Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 18 de octubre de 2017

KAZUO ISHIGURO. NUNCA ME ABANDONES. EL GIGANTE ENTERRADO

Hola, buenas tardes, bienvenidos a Todos los libros un libro, el breve espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad de Salamanca que se acomoda esta vez a los dictados de la más reciente actualidad, con los ecos de la reciente designación del último Premio Nobel de Literatura resonando aún en los medios de comunicación. Y es que esta semana os traigo un par de propuestas de lectura, dos magníficas novelas de Kazuo Ishiguro, el escritor británico de origen japonés galardonado hace un par de semanas por la Academia sueca; un autor al que se deben un puñado de libros extraordinarios (recuerdo ahora, entre otros, Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante o Los restos del día, que yo leí con apasionamiento en los años ochenta, cuando la editorial Anagrama nos descubrió a una deslumbrante muestra de escritores naturales del Reino Unido -o radicados en él- como Julian Barnes, Martin Amis, Hanif Kureishi, Ian McEwan y el propio Ishiguro). Hace unos meses vio la luz en España la última obra del britano-nipón, El gigante enterrado, y aprovechando la excusa de esta relativamente cercana novedad editorial y la más relevante del Nobel literario, quiero hablaros de su anterior libro, Nunca me abandones, escrito hace ya diez años -una década de silencio novelístico-, una obra, a mi juicio, excepcional, y dejando también unas breves palabras finales para ese otro más actual, igualmente magnífico. Ambas novelas aparecen también en Anagrama y están traducidas, como el resto de la obra de Ishiguro, por Jesús Zulaika.

Nunca me abandones, como ocurrió también con Los restos del día, en la que se basó el film Lo que queda del día, del siempre refinado James Ivory, ha sido objeto de traslación cinematográfica, una muy estimable película -con el mismo título que la novela- conmovedora y emotiva, delicada, sensible, romántica y algo triste, dirigida por Mark Romanek en 2010 con la participación, entre otros solventes intérpretes británicos, de las bellísimas y estupendas actrices Carey Mulligan y Keira Knightley y de la siempre eficaz Charlotte Rampling con una destacada presencia en un papel menor. De manera poco habitual en mi particular experiencia lectora, en esta ocasión yo vi la película antes de la lectura del libro, y fue precisamente el entusiasmo que me suscitó la experiencia cinematográfica lo que me llevó a, acto seguido, devorar la novela en escasos tres días. Una novela que es también formidable y, al igual que el film, elegante, melancólica, intimista, exquisita y repleta de emoción y sensibilidad, de fascinación y encanto.

En la Inglaterra de finales de la década de los noventa un grupo de chicos vive en el internado de Hailsham, un lugar apartado, aislado entre campos neblinosos y húmedos bosques, un espacio cerrado e idílico donde los jóvenes son educados conforme a los parámetros convencionales de una institución de este tipo, con profesores esforzados, bibliotecas e instalaciones deportivas, un entorno propicio para el aprendizaje y la formación, para la cultura y la inteligente apertura a la existencia, en donde descubren la vida, la amistad, el amor y el sexo, entre clases, juegos, prácticas en talleres artísticos y sosegados paseos por los parajes de la zona, que cuenta hasta con un evocador lago. Sin embargo, el mundo de Hailsham encierra, en su apariencia prototípica, algunos atisbos -que la maestría literaria de Ishiguro va presentando de modo alusivo, indirecto, sin apenas énfasis o subrayados- de una realidad extraña y algo misteriosa, que no se ajusta del todo a los modos habituales en los que se desenvuelve nuestro mundo conocido.

Y es que, en efecto -y siento desvelar una de las claves de la obra que, sin embargo, se revela desde el principio en el libro, aunque de esa manera atenuada e imprecisa, insinuada y elíptica propia del poético estilo del autor; interrumpa aquí, no obstante, la lectura quien no quiera conocer este rasgo esencial de la novela-, los chicos son clones, creados, inicialmente, sin otra finalidad que la de abastecer a la ciencia médica. En los primeros tiempos, después de la guerra, eso es lo que erais -dice un personaje- para la mayoría de la gente. Objetos oscuros en tubos de ensayo. Los jóvenes son educados en su retiro campestre ignorantes de su condición y ajenos a su destino, creciendo entre indicios y sospechas, intuiciones y rumores, tenues pistas, meros atisbos y difusas señales que apuntan a su especial naturaleza de seres nacidos para una extinción programada, no sin antes haber donado sus órganos a otros seres humanos (¿otros?, ¿lo son ellos?).

La crítica ha reseñado los vínculos de Nunca me abandones con Blade runner, pero existiendo estos, sin duda, el universo de la novela no tiene nada del abigarrado y opresivo ambiente de la obra maestra cinematográfica. Es cierto que los chicos se interrogan sobre su identidad y su última esencia, como los replicantes del Ridley Scott -no puedo opinar sobre el libro de Philip K. Dick en el que se basó el film, Sueñan los androides con ovejas eléctricas, que no he leído-, perplejos ante su desconcertante modo de estar en el mundo, confusos, inquietos y temerosos frente a su incierto destino. Pero el entorno físico, por llamarlo así, de la novela de Ishiguro, nos es familiar y reconocible, fácilmente identificable -salvo por algún detalle menor- en los escenarios de nuestro presente, y está muy alejado de la fantasía futurista, anticipatoria y recargada que nos presenta el clásico cinematográfico con sus calles atestadas, con la lluvia permanente, con la oscuridad perpetua, con los vehículos de diseño avanzado, con los edificios imposibles, con la evolucionada tecnología. Aquí, la sugestión del futuro se esboza muy levemente a partir de una “nomenclatura” ambigua e inconcreta, que apunta a otra realidad que no se muestra más que a través de dichas alusiones: Kathy, una de las protagonistas, que narra la historia desde su presente, doce años después de su estancia en Hailsham, es una “cuidadora”, encargada de tutelar a los “donantes” que están a su cargo; el destino de estos es un “posible”, un potencial candidato a los órganos que les serán extraídos a los muchachos; cuando el ciclo de donaciones forzosamente llega a su fin -tras dos, tres o hasta cuatro operaciones, según la fortaleza del joven cedente- el donante “completa” y así acaba su existencia, una dramática y aparentemente aséptica conclusión que sin embargo algunos de ellos -los más trágicamente conscientes de la finitud de su científico y eficiente paso por el mundo- intentan “aplazar”.

Envueltos en esta neblinosa zozobra acerca de su inexorable destino, y llevados de la mano por la maestría del autor, por la belleza de su prosa, por la elegancia de su estilo, por la refinada tristeza de su escritura, los chicos, sobre todo Kathy, Ruth y Tommy, los tres personajes principales, muestran, sensibles e inteligentes, sus almas, sus incertidumbres, sus pesares, sus aspiraciones y sus miedos, sus interrogantes y su desconcierto, sus inquietudes y sus sueños, tan comunes, tan normales, tan vivos, tan humanos como los de cualquiera de nosotros, en una novela intimista y delicadísima, enternecedora y llena de emoción que es, además, una suerte de relato premonitorio de un mundo nuevo, con más recursos y posibilidades, más científico y racional, pero también más duro y más cruel; una novela espléndida que seguro os va a encantar.

La más reciente novedad de Kazuo Ishiguro, El gigante enterrado, es una novela algo extraña, con un tema sorprendente, inusitado en la obra de su autor y una prueba -por su atrevida rareza- de la versatilidad del anglo-japonés. Una pareja de ancianos, Axl y Beatrice, britanos cuya existencia se desenvuelve en un borroso y no fechado tiempo probablemente medieval, deben abandonar su poblado, en el que encuentran oscuras reticencias hacia sus personas, en busca de su hijo, del que hace décadas que no tienen noticia, y en busca también del dragón hembra Querig, último responsable, al parecer, de la niebla que envuelve sus mentes y los hace incapaces de recordar, de revivir los momentos pasados de su existencia, los remotos y los cercanos, los felices y los amargos, sus cerebros envueltos en un difuso velo que los ofusca y confunde. La búsqueda de la fabulosa y maligna criatura -la búsqueda de sus recuerdos- se constituye así en el motivo principal de su existencia, convertida ésta en un viaje con tintes apocalípticos, entre paisajes desérticos, páramos desolados, sombríos lagos y ciénagas amenazadoras, en el que se toparán con todo tipo de personajes y criaturas fabulosas, habitantes de un mundo entre la realidad y la ficción, ogros, monstruos, monjes, campesinos, ancianas viudas, el caballero Sir Gawain y otros personajes del ciclo artúrico, el guerrero Wistan, el joven Edwin y tantos otros.

Con un argumento y una ambientación paradójicamente actualísimos, dada esa muy reciente moda tan proclive a la proliferación de juegos de tronos, señores de los anillos, sagas medievales y universos poblados de amenazantes dragones y deformes criaturas, princesas y caballeros, intrigas de palacio y encarnizadas y sangrientas luchas, un libro así nunca hubiera podido interesarme -soy absolutamente ajeno, pese a la convincente defensa del género que ha hecho, entre otros muchos, Fernando Savater, a este tipo de lecturas “fantásticas”- de no ser por la maestría de Ishiguro, un escritor formidable que se mueve con idénticas convicción y solvencia en todo tipo de registros -y los dos títulos que hoy os he presentado son buena muestra de ello-, dejando en cada libro pruebas no solo de su excepcional talento literario sino también de su interés y su preocupación por los grandes temas de nuestra existencia, la vejez, la muerte y el paso del tiempo, el recuerdo y el olvido, la memoria, el amor y la entrega. Y en su literatura hay siempre, además, emoción y ternura, sensibilidad y belleza. 

Interesa también, y cierro mi reseña con este breve apunte final, el enfoque elegido para contar la historia, un planteamiento en el que un narrador omnisciente, que parece hablar desde nuestros días (tal vez debería aclarar aquí que orientarse en campo abierto resultaba mucho más difícil en aquel entonces), interpela a los lectores (ninguno de vosotros habría pensado que esta casa comunal fuese tan diferente de las rústicas cantinas que muchos habréis visitado), irrumpe en ocasiones glosando con sus comentarios personales las circunstancias de la acción (El paisaje que tenían ante ellos esa mañana no debía de ser muy diferente del que se puede contemplar hoy en día desde los ventanales de una casa de campo inglesa), y en todo momento da cuenta en tercera persona de los acontecimientos que se van sucediendo y del discurrir del pensamiento y las emociones de los personajes.

En fin, dos libros excelentes estos Nunca me abandones y El gigante enterrado, del siempre sobresaliente Kazuo Ishiguro, un Nobel merecidísimo, en mi humilde opinión.  Os ofrezco ahora, como acompañamiento musical a mi reseña, Never let me go, un tema esencial en el primero de los libros reseñados -por su atmósfera, por su letra, por su simbolismo- que forma parte de Canciones para después del crepúsculo, un álbum interpretado por una supuesta Judy Bridgewater -ambos, disco y tema, invenciones del autor-, al que -en la banda sonora de la película- da voz “real” Jane Monheit. Una significativa mención al álbum aparece en el precioso texto final que os dejo como muestra representativa del libro.


Aun conservo una copia de aquella cinta, y hasta hace muy poco la escuchaba de vez en cuando mientras conducía por el campo abierto en un día de llovizna. Pero ahora la pletina del radiocasete del coche está tan mal que ya no me atrevo a ponerla. Y parece que jamás encuentro tiempo para ponerla cuando estoy en mi cuarto. Aun así, sigue siendo una de mis más preciadas pertenencias. A lo mejor a finales de año, cuando deje de ser cuidadora, puedo escucharla más a menudo.

El álbum se titula Canciones para después del crepúsculo, y es de Judy Bridgewater. La que conservo hoy no es la casete original, la que perdí, la que tenía en Hailsham. Es la que Tommy y yo encontramos años después en Norfolk (pero esa es otra historia a la que llegaré más tarde). De lo que quiero hablar ahora es de la primera cinta, de la que me desapareció en Hailsham.

Antes debo explicar lo que en aquel tiempo nos traíamos entre manos con Norfolk. Fue algo que duro muchos años -llego a ser una especie de broma privada de Hailsham, supongo-, y había empezado en una clase que tuvimos cuando aun éramos muy pequeños.

Fue la señorita Emily quien nos enseñó los diferentes condados de Inglaterra. Colgaba del encerado un gran mapa del país, y, a su lado, ponía un caballete. Y si estaba hablando, por ejemplo, de Oxfordshire, colocaba sobre el caballete un gran calendario con fotos de ese condado. Tenía una gran colección de estos calendarios, y así fuimos conociendo uno tras otro la mayoría de los condados. Señalaba un punto del mapa con el puntero, se volvía hacia el caballete y mostraba una fotografía. Había pueblecitos surcados por pequeños arroyos, monumentos blancos en laderas, viejas iglesias junto a campos. Si nos estaba hablando de algún lugar de la costa, había playas llenas de gente, acantilados y gaviotas. Supongo que quería que nos hiciéramos una idea de lo que había allí fuera, a nuestro alrededor, y me resulta asombroso, aun hoy, después de todos los kilómetros que he recorrido como cuidadora, hasta que punto mi idea de los diferentes condados sigue dependiendo de aquellas fotografías que la señorita Emily ponía en el caballete. Si voy en coche, por ejemplo, a través de Derbyshire y me sorprendo buscando la plaza de un determinado pueblo, con su pub de falso estilo Tudor y un monumento a la memoria de los caídos, no tardo en darme cuenta de que lo que busco es la estampa que la señorita Emily nos enseñó la primera vez que oímos hablar de Derbyshire.

De todos modos, a lo que voy es que a la colección de calendarios de la señorita Emily le faltaba algo: en ninguno de ellos había ninguna fotografía de Norfolk. Cada una de estas clases se repetía varias veces, y yo siempre me preguntaba si la señorita Emily acabaría encontrando alguna foto de Norfolk. Pero era siempre la misma historia. Movía el puntero sobre el mapa y decía, como si se le hubiera ocurrido en el último momento:

- Y aquí esta Norfolk. Un sitio muy bonito.

Recuerdo que aquella vez en concreto hizo una pausa y se quedo pensativa, quizá porque no había planeado lo que tenia que venir después en lugar de una fotografía. Y al final salio de su ensimismamiento y volvió a golpear el mapa con la punta del puntero.

¿Veis? Está aquí en el este, en este saliente que se adentra en el mar, y por tanto no esta de paso hacia ninguna parte. La gente que viaja hacia el norte o el sur -movió el puntero para arriba y para abajo- pasa de largo. Por eso es un rincón muy tranquilo de Inglaterra, y un sitio muy bonito. Pero también es una especie de rincón perdido.

Un rincón perdido. Así es como lo llamó, y así empezó todo. Porque en Hailsham teníamos nuestro propio "rincón perdido" en la tercera planta, donde se guardaban los objetos perdidos. Si perdías o encontrabas algo, ahí es donde ibas a buscarlo o a dejarlo. Alguien -no recuerdo quién- dijo después de esa clase que lo que la señorita Emily había dicho era que Norfolk era el "rincón perdido" de Inglaterra, el lugar adonde iban a parar todas las cosas perdidas del país. La idea arraigó, y pronto llegó a ser aceptada como un hecho por todo el curso.

No hace mucho tiempo, cuando Tommy y yo recordábamos esto, él afirmó que en realidad nunca creímos lo del "rincón perdido", que fue más bien una broma desde el principio. Pero yo estoy segura de que se equivocaba. Bien es verdad que cuando cumplimos doce o trece años el asunto de Norfolk se había convertido ya en algo jocoso. Pero mi recuerdo del "rincón perdido" me dice -y la memoria de Ruth coincide con la mía- que al principio creímos en ello de forma literal y a pies juntillas; que de la misma forma que los camiones llegaban a Hailsham con la comida y los objetos para los Saldos, tenía lugar una operación similar -a mucha mayor escala- a todo lo largo y ancho de Inglaterra, y todas las cosas que se perdían en los campos y trenes del país iban a parar a ese lugar llamado Norfolk. Y el hecho de que nunca hubiéramos visto ninguna fotografía de ese lugar solo contribuía a incrementar su aura de misterio.

Puede que suene a tontería, pero no se ha de olvidar que para nosotros, en esa etapa de nuestra vida, cualquier lugar más allá de Hailsham era como una tierra de fantasía. No teníamos sino nociones muy vagas del mundo exterior, y de lo que en él podía ser posible e imposible. Además, nunca nos molestamos en analizar con detenimiento nuestra teoría sobre Norfolk. Lo que nos importaba -como dijo Ruth un día en aquella habitación alicatada de Dover, mientras estábamos sentadas contemplando como caía la tarde- era que "cuando perdíamos algo precioso, y buscábamos y buscábamos por todas partes y no lo encontrábamos, no debíamos perder por completo la esperanza. Nos quedaba aún una brizna de consuelo al pensar que un día, cuando fuéramos mayores y pudiéramos viajar libremente por todo el país, siempre podríamos ir a Norfolk y encontrar lo que habíamos perdido hacía tanto tiempo".

Estoy segura de que Ruth tenía razón en eso. Norfolk había llegado a ser una verdadera fuente de consuelo para nosotros, probablemente mucho más de lo que estábamos dispuestos a admitir entonces, y por eso seguimos hablando de ello -aunque en un tono más bien de broma- cuando nos hicimos mayores. Y por eso también, muchos años después, el día en que Tommy y yo encontramos en la costa de Norfolk otra cinta igual a la que yo había perdido antaño, no nos limitamos a pensar que era algo en verdad curioso, sino que, en nuestro interior, los dos sentimos como una especie de punzada, como un antiguo deseo de volver a creer en algo tan caro a nuestro corazón en un tiempo. 

miércoles, 11 de octubre de 2017

WILLIAM KENNEDY. ROSCOE, NEGOCIOS DE AMOR Y GUERRA

Hola, buenas tardes, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Hoy os traigo una estupenda novela de un autor al que yo leí bastante hace casi treinta años y que había desaparecido del panorama editorial español. Se trata de William Kennedy, que en los años ochenta del pasado siglo publicó en nuestro país varias novelas ambientadas en su Albany natal, la capital del estado de Nueva York y centradas en la figura de Jack ‘Legs’ Diamond, el famoso contrabandista y mafioso de la época de la Ley seca norteamericana. Aquellas novelas, excelentes y pienso que hoy casi inencontrables, recreaban ese clima, que tan bien conocemos a través de las películas del cine negro, de políticos corruptos, guerras de bandas, terribles venganzas, casas de juegos, apuestas ilegales, mujeres fatal, gángsters conspicuos y sin embargo casi siempre impunes. Eran novelas pobladas de personajes oscuros, que se desarrollaban en ambientes sórdidos, acordes con aquella época terrible, pero que el cine ha nimbado de un aura mítica, los años de la Gran Depresión, de los violentos años veinte, esos The roaring twenties que Raoul Walsh inmortalizaría en una película del mismo título, un clásico del cine. Y no resulta superfluo referirse al cine al hablar de William Kennedy, porque una de sus novelas principales, Tallo de hierro, fue recreada por Hollywood, con Jack Nicholson y Merryl Streep, en 1987. Antes, en 1984, Kennedy había escrito el guión de otro film de éxito, Cotton Club, del genial Francis Ford Coppola.

Con estos antecedentes, estoy seguro de que os interesará adentraros en esta última novela de William Kennedy, que pese a haber sido escrita en 2002, no vio la luz en España hasta finales de 2010, publicada por la editorial Libros del Asteroide, en una traducción de Jordi Fibla. Y ese interés probablemente crecerá si os digo que Roscoe, negocios de amor y guerra, que así se titula el libro, sigue los pasos de la obra anterior del norteamericano y es un fresco despiadado, rotundo, muy nítido, de la vida en la Albany de la primera mitad del siglo pasado. Una novela que se desenvuelve en el mismo escenario de corrupción, intrigas políticas, jueces comprados, autoridades que tras una hipócrita apariencia de respetabilidad gobiernan y legislan al dictado de los gánsters, de cuyas organizaciones forman parte, luchas despiadadas por el control del juego o la prostitución, asesinatos mafiosos, tráfico de alcohol y drogas que caracterizaban las primeras novelas de Kennedy.

El protagonista, Roscoe Conway, es uno de los tres poderosos amigos que gobiernan de modo férreo el partido demócrata de Albany y, por extensión, la vida toda del estado neoyorquino. Jefes de la policía, periodistas, abogados, políticos, dirigentes del partido, alcaldes y gobernadores, todos comen de la mano de los tres amigos, Patsy, Elisha y el propio Roscoe, que manipulan elecciones, reparten cargos, hacen aplicar a su antojo la justicia, eliminan enemigos, dirigen la opinión pública y, sobre todo, se hacen con los inmensos beneficios de las incontables casas de prostitución que dominan, de los ilegales locales de juego que controlan, de la multitud de bares de noche a los que “roban”, de la infinidad de negocios inmobiliarios que coaccionan, de los incontables garitos de apuestas casi siempre amañadas por ellos mismos que esquilman. Toda una sociedad estructurada sobre la extorsión y la subordinación. Un libro, en fin, que contiene la certera descripción de lo que, desgraciadamente, quizá constituye la cara oculta del poder, de casi cualquier poder. Dice Félix, el padre de Roscoe, a un sacerdote en un momento de la novela: ¿Recuerda cuando Satán le hizo a Jesús aquel trato?: Póstrate y adórame y te daré los reinos del mundo. El pobre diablo no tenía ni una sola posibilidad, padre. El tongo se preparaba arriba. Jesús le engañaba de mala manera, igual que su padre y aquella manzana. ¿Cree usted que no sabía lo que Adán iba a hacer en cuanto viera la manzana? Claro que lo sabía. Un timador desde el principio, padre, un timador. No soy nada, padre, y nunca lo he sido, y lo mismo podría decirse de este espléndido hijo mío y de usted mismo. Ninguno de nosotros vale la meada de un viejo, y jamás la valdremos, porque el mundo entero está amañado contra nosotros, padre. El condenado mundo está amañado. Este es el sistema de valores en el que se mueven los protagonistas, el amaño, la trampa, el fraude como normas de comportamiento. Un mundo profundamente inmoral en el que Roscoe se instala, y no sólo eso, que él mismo contribuye a construir, y a potenciar, sin el mínimo escrúpulo y con el aura de cinismo que se refleja con precisión en este pensamiento que se vierte en el libro: A Roscoe no le consta que algún candidato haya hecho la promesa electoral de poner al descubierto su autobombo, todos esos motivos codiciosos, envidiosos, lascivos, venales y violentos que impulsan cada una de sus acciones en política y que seguirán haciéndolo si resulta elegido. Ciertamente, Roscoe no ha inventado las perversas fuerzas que impulsan a los seres humanos, y no es capaz de explicar ninguna de ellas. Cree que son un misterio de la naturaleza. Concede que una sociedad moralmente pura, con candidatos que no estén marcados por el pecado y el vicio, podrá existir en alguna parte, aunque jamás haya visto ninguna ni ha oído hablar de su existencia, y la verdad es que no puede imaginar cómo sería. Pero seguiré mirando, concluye.

En este depravado marco de referencia social, negocios y guerra a los que alude el título de la traducción en nuestro país -el original es más escueto, un simple Roscoe-, se mueve una novela que es, sin embargo, mucho más que la fotografía meramente documental de una época. La vida privada de Roscoe, su amor de décadas por Verónica, la esposa de su íntimo amigo Elisha, que no puede resistir su ambiguo magnetismo (A veces llegaba a la conclusión de que Roscoe era espiritualmente ilegal, un contrabandista del alma, una criatura mítica hecha de palabras, ingenio, actos temerarios y una memoria ilimitada. Verónica le miraba y veía un hombre con un espíritu inmenso, un hombre hecho para la pérdida), sus mujeres, su encanto y su capacidad de fascinación, su profunda soledad, sus preocupaciones existenciales, su miedo a la muerte, aparecen entreverados con la acción, con las torticeras maniobras de los políticos, con la intriga tenuemente policiaca que se desarrolla a lo largo de las páginas del libro. El resultado final es una novela de escritura fluida y lectura más ágil aun, muy interesante, altamente recomendable. Recordad, pues, Roscoe, negocios de amor y guerra, editorial Libros del Asteroide.

Happy Days Are Here Again, una canción que se cita en la novela, suena ahora como despedida de la reseña en una versión de 1930, interpretada por Annette Hanshaw.



Pero los ganadores no vencen sólo mediante la agresión suicida. Como de costumbre, el triunfo también podía engendrarlo un fraude imaginativo. Cierta vez, Patsy le dijo a Roscoe: Cuarenta y cinco años de enseñanza por parte de sinvergüenzas significa que siempre tienes que obtener un campeón. ¿Cómo lo harán los sinvergüenzas y cómo enseñaba Patsy a su campeón? Dejemos que lo cuente Roscoe. En el instante en que un soltador sinvergüenza (que trabaje para el otro tipo o para ti) toca un gallo, puede romperle en secreto un muslo con el pulgar, o causarle dolor por medio de una presión en los riñones o el ano, o restregarle los ojos para cegarlo. O bien, si tu gallo tiene clavada en el pecho la navaja de su contrincante, cuando el soltador los separa puede arrancar la hoja de modo que desgarre la carne del ave y ésta se desangre hasta morir. Tu soltador puede hacer lo mismo con tu propio gallo, si prefieres apostar contra ti mismo. También puedes adiestrar a tu gallo para que pierda: ponte botanas cuando practiques con él para que se acobarde, quítale las proteínas o el agua, dale una vela para que se la quede mirando toda la víspera de una pelea y así se le paralicen las pupilas, cáusales diarrea con sales Epsom, drógalo con cocaína, átale las navajas de modo que estén muy prietas o bien demasiado sueltas y se le desprendan, o de manera que su ángulo le impida alcanzar el blanco; y si ha perdido un ojo, échalo a reñir por el lado ciego para que no pueda ver al enemigo. O, a la inversa, unta las espuelas de tu gallo con curare para paralizar al enemigo; ponle grasa en la cabeza, o gotas de la piel de un limón calentada, para que sea resbaladiza y el picotazo del enemigo no penetre; ponle cocaína o lidocaína en las plumas, para que cuando el enemigo le picotee se le duerma la boca y pierda precisión; aplica grasa, harina u hollín de cocina a la cabeza de tu mejor luchador para que parezca enfermo y la gente piense que no puedes ganar; alimenta a uno de tus gallos cobardes con zumo de tomate para que esté bronceado, con el color de los ganadores, pero apuesta a que perderá. Si tienes paciencia, haz que uno de tus mejores gallos sufra hemorragias: adminístrale lentamente un anticoagulante, cumarina, por ejemplo, hasta que un golpe en la cadera o el muslo cause un hematoma, y entonces estarás preparado. Obra de acuerdo con otro propietario para que los dos gallos lleven navajas unos milímetros más cortas de la longitud regulada, de modo que tu gallo con tendencia a las hemorragias no pueda golpear fatalmente la arteria carótida de su enemigo, pero sangre cuando éste le golpee. El cuello se le hinchará de sangre y se pondrá cianótico, con aspecto de muerto. El hábil soltador le masajeará con rapidez el cuello para eliminar la sangre y lo hará revivir antes de que sufra un shock irreversible, y entonces lo hará de nuevo en el banco de primeros auxilios, y el gallo se recuperará, pero ahora lo conocerán como un perdedor. Deja de administrarle cumarina y ponlo a luchar de nuevo, con las probabilidades contra él ahora que es el perdedor, pero esta vez llevará navajas de la longitud apropiada para matar, habrá luchado y vivido, y tendrá la seguridad de un superviviente.

Cuando mate, recoge tus ganancias.




PD.- A partir de esta semana, las emisiones radiofónicas de Todos los libros un libro cambian de formato, desarrollándose bajo un esquema de entrevista. Por ello, os dejaré aquí regularmente tanto el texto de la reseña "convencional", tal y como había ocurrido hasta ahora, como el podcast del programa correspondiente, que aparecerá en el reproductor situado bajo el vídeo que acompaña a cada entrada. Igualmente, desde el icono situado a la derecha de dicho reproductor podréis acceder a la opción de descarga de la emisión en formato mp3. Excepcionalmente, en el caso de esta primera entrega, el podcast no se corresponde con el libro reseñado, sino que consiste en una emisión introductoria de presentación del programa. A partir del miércoles próximo, texto y grabación sonora se referirán al mismo libro.

miércoles, 4 de octubre de 2017

AMÉLIE NOTHOMB. ESTUPOR Y TEMBLORES. METAFÍSICA DE LOS TUBOS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Hoy os traigo un par de novelas, de las primeras de su autora, una escritora compulsiva, que ya ha publicado un buen número de ellas, a razón, casi, de una por año desde mediados de los noventa, con un éxito extraordinario casi todas, pero que, pese a ello, todavía no había aparecido en nuestro programa. Se trata de la belga, aunque nacida en Japón, Amélie Nothomb, y los libros que hoy quiero recomendaros son Estupor y temblores y Metafísica de los tubos, obras del año 2000 y 2001 respectivamente, que resisten muy bien el paso del tiempo pues acumulan numerosas ediciones desde entonces, y que pasan por ser los más representativos, también los más destacados, de la autora. Ambos libros los publica la editorial Anagrama, sello responsable de la mayor parte de la literatura de la Nothomb en nuestro país, en traducción de Sergi Pàmies.

Estupor y temblores es una novela corta en la que se narra de un modo ágil, fluido, ligero y con altas dosis de humor -todos ellos rasgos “marcas de la casa”-, la peripecia claramente autobiográfica de su autora que, a los veintidós años, se incorporó al tantas veces incomprensible mundo laboral japonés, al acceder a las oficinas en Tokio de una gran empresa nipona, la intrincada, la inaccesible, la indescifrable compañía Yumimoto, que oficia en la novela no sólo como escenario central y exclusivo de la narración sino que se constituye en algo más, la clave, quizá, del mensaje, del propósito último del libro, al figurar como paradigma de la jerarquización, de la rigidez y, en último término, del absurdo de la organización del trabajo en ese enigmático mundo que para los occidentales representa el universo japonés. Amélie, que así, sin ocultamientos, se llama la protagonista, llega a Yumimoto y, desde el primer momento, desde el primer párrafo de la novela, se ve inmersa en un estado de cosas, en un cerrado orden que se presenta como feroz e indiscutible, arbitrario e irracional. Dice Amélie: El señor Haneda era el superior del señor Omochi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie. Así pues, en la compañía Yumimoto yo estaba a las órdenes de todo el mundo. A partir de este momento inicial, y sentadas de este modo las férreas claves del funcionamiento de la organización, Amélie vive un auténtico calvario profesional, en el que se suceden las humillaciones, las incomprensiones, los abusos de sus superiores, el silencio cómplice de sus compañeros, las tareas absurdas, los mandatos delirantes, las exigencias ridículas, los acosos, los desprecios, las incomprensiones. En su particular bajada a los infiernos laborales, la protagonista, que supuestamente es contratada para realizar tareas de contabilidad, es sucesivamente relegada a ocupaciones cada vez más insensatas y denigrantes, dada su cualificación y su dominio de la lengua japonesa, causas aparentes de su contratación: se ve obligada a servir los cafés -siempre de modo inadecuado, al decir de sus jefes-; se la condena -como si de una moderna Sísifo nipona se tratara- a fotocopiar una y otra vez, de modo interminable y estéril, en multitud de innecesarias copias, el reglamento de un club de golf absolutamente ajeno al acontecer profesional de la empresa; se le exige, en un nuevo intento de anular su individualidad, cuadrar centenares de irrelevantes cuentas; se le impone la desmesurada e irracional tarea de archivar miles de anticuadas facturas; y, en el último escalón de su injusta cosificación, de su degradante esclavitud, se la destina a la limpieza de los lavabos masculinos.

Amélie Nothomb aprovecha la descripción de este proceso progresivo de despojamiento personal por parte de la jerarquía de la empresa, de este frío intento de arrebatamiento de la más elemental dignidad humana desde el poder omnímodo y ciego de una organización sádica, para mostrarnos, por un lado, la realidad de las costumbres, las prácticas, los usos laborales en Japón. Un mundo éste, el del trabajo en el país oriental, en el que cada trabajador es, a la vez, esclavo y torpe verdugo de un sistema que no le gusta, pero que jamás denigrará, por debilidad y por falta de imaginación. Sirva como muestra de esta tesis el personaje de la bellísima señorita Mori, la cual, cercana a Amélie, no sólo por su posición en la empresa, sino también por una cierta aparente afinidad afectiva, se convierte sin embargo en el más acerado verdugo de la protagonista y en su principal torturadora.

Pero no es esta sola intención sociológica, esta mera descripción de la realidad del trabajo y de la empresa en Japón, el único propósito, a mi entender, de esta interesante novela. Hay también, como puede apreciarse en el texto que os dejo como cierre a esta reseña, una crítica abierta a la jerarquización de las relaciones laborales, a la insensatez que lleva consigo casi siempre la burocratización del trabajo, a la tantas veces absurda lógica de nuestros sistemas productivos, a la alienación que con frecuencia el trabajo produce en nuestras vidas. En este sentido hay que entender el aparentemente extraño título de libro: Estupor y temblores alude a la actitud correcta con la que un ciudadano cualquiera debería dirigirse al Emperador según el antiguo protocolo imperial japonés; un título que encierra por tanto la esencia de la novela: el respeto sobrehumano, la personalidad traumatizada, la propia individualidad cercenada, castrada por el sometimiento irracional a las directrices de unas organizaciones que, por fortuna -en mi lectura optimista-, van despareciendo progresivamente de nuestro panorama laboral.

Metafísica de los tubos refleja igualmente las notas distintivas de la literatura de su autora: el carácter autobiográfico de sus argumentos; la vinculación con Japón y el amor por ese país, pese a que más de una vez se critiquen sus, a nuestros ojos, estrambóticas costumbres; la aparente ligereza; la simplicidad de una escritura de frases concisas, de párrafos cortos, que no se complica en complejos desarrollos; la brevedad de sus textos, que rara vez superan las ciento cincuenta páginas; el enfoque original, algo disparatado, inteligente y novedoso, insólito e incluso provocador, de los asuntos tratados; el ritmo ágil y la fluidez de la narración, en consecuencia fuertemente adictiva; la indudable cultura, que aflora en frecuentes citas literarias, filosóficas y, en el caso concreto de esta novela, bíblicas; el sutil pero siempre transgresor sentido del humor…

En la novela se narran los tres primeros años de vida de una niña que, de modo inequívoco, es la propia Amélie Nothomb. Su padre, cónsul de Bélgica en Japón, cuyas costumbres valora y hasta adopta (es un estrambótico pero comprometido cantante de teatro no, como se relata en una hilarante historia que nos muestra su “nacimiento” para el arte), vive en Osaka con su mujer y sus tres hijos, André, Juliette y nuestra protagonista, cuatro años menor que el primogénito. La niña, que nace, como la autora, en 1967, pasa los dos primeros años de su vida inmóvil, convertida en un mero “tubo” (de donde surge la metáfora que recoge el título): dominada por la inercia y la pasividad, sin llorar, sin hablar, sin andar, en las edades en que todo ello es esperable, habita el mundo como un Dios cuyas únicas actividades son la deglución, la digestión y, como consecuencia directa, la excreción. Un Dios algo despótico que se limita a abrir todos los orificios necesarios para que los alimentos y líquidos lo atravesaran, en una frase recurrente que se repetirá en distintos momentos del texto. Un tubo, pues, a partir del cual la escritora levanta su particular metafísica: las bondades de una existencia sin movimiento, en una singular mezcla de plenitud y vacío ajena a las complicaciones de la realidad.

Sin haber cumplido tres años, esta existencia vegetal -La Planta, dice de sí misma este muy lúcido e intelectualmente despiadado bebé- se ve definitivamente interrumpida por la aparición de la abuela materna, que viaja desde Bélgica a visitar a su hijo y su familia: Fue entonces cuando nací a la edad de dos años y medio, en febrero de 1970, en las montañas del Kansai y en el pueblo de Shukugawa, ante la mirada de mi abuela paterna, por obra y gracia del chocolate blanco. La barrita de chocolate que la abuela hace probar a su nieta la hará descubrir el placer -el motor de la vida-, abandonar su amorfo pero acogedor estado vegetal y “nacer” a una existencia relativamente normal.

Desde 1970 lo recuerdo todo, escribe. Y en consecuencia, a partir de esa fecha dará cuenta de sus primeros pasos en el mundo, en una por momentos desternillante sucesión de peripecias, convencionales en cuanto son comunes a casi cualquier menor pero extraordinarias al ser relatadas desde la extravagante perspectiva de una niña sumamente inteligente y con un planteamiento de la vida muy original y divertido. Así, aprende a hablar, y conocemos sus disquisiciones acerca de cuáles deberían ser sus primeras palabras: Mamá, Papá, Aspiradora (divertidísima la “escena” del “encuentro” con el electrodoméstico), Juliette (ni por asomo quiere nombrar a su hermano mayor), Nishio-san, su cariñosa cuidadora. Empieza a escuchar las conversaciones a su alrededor interpretándolas, desde su ignorancia infantil, a su imaginativo antojo (llega a la conclusión, por ejemplo, de que la misteriosa profesión de cónsul a la que se dedica su padre debe equivaler a una especie de alcantarillero). Muy avanzada para su edad, se interesa por la Biblia, que se ve obligada a leer “encubierta” entre las tapas de un Tintín, para evitar que los padres la descubran. Atrevida y arriesgada, amante de las aventuras (mentales, físicas, subterráneas y navales, en tipología propia) y muy lanzada, en su afán de descubrir y experimentar hace todo tipo de trastadas que ponen a sus padres al borde del infarto: ahogarse en el mar, lanzarse por una ventana (sabía que las cosas más seductoras tenían que ser, a la fuerza, las más peligrosas)... La atracción por su primordial condición de “tubo” la lleva a intentar el suicidio por inmersión, reconociéndose en una naturaleza acuática, pues como el agua, dice, me sentía preciosa y peligrosa, inofensiva y mortal, silenciosa y tumultuosa, odiosa y feliz, dulce y corrosiva, anodina y rara, pura y embargante, insidiosa y paciente, musical y cacofónica. Inconformista y rebelde, cuestiona la naturaleza vigente de las cosas, rechaza el universo masculino a causa del injusto desequilibrio con la mujer en la cultura japonesa; y por ello odia a las carpas, ese animal totémico en el país nipón, símbolo del hombre en la mitología japonesa (Carpe diem, el dictum latino, es interpretado por ella como un desgradable “Una carpa al día”, hasta ese punto aborrece al repugnante pez). Unas carpas, esos seres rollizos que solo degluten, meras bocas que comen, que traen de nuevo a la mente de la niña -y del lector- la metáfora del tubo. Adora Japón -mi país, dice- y describe fascinada su paisaje, sus costumbres, sus rituales, sus ceremonias. Aparece, larvada, la vocación de escritora, pues miente a su antojo, inventando historias: En el fondo, me daba lo mismo que me creyeran o no. Yo seguiría inventando para mi propia satisfacción. Empecé, pues, a contarme historias.

Y descubre, por fin, la muerte, tras el fallecimiento de su abuela: lo que te ha sido dado te será arrebatado. Esa muerte real dará paso a la metafórica, cuando anticipa -con casi tres años, uno sabe que un día morirá- que algún día deberá dejar Japón, expulsada del paraíso por el cambio de destino de su padre. Ante el descubrimiento de este futuro expolio -dice- sólo existen dos actitudes posibles: o bien uno decide no encariñarse con las personas y las cosas, con el fin de que la amputación no resulte tan dolorosa; o, por el contrario, uno decide amar todavía más a las personas y las cosas, poner toda la carne en el asador, “ya que no estaremos mucho tiempo juntos, te voy a dar en un año todo el amor que te habría podido dar en una vida”. Y concluye, como corolario natural de su prematuramente asumida condición mortal: ya que serás expulsada del edén (…) tienes el deber de recordar todos estos tesoros.

Metafísica de los tubos es, pues, en cierto modo, la descripción de esos “tesoros recordados” en una narración llena, como se ha dicho, de humor e ironía, en la voz de una niña capaz, sin embargo, de análisis y razonamientos adultos. Con un mirada distanciada y crítica del mundo que le rodea, la pequeña Amélie lo cuestiona todo con una mezcla de ingenuidad e inteligencia prodigiosa, lo replantea todo desde un enfoque imprevisto: A los tres años, uno es un marciano. Resulta apasionante pero terrorífico se un marciano recién llegado a la Tierra. Uno observa los fenómenos inéditos, opacos. No posee ninguna llave. Hay que inventarse leyes a partir de estas únicas observaciones. Hay que ser aristotélico las veinticuatro horas del día, lo cual resulta particularmente extenuante cuando uno nunca ha oído hablar de los griegos.

El cumplimiento de los tres años, el último fallido intento de suicidio, esa frustrada aventura iniciática, será el final de una etapa; en cierto modo, el final de todo lo importante de una vida -Luego ya no volvió a ocurrir nada más es la rotunda frase que cierra el libro- que pudo hundirse en una inexistencia quizá más decisiva y reveladora. La existencia nunca me ha molestado, ¿pero quién me asegura que, en el otro lado, todo habría sido más interesante?

En fin, leed estas dos recomendables novelas de Amélie Nothomb publicadas por Anagrama, Estupor y temblores y Metafísica de los tubos, a cuya reseña acompaño ahora una propuesta musical. Aprovecho la mención a los Beatles en la segunda de las dos obras reseñadas para ofreceros She’s a woman, uno de los temas que los británicos interpretaron en 1966 en su concierto en el Nippon Budokan Hall de Tokyo.


Así descubrí algo muy importante: que en Japón la existencia es la empresa.

Se trata, por supuesto, de una verdad que ya ha sido descrita en numerosos ensayos de economía dedicados a este país. Pero existe un abismo entre leer una frase en un ensayo y vivirla. Yo podía convencerme de lo que aquello significaba para los miembros de la compañía Yumimoto y para mí.

Mi calvario no era peor que el suyo. Sólo resultaba más degradante. Aunque eso no era suficiente para que envidiara la posición de los demás. Era tan miserable como la mía.

Los contables que pasaban diez horas diarias recopilando cifras me parecían víctimas sacrificadas en el altar de una divinidad carente de grandeza y de misterio. Desde tiempos inmemoriales, los humildes han dedicado sus vidas a realidades que los superan: en otros tiempos, podían por lo menos entrever alguna causa mística en semejante estropicio. Ahora, ya no podían ilusionarse. Entregaban su vida a cambio de nada.

Como todo el mundo sabe, Japón es el país con la mayor tasa de suicidios. Personalmente, lo que me sorprende es que no sea todavía más frecuente.

¿Y fuera de la empresa, qué les esperaba a aquellos contables de cerebro lavado por los números? La cerveza obligatoria con colegas tan trepanados como ellos, horas de metro abarrotado, una esposa que ya duerme, el sueño que te aspira como el desagüe de un lavabo que se vacía, las escasas vacaciones en las que nadie sabe qué hacer: nada que merezca el nombre de vida.

Y lo peor es pensar que a escala mundial esta gente son privilegiados.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN (EDITOR). PARTES DE GUERRA
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, como de costumbre en las tardes de los miércoles en Radio Universidad de Salamanca. Hoy nuestra semanal recomendación de lectura se adentra en un género que hacía semanas, incluso meses que no aparecía por esta sección, los cuentos. Os traigo una antología de cuentos, aunque, como veréis dentro de un rato, hay tanta coherencia en los relatos del libro del que os hablo, están tan bien elegidos, es tanta la continuidad entre ellos, están tan imbricadas sus tramas que, en cierto modo, podríamos decir que nos encontramos ante una novela. Pero vayamos por partes, no adelantemos acontecimientos, empecemos por presentar el libro. Se trata de Partes de guerra; su editor, el responsable de la selección de los relatos y de un breve prólogo introductorio, es el novelista zaragozano Ignacio Martínez de Pisón, y el libro ha sido publicado por la editorial RBA en invierno de un ya muy lejano, en términos relativos a la edición, 2009.

Lo que primero que debéis saber si os decidís a acercarse a esta muy interesante antología es que la guerra a la que se refiere el título es la española, la guerra civil de cuyo término se cumplían setenta años en las fechas de presentación del volumen. Partes de guerra es una recopilación de treinta y cinco cuentos, debidos a treinta y un escritores españoles distintos (cuatro de ellos repiten), que tienen a la contienda civil española como eje central, como motivo principal de su trama. Desde posiciones ideológicas diversas y hasta opuestas, con temáticas variadas, con enfoques diferentes, con planteamientos literarios,  propuestas de escritura y registros estilísticos, muy variopintos, los cuentos seleccionados permiten al lector interesado tener una panorámica muy completa de lo que significó aquella lucha fratricida, una panorámica que recoge casi todos los ángulos de la vida de nuestro país en aquellos tres interminables años.

Así, las distintas narraciones del libro nos acercan a la vida cotidiana del Madrid asediado, a la austera existencia en los pueblos que atraviesan las tropas, al sufrimiento, la ansiedad y también el aburrimiento de los frentes de guerra, al duro penar en las trincheras, a las tantas veces mezquinas intrigas en los cuarteles, en los comités centrales, en las oficinas en las que se decidían las acciones de guerra. Por el libro desfilan militares facciosos, fanáticos falangistas, despóticos dirigentes republicanos, milicianos inhumanos, aristócratas corrompidos y crueles, curas cobardes, obreros sanguinarios, pero también políticos honestos, izquierdistas convencidos, derechistas por convicción, y, sobre todo, aparecen en los distintos cuentos decenas de personas humildes, de hermanas, madres e hijos de los combatientes, de pobres gentes del común que, sin adscripción teórica o partidista alguna, sin ‘ideologización’ apreciable, sin una especial afiliación a uno u otro bando, sufrieron en sus carnes, en muchas ocasiones por el más cruel de los azares, la terrible tragedia, pagando, a veces incluso con su muerte, su condición de seres cualesquiera, de ciudadanos anónimos, de personas normales. Como casi siempre, los débiles, los nobles, los mansos, los pobres ciudadanos sin nombre, sin cargos, sin poder, son aquellos a los que la vorágine y la locura de las guerras arrastran a la desolación, a la miseria, a la soledad, al dolor, a la muerte.

El libro se organiza a partir de una estructura muy sencilla y pedagógica que sigue la cronología de la propia guerra, de modo que el primer relato, el conocido La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas, que fue la base de una película del mismo título, con el genial Fernán Gómez en aquel papel de maestro republicano que seguro que recordaréis bien, sitúa la acción en los momentos iniciales del estallido del conflicto, y el último, Campo de los almendros, de Jorge Campos, nos permite acompañar a las desoladas columnas de los derrotados, vagando en retirada por las tierras levantinas al final de la contienda. Entre medias, la guerra entera, con sus múltiples registros: el recuerdo de un mal sueño, como en el tratamiento onírico del cuento de Fernando Quiñones; la excusa bélica como ocasión para reanudar los enfrentamientos de siglos en la saga familiar de Ramiro Pinilla; las explosiones y los disparos como ruido de fondo en la escuela infantil del relato de Ignacio Aldecoa; las atrocidades de la Escuadrilla Venganza en el terrible ¡Masacre, masacre! de Manuel Chaves Nogales; la explícita hagiografía fascista en el cuento más militante, a mi juicio, de todos los escogidos, Las muchachas de Brunete, de Edgar Neville; los conflictos de conciencia del sargento republicano obligado a ejercer de defensor de dos desertores a los que, ante el mero paripé del juicio, sabe ya condenados, en un estupendo cuento de Max Aub; la descripción del Madrid vencido, todo ruinas y miedo, en un magnífico relato de Juan Eduardo Zúñiga. En fin, treinta y cinco espléndidas aproximaciones a un acontecimiento esencial para la historia de España y, sobre todo, para las vidas de unas cuantas generaciones de seres humanos marcados para siempre por la terrible experiencia.

No dejéis de leer este Partes de guerra, en la edición que publica RBA a cargo de Ignacio Martínez de Pisón: excelente literatura y, sobre todo, mucha verdad, mucha emoción, mucho sentimiento, mucha vida, mucha vida auténtica. Os dejo con un fragmento de uno de los cuentos, también de Chaves Nogales, que recoge de un modo ejemplar, uno de los aspectos esenciales de la guerra, de cualquier guerra.

Como complemento musical a mi reseña, os ofrezco Red River Valley, la canción tradicional del folklore norteamericano, que ha conocido innumerables versiones, algunas memorables, como la que suena en Las uvas de la ira, el clásico de John Ford. El tema lo cantaban en la guerra civil los miembros de las Brigadas Internacionales, adaptado como El valle del Jarama. Aquí suena en la interpretación de Woody Guthrie.


Cautamente fueron aproximándose hacia el lugar de la lucha. El tableteo de las ametralladoras les indicaba la posición que ocupaban las tropas. Entre ellas y los restos del escuadrón de caballistas estaban los rojos atrincherados en las últimas casas del pueblo y en los accidentes del terreno que les favorecían. Había que atacarles por la espalda antes de que reaccionasen contra ellos al advertir que habían roto el débil cerco que les dejaron puesto. En aquel instante, destacándose del estruendo de las explosiones, llegó hasta los caballistas un confuso rumor de lejana algarabía. Unos gritos inarticulados que recordaban el aullido de las fieras dominaban todos los ruidos del combate. Aquella marea creciente de rugidos amenazadores era inconfundible. Los moros se lanzaban cuerpo a cuerpo para desalojar a los rojos de sus posiciones.

Era el instante crítico. Los hombres del marqués atacaron simultáneamente y se produjo una confusión espantosa. La batalla tomó en aquel punto ese ritmo de vértigo que hace imposible al combatiente advertir nada de lo que ocurre alrededor. Las batallas no se ven. Se describen luego gracias a la imaginación y deduciéndolas de su resultado. Se lucha ciegamente, obedeciendo a un impulso biológico que lleva a los hombres a matar y a un delirio de la mente que les arrastra a morir. En plena batalla, no hay cobardes ni valientes. Vencen, una vez esquivado el azar, los que saben sacar mejor provecho de su energía vital, los que están mejor armados para la lucha, los que han hecho de la guerra un ejercicio cotidiano y un medio de vida.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

ANDREW SEAN GREER. HISTORIA DE UN MATRIMONIO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Hoy os traigo una estupenda novela, muy interesante y original pero de la que os confieso sin reparo que me va a resultar muy difícil y costoso haceros la reseña. Quizá debiera limitarme a deciros, leed Historia de un matrimonio, escrita por Andrew Sean Greer y publicada por la Editorial Salamandra el pasado 2009 en traducción de Ana Mª de la Fuente. Es un libro excelente, he disfrutado extraordinariamente leyéndolo y creo que mi experiencia puede ser compartida por aquellos de vosotros que os decidáis a adquirirlo y degustar sus páginas. Como veis, estoy refiriéndome, indirectamente, a que creo que en este caso sólo cabe una opinión subjetiva, en la que, en el fondo, os hable de mí, de mi interés por el libro, más que referirme a las virtudes del texto. Y quizá os preguntaréis qué es lo que hace tan complicado el que yo pueda hablaros durante unos minutos de este libro y aconsejaros su lectura, cuál es el obstáculo que impide que hoy, a diferencia de las anteriores recomendaciones -y ya sobrepasamos ampliamente las trescientas en nuestros ya largos años de contacto con la audiencia salmantina-, pueda haceros, en pocas palabras, una breve semblanza del libro, de su trama, de sus personajes, de los aspectos que me parecen más significativos y con los que podréis, quizá, disfrutar; es decir, por qué veo ardua la posibilidad de hacer un comentario ‘objetivo’ de la novela, un comentario que se adentre en ella y vaya más allá de mis propias sensaciones al leerla.

El problema, si podemos llamar así a lo que no es más que una dificultad en el fondo subsanable, es que el elemento decisivo del libro, la clave última de esta Historia de un matrimonio, reside en una información trascendental, tanto que cambia nuestra percepción de la historia que hasta ese momento estábamos leyendo, en un suceso que sólo tiene lugar en la página sesenta del libro. La historia del matrimonio que cuenta Andrew Greer hasta ese momento es una, y a partir de la sorprendente revelación de la página sesenta, resulta ser otra diametralmente opuesta. Y entenderéis que no puedo permitirme, sin provocar un daño irreparable a la posible lectura que vayáis a hacer de la novela, desvelar ese dato fundamental. De manera que mi dilema en este momento es qué es lo que puedo contaros para, por un lado, interesaros suficientemente en el libro, que es magnífico, sin desvelar su podríamos llamar ‘misterio fundacional’.

Veamos. Pearlie Ash es una joven que, en 1953, vive en el este de los Estados Unidos ocupada de su marido, Holland Cook, un también joven profesional, un hombre apuesto con el que se ha casado a su vuelta de la reciente guerra mundial. Un retorno, el de Holland, que tiene lugar entre algunas difusas secuelas físicas y psicológicas. Su esposa cuida de él y del hijo de ambos en su hogar burgués situado en Ocean Beach, una zona residencial de San Francisco. Un San Francisco, un país entero, que crece empujado por el poderoso impulso de los soldados que volvían del frente, deseosos de iniciar una nueva vida. La existencia en la vivienda familiar respira placidez y armonía, hasta que, inopinadamente, la llegada de un desconocido, que resultará ser Buzz, un antiguo amigo de Holland durante la contienda, alterará para siempre la pacífica vida del matrimonio. Escribe la narradora, la propia Pearlie, Holland Cook me besaba al marcharse por la mañana a las ocho y luego por la tarde al llegar a casa a las seis, algo tan bonito y regular como las fases de la luna. Yo sacaba el hielo para sus bebidas de nuestro ruidoso frigorífico, tendía su ropa y planchaba nuestro mundo dejándolo muy liso y almidonado. Él me tomaba la mano y me sonreía con la ternura de un viejo enamorado, mientras yo le devolvía la sonrisa. Si embargo, nada de aquello era real. Tras la revelación de Buzz, nuestros movimientos eran como los de los autómatas cuando se echa la moneda en la ranura. O mejor, como los de los personajes de un sueño.

Historia de un matrimonio da cuenta, a través de la historia de esta pareja, de los enigmas que siempre encierran las relaciones personales, de la multitud de capas que encontramos tras la rutinaria apariencia de la trivial normalidad, e indaga con reveladora lucidez en los insondables misterios de la naturaleza humana. Pero hay también una dimensión externa o pública en la novela, más allá de la penetración fascinante en los abismos de nuestra última intimidad. Hay una descripción magnífica del Estados Unidos de los años cincuenta, con el fondo casi documental de la guerra de Corea, de los problemas raciales, de la paranoia maccarthysta.

En fin, una novela excelente esta Historia de un matrimonio de Andrew Sean Greer, publicada por la Editorial Salamandra. No dejéis de leerla. Os dejo ahora, para finalizar esta algo inusual reseña, el sugerente inicio del libro. También, la estupenda versión que hace Diana Krall del clásico de Billy Joel, Just the way you are, que describe una relación bastante más plácida que la reflejada en la novela.


Creemos conocer a quienes amamos.

Al marido, a la esposa. Los conocemos, somos ellos; a veces, por separado en una fiesta, nos sorprendemos expresando sus opiniones, sus preferencias respecto a comida o libros, contando una anécdota que no nos sucedió a nosotros sino a ellos. Observamos su manera característica de hablar, conducir y vestirse; cómo acercan el terrón de azúcar al café y lo ven pasar de blanco a marrón y entonces, satisfechos, lo dejan caer en la taza. Observaba cómo mi marido hacía eso mismo todas las mañanas; era una esposa atenta.

Creemos conocerlos. Y amarlos. Pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, hecha por nosotros, de un idioma que apenas dominamos. Con ella tratamos de llegar al original, aunque jamás lo conseguimos. Lo hemos visto todo. Pero ¿qué hemos entendido de verdad?

Una mañana despertamos. Junto a nosotros duerme ese cuerpo familiar; en cierto modo, un desconocido. A mí me ocurrió en 1953, el día que vi en mi casa a una criatura que, por una especie de hechizo, de mi marido sólo conservaba la cara.

Será, quizá, que un matrimonio no puede verse. Que es como esos grandes cuerpos celestes, invisibles al ojo humano y que sólo se localizan por su gravedad, por la atracción que ejercen en todo lo que les rodea. Así lo imagino. Y me digo que he de mirar cuanto hay alrededor, las historias ocultas, las partes que no se ven, para que al fin se revele lo que se halla en el centro, gravitando como una estrella oscura.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

HENRY DAVID THOREAU. WALDEN

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde os traigo un clásico, un libro que en sus dos siglos de vida ha influido a varias generaciones de ciudadanos en todo el mundo, que han leído con pasión los optimistas y revolucionarios planteamientos que defiende su autor, el pensador y filósofo -entre otras muchas ocupaciones- norteamericano Henry David Thoreau, de cuyo nacimiento, el 12 de julio de 1817, se cumplieron doscientos años hace algunas semanas. En el último lustro, pero sobre todo en estos meses cercanos al aniversario, se han multiplicado las ediciones de la obra de Thoreau. En particular, la editorial Errata Naturae presenta una decena de sus libros, de los cuales he seleccionado para mi reseña de hoy el que quizá es su título más relevante, el más conocido también, Walden, su esencial propuesta vital, iluminada y utopista, vigorosa y llena de energía, entusiasta y contagiosa.

En estas semanas, coincidiendo con el aniversario, podéis encontraros también con algunos programas dedicados a Thoreau en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes. Las emisiones, que podéis escuchar en el blog del programa, del mismo título, se centran en aforismos y pensamientos del autor extraídos de Todo lo bueno es libre y salvaje, una estimulante recopilación de reflexiones del escritor de Boston, que ofrece una panorámica muy completa de la filosofía del autor y que gira en torno a una amplia variedad de temas, entre los que destacan -y cito la nota de la editorial- la belleza y el azar, la aurora y el crepúsculo, la amistad y la imaginación, la moda y la dieta, la libertad y la insumisión, la música y el silencio, los indios y la sabiduría, la simplicidad y el dinero, los viajes y la soledad, los árboles y los pájaros, el trabajo y el amor, la muerte y lo que nos salva, lo salvaje en la naturaleza y en nosotros mismos, los libros y el inextinguible deseo de leer, lo sagrado en el cielo y en la tierra, la felicidad de las marmotas y de los humanos, los paseos por el bosque y también por la ciudad, la estaciones y el ciclo interminable de la vida, en un muy sugerente elenco de apasionantes motivos de estudio e indagación, de meditación y análisis.

Puede resultar sorprendente este repentino “desembarco” en nuestras librerías de la producción literaria de un autor muerto hace casi dos siglos y que no forma parte del canon “ortodoxo” de la cultura española. No llama tanto la atención, sin embargo, si pensamos que, en nuestros días, el mercado editorial es precisamente eso, una de las manifestaciones más destacadas del comercio, un negocio que, obviamente, se mueve por criterios mercantilistas. Un clásico -pues ésa es sin duda la consideración que merece Thoreau- que venía siendo traducido con relativa normalidad en nuestro país (sus principales obras aparecen en España desde hace años; de Walden en concreto, hay traducciones en castellano desde 1945, y hasta la “académica” editorial Cátedra cuenta en su indispensable catálogo, desde hace ya diez años, con una edición anotada) pero que no tenía una presencia principal en los anaqueles de las librerías, invade, de súbito, expositores y escaparates, páginas de periódicos, monográficos de suplementos culturales y hasta programas de televisión… y todo por mor de la muy azarosa circunstancia del acaecimiento de una determinada fecha, coincidente con una cifra redonda. Pero así son las modas literarias, y estas son sus ventajas e inconvenientes. Por un lado -el negativo- se despierta un interés artificial, espurio, por un libro o un autor; en unos meses todo el mundo habla de ello, y acabamos por comprar y leer -esto en el mejor de los casos- lo que quiere el mercado, los críticos reconocidos, los prescriptores “oficiales”. Pero, a la vez, estos “lanzamientos” inopinados nos permiten descubrir clásicos, libros en los que -de no ser por el torbellino comercial- quizá no habríamos reparado o nunca habríamos leído. ¿Será éste un último estertor de tiempos pasados y de ahora en adelante la difusión de los libros se producirá de modo radicalmente distinto, por cauces ni siquiera imaginables hoy día? ¿Acabará internet -con las consecuencias que en este ámbito conlleva (facilidad de publicación, auge de la autoedición, acceso ilimitado a la obra literaria de cualquier autor, desaparición de las jerarquías)- con las editoriales clásicas? ¿Constituiría ello -de producirse- una victoria de la libertad triunfante sobre el siempre sospechoso capital, que solo mira por el cálculo de rentabilidad, el rendimiento, la ganancia, ampliando las posibilidades de que grandes obras literarias que no encajan en los parámetros de las empresas de edición puedan llegar a ser difundidas, conocidas y disfrutadas por todos… o, por el contrario, al eliminar los filtros de calidad que suponen los editores, los lectores profesionales, los expertos, los críticos especializados, todo nos lleva a un universo literario sin criterio, a un totum revolutum en el que nadie podrá discernir, con parámetros objetivos, la auténtica valía de un autor, la verdadera importancia de una obra? En fin…

El Walden de Errata Naturae vio la luz por primera vez en 2013, en traducción de Marcos Nava. Con ocasión del citado bicentenario de su autor, este mismo año el sello ofrece una edición especial que mantiene la versión al español de aquella primera entrega. El libro cuenta con un interesante prólogo de Michel Onfray, el sobresaliente filósofo francés, que aparece en traducción de Silvia Moreno Parrado. El precioso volumen incluye también las espléndidas ilustraciones de Michael McCurdy, el grabador norteamericano, fallecido hace año y medio, del que os hablé aquí a propósito de las magníficas estampas que acompañaban el texto de El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono, publicado por José J. de Olañeta. La edición cuenta con una innumerable cantidad de notas del traductor, todas muy explicativas y aclaratorias, las cuales, aunque ralentizan y hasta entorpecen en ocasiones la lectura, en general son útiles y enriquecen la comprensión de los aspectos del texto más difíciles de interpretar por un lector actual (el libro original se había publicado en 1854, poco antes de la muerte de su autor, que tuvo lugar en 1862, antes de que hubiera llegado a cumplir 45 años).

El 4 de julio de 1845, Thoreau se traslada a vivir en la cabaña que él mismo había construido en Walden Pond, un lago cerca de Concord, Massachusetts, su lugar de nacimiento. Durante dos años, dos meses y dos días vivirá en los bosques, observando la naturaleza y explorando su entorno y a sí mismo, en un “experimento” de honda significación personal pero también de extraordinario valor social, económico, político, ecológico -aunque el término, obviamente, aún no se había inventado- y también, en tanto el autor plasma en un libro, este Walden, el proceso seguido, el resultado de su experiencia y sus reflexiones sobre lo vivido, de enorme calidad poética y literaria. Hacia finales de marzo de 1845 pedí prestada un hacha, me dirigí a los bosques cercanos a la laguna de Walden (…) y comencé a derribar algunos pinos blancos, escribe. A mediados de abril se encontraba ya en condiciones de levantar la casa. A principios de mayo estaba armada la estructura de la vivienda. Se instalará, como se ha dicho, el 4 de julio de 1845. Para antes del invierno tendrá terminada la chimenea y el revestimiento protector de la casa. Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome solo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar; no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir nada que no fuera la vida, pues vivir es algo muy valioso, ni tampoco practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesario. Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos y, si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; y si fuera sublime, saberlo por experiencia y poder dar cuenta de ello en mi próxima excursión. Con este breve fragmento, que brota, significativo, en las primeras páginas de la obra se resume lo esencial del propósito de la atrevida experiencia de Thoreau.

En un capítulo primero -el más extenso del libro- de título Economía se nos presentan las razones que justifican su ilusionado proyecto. En él, y contra los valores dominantes de su época (La mayor parte de las cosas que mis vecinos consideran buenas yo la creo mala para mí), Thoreau se manifiesta en contra de las necesidades ficticias, de los hábitos consabidos, de las comodidades entendidas como lujos innecesarios (podría arreglármelas fácilmente sin correo, por poner un solo ejemplo), de lo superfluo que tiene como fin el enriquecimiento de unos pocos, de la moda, de la ropa como ornamento prescindible más allá de las mínimas exigencias de abrigo y protección, de las propiedades, de las viviendas y su sobreabundancia de objetos y bienes inútiles, de la educación tradicional (su tesis en esta cuestión sostiene las ventajas de aprender realizando el experimento de la vida), en contra también de las novedades y el progreso, de los viajes, de las prisas, del trabajo (con infinidad de furibundos y consistentes ataques sobre la “venta” de la vida que siempre lleva consigo), de la arquitectura, del superávit de comida y de tantos otros elementos que definen la vida convencional de principios del XIX (en uno más de los rasgos anticipatorios de los postulados de Thoreau: ¡¡¡qué escribiría de vivir en el opulento siglo XXI de las sociedades desarrolladas!!!).

Frente a esta acostumbrada vida de “excesos” -que es también la nuestra-, y con su “huida” a los bosques, el pensador americano reivindica las enseñanzas de la Grecia clásica, defiende la importancia de una sabiduría primordial, del pensamiento abstracto y de la poesía, mientras aspira a construir una nación de filósofos, caracterizada por la sencillez, la austeridad y hasta la pobreza (pobre en riquezas externas, rico en posesiones internas) y el ascetismo. A lo largo del capítulo -y, en general, en todo el libro- afloran los principios básicos de su visión del mundo: simplicidad, independencia, magnanimidad y confianza; sencillez, sinceridad, verdad, fe e inocencia. Su “ensayo” aboga por la conveniencia de dotar a nuestras vidas de una superior dimensión, intelectual y filosófica, espiritual y moral, reclamando la importancia del ser, más que la del hacer o el cómo hacer.

La mayoría de los hombres vive vidas de tranquila desesperación, señala, y también: Aún no he conocido a ningún hombre que estuviera completamente despierto. Estar despierto es estar vivo. Y es por ello, por lo que, partiendo de estas premisas y rechazando la alienación consustancial a la existencia en las sociedades avanzadas, se lanza a su aventura en la que plantea una forma de vida más auténtica, más coherente, más “esencial”, más “despierta” y atenta al fluir de la naturaleza; un plan que conllevará construir con sus propias manos la cabaña que le alojará, dotarse de escasos muebles, ajustarse, en su sencilla existencia, a una dieta simple -tan sencilla y limpia que no ofenda a la imaginación- para la que plantará las especies que constituirán su alimento, evitando comer animales, siguiendo hábitos saludables, levantándose al amanecer (debemos aprender a despertarnos de nuevo), bañándose en el lago, pescando en el río, bebiendo en él, llevando unas minuciosas y comedidas cuentas de ingresos y gastos (Durante más de cinco años me mantuve así, sólo con el trabajo de mis manos, y descubrí que podía pagar todos mis gastos trabajando unas seis semanas al año). Y, en todo caso, guiado por un lema esencial: ¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que vuestros asuntos sean dos o tres, y no cien o mil.

A partir de este extenso “dibujo” inicial, en el que quedan planteadas las líneas maestras de su proyecto, se suceden los capítulos en los que, en un relato autobiográfico (Hablaré sobre mí mismo, dice, con la influencia de Montaigne como telón de fondo), da cuenta de muy distintos aspectos de su cotidianidad en Walden. Así, en Leer se resalta la importancia de la lectura de los clásicos, la necesidad de leer bien, con profundidad, con espíritu verdadero, condenando las malas lecturas, las ligeras, de mero entretenimiento. Aboga también por la escuela inusual, hecha de genio, saber, buen juicio, libros... Sonidos nos traslada a su idílico entorno, al ambiente de tranquilidad y calma perfectas en el que vive, absorto en la ensoñación, sin hacer nada, sin exigencias ni obligaciones, escuchando los mil y un sonidos del bosque, asistiendo al paso de las estaciones y disfrutando de los cambios y novedades que cada una de ellas produce en los parajes que rodean su refugio. Creo que es saludable estar solo la mayor parte del tiempo es la idea que guía el capítulo titulado Soledad, un elogio del aislamiento y la vida retirada. Una soledad no incompatible con el trato social y las relaciones (Creo que disfruto de la compañía tanto como la mayoría de las personas, y me aferro como una sanguijuela a cualquier hombre de buena sangre que se cruce en mi camino), como queda de manifiesto en Visitantes, un apartado en el que da cuenta de las muchas personas que lo frecuentan en su cabaña: un rudo leñador, algunos pobres hombres, retrasados, con los que congenia, también pesados visitantes indeseables y, en una enumeración significativa, niños que venían a recoger bayas, trabajadores del ferrocarril que en la mañana del domingo daban un paseo con sus camisas limpias, pescadores y cazadores, poetas y filósofos; para abreviar, toda clase de honestos peregrinos que salían a los bosques en busca de libertad.

El campo de judías se abre a la enumeración de las ventajas del trabajo manual (El trabajo con las manos […] ofrece una lección moral constante e imperecedera), una actividad que realiza escuchando música en todo lo que le rodea. En La ciudad Thoreau relata sus “salidas” a la cercana población (Al igual que paseaba por los bosques para ver a los pájaros y las ardillas, paseaba por la ciudad para ver a los hombres y a los muchachos), unas excursiones despreocupadas en las que no teme dejar su vivienda “desprotegida” (en mi casa no había cerradura ni candado; cualquiera puede entrar y disfrutar de la comida que allí hubiera o dormir o calentarse) ni abandonarse al encanto de la noche cuando retorna a su hogar desde la ciudad (Perderse en los bosques es una experiencia tan sorprendente y memorable como valiosa). En Las lagunas se recoge con detalle la atmósfera que impregna el libro. En las tardes cálidas me sentaba con frecuencia en el bote a tocar la flauta y veía las percas, que parecían hechizadas, rondando a mi alrededor, escribe. El autor cuenta sus paseos por las distintas lagunas de la zona, la quietud de los distintos enclaves, los peces, las aves, las aguas, sus distintas tonalidades, el paisaje... Un parecido afán por inventariar guía Vecinos animales, en donde podemos conocer las decenas de especies que acompañan su plácido aislamiento. Es sorprendente la cantidad de criaturas que viven en los bosques de manera libre y salvaje. Por último, Leyes superiores, por cerrar aquí el repaso de alguno de los capítulos del libro, presenta una de las pautas esenciales que rigen su vida, movida por un intento de alejamiento de la naturaleza animal, inferior, bastarda y guiada por el apetito, para acercarse a un estadio más puro del ser, colindante con la divinidad: Encontraba en mí mismo, y aún encuentro, un instinto dirigido hacia una vida superior o, como se suele decir, espiritual, común a la mayoría de los hombres y otro hacia un estado primitivo y salvaje, y siento el mismo respeto por ambos, aunque -pese a la aparente dicotomía- el capítulo entero es un elogio de la pureza y refutación de la sensualidad.

Y en cada uno de estos capítulos, y más allá de la precisa descripción de la “intendencia”, de las condiciones en que se desarrolla su experimento, el relato aparece salpicado de interesantes reflexiones en las que se concentra su particular filosofía de vida, algunas de las cuales integran los programas de Buscando leones en las nubes de los que os hablé al comienzo de esta reseña y que podéis descargaros y escuchar en el blog del mismo título.

En fin, una lectura apasionante y de extraordinario interés, la de este Walden de Henry David Thoreau que presenta Errata Naturae. Para acompañarla os dejo con una pieza musical que, al parecer, era la favorita del autor norteamericano. Se trata de Tom Bowling, también conocida como The Sailor’s Epitaph, interpretada en el vídeo que cierra esta reseña por el tenor galés Ben Davies.


Cuando consideramos cuál, por utilizar las palabras del catecismo, es la finalidad principal del hombre, y cuáles son sus auténticas necesidades y medios de vida, parecería que los hombres han elegido deliberadamente esta forma de vivir porque la prefieren a cualquier otra. Sin embargo, ellos piensan sinceramente que no existe elección. Sólo las naturalezas activas y saludables recuerdan que el sol se alza con claridad. Nunca es demasiado tarde para renunciar a nuestros prejuicios. No se puede creer sin pruebas en ningún modelo de pensamiento o de acción, por antiguo que éste sea. Lo que hoy todo el mundo repite o acepta como verdadero puede convertirse mañana en mentira, en una opinión hecha de humo que algunos pensaron que era una nube y que traería agua fertilizadora para los campos. Tratad de hacer lo que los ancianos consideran imposible, y veréis que es posible. Lo viejo para los ancianos, lo nuevo para los jóvenes. Quizás los ancianos no sabían lo suficiente como para obtener combustible y mantener el fuego; los jóvenes colocan un poco de leña seca bajo una caldera y ahí están, girando alrededor del globo tan rápido como las aves, siendo tal vez capaces, según se dice, de acabar con los ancianos. La vejez no está más preparada que la juventud para enseñarnos nada, al fin y al cabo ha perdido más de lo que ha ganado. Se podría dudar incluso de que el más sabio de los hombres, por el mero hecho de vivir, haya aprendido algo con valor absoluto. En la práctica, los ancianos no pueden dar consejos demasiado importantes a los jóvenes, porque sus propias experiencias han sido parciales y sus vidas han resultado miserables fracasos -siempre por razones coyunturales, según creen ellos-; es posible que les haya quedado algo de fe con la que disfrazar esa experiencia, y que finalmente sólo sean menos jóvenes de lo que eran antes. Hace unos treinta años que vivo en este planeta y todavía estoy esperando la primera palabra de un consejo valioso o serio de mis mayores. No me han dicho nada, ni creo que puedan decírmelo. Aquí está la vida, un experimento que aún debo realizar, y de nada me sirve lo que otros hayan hecho

miércoles, 6 de septiembre de 2017

GUILLERMO BALMORI. EL UNIVERSO DE LOS HERMANOS MARX

Hola, buenas tardes, bienvenidos una temporada más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que cada semana desde hace ya siete cursos -hoy empezamos el octavo- os ofrecemos una recomendación de lectura.

Esta tarde comenzamos, como digo, una nueva etapa con un libro cuya actualidad está vinculada a una efeméride reciente. El pasado 19 de agosto se cumplieron cuarenta años de la muerte de Groucho Marx, el actor y genial humorista norteamericano. Para celebrar su muy relevante figura artística, su enorme talento, su ingenio y su desbordante comicidad, anteayer inicié en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes, una serie de programas en los que presento algunas de las más chispeantes e inteligentes muestras de su agudeza, esas frases cáusticas y mordaces, iconoclastas e irreverentes, de un humor corrosivo y burlón aunque en el fondo inocente, que trufaban sus hilarantes películas. Os remito al blog del programa si queréis escuchar las divertidas emisiones.

Con la misma finalidad, homenajear al inigualable Groucho y, por extensión, a sus no menos brillantes hermanos, quiero presentaros ahora un extraordinario libro, El universo de los hermanos Marx, que constituye una completísima enciclopedia sobre la personalidad de los cómicos, su producción cinematográfica y los principales referentes que definen su carrera profesional. El volumen, publicado por Notorious, una editorial de libros de cine en la que José Luis Garci desempeña un papel principal junto a los fundadores, Guillermo Balmori y Enrique Alegrete, mantiene los rasgos que identifican todos los lanzamientos del sello: conocimiento y rigor en el tratamiento de los diversos temas estudiados -casi siempre monográficos sobre algún actor o director-, calidad literaria, primoroso cuidado en la presentación, excelentes fotografías y, en general, brillantez en los textos y exquisitez formal.

En el caso del título que nos ocupa, veintiún expertos (Ramón Alfonso, David Felipe Arranz, Víctor Arribas, Guillermo Balmori -responsable último de la edición-, Joan Bassa, Quim Casas, Luis Alberto de Cuenca, Ramón Freixas, Juan Carlos Laviana, Fernando R. Lafuente, Carlos Marañón, Miguel Marías, Alejandro Melero Salvador, Diego Moldes, Moisés Rodríguez, Oti Rodríguez Marchante, Adrián Sánchez, Gerardo Sánchez, Eduardo Torres-Dulce, Joaquín Vallet y Juan Carlos Vizcaíno), críticos cinematográficos en su mayor parte, se acercan desde distintos ángulos a la biografía personal y a la carrera profesional de la disparatada y desopilante familia Marx en una extensa obra -trescientas sesenta páginas en vasto formato-, en la que se entrelazan jugosos análisis de todas sus películas -incluso las rodadas en solitario por cada uno de ellos- con sus correspondientes fichas técnicas, cientos de fotografías, carteles, tiras animadas, programas de mano y fotogramas de los films (¡¡impagable la recreación, en sus imágenes esenciales, de la archiconocida escena del camarote en Una noche en la ópera!!) junto con decenas de breves pero sabrosísimos y bien documentados comentarios sobre los propios hermanos y los actores y actrices, productores, directores y colaboradores varios de sus películas, obras teatrales, radionovelas y programas de televisión, así como un amplio elenco de “entradas” referidas a elementos, conceptos clave o líneas de fuerza teóricas que constituyen el “ideario” -si es que puede hablarse en tales términos de una “pandilla” tan anárquica y caótica- de los inefables Hermanos Marx. Lamentablemente, tal ingente cantidad de material no resulta fácilmente manejable, pues más allá de un somero índice temático final que recoge los capítulos principales, no hay forma de localizar las muchas citas referidas a una película, un actor o un productor en particular como no sea abriendo al azar el libro y dejándose llevar por los ciegos designios de la fortuna. Sorprende tal limitación en un libro que, fundamentalmente, está pensado para la consulta y no para su lectura continuada de principio a fin.

Los Hermanos Marx son parte esencial de mi vida. Tengo un recuerdo vago, de mis seis o siete años, del pase de Los hermanos Marx en el Oeste en el cine de La Cañiza, el pueblo del que procede mi familia materna en el que pasábamos los veranos. Y desde entonces resuena en mí el ¡¡Más madera, que es la guerra!! de aquellos chiflados que quemaban los vagones para dotar de combustible al tren. Algo después, con diez u once años, es más nítida la imagen del niño que se asombra con las películas de los Marx en algún ya entonces añejo cine de Vigo (el Niza, el Cinema Radio, hoy desaparecidos; como casi todos los demás, por cierto, antiguos o recientes), y de la presencia protectora de mi madre, que conocía bien a los Marx, incluso a los menos “notorios” (Zeppo y Gummo), y que tocaba en casa al piano Barrilito (The Barrel Polka), como Chico en más de una película. Y luego, adolescente, disfrutando ante el televisor y hasta el paroxismo de su descarado humor (y no exagero: en una ocasión, las desorbitadas carcajadas provocadas por alguna de las insuperables salidas de tono de Groucho me provocaron una gozosa congestión en la que ríos del Cola-Cao de mi cena salían por boca y nariz salpicándolo todo). Eran aquellos tiempos en los que la indignidad de un régimen como el de Franco -en la que el niño que yo era no podía reparar y mucho menos condenar- permitía, no obstante, una televisión española que hasta bastantes años después de la muerte del dictador seguía ofreciendo -en prime time- la filmografía casi completa de Hitchcock o Humphrey Bogart, de Truffaut o Cary Grant, de Eisenstein o Carl Dreyer y, por supuesto, íntegra, la de los delirantes cómicos. Me vienen a la cabeza también, ya en la Universidad, en Santiago de Compostela, los ciclos de cine en la Facultad, en los que entre áridas películas de comprometido e inextricable cine búlgaro o checoeslovaco siempre había un espacio para los Marx, de los que el progresismo juvenil que nos envolvía a todos destacaba su vertiente iconoclasta y ácrata. Y esos mismos valores eran los que apreciaba a los veinte años, cuando en los veranos del festival de Aviñón despreciábamos -mi amigo Carlos y yo- los más sesudos e “izquierdistas” montajes teatrales de rigor (en todos los sentidos) para deslizarnos en alternativas salas de cine para reír hasta la extenuación con las ocurrencias geniales de la troupe “marxista”, en particular con las salvajes réplicas de Groucho al muy sufrido personaje que invariablemente representaba una no siempre impávida Margaret Dumont (que tantas veces, saltándose el guion, era incapaz de contener la risa en pantalla ante los extravagantes requiebros de su peregrino, egoísta y divertidísimo pretendiente). Y rememoro también ahora las cintas de vídeo en las que, ya de adulto, grababa sus películas, con sus fichas escritas prolijamente a máquina y los recortes de las críticas y artículos periodísticos. Y también la regocijada lectura de algunos de los entretenidísimos libros -Groucho y yo o Memorias de un amante sarnoso, entre otros- del descabellado Groucho. En fin, una vida entera punteada por la regular aparición de la obra de los absurdos comediantes.

Y es por ello por lo que la consulta del libro que ahora os recomiendo me ha provocado un fervoroso entusiasmo, tanto por las magníficas reseñas de cada una de sus películas como, sobre todo, por las entradas en las que se desentrañan con ingenio y agudeza, con conocimiento y pasión, las principales claves de su peculiar universo. Siguiendo el criterio alfabético por el que se ordenan, en El universo de los Hermanos Marx podemos leer breves textos sobre temas tan diversos y tan representativos del cine “marxista” como abogados, absurdo, alta sociedad (un fragmento que os dejo al término de esta reseña), animales, armarios, arpa, barcos, bocinas, caballos, camas, caos, chistes, confusión, crímenes, dinero, familia, guerra, instituciones, musicales, negociación, payasos, peleas, pensamiento filosófico, pianos, piernas, robos, romances, sátira, satiriasis, surrealismo, trampas, vamps, vaudeville o velocidad… por mencionar solo los más destacados, en una enumeración que, por si sola, describe con precisión el mundo de los Marx.

Intercaladas entre estos interesantes análisis, aparecen, como he señalado, otras apetitosas entradas sobre infinidad de personajes del planeta cinematográfico, entre los que quiero destacar -junto a numerosos otros, menos conocidos o solo al alcance de cinéfilos- los nombres de Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Irving Berlin, Louis B. Mayer, Carmen Miranda, Buster Keaton, Jackie Gleason, Lucille Ball. Jane Russell, Raymond Burr, Leo McCarey, Maureen O’Sullivan y, claro está, la incomparable Margaret Dumont, víctima favorita de las inconvenientes pero en el fondo benévolas humillaciones grouchianas. Todos ellos guardan, en mayor o menor medida, una remarcable relación con la filmografía de los descabellados cómicos judíos.

En fin, no deberíais dejar de leer este El universo de los Marx, una formidable publicación que, a cargo de Guillermo Balmori, presenta la editorial Notorious. Como acompañamiento musical a mi reseña, y eligiendo con dificultad entre las decenas de temas que aparecen en las cintas de los Marx, he escogido el para mí entrañable Barrilito en la original versión de Chico en Una noche en Casablanca. Debo confesar que en mi infancia las “interrupciones” musicales en las películas de los hermanos Marx me exasperaban y a duras penas podía contener la impaciencia por retomar pronto el jugoso caudal de insensateces de Groucho. No obstante, ahora, escuchadas con detenimiento en la distancia, hay que reconocer que casi todos esos interludios tienen valor en sí mismos y pueden disfrutarse por más que siga resultando algo artificiosa su inclusión en las tramas.


Alta sociedad

La pompa, el snobismo, la cursilería, la apariencia, la pretenciosidad… todo aquello que los Marx en general desprecian concentrado en un solo concepto esotérico; inaprensible y al tiempo, cristalino, definido. Paradoja, los Marx, en especial Groucho, están constantemente intentando acceder a ella; siempre, por supuesto, por métodos que incluyen el engaño y la picaresca. Pero su objetivo final no es medrar en esa alta sociedad, sino destruirla desde dentro, dinamitar sus convenciones, cortar los bigotes y palmear sus sombreros, mirar lascivamente a las mujeres y ridiculizarlo todo mientras Groucho realiza brutales propuestas de matrimonio (interesado) a Margaret Dumont, Harpo roba lo que puede y Chico confunde a todo el mundo hasta llevarlos a la enajenación. Les gusta deslumbrar a una clase social que todo lo cree y que cualquier cosa compra, una clase ignorante del mundo exterior. En las películas para la Paramount, más agresivas, más ideológicas, más políticas, los Marx arrasan con los espacios de la alta sociedad, pasando como torbellinos anarquistas por las mansiones de El conflicto de los Marx, los trasatlánticos de Pistoleros de agua dulce o la Universidad de Plumas de caballo para, en su sátira, total, llevarse por delante un país (que son dos) en Sopa de ganso. En su otra etapa larga, la de la MGM, resultan más moderados, si bien no pueden evitar ridiculizar ese pináculo de las apariencias que es la ópera. El motivo de la escala social no desaparece en la MGM, pero sus objetivos se refinan. Así, Chico y Harpo prefieren reservar sus habilidades musicales para las clases populares, tanto da los emigrantes de Una noche en la ópera que los negros de las afueras de la ciudad de Un día en las carreras. Los Marx posicionan su arte: junto a unos, frente a otros. Groucho ocupa, progresivamente, un lugar intermedio. Es el único que suele partir de una posición social elevada (a veces incluso detentando una descabellada autoridad como en Plumas de caballo o Sopa de ganso) y su objetivo es primero (en la Paramount) demostrar que cuando uno llega a esa situación puede ser todo lo irrespetuoso que quiera, y luego (en la MGM) concentrarse en no perder esa posición o recuperarla. Groucho es un trepa, todo palabrería y caradura que con ese ansia por infiltrarse en la alta sociedad la ridiculiza aún más que sus hermanos, tan ajenos a ella. En Groucho, todo es fachada: “Hijo mío -dijo, y su voz se estremeció ligeramente-, un anciano muy sabio dijo una vez que hay dos cosas que el dinero no puede comprar: la nostalgia y la amistad. Murió en un asilo de pobre. No olvides pagar esa cuenta al salir.” Me estrechó la mano con fuerza y se fue, galante filibustero que tenía una cita con el destino. Mientras su figura remolona y predatoria se perdía de vista, envuelta en trapacerías, yo incliné la cabeza en señal de homenaje. “Adieu, Quackenbush -susurré-. Adieu, Capitán Spaling. Ningún hombre fanfarroneó mejor”, escribía S.J. Perelman.