna parte- y cuáles se verán abocados a un olvido sistemáticamente organizado en diversos contenedores de reciclaje.
Y ahora sí, según vayamos descubriéndolos, examinándolos y decidiendo cuál será su destino, estos recuerdos cumplirán su función de hacernos recordar y nos irán llenando poco a poco de una melancolía que hará aún más lento y oneroso el proceso de desmontar una casa con tanta historia. Los recuerdos materiales, a medida que desaparezcan tragados por la basura o los contenedores de papel, de vidrio o de ropa vieja, nos obligarán a evocar detalles de nuestra vida que habíamos olvidado y serán así sustituidos por los verdaderos recuerdos: los que guardábamos en la memoria y ahora se nos hacen presentes por intercesión de un trasto viejo e inútil. Lo que olvidamos.

La novela nace ahí, pues, en ese elenco de cachivaches, de muebles, de cartas y postales, de cuadernos y libretas, de joyas, de cajas -de costura, de botones, de dulces-, de ajados periódicos amarillentos, de herramientas de trabajo, de juguetes, de cámaras y de fotografías, de tallas religiosas, de cosas inservibles, de objetos inútiles que reaparecen inesperados en el melancólico arqueo de la hija y que la llevan a evocar su infancia y juventud, la alegre -y a veces conflictiva- relación con la madre; pequeños acontecimientos, sucesos disipados en la traicionera memoria: un amigo casi olvidado, un perrillo que acompañaba los juegos infantiles, las baldosas hidráulicas del comedor familiar (en un fragmento memorable que os dejo como cierre a esta reseña y que “conecta” con el cuadro que se recoge en la portada del libro). Y tras cada pieza, tras cada utensilio, una nueva historia, que la autora hilvana con delicadeza y emoción, con dolor y con tristeza, con melancolía y sensibilidad, permitiendo al lector conocer los pormenores de unas vidas -la suya propia, la de una narradora que parece ser Paloma Díaz-Mas, y la de su madre- que se entremezclan en un doble plano, el personal y subjetivo y el colectivo y social, la peripecia biográfica y los acontecimientos políticos, el relato íntimo y el marco histórico, con la guerra civil y el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 como referentes principales, en un continuo trasvase entre el pasado y el presente imbricados con maestría en la musical y envolvente escritura de la autora.

Y esa remembranza heteróclita (Mis recuerdos no son una cadena ni un hilo en el cual se ensartan los sucesos, sino un puzle desordenado, hecho de pequeñas piezas que cuesta mucho trabajo colocar), construida a partir de retazos deslavazados del pasado (Todos mis recuerdos están desordenados y mi memoria es confusa, como la de quien mira a través de la niebla), conlleva un punto de descubrimiento, de aparición imprevista de algún suceso tan olvidado que parece no haber existido nunca (Lo que nunca supimos se va extendiendo como una mancha que cubre y oculta lo que hemos sabido y estamos empezando a olvidar, contagiando de no-saber nuestros propios recuerdos), incluso de reinvención, de imprevisto e inusitado desvelamiento de recodos ocultos de una personalidad que se ha elaborado -fragmentaria e imprecisa- desde hechos o episodios o situaciones o circunstancias que nunca llegaron a existir (Cuántas veces vivimos sin entender lo que pasa y reinventamos nuestra experiencia basándonos en una equivocación). De modo que en cierto modo nada es en realidad cierto e indubitable, todo es leyenda y creación, todo es invento y ficción, el pasado y la memoria y el olvido obran a su antojo, somos la suma de recuerdos falsos, lo acaecido se nos escapa y difumina un segundo después de vivido, todo queda atrás, todo se desvanece, todo pierde sustancia y se apaga y desaparece, somos la sombra de un recuerdo, tal y como se pone de manifiesto en este fragmento de La Celestina que la autora intercala en su texto: Pues los casos de admiración y venidos con gran deseo, tan presto como pasados, olvidados. Cada día vemos novedades y las oímos, y las pasamos y dejamos atrás. Disminúyelas el tiempo, hácelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarías si dijesen «la tierra tembló» u otra semejante cosa que no olvidases luego, así como «helado está el río», «el ciego ve ya», «muerto es tu padre», «un rayo cayó», «ganada es Granada», «el Rey entra hoy», «el Turco es vencido», «eclipse hay mañana», «la puente es llevada», «aquél es ya obispo», «a Pedro robaron», «Inés se ahorcó»...? ¿Qué me dirás, sino que, a tres días pasados o a la segunda vista, no hay quien de ello se maraville? Todo es así, todo pasa de esta manera, todo se olvida, todo queda atrás.

Y en esta operación de perderse y encontrarse en los huidizos territorios del recuerdo y el olvido, en la triste caducidad de nuestra pobre memoria, madre e hija acaban por encontrarse (De repente caigo en la cuenta de que al fin y al cabo mi madre y yo no somos tan distintas: ella ha sido incapaz de identificar las fotografías, a mí los textos escritos en el dorso me abren el abismo de todo lo que viví y ya no recuerdo) y el relato alcanza su máxima emoción, su bellísima y conmovedora última clave.

No dejéis de leer esta espléndida novela, Lo que olvidamos, de Paloma Díaz-Mas. Os dejo ahora con una canción de la banda de Arizona Calexico (con acento en la "e" y no como incorrectamente lo pronuncié en antena), The Vanishing mind, inspirada en la experiencia real de dos de sus miembros principales, cuyas madre y abuela, respectivamente, sufrieron la terrible enfermedad degenerativa que ocupa el núcleo central del libro.


A veces -sólo a veces; en realidad, sólo excepcionalmente- las cosas que perdimos par siempre y que creíamos destruidas salen a nuestro encuentro. Así que esa pérdida no era, en realidad, para siempre, sino sólo por un tiempo. Las cosas amadas regresan a nosotros, como un animal que vuelve a su querencia; pero de alguna forma ya no son las mismas. Las reconocemos, sin embargo: algún día fueron nuestras. Y cuando dejamos de poseerlas creímos que esas cosas, sin nosotros, no podrían sobrevivir. Desaparecían, puesto que ya no las teníamos.
Las cosas, sin embargo, siguieron existiendo. Lejos de nosotros, apartadas de nuestra vista, iniciaron una vida nueva de la que nada sabemos. Fueron poseídas y usadas por otros. Cuando, inesperadamente, volvemos a encontrarlas por azar, nos sorprende que aún estén ahí, que no se extinguieran cuando nos desprendimos de ellas.
Las cosas, sin embargo, son tozudas, insisten en sobrevivir y, quizás, en sobrevivirnos. Pueden apañárselas muy bien sin nosotros, sus antiguos poseedores. Y, liberadas de nuestra posesión, se reencarnan en numerosos avatares.
Por ejemplo, ese suelo de baldosas hidráulicas que fue parte de nuestras vidas, elemento fundamental de los juegos de la infancia, y que vimos por última vez hace ya más de dos años. Las que mandó colocar en toda la casa nuestra abuela en los años treinta (entonces eran el pavimento decorativo de moda), cuando a nosotros nos faltaban muchos años para empezar a existir.

No sé bien por qué se nos ocurrió acudir a esta exposición antológica de pintura hiperrealista española. Era, nada más, una manera de pasar esta tarde lluviosa y fría de un otoño que parece ya invierno. Deambulábamos, un tanto desganados, por las salas en las que se exhibían lienzos bastante previsibles: el bodegón en el que el jarro o la fruta destacan sobre un mantel blanco heredado directamente de Zurbarán; los fragmentos de cuerpos desnudos cuyos miembros se enredan en las sábanas de una cama revuelta; una botella medio llena o medio vacía en cuyo vidrio se refleja el cuadrado de sol de una ventana ausente; frutas en un lebrillo de barro vidriado; la vieja máquina de escribir mecánica, sobre un pupitre de madera en el que se amontonan, en cuidadoso desorden, libros y cuadernos en lo que casi podemos leer. Hasta que, en una de las salas, lo vi: un lienzo grande que ocupaba casi toda la pared Un óleo en blanco y negro de calidad casi fotográfica en el que puedo identificar sin vacilación, sin ningún atisbo de duda, las coloridas baldosas, de dibujos complicados, del comedor de la casa de mi madre, de la casa de mi infancia y de mi juventud, de la casa que fue también de mis abuelos. Alguien dijo que era el mejor cuadro de la exposición; para mí fue como entrar en una foto antigua de esa casa que hace tanto tiempo que no habito.
La casa, con su comedor embaldosado, había dejado de ser mía y ahora era de otro. Alguien, el pintor, había entrado en ella, había pisado aquel mismo suelo y se había apropiado de él para llevarlo a otro lugar: el lienzo en el que cuidadosamente lo había pintado, reproduciendo con mimo cada detalle, invirtiendo días, semanas, meses en repetir una realidad que yo conocía bien, pero que ya no existía o existía de otra manera. La vida de las cosas se nos escapa.
No podía ser simplemente un suelo parecido, sino el mismo suelo de la casa de mi infancia, no cabía ninguna duda. Las mínimas variaciones creativas del pintor no habían podido disfrazarlo.
El tema pictórico tenía un punto de nostalgia: dos habitaciones vacías, comunicadas entre sí por el hueco de una puerta con jambas pero sin puerta. En la habitación del fondo, una niña de ocho o nueve años mira, melancólica, por la ventana; en el suelo, un par de cajas de cartón, como las que se usan en las mudanzas, medio abiertas, por las que asoman algunos juguetes. El resto de la casa parece vacío, como si se hubiese hecho ya la mudanza. Así que el cuadro es también un relato, una narración sobre el marcharse y el perder cosas que se han tenido, sobre cómo la niña, sola en las habitaciones ya despojadas, se despide de la casa que ha sido suya, se asoma por última vez a la ventana para ver la calle desde una perspectiva desde la cual ya no la verá jamás. No volverá a esa casa que ahora abandona y que será, para siempre en su recuerdo, la casa de su primera infancia.
La niña está al fondo del cuadro, sugiriéndonos apenas su historia, pero el verdadero protagonista de la imagen es el suelo brillante de baldosas que se adivinan llenas de color (aunque el cuadro, en realidad imita una fotografía en blanco y negro), unas baldosas sobre las que riela el cuadrado de luz de la ventana: el suelo que tantas veces habíamos pisado.



Paloma Díaz-Mas. Lo que olvidamos

miércoles, 14 de marzo de 2018

OTTESSA MOSHFEGH. MI NOMBRE ERA EILEEN

1964
De haberme visto entonces, probablemente me habríais tomado por una de esas chicas que se ven en un autobús cualquiera de una ciudad cualquiera, una de esas chicas que leen un libro de la biblioteca encuadernado en tela sobre plantas o geografía, que quizá se cubren el pelo castaño claro con una redecilla. Podríais haberme tomado por una estudiante de enfermería o una mecanógrafa, quizá os habríais fijado en mis manos nerviosas, en mi pie que no deja de golpear el suelo, en que me muerdo el labio. No parecía nada especial. A mí me resulta fácil imaginarme a esa chica, una versión extraña, joven e insignificante de mí misma, con un bolso de cuero anónimo, que come una bolsita de cacahuetes y hace girar cada uno entre sus dedos enguantados, hunde las mejillas y mira ansiosa por la ventanilla. El sol matinal iluminaba la fina pelusa de mi cara, que intentaba cubrir con maquillaje, un tono demasiado rosa para mi tez pálida. Yo era delgada, tenía una figura irregular, todo eran huesos, me movía insegura, mi postura era rígida. Cicatrices de acné blandas como baches recorrían la geografía de mi cara y desdibujaban cualquier dicha o locura que pudiera encontrarse bajo ese frío y cadavérico exterior de Nueva Inglaterra. De haber llevado gafas, podría haber pasado por inteligente, pero me faltaba paciencia para ser inteligente de verdad. Quizá habríais imaginado que era de las que disfrutan de la calma de las habitaciones cerradas, que ese silencio apagado me consolaba, que mi mirada recorría lentamente el papel, las paredes, las gruesas cortinas, que mis pensamientos no se apartaban de cuanto identificaban mis ojos: libro, escritorio, árbol, persona. Pero yo deploraba el silencio. Deploraba la calma. Detestaba casi todo. Constantemente me sentía infeliz y furiosa. Intentaba controlarme, pero eso solo me hacía sentir más incómoda, más infeliz, más furiosa. Yo era como Juana de Arco, o Hamlet, pero nacida en una vida equivocada: la vida de una don nadie, una marginada, alguien invisible. No hay mejor manera de decirlo: en aquella época no era yo misma. Era otra persona. Era Eileen.

Hola, buenas tardes. Con este significativo texto abrimos hoy Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una sugerencia de lectura. Se trata del inicio, como digo muy indicativo y revelador del “clima” y del singular personaje principal del libro, de Mi nombre era Eileen, una estupenda novela, algo desasosegante pero también extrañamente divertida -con un soterrado humor negro apenas perceptible aunque patente-, escrita por la muy joven Ottessa Moshfegh, norteamericana con padre iraní y madre croata, y publicada por la editorial Alfaguara en 2017 con traducción de Damià Alou; una versión al cestellano a la que cabe una única objeción (que quizá se deba a una deficiencia mía como lector): la desafortunada redacción de la frase Los hombres llevaban el pelo largo y las mujeres eran rollizas y arrugadas, con los dientes podridos y cubiertos de tatuajes, e iban en ropa interior, en la que la puntuación elegida no permite conocer quiénes se paseaban semidesnudos, si los dientes podridos estaban además, insólitamente, tatuados, o si ese deterioro dental era solo de las mujeres o afectaba por igual a ambos sexos. Mi nombre era Eileen ganó el PEN/Hemingway Prize al mejor debut literario del año y fue finalista del Man Booker Prize, dos de los más prestigiosos premios estadounidenses de literatura, en 2016.

La novela no tiene, a decir verdad, una trama argumental nítida. Durante casi doscientas cincuenta páginas (de las doscientas ochenta del libro) no hay “acción” en sentido estricto. Eileen, una joven de veinticuatro años, nos cuenta su anodina, macabra y deplorable existencia -utilizando algunos recursos técnicos que afectan a la estructura del relato y que luego detallaré-, una vida sórdida que se desarrolla en la gris rutina que supone su trabajo como administrativa en un siniestro reformatorio de menores, el cuidado de su padre viudo, un patético y alcoholizado policía jubilado, permanentemente al borde del delirium tremens, una total ausencia de relaciones sociales y unos oscuros hábitos cotidianos -aislada en la claustrofóbica, deteriorada y mugrienta vivienda familiar- caracterizados por la extravagancia, la suciedad, la dejadez, la vulgaridad, el aburrimiento, la infelicidad y la ausencia de expectativas vitales más allá de las imposibles fantasías que alimenta en su imaginación desbocada e irreal, única fuente de esperanza en un entorno por lo demás tristísimo.

Eileen, que relata cincuenta años después, cuando ella es una anciana de setenta y cuatro, los hechos acaecidos en 1964, da cuenta de la pesadilla de aquellos días tenebrosos y obsesivos, presentándolos como la crónica de una huida que la alejará de su opresivo pueblo (un X-ville anónimo, a medio camino ente Boston y Nueva York, equivalente de tantas otras poblaciones norteamericanas) y que, sobre todo, le permitirá dejar atrás su insípida personalidad. Una escapada que solo acabará por tener lugar, tras la larga presentación preliminar -el núcleo central del libro-, en los postreros momentos de la obra y gracias a un sorprendente -y como todo en la novela, inusitado- giro argumental que no quiero desvelar.

En su narración hay dos ejes que corren en paralelo, imbricándose de continuo: la prolija (en la segunda acepción del término: minuciosa y esmerada, detallada y cuidadosa) y nada autocomplaciente descripción por parte de la chica de su propia figura, destructiva y nihilista, reprimida y puritana, y de su mísero marco vital, y, simultánea y algo contradictoriamente, la presentación, fantasiosa aunque escéptica, ilusionada pero no del todo ingenua, de sus quimeras, de sus deseos, de sus imposibles sueños.

Eileen no tiene reparos en usar calificativos nada benévolos en su autorretrato retrospectivo. El fragmento con el que he abierto la reseña ya es revelador en este sentido, pero aún lo son más las decenas de frases que surcan el texto en las que se inflige todo tipo de adjetivos brutalmente autocríticos con los que podemos hacernos un retrato muy consistente de su personalidad: Yo era una cretina provinciana; Tan solo era infeliz; Era una persona sin gracia, pedestre, lerda; Yo era lo que llamaríais una fracasada, una pringada, una chiflada. Una aguafiestas; Soy una infeliz, demasiado apasionada, demasiado efusiva, demasiado; En aquella época no era más que una chica rara. Una jovenzuela que no hallaba su lugar; Al volver la vista atrás, diría que yo no estaba muy civilizada; No era exactamente una persona agradable; Parecía una anciana, un cadáver, un zombi; Yo era una don nadie, una infeliz; Yo era ingenua e insensible. Yo era patética, fea, débil, rara. Yo era aburrida; Inocentona, desamparada, llena de rabia, culpa y preocupación. Eileen es antipática (En aquella época yo detestaba a casi todo el mundo), egoísta (No me importaba el bienestar de los demás), ensimismada y narcisista (Mi único objetivo era conseguir lo que quería), asocial (Yo no sabía hacer amigos), confusa y ambivalente (Ese era mi gran dilema: tenía ganas de matar a mi padre, pero no quería que muriera). En su trato con la sociedad (su cotidianidad laboral, el sostenimiento de la casa, la alimentación, las labores de “intendencia”, la atención al padre) es tímida y desastrada, introvertida y sociópata, siniestra y difícil, desaseada y sucia. Es adicta a los laxantes, comparte la inclinación al alcohol de su progenitor -en menor medida que él-, no se ducha, usa la vieja ropa de su madre muerta, se alimenta -sin horarios regulares, sin método ni criterio algunos- de pan, aunque abre de vez en cuando alguna lata de judías o de atún o fríe una tira de beicon, bebe leche directamente del cartón que se encuentre en la nevera, se desplaza en un coche desvencijado, roba nimiedades en los supermercados. Vivimos en el infierno, ¿verdad?, le dice a su padre, consciente de su perturbadora existencia. Para que su tétrico y lúgubre mundo interior no aflore y perturbe su contacto con las convenciones de la normalidad, adopta de cara al exterior lo que denomina Mi máscara mortuoria pétrea e inexpresiva. Eileen se cierra al mundo, a la realidad, porque es, pese a su inadaptación y su marginalidad, sensible. Su historia será, como ya he dicho, el testimonio de una huida, tanto de su gris y sombría ciudad como, sobre todo, de sí misma, de su grotesca y aborrecible personalidad; una huida que, hasta que se produce el desencadenante que lo revolucionará todo, solo se produce en su fantasía.

Y es que la chica se pasa la vida construyendo quimeras que la alejen de sus inhóspitas circunstancias (En aquella época yo creía lo que fuera para evitar la aterradora realidad de las cosas). Infeliz por su rareza, por su invisibilidad, sin haber recibido ni una sola muestra de cariño en su vida (sus recuerdos cuando de pequeña su padre, en una de sus borracheras, intenta estrangularla son elocuentes en este sentido: Notar sus manos en el cuello, de hecho, era una especie de bálsamo: todo el afecto que recibía en aquella época), aislada, frustrada, Eileen ansía, agitada e impaciente, el amor ([Yo era] alguien lo bastante desesperado para hacer cualquier cosa -excepto asesinar, pongamos- con tal de conseguir gustarle a alguien, por no hablar de que alguien me amara), que construye, con compulsiva y desatinada imaginación, a partir de ensoñaciones difusas y recreaciones idealizadas de su mezquina realidad (Lamentaba la falta de amor y afecto en mi vida, y mis deseos se resumían en que vinieran unos ángeles que me arrancaran de mi desdicha y me llevaran a una vida completamente nueva). Desde este punto de vista, su “espejismo” principal tiene a Randy, un atractivo compañero de trabajo, como protagonista; un Randy, que ni siquiera ha reparado en ella, con el que fantasea en su cama pero al que -en una prueba más de su trastorno- espía en su vida privada, sigue en su coche al término del trabajo, acecha en su ocio, sin que, obviamente, el muchacho llegue a enterarse de su febril delirio. Y así era como vivía en una fantasía perpetua, reconoce, lúcida, para añadir: Prefería regodearme en el problema, soñar con días mejores.

Estas ensoñaciones cambiarán de destinatario cuando en el correccional aparece Rebecca Saint John, la nueva directora educativa del centro. Rebecca, elegante, sofisticada, guapísima… y extrañamente atenta -y hasta cercana y amigable- con una chica a la que todo el mundo ignora, pasa a ser, desde ese momento inaugural, su nuevo e irresistible foco de inspiración. El “descubrimiento” de Rebecca exacerba su fantasía y le permite construir y sublimar un sentimiento salvador, un supuesto enamoramiento, ficticio e ilusorio, pero, sobre todo, dará fuerzas a Eileen -el impulso necesario- para su deseada fuga, tal y como podéis comprobar en el texto que cierra esta reseña, una reflexión de la chica tras observar una sesión de trabajo de su diosa con un chico del correccional.

La dicotomía existencia desdichada versus proyecto ideal, tendencia a la muerte frente a aspiraciones vitales y realización de los sueños, tan presente y definitoria de sus días (A los veinticuatro años estaba obsesionada con la muerte. Intentaba distraerme de mi terror no con las tareas domésticas (…) sino a través de mi estrafalaria alimentación, mis hábitos compulsivos, mi inagotable ambivalencia, Randy y demás), se refleja en el lema Per aspera ad astra, la divisa de los cigarrillos que fuma la brillante y adorada recién llegada: A través de las espinas hacia las estrellas. Aquello definía mi difícil situación con toda exactitud, dice Eileen, y más adelante subraya: Conocer a Rebecca era como aprender a bailar, como descubrir el jazz. Era como enamorarse por primera vez. Siempre había aguardado a que mi futuro irrumpiera a mi alrededor en una avalancha de esplendor, y ahora me parecía que por fin estaba ocurriendo. Rebecca era todo lo que necesitaba. Per aspera ad astra. Y de manera aún más clara, la joven pone de manifiesto el cambio que introduce en su existencia la fascinación y el encantamiento que le provoca la etérea nueva amiga: Ahora tenía a Rebecca. La vida era maravillosa. Mi pequeño mundo, que hedía a tubo de escape y vómito, era maravilloso.

Parte del atractivo de la novela, más allá de la formidable creación del personaje principal (al parecer inspirado -parece mentira viendo las fotos y leyendo las declaraciones de la autora- en la propia vida de Ottessa Moshfegh) y de la sencillez y sin embargo densidad de la prosa, de su imaginación y su humor, reside en la estructura del relato que se organiza en torno a dos recursos relativamente desacostumbrados. En primer lugar, y como ya he señalado, Eileen escribe desde “su” presente de 2014, cinco décadas después de los acontecimientos que narra, intercalando la recreación de esa época (siempre con tiempos verbales en pretérito) con incisos emitidos desde su situación “actual” (redactados en presente, pues). Ello introduce en el texto una información casi subliminal en virtud de la cual el lector sabe, sin necesidad de que se explicite abiertamente, que la partida de la chica ha tenido éxito y que ha accedido, por fin, a una nueva vida de la que, por otro lado, asoman retazos desperdigados en la evocación de la ahora anciana. Además, en todo momento la narradora se dirige a quien lee (dejadme que os cuente una última cosa de Randy; podríais decir que era un tanto siniestra, entre múltiples ejemplos), favoreciendo así el acercamiento y aun una cierta complicidad con un personaje a priori tan desagradable.

Por otro lado, la novela despierta y mantiene la tensión desde su inicio (una “excitación” y una intriga propias del thriller y la serie negra, género a la que la adscribe la propia editorial en la presentación del libro en su web), merced a lo que yo llamo “anticipaciones”, constantes “avisos” que puntean regularmente el curso de la narración en los que se adelantan -meras insinuaciones nunca del todo evidentes- los sucesos “decisivos” que van a producirse y que -como ya he mencionado- no se desencadenarán hasta muy al final del libro. Desde la revelación de las primeras páginas: Mi nombre era Eileen Dunlop. Ahora ya me conocéis. En una semana me escaparé de casa y nunca volveré. Esta es la historia de cómo desaparecí, en el texto se intercalan estas llamadas de atención (Dejad que os cuente una cosa antes de que aparezca la auténtica estrella de este relato o Me dirigía a encontrarme con mi destino) que hacen que el lector avance en el texto deseoso de conocer qué ocurrirá por fin con la excéntrica joven y con su idolatrada Rebecca.

En fin, una excelente novela, esta Mi nombre era Eileen, algo extraña, triste y de un tono negrísimo, pero interesante y sugestiva, que os recomiendo con entusiasmo. Entre las varias referencias musicales que surcan el libro, todas de los años sesenta, os ofrezco ahora Mr. Lonely, la melancólica y desesperanzada -y por ello muy ajustada al espíritu de la novela- canción de Bobby Vinton.



Durante las horas de visita restantes, mi imaginación reprodujo la escena una y otra vez: Rebecca inclinada hasta quedar tan cerca del muchacho, sus cabellos derramándose por los hombros, tan cerca que sin duda él podía oler el aroma de su champú, su perfume, su aliento, su sudor. Y ella debía de haberse dado cuenta de cómo reaccionaba él ante su presencia, de cómo la tensión de sus hombros aumentaba, de cómo el pecho le subía y bajaba a cada respiración, del calor que desprendía el cuerpo de Lee. Y luego ponerle la mano en la rodilla. No imaginaba qué podía significar ese gesto. De no haber estado yo allí, de haber estado ellos solos, ¿habría subido su mano por el muslo del muchacho, le habría recorrido la entrepierna, le habría rodeado las partes íntimas? Y Lee, ¿habría apartado los cabellos de Rebecca y habría entreabierto los labios al inhalar el aroma de su cuello? ¿Le habría besado el cuello, le habría cogido la cara con sus dos manos casi viriles, y habría pasado los dedos, AMOR, por las delgadas muñecas, recorriendo los brazos hasta llegar a los pechos? ¿La habría besado, atraído hacia él, la habría tocado toda, cálida y suave, completamente en sus brazos? ¿Habrían hecho todo eso?

Di rienda suelta a mis fantasías, primero celosa de Rebecca, luego de Lee, y pasando de uno a otro mientras consideraba sus papeles respectivos y cómo me habían traicionado, pues ya había decidido que Rebecca era mía. Era mi premio de consolación. Era mi billete de salida. Su comportamiento con ese chico lo ponía todo en peligro. ¿Era eso lo que le habían enseñado a hacer en Harvard, a ganarse a los chicos con encanto y afecto y luego educarlos? Quise pensar que a lo mejor se trataba de algún método nuevo, una especie de pensamiento liberado. Pero cuanto más lo pensaba, más absurdo parecía. ¿Qué le había dicho? ¿Qué intimidad podían haber cultivado en cuestión de días? ¿Qué había hecho o dicho Rebecca para ganarse la confianza de Lee? Imaginé la escena en el despacho de Rebecca. Quería saber lo que estaba ocurriendo. Los visitantes iban y venían. Me sentía enferma de abandono. Era muy dramática. Me dije que debería marcharme en ese mismo instante y ahorrarme más sufrimiento. De nuevo imaginé que conducía mi Dodge hasta los acantilados y que de ahí me despeñaba hacia el océano. ¿No sería emocionante? ¿No sería la manera de enseñarles a todos lo valiente que era, lo harta que estaba de seguir sus reglas? Así se enterarían de que prefería morir que continuar así, que estar entre ellos, conducir por sus bonitas calles, o estar sentada en su bonita prisión... No, conmigo que no contaran. Casi me eché a llorar. Ni siquiera Randy, hermoso, con su olor a humo y cuero lustrado, podía animarme. 



Ottessa Moshfehg. Mi nombre era Eileen