Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 13 de diciembre de 2017

JANE AUSTEN. EMMA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Esta tarde, con el año 2017 languideciendo, no quiero desperdiciar la ocasión de reincidir en un consejo de lectura que ya os hice -desde otro enfoque- hace unos meses, aprovechando entonces la conmemoración del bicentenario de la muerte de Jane Austen, la excepcional escritora británica. El pasado mes de julio os presenté aquí mi reseña de Orgullo y prejuicio y os hablaba también de otras novelas de la inglesa -Juicio y sentimiento, Mansfield Park-; una reseña -en la que os invitaba igualmente a ver algunas de las películas y series basadas en su espléndida obra- que podéis recuperar ahora en el blog del programa. Desde entonces he tenido una nueva -y muy interesante- ocasión de acercarme a la figura de Jane Austen, razón por la que me decido a volver a hablaros de ella, en este caso proponiéndoos otra de sus novelas mayores, Emma.

Hace unas semanas realicé un breve pero intenso viaje literario -llamémosle así- que quiero recomendaros y que me llevó durante cuatro días a recorrer parte de los escenarios principales de la vida de la escritora. Un pequeño grupo de “devotos austenianos” -y creo que no exagero con el término- visitamos la bellísima ciudad de Bath, en donde se ubican varias de las casas en las que vivió Jane con su familia; también Chawton, el encantador pueblito que alberga la que fue su residencia en los últimos ocho años de su existencia y en cuyo precioso cementerio se hallan las tumbas de su madre y su amada hermana Cassandra; y por último Winchester, a donde fue trasladada en las semanas postreras de la enfermedad que acabaría con su vida y en cuya impresionante catedral están enterrados sus restos. En el apasionante periplo pude entrar en algunas de sus viviendas, pasear por las dependencias que la acogieron, observar detenidamente sus pertenencias, las plumas, los cuadernos, los libros, los muebles, las ropas, los objetos de uso cotidiano, los diversos enseres, contemplar sus retratos, ojear sus manuscritos, deambular por los apacibles jardines que ella misma frecuentó, conocer su entorno más inmediato -calles, plazas, tiendas, casas de té, salones de baile-, recrear las condiciones de su vida y empaparme, en fin, de su intimista y sensible universo. Liderado por Espido Freire, autora de un libro, Querida Jane, querida Charlotte, en el que se acerca a la biografía y la obra de Jane Austen y Charlotte Brönte, el grupo se “entretenía” cada noche en unas apacibles y muy jugosas veladas en las que, al término de las andanzas del día, se diseccionaban los libros de la protagonista y motivo principal de la “excursión”.

Estimulado por la experiencia, pues, y con la doble excusa del cierre del año del bicentenario y de las propuestas viajeras a las que lleva entregándose Todos los libros un libro en estas jornadas pre-vacacionales, aprovecho la ocasión para, además de persuadiros de la conveniencia de visitar los lugares mencionados -una experiencia difícilmente olvidable-, invitaros a leer Emma, una estupenda novela, objeto también de varias traslaciones cinematográficas. (Por cierto, y en relación con la dimensión literaria de ese reciente recorrido, en él he conocido -además de los “lugares” de Jane Austen- otros dos enclaves que han sido escenario de otras tantas formidables novelas: Stonehenge, el imponente monumento megalítico del siglo XX antes de Cristo, que aparece en las escenas finales de Tess de los d’Urberville, la magistral novela de Thomas Hardy de la que os hablaré aquí dentro de unos meses, y las termas de Bath, marco en el que se desenvuelve Un cadáver en los baños, la décimo tercera entrega de la serie de veinte protagonizada por la genial creación de Lindsey Davis, Marco Didio Falco, el inteligente y divertido investigador de la Roma del siglo primero de nuestra era, a cuya figura ya dediqué una emisión en nuestro espacio hace varios años, y sobre el que os prometo volver, indirectamente, a partir del nuevo personaje de la Davis, Flavia Albia, hija adoptada de Falco y protagonista de otra serie que cuenta hasta ahora con cinco novelas).

La versión de Emma cuya lectura quiero aconsejaros ahora es la publicada por Alba Editorial en 2010, en la muy atractiva colección Alba Maior que dirige Luis Magrinyà. El libro, que aparece en estupenda traducción de Sergio Pitol, con los sugestivos dibujos de Hugh Thompson recogidos de la edición de 1896 y con una original portada que muestra algunas cartas diseñadas por Matthias Backofen en el siglo XVIII, se puede encontrar también en otros sellos de reconocido prestigio en nuestro país. A destacar las publicaciones de Alianza Editorial, con traducción de José Luis López Muñoz, y la de Penguin, trasladada al castellano por José María Valverde. Esta última edición presenta un erudito y sin embargo interesante prólogo, que no deberíais perderos, a cargo de Fiona Stafford, catedrática de lengua y literatura inglesa en la Universidad de Oxford.

Aparecida en 1816 de forma anónima (“por el autor de Orgullo y prejuicio”) en una edición en tres volúmenes según la tradición de la época, Emma fue la última obra de Jane Austen publicada en vida. Tras su muerte aún verían la luz La abadía de Northanger y Persuasión, también interesantes aunque no tanto como sus obras mayores, las mencionadas Orgullo y prejuicio, Juicio y sentimiento, Mansfield Park y la que hoy os comento, esta Emma que, aunque pertenece sin duda al territorio literario de la autora y participa de su atmósfera más reconocible, presenta, sin embargo, algunas sustanciales diferencias que paso a comentaros.

Por de pronto, y en el terreno de las similitudes con el resto de los títulos de Jane Austen, en Emma están sus temas recurrentes, de manera singular el del matrimonio (aunque aquí en menor medida que en otros textos), y también las muestras reveladoras de los principales rasgos que caracterizan su época, los rituales y los valores, los principios y las pautas de comportamiento de la sociedad de su tiempo. En el mismo sentido, en la novela -como ocurre en las demás citadas- tienen una muy notoria presencia, expresa pero también indirecta y latente, las costumbres sociales, las diferencias de clases, los hábitos cotidianos de la aristocracia rural británica, reflejadas en la descripción de las propiedades y las mansiones, y perceptibles también en las diversiones y el ocio, las charadas y los chismes, los juegos de cartas, las visitas entre familias, las misivas y los mensajes, las invitaciones y los almuerzos, las formalidades, las ceremonias y los protocolos, los bailes y los paseos por una naturaleza, la de la campiña inglesa, de una poderosa presencia. En estos escenarios de fidedigno realismo afloran las ilusiones y los afanes, las emociones y las dudas, las esperanzas y los titubeos de sus protagonistas, presentados todos -incluso los numerosos secundarios- con una excepcional fuerza de penetración psicológica “marca de la casa” en la autora de Hampshire.

Con este mismo marco de referencias, Emma, sin embargo, se escapa al prototipo de las restantes heroínas “austenianas”. Y es que la joven señorita Woodhouse, inteligente, bella y rica, con un hogar cómodo y una predisposición a la felicidad, tal y como se la describe en el conocido comienzo del libro (un fragmento inicial que os dejo al término de esta reseña), no busca marido desesperadamente, y ello marca una nota distintiva fundamental con el mundo de Lizzie Bennett o Marianne Dashwood, protagonistas de Orgullo y prejuicio y Juicio y sentimiento respectivamente. Emma no tiene problemas de dinero, es económicamente independiente (o tan sólo dependiente de un padre mayor de cuyo patrimonio será heredera) y no se ve urgida, pues, por especiales preocupaciones materiales (había pasado casi veinte años en este mundo sin conocer grandes trastornos ni padecimientos). El matrimonio, que para tantas mujeres de la época era, fundamentalmente, la solución a un problema económico, le parece, por lo tanto, una cuestión irrelevante.

La ausencia de anhelos matrimoniales y una inusitada soledad consecuencia de la muerte de la madre y de la boda y consiguiente alejamiento del hogar familiar de su institutriz y amiga -la generosa señorita Taylor- parecen condenarla a una apacible y tediosa existencia en la que la sola compañía de su anciano padre no puede paliar el inmenso aburrimiento de su vida por lo demás perfecta. Y es entonces -y es por ello- cuando la inocente joven se entregará a la “apasionante” tarea de “arreglarle la biografía” a su nueva reciente amiga, la humilde, sencilla y poco agraciada -en todos los sentidos- Harriet Smith, desatendiendo las advertencias de su cuñado, el serio, inteligente, ponderado y muy racional señor Knightley.

A partir de estos acontecimientos iniciales, la novela entera es una sucesión de los muchos despropósitos en los que incurre esta en el fondo entrañable antiheroína, pues fuertemente imaginativa como es, influida por sus casi siempre absurdas ideas preconcebidas, por su irracional buenismo, por su torpeza y falta de intuición, Emma mete la pata de continuo, se confunde constantemente y no para de proporcionar consejos sentimentales que acabarán por revelarse a cual más errado. Estamos, por tanto, en cierto modo, ante una novela de corte humorístico, en la que la impericia, la desmaña de su personaje principal no dejan de provocar desconcierto y confusión que, aun siendo sombríos y hasta dolorosos en su origen, se resuelven en muy benévolos enredos y en leves y embarazosos malentendidos, en un final que, obviamente, no voy a desvelar.

En las novelas de Jane Austen siempre conocemos a los personajes -y nos hacemos una idea de ellos- a través de la mirada de la protagonista, pero en el caso de Emma este recurso resulta especialmente notorio, pues son muchos los que sólo se describen “por alusiones”, por decirlo así. Además, aquí el “fenómeno” es singularmente chocante porque, llevado de la mano por la errónea percepción de la joven, la impresión que el lector se hace de sus “compañeros de reparto” es a menudo desacertada, pues cuando Emma analiza o juzga o infiere o deduce se equivoca inevitablemente, yendo de error en error, casi siempre descaminada y confundida (en unos cambios de perspectiva que tienen un correlato en el estilo elegido, pues el relato en tercera persona cambia una vez tras otra con la constante irrupción de un estilo libre indirecto, a través de diálogos, cartas, citas o referencias literarias). Con el paso del tiempo y la reiteración en sus desacertadas apreciaciones, Emma se nos muestra cada vez más apesadumbrada y perpleja, más contrita y abrumada. Con una vanidad increíble, había creído estar en el secreto de los sentimientos de los demás; con arrogancia imperdonable, se había propuesto arreglar el destino de todos. Y no había habido caso en que no se hubiera equivocado. Además, había sido dañina: había hecho daño a Harriet, a sí misma y, según temía, al señor Knightley, termina por reconocer. Y todavía, aún más categórica: Me temo -se dijo- que tengo muy poco que ver con el buen juicio. O esta afligida confesión final: Tenía la impresión de haber arriesgado la felicidad de su amiga por motivos del todo inconsistentes.

En la película dirigida en 1996 por Douglas MacGrath y protagonizada por una jovencísima Gwyneth Paltrow, con Ewan McGregor, Tony Collette, Greta Scacchi y Jeremy Northam, un elenco que constituye sin duda un insuperable error de casting, apenas queda rastro de los muchos motivos de interés de la obra en que se inspira. La complejidad estructural de la novela se diluye en una rápida sucesión de escenas encadenadas que impide disfrutar de la profundidad de los caracteres dibujados en el libro. Se trata, tan sólo, de un digno entretenimiento, una comedia frívola y algo insustancial, hecha de enredos y cotilleos, que no se salva ni por la presencia luminosa de su actriz principal.

En fin, no hay ya tiempo para más. Espero que mi doble recomendación de hoy, la de viajar a Bath y recorrer la geografía de Jane Austen en los condados de Somerset y, sobre todo, Hampshire, y, claro está, la de leer sus excepcionales novelas, en particular esta entrañable Emma de la que hoy os he hablado, os pueda interesar. Como cierre musical a mi comentario os dejo con una pieza incluida en la película referida, Silent worship, una adaptación, hecha en 1928 por Arthur Somervell, del aria Non lo dirò col labbro de la ópera Tolomeo compuesta por Handel en 1728. La interpretación es de Gwyneth Paltrow y Ewan McGregor que la cantan a dúo en la cinta.



Inteligente, bella y rica, con un hogar cómodo y una predisposición a la felicidad, Emma Woodhouse parecía reunir algunos de los bienes más preciosos de la existencia; y, en realidad, había pasado casi veinte años en este mundo sin conocer grandes trastornos ni padecimientos.

Era la menor de las dos hijas de un padre afectuoso e indulgente, y desde muy pequeña, a raíz del matrimonio de su hermana, reinaba en la casa como ama y señora absoluta. Su madre había muerto hacía ya demasiado tiempo para que le quedara más que un vago recuerdo de sus caricias, y su lugar había sido ocupado por una excelente mujer, su institutriz, quien por el afecto que le brindaba era casi como una madre.

La señorita Taylor había pasado dieciséis años en casa de la familia del señor Woodhouse, menos como institutriz que como amiga, muy encariñada ambas hermanas, sobre todo con Emma. Existía entre ellas una intimidad fraternal. Aun antes de que abandonara el cargo de institutriz, la dulzura de su carácter le había impedido imponer una disciplina rígida, y más tarde, desvanecida cualquier sombra de autoridad, habían vivido juntas como amigas devotas. Emma hacía lo que se le antojaba y, aunque estimaba en mucho el juicio de la señorita Taylor, se guiaba predominantemente por el propio.

En realidad, los verdaderos males, en el caso de Emma, eran la posibilidad de actuar demasiado a su arbitrio personal y cierta tendencia a pensar demasiado bien de sí misma; estas imperfecciones amenazaban turbar sus muchos placeres. Sin embargo, el peligro era tan poco advertido que de ninguna manera se podía decir que la felicidad de Emma estuviera amenazada.

Un pesar se presentó -un dulce pesar-, aunque no del todo en forma de sensaciones desagradables: la señorita Taylor contrajo matrimonio. La pérdida de la señorita Taylor le ocasionó el primer dolor de su vida, y fue el día de la boda de aquella amiga querida cuando Emma se sintió por primera vez asaltada por sentimientos sombríos. Una vez celebrada la boda y después de haberse marchado los cónyuges, su padre y ella reunieron para almorzar, sin la perspectiva de una tercera persona que alegrara la velada. Después de la comida, el padre se retiró, como era su costumbre, a sus habitaciones y a ella no le quedó sino sentarse a meditar en lo que había perdido.

Aquel acontecimiento ofrecía a su amiga todas las promesas de felicidad. El señor Weston era un hombre de carácter intachable, fortuna regular, edad adecuada y modales agradables; y Emma experimentaba cierta satisfacción al reflexionar en el desinterés, en la generosa amistad con que siempre había deseado y favorecido aquel enlace; sin embargo, aquel fue un día negro para ella: la ausencia de la señorita Taylor se haría sentir de un modo mayor cada nuevo día. Emma recordaba su antigua bondad, -su afecto de dieciséis años- y cómo, desde que tenía cinco años, le había impartido lecciones y jugado con ella, cómo había hecho todos los esfuerzos imaginables para divertirla y entretenerla, cuando estaba bien de salud, y cómo la había asistido en las distintas enfermedades de la infancia. Había en aquella relación una gran deuda de gratitud: pero el recuerdo más querido y más tierno era el de la amistad de los últimos siete años, la vida en común en una relación de igualdad y sin reservas que siguió al matrimonio de Isabella. La señorita Taylor había sido una amiga y compañera como muy pocas se encuentran en la vida, inteligente, bien informada, servicial, amable, conocedora de todos los hábitos familiares, preocupada por todos sus problemas y especialmente atenta a su alegría, a sus proyectos; una amiga a quien se le podían confiar todos los pensamientos tan pronto como éstos nacían, y que tenía por ella tanto afecto que nunca podía encontrarle la menor falta.

¿Cómo iba a poder soportar el cambio? Era cierto que su amiga se establecería a menos de un kilómetro de distancia; pero Emma podía darse perfectamente cuenta de que existía una gran diferencia entre una señora Weston a menos de un kilómetro de distancia y una señorita Taylor en casa; y a pesar de todos sus privilegios naturales y domésticos, la joven corría el riesgo de sufrir de soledad intelectual. Amaba tiernamente a su padre, pero éste no era suficiente compañía para ella, y, en la conversación, seria o jocosa, no tenía la posibilidad de estar a su altura.



Jane Austen. Emma

miércoles, 6 de diciembre de 2017

HAN KANG. LA VEGETARIANA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, vuestra habitual cita con las recomendaciones de lectura en Radio Universidad de Salamanca. Hoy os traigo una interesante novela, poco convencional en su planteamiento y también algo insólita en su origen pues se trata de una obra que nace en un territorio literario bastante desconocido entre nosotros, siendo su autora una escritora surcoreana. Han Kang ganó el Man Booker Prize Internacional en 2016 con La vegetariana, una novela con una peripecia editorial algo sorprendente y guadianesca, con diferentes apariciones y reapariciones en distintos momentos y lugares. El libro había sido publicado en el país natal de Kang hace años, en 2000, e incluso parece ser -las fuentes consultadas no resultan del todo fiables en este aspecto- que alguno de los tres capítulos que lo integran se publicaron antes como relatos autónomos. El prestigioso premio le fue otorgado -“superando” a Orhan Pamuk o Elena Ferrante- por su primera traducción al inglés el pasado año. En castellano, La vegetariana había visto la luz en Argentina en 2012, en una traducción de Sunme Yoon que se mantiene -con algunos cambios y revisiones- en la edición que ahora os presento, de 2017, responsabilidad de la singular Editorial :Rata_. El volumen incluye, junto a la novela, un entregado prólogo de Gabi Martínez, una entrevista final a la autora, un escrito explicativo de la traductora e incluso una fotografía de alguna página del texto original con las anotaciones realizadas por la responsable de la traducción.

Yeonghye es una mujer joven, casada, que un momento de su vida resuelve, en una decisión aparentemente infundada que causa la perplejidad y la irritación de sus allegados, dejar de comer carne y sus derivados, limitándose obstinadamente a una dieta muy estrictamente vegetal. La conducta de la chica, que en un momento inicial se asemeja a la inamovible postura de Bartleby el escribiente, aunque sin las notas de simpática desobediencia -“preferiría no hacerlo”- del inolvidable personaje de Melville, y revestido su planteamiento, en cambio, de un mayor dramatismo y hasta de un carácter trágico, acaba, con el paso del tiempo, por agudizarse de un modo exagerado, de tal manera que su mera opción alimentaria originaria, más o menos trivial, se convierte en una actitud vital pasiva y aniquiladora, un intento irracional y a la postre destructivo por abandonar su condición animal y convertirse -llevando al extremo su apuesta- en un ser radicalmente -y el término nunca ha sido más pertinente- vegetal.

Como se ve, la anécdota que articula el texto es, de entrada, muy sencilla y hasta irrelevante, por lo que la originalidad de la obra, y su valor, proceden no tanto de las posibilidades narrativas de la trama sino, sobre todo, del modo elegido por la autora para darnos cuenta de esta peculiar y a priori no demasiado interesante historia. La vegetariana se organiza en tres capítulos en los que se da voz a tres personajes relacionados con la protagonista, la cual, en una primera novedosa opción literaria, no tiene voz propia (más allá de algunos significativos incisos en la primera parte del libro de los que luego os hablaré). El marido, el cuñado y la esposa de éste, hermana de Yeonghye, relatan la singular peripecia de su mujer, cuñada y hermana, respectivamente. En la primera sección de la novela, de título idéntico al libro, el señor Cheong cuenta “desde dentro” la evolución de su cónyuge, su sorprendente decisión, su obstinación en mantenerla pese a los obstáculos, su resistencia frente a las presiones externas, el consiguiente enfrentamiento con el resto de la familia a cuenta de su elección vital y, por fin, la violencia y la degradación de la vida marital, destruido el matrimonio por la tenacidad de la chica en el mantenimiento de su postura. El progresivo cambio de su esposa desconcierta e irrita al marido que, desesperado y egoísta, acabará por desentenderse de ella: ¿En qué punto se torcieron las cosas?, se pregunta en esos momentos. "¿Dónde comenzó todo esto?" Mejor dicho, "¿dónde comenzó a desmoronarse todo esto?" Yeonghye había empezado a comportarse de un modo extraño unos tres años atrás, cuando repentinamente se volvió vegetariana. Ahora hay mucha gente que es vegetariana, pero lo particular en su caso era que no estaban claros los motivos que la habían llevado a aquello. Había adelgazado hasta un grado lastimoso, casi no dormía y, aunque siempre había tenido un carácter taciturno, había perdido el habla hasta un punto en el que era difícil la comunicación.

Entre medias brotan los inquietantes sueños de Yeonghye, en los que imágenes de carne, sangre, vísceras, huesos, cadáveres, lágrimas, vómitos, gemidos, golpes, cuchillos, crímenes y muerte asaltan a la durmiente: Ya no puedo dormir ni cinco minutos seguidos. Apenas me abandona la conciencia, sueño. No, ni siquiera se puede decir que sean sueños. Son escenas breves que me asaltan de forma intermitente. Ojos feroces de bestias, formas sangrientas, cráneos abiertos y de nuevo ojos de fieras. Son ojos que parecen nacidos de mis entrañas. Cuando abro los míos temblando, me miro las manos. Reviso si mis uñas siguen todavía blandas, si mis dientes siguen todavía romos.

Y así, progresivamente, el sufrimiento, la angustia, el sinsentido y la desesperación, el dolor y la angustia acongojan a la chica e impregnan su existencia despierta:

Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí. Ahora siento esa pesada masa a todas horas aunque no lleve el sujetador. Por más que respiro profundamente, no se me aligera el pecho.
Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas estas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar.
Por una vez, una sola vez, quisiera gritar con todas mis fuerzas. Quisiera salir corriendo por la oscura ventana. ¿Entonces podré desembarazarme de esa masa que me obstruye el pecho? ¿Será eso posible?
Nadie puede ayudarme.
Nadie puede salvarme.
Nadie puede hacerme respirar.

En el segundo capítulo, La mancha mongólica, de una poética intensidad y un erotismo perturbador, asistimos a la obsesión del cuñado, un artista despreocupado y sin obligaciones laborales -vive de su mujer-, por la languideciente y cada vez más mortecina Yeonghye, a la que, pese a su pasividad, convence para participar en una obra artística -a caballo de la pintura y la performance- en la que cubrirá el cuerpo desnudo de la chica con una profusión de dibujos de coloridas flores y vistosas plantas que crecen a partir de una mancha de nacimiento que decora una de las nalgas de la mujer, grabando en vídeo el resultado de sus algo excéntricas y voluptuosas iniciativas. La atmósfera ya de por sí extravagante y algo rara, opresiva y durísima de la novela se matiza aquí con un tono refinado y sensual, vagamente onírico, en el que el deseo, la atracción, la carnalidad y, ya se ha dicho, el erotismo y la sexualidad, resultan fuertemente adictivos.

La sección final, Los árboles en llamas, hace avanzar la acción de un modo dramático, desde la perspectiva de Inyhe, la hermana de una protagonista cada vez más alejada de la realidad, confinada en su “verde” delirio, agostándose en un sanatorio psiquiátrico mientras renuncia a la vida humana o incluso meramente animal (Yo ya no soy un animal […] Ya no necesito comer. Puedo vivir sin alimentarme). Las referencias a ese universo vegetal, muy presentes en el resto de la obra, son ahora constantes: Su cuerpo parecía una hoja recién caída de la rama; Del sexo de ella comenzó a rezumar un líquido verdoso como de hojas machacadas; La habían encontrado inmóvil y de pie en una pendiente recóndita y apartada del monte, igual que si fuera uno de los árboles bajo la lluvia; Me puse cabeza abajo y entonces me empezaron a nacer hojas en el cuerpo y también me salieron raíces de las manos… Las raíces se fueron metiendo bajo la tierra… más y más… Y como estaba a punto de nacerme una flor en el pubis, abrí las piernas… las abrí bien; Yo creía que los árboles estaban de pie, derechos… Ahora lo sé. ¡Se sostienen al revés con las manos en el suelo!; Todos los árboles del mundo me parecen mis hermanos.

La experiencia de Yeonghye, analizada racional y desapasionadamente, puede ser leída con facilidad como un delirio. De hecho, en el propio texto se avanza alguna suerte de diagnóstico clínico, cuando uno de los médicos que la trata menciona la anorexia nerviosa. Pero más allá de esta interpretación “objetiva” y literal, todo apunta a una visión metafórica de su drama. Quizá todo esto no sea más que un sueño, dice al final su hermana, que también le reprocha que se hubiera ido sola al otro lado de los límites tras haber hundido su vida en un lodazal. Y ahí, en este ir “al otro lado de los límites”, es en donde vemos la potencia simbólica de esta terrorífica fábula. La “metamorfosis” de la mujer -la referencia a Kafka es, a mi juicio, muy nítida- constituye un alegato -muy sutil y nada “panfletario”- contra las numerosas formas de violencia que sufren las mujeres -en particular las coreanas- a causa de las rígidas tradiciones y convenciones sociales, de la presión familiar, del abuso físico -tanto el marido como el cuñado consuman sendas violaciones-, de todo lo cual la carne que la chica rehúye opera como símbolo. Por extensión, la novela denuncia la violencia que, en general, sufre el ser humano, llegando la autora a citar el horror de Auschwitz y la crueldad nazi entre los referentes intelectuales y morales del libro.

En fin, una novela distinta, desasosegante, que desconcierta y agita, y por todo ello interesantísima, esta La vegetariana de Han Kang cuya lectura os recomiendo muy vivamente. Para ilustrar musicalmente este violento deseo de su protagonista por integrarse en la naturaleza primitiva, se me ocurre que quizá -forzando un poco la relación- pudiera ser Mother Nature’s son, la canción de los Beatles -tan, por el contrario, plácida y delicada-, la elección adecuada. Con su versión a cargo de Sheryl Crow os dejo por esta semana.


Ella volvió a desnudarse y esta vez se tendió mirando al techo. Debido a la iluminación localizada, la parte superior de su cuerpo quedaba en sombras, no obstante entrecerró los ojos como si la luz la deslumbrara. La había visto desnuda en su casa, pero verla así, bellamente tendida, sin resistencia alguna y sin nada superfluo, del mismo modo en que había estado boca abajo hace un rato, le provocaba sentimientos intensos hasta las lágrimas. Las clavículas delgadas, los pechos planos como los de un muchacho debido a su posición, las costillas marcadas, los muslos abiertos sin lujuria, su rostro inexpresivo como un desierto, como si se hubiera quedado dormida con los ojos cerrados… Era un cuerpo del que habían sido eliminadas exhaustivamente todas las excedencias. Nunca había visto un ser que fuese capaz de decir tantas cosas con solo su figura.

Esta vez pintó con amarillo y blanco enormes flores desde las clavículas hasta el pecho. Si en la espalda había pintado flores nocturnas, en el pecho iba a pintar radiantes flores diurnas. Un lirio de la mañana de color naranja floreció en la concavidad de su vientre y sobre sus muslos cayeron profusamente hojas grandes y pequeñas de color dorado.

En medio del silencio absoluto, una exaltación radiante que no había experimentado jamás en toda su vida se derramó desde algún rincón desconocido de su cuerpo y se concentró en la punta de su pincel. Deseaba prolongar indefinidamente este placer. Como la luz la iluminaba solo hasta el cuello, su rostro en la sombra parecía el de una persona dormida, pero debido al ligero temblor que percibía cada vez que el pincel tocaba la cara interna de los muslos, sabía que estaba despierta. Viéndola aceptar tranquilamente todo este proceso, le pareció que era un ser sagrado, un ser del que no se podía decir ni que fuera humano ni animal, o quizá un ser que estaba entre la vegetalidad, la humanidad y la animalidad.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

VIET THANH NGUYEN. EL SIMPATIZANTE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias que semanalmente os ofrece Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde os traigo un libro, presentado en nuestro país hace algunos meses, que viene avalado por la obtención, en 2016, del prestigioso Premio Pulitzer para obras de ficción. Se trata de El simpatizante, primera novela del vietnamita aunque afincado en Estados Unidos Viet Thanh Nguyen, actualmente catedrático en la Universidad del Sur de California, en la que imparte clases sobre “literatura, cultura americana y cuestiones raciales”. El libro, publicado por la editorial Seix Barral, se ofrece en la traducción del inglés de Javier Calvo.

El protagonista y narrador cuenta en primera persona su vida en una confesión cuyo objeto y destinatario, aunque intuidos desde casi su inicio, solo conoceremos en la última parte del libro y que, consecuentemente, no voy a desvelar ahora. Estamos en la segunda mitad de la década de los setenta. El personaje principal, un capitán vietnamita, oficial de infantería en el Ejército de su país, que ha abandonado su tierra para estudiar en Estados Unidos durante seis años, se encuentra al inicio del libro en Saigón en los días previos a la caída de la ciudad y la ignominiosa derrota y consiguiente huida de las fuerzas militares norteamericanas, el 30 de abril de 1975. Se trata de un espía, un topo, un agente doble, un hombre del Vietcong, del norte comunista, infiltrado entre los partidarios del Vietnam del Sur, que defienden -a la postre de manera inútil- la visión capitalista de su nación con el muy tibio y ya claudicante apoyo de las tropas americanas.

Con claras referencias a las novelas de este género -Le Carré, Graham Greene- la intensa peripecia vital de nuestro hombre se nos presenta en tres partes bien diferenciadas. En la primera, excepcional, setenta páginas arrebatadoras y memorables cuya lectura justifica la adquisición del libro, asistimos a la llegada de las tropas comunistas a Saigón, el cerco y los bombardeos de la ciudad, con las dramáticas escenas de la evacuación de unos centenares de privilegiados vietnamitas de entre los miles que se agolpan en las dependencias de la Embajada de Estados Unidos, todos amenazados por el terror y la muerte casi segura que traerá consigo la llegada de los soldados del Vietcong. Entre ellos, entre los aspirantes a la salvación, se encuentran el narrador y sus superiores de la jerarquía militar, que han comprado voluntades y sobornado a las autoridades responsables para lograr su liberación. En la segunda parte, instalado en California, conocemos la vida del anónimo personaje en los ambientes del exilio vietnamita en Norteamérica, unos círculos, que respiran nostalgia y deseos de venganza, entre los que continúa su difusa labor de espionaje mientras participa en el rodaje de una película sobre su país cuyos detalles remiten a la mucha filmografía realmente existente sobre el tema. Por último, en la tercera parte, y de vuelta a Vietnam, a donde regresa en un desatinado intento de recuperar la lucha armada y organizar la resistencia frente al régimen comunista de Ho Chi Minh, conocemos las espantosas condiciones de vida en uno de los campos de prisioneros que el nuevo régimen prosoviético ha instalado por todo el país y en el que las diversas formas de tortura constituyen la pauta que marca el terrorífico transcurrir de los días.

El relato de la huida de Saigón es deslumbrante, de una intensidad y una verosimilitud sobrecogedoras. La presencia de la guerra impregna esas páginas, la acción es trepidante, y la recreación de esos días crepusculares de un régimen, que tanto hemos visto en el cine, con los clubes nocturnos, las extremadamente jóvenes y fáciles prostitutas revoloteando en torno a los soldados americanos -en muchos casos también unos niños-, ellos y ellas “transportados” de aquel infierno por las drogas, el sonido cada vez más cercano de los cañones del Ejército comunista, la sensación de inutilidad y de derrota en los invasores estadounidenses, el “sálvese quien pueda” final, las intrigas y las maquinaciones para conseguir la salvación, la sensación de caos total, de falta de autoridad, de estampida descontrolada en la que ya no sirven valores ni jerarquías, principios o reglas de aceptación habitual en momentos de normalidad, toda esa “ambientación” realista y fidedigna de un trascendental y muy documentado momento histórico es excepcional.

Cierto es que la apreciación y el disfrute de esos capítulos primeros del libro resultan, en mi caso, especialmente vivos, profundos y significativos, porque, siempre previsor, he hecho coincidir la lectura de la novela con un reciente viaje a Vietnam, de tal manera que, tras las visitas diarias a los escenarios de los sucesos narrados, adentrarme en unas páginas que reconstruyen esos mismos hechos, ocurridos en unas calles, unos edificios, unos paisajes, unas gentes (en este último caso no, obviamente, las mismas) que acababa de conocer solo unas horas antes, constituía, cada día, una experiencia doblemente reveladora y de una especial “magnitud”. En particular, el demorado -y espeluznante- recorrido por las salas del Museo de los Vestigios de la Guerra en Ho Chi Minh City -la antigua Saigón- es un acontecimiento, de los más inolvidables de mi viaje, por la impresionante variedad del material expuesto y, sobre todo, por la crudeza y el realismo de las imágenes y los objetos que se muestran. En el museo -cabe una interesante y bastante reveladora visita virtual- están los tanques y los helicópteros de la guerra, los jeeps y los camiones para el transporte, los bombarderos y los cazas, así como una muy completa exhibición del destructivo armamento usado en el conflicto, ametralladoras y fusiles, morteros y lanza cohetes, bombas, obuses y misiles, balas, proyectiles y municiones varias, armas cortas y bazookas, minas antipersonas y recipientes para el napalm, el agente naranja y otros compuestos químicos… Hay también una reproducción -a escala real- de las celdas de internamiento y tortura, tan habitual en el curso de la guerra, de atroz uso por las fuerzas del sur del país. Y hay, sobre todo, una extraordinaria -e inagotable- colección de fotografías, debidas al talento y la valentía de decenas de corresponsales de guerra muertos en los combates, que ilustran, de una manera turbadora e inolvidable -tristemente inolvidable-, acerca de los muchos horrores -la opresiva selva, el lodo y el barro, la devastación, los desplazados, las aldeas quemadas, las matanzas, las ejecuciones, los fusilamientos, las torturas, los efectos de las armas químicas, y tantos otros, todos pavorosos- de ese inicuo episodio de la historia de la humanidad. Este inmenso arsenal -nunca más adecuado el término- de referencias bien documentadas -junto a las literarias y cinematográficas (singularmente el film de Coppola, Apocalypse now, una “presencia” ineludible en el texto) que el autor aporta al término de su libro- está presente, de un modo implícito, en esta primera parte de la novela que no dudo en calificar de magistral.

Los capítulos en los que el protagonista, llegado por fin a los Estados Unidos, se instala en California, en donde sobrevive mientras sigue ejerciendo, de un modo sutil -como no puede ser de otra forma- su labor de espía, se desenvuelven entre, como se ha dicho, la descripción del exilio vietnamita en su país de acogida -un conjunto de militares y civiles “fracasados” que, desposeídos de su rango jerárquico y de su posición social originarios, deambulan por los extrarradios de las deshumanizadas ciudades del oeste alternando trabajos infames y mal pagados, estancias solitarias en apartamentos cochambrosos, inocuas conspiraciones de salón y fantasiosas ideaciones sobre el retorno victorioso a su país; todo ello en un clima general de interminable borrachera- y, por otro lado, como corolario de tanta desdicha, de tanta incapacidad de adaptarse al nuevo y vertiginoso entorno, de progresar en el inalcanzable sueño americano, el permanente recuerdo, preñado de nostalgia y melancolía, de la vida en Saigón, la ciudad de tristeza, aquella ciudad portátil que llevábamos dentro todos los exiliados; una ciudad que -en la distancia- se idealiza (Saigón delicioso, delirante y disfuncional) mientras en la voz del narrador se evocan episodios de su anterior vida en ella: el recuerdo nostálgico de la madre, las galletas Le petit écolier que en su extrema pobreza ella lograba guardar para su hijo, el recuerdo de Ban Me Thout, mi pueblo natal, pueblo en las colinas, pueblo de tierra roja, patria montañosa de los mejores granos de café, tierra de cataratas rugientes, de elefantes exasperados, de los famélicos Gia Rai con sus taparrabos, descalzos y a pecho descubierto, tierra donde habían muerto mis padres, tierra donde mi cordón umbilical estaba enterrado en la diminuta parcela de mi madre, tierra donde el heroico Ejército Popular había iniciado las ofensivas para liberar el sur durante la gran campaña del 75, tierra que era mi hogar. E, incluso, la añoranza de la guerra, que se reviste ahora, una vez dejada atrás, de caracteres épicos: No éramos un pueblo que se lanzaba a la batalla siguiendo la llamada de una corneta o una trompeta. No, nosotros luchábamos al son de canciones de amor, porque éramos los italianos de Asia.

Y es que, en efecto, en esta segunda parte del libro -y en la novela entera-, las canciones, la música, constituyen un elemento esencial de la narración, a través del que se vehicula -sobre todo- este permanente sentimiento de nostalgia, el dolor melancólico y romántico que provoca la pérdida de su ciudad. Decenas de canciones, occidentales y vietnamitas, surcan el libro, entre ellas Bang Bang (My Baby Shot Me Down), que suena en la voz de Nancy Sinatra, un tema que ilustra de un modo emblemático esta dimensión deliciosamente triste, de evocación apesadumbrada, del relato, tal y como podréis comprobar en el muy significativo fragmento que os dejo al cierre de esta reseña, antes del vídeo de la canción.

En la sección postrera de la obra, de lectura angustiosa, asistimos a otra manifestación del horror, el que nace de la exigente y rigurosa interpretación por parte de las nuevas autoridades comunistas de la pureza de la revolución, confinado el narrador, de vuelta a su tierra, en un campo de internamiento del Vietcong, en una experiencia que no quiero describir en detalle por no revelar aspectos esenciales del desenlace del libro.

Sin tiempo apenas ya para más comentarios, permitidme un breve apunte final sobre otro aspecto esencial de El simpatizante, la condición “dual” de su protagonista, un rasgo que no solo lo define sino que inspira uno de los ejes temáticos más importantes de la novela.

“Nuestro” espía es hijo ilegítimo de un sacerdote francés y una humilde campesina vietnamita, y esa condición de bastardo, fruto de una unión cuanto menos “irregular” (aunque su madre lo llama “hijo del amor”) entre personas de diferentes culturas y condiciones, caracterizará su personalidad, teñida por muy diversos y significativos dualismos. En Estados Unidos pasará por “amerasiático” siendo en realidad euroasiático, en cualquier caso un extraño, un mestizo, una anomalía; en él se concitarán los más destacados rasgos del carácter oriental y occidental, como se pone de manifiesto en una ilustrativa tabla que el propio narrador presenta en la página 86; será, igualmente, la viva metáfora del conflicto entre un norte de progreso y un sur supuestamente en vías de desarrollo; su ambivalente condición evocará el eterno diálogo entre el yin y yang; esa naturaleza demediada operará también en el libro como representación de la propia historia del Vietnam (Nuestro mismo país estaba maldito, bastardeado, dividido entre norte y sur; y aunque pudiera decirse que éramos nosotros quienes habíamos elegido la división y la muerte en aquella incívica guerra civil nuestra, esto sólo era cierto a medias. Nosotros no habíamos elegido que los franceses nos denigraran, ni que nos dividieran en una impía trinidad de norte, centro y sur, ni que por fin nos entregaran a los grandes poderes del capitalismo y el comunismo para que éstos nos siguieran partiendo por la mitad y luego nos dieran los papeles de ejércitos enfrentados en una partida de ajedrez de la guerra fría librada por hombres blancos trajeados y falsarios con aire acondicionado); vivirá como agente doble atrapado entre dos mundos, escéptico, pues, ante los “dogmas” de ambos; y sobre todo, se verá envuelto en el más esencial y problemático dilema de su vida, el que enfrenta las cualidades de revolucionario y “simpatizante”, como queda de manifiesto en este fragmento que desvela, además, el sentido último del título del libro: Mirando ahora esta historia nuestra, de mí y de mí mismo, podemos ver que los que nos ha definido y nos ha causado tantos problemas es el hecho de que no solamente somos revolucionarios, sino también simpatizantes, lo cual implica un grado de compasión. Hace falta compasión para hacerse uno revolucionario, ese que siente el sufrimiento ajeno. Pero en cuanto uno se hace revolucionario ya no puede sentir compasión, porque el revolucionario no puede sentir nada hacia la gente a quien le tiene que hacer cosas, ¿verdad? Lo que distingue a un simpatizante de un revolucionario es lo mismo que distingue a la emoción de la acción, al pensamiento del acto, al idealismo de sus consecuencias. La dura “convivencia” con tanta contradicción definirá el modo de ser, de pensar y de sentir del narrador, que siempre se siente fuera de lugar, dividido: igual que mi maldita generación se había visto dividida antes de nacer, también yo estaba dividido de nacimiento, alumbrado en un mundo posparto donde prácticamente nadie me aceptaba como lo que yo era, sino que se limitaban todos a intimidarme para que eligiera entre mis dos lados; un drama íntimo que ya aflora desde las primeras palabras del libro: Soy un espía, un agente infiltrado, un topo, un hombre con dos caras.

En fin, no hay tiempo para más. Leed esta muy apreciable novela, El simpatizante, de Viet Tranh Nguyen, llena de motivos de interés. La ya citada canción de Nancy Sinatra, Bang Bang (My Baby Shot Me Down), que aparece también en el texto que cierra esta reseña, acompaña musicalmente mis comentarios.



Mientras la escuchaba cantar, yo sólo quería inmolarme con ella en una noche que recordar para siempre. Hasta el último hombre de la sala compartía mis emociones mientras contemplábamos cómo ella se limitaba a mecerse suavemente ante el micrófono; no necesitaba más que su voz para conmover al público, o mejor dicho, para paralizarnos. Nadie hablaba y nadie se movía salvo para levantar un cigarrillo o una copa, una concentración absoluta que tampoco rompió su siguiente tema, algo más optimista: Bang Bang (My Baby Shot Me Down). También Nancy Sinatra había cantado aquel tema, pero Nancy no era más que una princesa de platino cuyo único conocimiento de la violencia y las armas le llegaba de segunda mano de los amigos mafiosos de su padre, Frank. Lana, en cambio, había crecido en una ciudad donde los gánsteres habían llegado a ser tan poderosos que el ejército había combatido con ellos en las calles. Saigón era una metrópolis donde los terroristas no sorprendían a nadie y la invasión al por mayor por parte del Viet Cong se vivía como una experiencia comunitaria. ¿Qué sabía Nancy Sinatra cuando cantaba bang bang? Para ella era una letra de pop adolescente. Para nosotros, en cambio, bang bang era la banda sonora de nuestras vidas.

Y lo que era peor, Nancy Sinatra padecía, igual que la mayoría aplastante de los americanos, de monolingüismo. La versión más rica y matizada que hacía Lana de Bang Bang superponía el francés y el vietnamita al inglés. Bang Bang, je ne l’oublierai pas, decía el verso final de la versión francesa, que tenía su eco en la vietnamita de Pham Duy, no olvidaremos nunca. Dentro del panteón de temas pop clásicos de Saigón, aquella versión tricolor era una de las más memorables, con su forma brillante de entretejer amor y violencia en la enigmática historia de dos amantes que, aunque se conocían desde la infancia, o quizá precisamente porque se conocían desde la infancia, terminaban liándose a tiros. Bang Bang era el ruido que hacía la pistola de los recuerdos al dispararnos a la cabeza, porque no podíamos olvidar el amor, no podíamos olvidar la guerra, no podíamos olvidar a los amantes, no podíamos olvidar a los enemigos, no podíamos olvidar nuestra tierra y no podíamos olvidar Saigón. No podíamos olvidar el sabor a caramelo del café con hielo y azúcar grueso; los cuencos de sopa de fideos que os comíamos en cuclillas en la acera; rasgar la guitarra de un amigo mientras nos mecíamos en hamacas bajo los cocoteros; los partidos de fútbol que jugábamos descalzos y sin camisa en los callejones, plazas, parques y prados; las gargantillas de perlas de niebla matinal que rodeaban las montañas; la humedad labial de las ostras desbulladas en una playa de arena gruesa; el susurro de una amante joven y tierna diciendo las palabras más seductoras de nuestro idioma, anh oi; el traqueteo de los granos de arroz al ser trillados; los trabajadores que dormían en sus triciclos en las calles, al abrigo de nada más que los recuerdos de sus familias; los refugiados que dormían en cada acera de cada ciudad; la incandescencia de las pacientes espirales antimosquitos; la dulzura y firmeza de un mango fresco recién cogido del árbol; las chicas que se negaban a hablar con nosotros y a las que justamente por esos nosotros deseábamos más; los hombres que habían muerto o desaparecido; las calles y casas destruidas por los obuses; los torrentes donde solíamos nadar desnudos y riendo; la arboleda secreta donde espiábamos a las ninfas que se bañaban y chapoteaban con inocencia de pájaros; las sombras que proyectaba la luz de las velas en las paredes de las chozas de zarzo; el tintineo atonal de los cencerros de las vacas en los caminos enfangados y las sendas rurales; el ladrido de un perro hambriento en una aldea abandonada; el apetitoso hedor del durián, que te hacía llorar cuando te lo comías; la imagen y las voces de los huérfanos aullando junto a los cadáveres de sus padres; la camisa que se te pegaba al cuerpo por la tardes, el cuerpo igualmente pegajoso de tu amante cuando terminabas de hacer el amor, lo difícil de nuestras situaciones; el chillido frenético de los cerdos que escapaban para salvar el pellejo perseguidos por los aldeanos; las colinas inflamadas por la puesta del sol; la cabeza coronada del amanecer emergiendo de las sábanas del mar; la mano caliente de nuestra madre cogiendo la nuestra; y aunque la lista podría continuar infinitamente, la idea era muy simple: la cosa más importante que nunca podríamos olvidar era el hecho mismo de que nunca podríamos olvidar.


Viet Thanh Nguyen. El simpatizante

miércoles, 22 de noviembre de 2017

ANTONIO ITURBE. A CIELO ABIERTO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca desde el que cada miércoles os brindamos una recomendación de lectura confiando en que nuestra elección, realizada siempre con criterios de interés y calidad, pueda acertar y hacer despertar en vosotros la inclinación hacia un determinado libro.

En el caso de hoy son tres -y no, como de costumbre, una sola- las propuestas que voy a plantearos conjuntamente, una “oferta” múltiple que viene en cierto modo impuesta por la concesión, hace unos meses, del premio Biblioteca Breve correspondiente a 2017 a la última novela de un escritor, Antonio Iturbe, hasta ese momento desconocido para mí, aunque cuente ya con una significativa obra publicada con anterioridad. Un prestigioso jurado -y a mi juicio muy fiable; aunque de la validez de su dictamen en esta ocasión concreta os hablaré en unos minutos- formado por Fernando Aramburu, Pere Gimferrer, Lola Larumbe, Manuel Longares y Elena Ramírez, otorgó el importante galardón a A cielo abierto, una más que estimable novela en la que centraré mi recomendación de esta tarde y que apareció a primeros de año en la editorial Seix Barral, el sello que patrocina el premio. Mi lectura arrebatada del voluminoso libro -más de seiscientas páginas-, me llevó a adentrarme, días después, en la que pasa por ser la obra más conocida de Iturbe, La bibliotecaria de Auschwitz, publicada en 2012 por la editorial Planeta, también torrencial y de lectura igualmente apasionante y que asimismo os comentaré de modo breve. Además, y en tanto el título galardonado gira sobre la vida personal y la trayectoria literaria de Antoine de Saint-Exupéry (Destaca la cuidada recreación de la figura de Saint-Exupéry y el tratamiento de la épica de los primeros años de la aviación civil francesa en una novela de arriesgadas aventuras con un fiel trasfondo histórico, señala el jurado en su acta), he decidido incluir en mis consejos de esta tarde la obra maestra del escritor francés, El Principito, ahora que están a punto de cumplirse los setenta y cinco años de su aparición en 1943.

Quiero hacer, antes de adentrarme de lleno en mis comentarios a los tres libros, una breve consideración a propósito de la adjudicación del Premio Biblioteca Breve al primero de ellos, A cielo abierto. En su primera etapa, que transcurrió entre 1958 y 1972, el galardón tenía una componente “rompedora”, atrevida, descubriendo autores primerizos o muy jóvenes, apostando por obras no demasiado convencionales, premiando textos que suponían una ruptura o al menos una renovación de los lenguajes narrativos más consolidados y por tanto más previsibles. Nombres como Luis Goytisolo, Caballero Bonald, García Hortelano, Benet, Marsé, Guelbenzu, entre los españoles, y Vargas Llosa, Cabrera Infante, Manuel Puig o Carlos Fuentes entre los hispanoamericanos, integran la nómina de los sobresalientes ganadores y finalistas de aquellas primeras ediciones (y hay que imaginarse a estos autores con cincuenta y sesenta años menos de los que ahora tienen para poder darnos cuenta de lo arriesgado del envite editorial). Tras una larga pausa, en la que dejó de convocarse, “el” Biblioteca Breve reaparece en 1999 con otra lógica, bastante más comercial -aunque no exenta de calidad-, desde la que se premia a escritores como Elvira Lindo, Juan Manuel de Prada, Juan Bonilla, Clara Usón, Fernando Aramburu, Luisa Castro, Elena Poniatowska o Fernando Marías, entre otros; todos ellos nombres importantes, aunque de no tanta entidad como aquellos, entre nuestros literatos contemporáneos.

La presencia de Antonio Iturbe en este largo elenco no desentona desde los parámetros del segundo enfoque reseñado, aunque sí chirría si nos atenemos a unas cualidades literarias supuestamente excepcionales o a un valor narrativo presuntamente anticipador o germinal, o tan solo destacado o significativo. A cielo abierto es una estupenda novela, magnífica en la “conversión” de un vastísimo y bien trabajado material documental en ficción narrativa; sobresaliente en el dibujo de la compleja personalidad de Saint-Exupéry y de la de sus colegas de vuelos; espléndida en la escrupulosa y verosímil recreación de una época; formidable en la reivindicación de la aventura y la pasión vitales; cautivadora en su contagiosa defensa de los retos arriesgados, de los desafíos y los viajes, del juvenil ímpetu y el valeroso espíritu que nos lanza al descubrimiento; muy atractiva en su tratamiento épico del heroísmo, encarnado en un trío de hombres fuera de lo común como son sus protagonistas; inspiradora cuando describe los valores -tan nobles, tan puros, tan incontaminados por los intereses comerciales y el dinero- de esos personajes casi legendarios; valiosa y penetrante en su indagación de las almas y las personalidades de esos tres caracteres principales… pero no deja de ser, y espero que se entienda mi objeción -muy menor, eso sí; el balance final es sin duda positivo-, una novela “periodística”, una transcripción -ciertamente brillante- de elementos “preexistentes”, sin invención propiamente dicha, sin la creación de un universo literario con autonomía y entidad, sin una sobresaliente o siquiera valiosa aportación a la historia de la literatura, como un premio con esta trayectoria pudiera suponer. Más cercana, por tanto, en este sentido, y a pesar de los muchos elementos genuinamente novelescos, a un muy interesante -y extenso- reportaje, a una minuciosa crónica, muy vibrante y sugestiva, que, quizá, con ligeros cambios que la despojasen de los elementos de legítima invención novelística, podríamos encontrarnos y leer -por entregas- en cualquier revista dominical de calidad de algún destacado periódico.

En otro orden de cosas, y admitiendo la “dimisión” de Seix Barral de esa voluntad de búsqueda de valores nuevos que impregnaba el planteamiento inicial del premio, sorprende también que el jurado -y los correctores de la editorial- hayan dejado pasar algún fallo menor; entre ellos, algunos de concordancias y, sobre todo, la mención que el autor hace, por boca de Saint-Exupéry, de Baudelaire y su “barco ebrio” (atribución que correspondería, obviamente, a Rimbaud)… Errores disculpables, sí, pero… ¡¡es la obra ganadora del Biblioteca Breve!!

A cielo abierto sigue la vida de tres amantes de la aviación, tres pioneros de las primeras líneas del correo comercial aéreo francés, tres pilotos que acabarán por confluir en sus distintas trayectorias vitales hasta desarrollar una fuerte amistad en la sociedad Latécoère, un clásico histórico de las compañías aeronáuticas y uno de los grupos empresariales más poderosos del sector en la actualidad, constructores, entre otros, de los aviones Airbus o Boeing. El más conocido de los tres, el ya mencionado Antoine de Saint-Exupéry, centrará el hilo principal de la novela. A él se le unirán, en capítulos que se alternan y que tendrán como protagonistas a cualquiera de los integrantes del trío, Jean Mermoz, atrevido y sanguíneo, entusiasta y excesivo, corajudo y mujeriego, un aventurero prototípico, y el discreto Henri Guillaume, de vida ordenada y convencional, aunque poseído también por la pasión del vuelo. Los tres, niños traviesos que juegan en la ciudad de los hombres, viven la aviación como una aventura, como un placer, como un juego, una experiencia que los hace volver a caminar por el sendero de la infancia, en una imagen -la del universo infantil- recurrente en el libro y muy conectada con el espíritu que inspiraría -y que rezuma su texto y las acuarelas que lo acompañan, debidas al propio autor- la obra mayor de Saint-Exupéry, El Principito.

La novela, estructurada en ochenta y nueve capítulos y un epílogo, se desenvuelve entre 1921 -cuando encontramos a un joven Mermoz en sus durísimos días de instrucción como voluntario en el acuartelamiento de aviación de Istres, en el sur de Francia- y mediados de 1945, en que una melancólica mirada retrospectiva cierra la obra, apenas un año después de la muerte, el 31 de julio de 1944, del propio Saint-Exupéry, desaparecido en el Mediterráneo en una misión de reconocimiento para la que había partido desde una base en Córcega. Entre ambas fechas transcurre la trama del libro, que conjuga dos planos sólidamente imbricados en el texto: por un lado, el relato de las intensas peripecias áreas de los personajes, del desarrollo de su enardecida vocación, la fiel aproximación a los acontecimientos de unas existencias marcadas por la aviación; y, por otro, la honda profundización en sus complejas personalidades y en sus vidas “civiles” -la vida en tierra-, con su sucesión de amores y amistades, matrimonios y amantes, negocios y bancarrotas, proyectos y trabajos, pero también sueños y frustraciones, esperanzas y desilusiones, emociones y fracasos.

En el primero de los frentes, A cielo abierto ofrece una destacada panorámica de esas décadas, que se inician tras la primera guerra mundial y se extienden hasta el final de la segunda, en las que Europa y el mundo entero vivieron momentos convulsos que cambiaron de raíz el retrato de nuestras sociedades. Centrado sobre todo en el desarrollo de la aviación civil, con la apertura de nuevas líneas, la superación de récords de vuelo, las entonces frecuentes hazañas aeronáuticas, los atrevidos desafíos de navegación aérea, entre una multitud de apasionantes lances -vuelos nocturnos, condiciones ambientales inclementes, aterrizajes forzosos, terribles accidentes, aviones desaparecidos, escenas bélicas-, el libro sigue a sus protagonistas por la mitad del orbe, Francia y Marruecos, España y Senegal, Inglaterra y Alemania, Argentina y Brasil, las vastas extensiones del desierto del Sahara y los imposibles picos andinos, el interminable océano Atlántico o la igualmente peligrosa inmensidad mediterránea, y nos los muestra no solo en sus muy precarias cabinas de vuelo haciendo frente a nieves y lluvias y tormentas, encarando en sus frágiles aparatos los ataques de los poderosos cazas enemigos, o en lastimosos aeródromos en los que consumen estériles horas de impaciente espera, sino también en los salones de la más refinada sociedad en París o de Nueva York, en los que se codean con los elegantes círculos literarios de la época, con políticos famosos, con aristócratas fascinantes, con mujeres de encanto irresistible, o en los bajos fondos de la Boca rioplatense, trasegando alcohol entre chulos, prostitutas y marineros sin fortuna.

Todo este eje “histórico” del libro se articula a partir de dos fuentes principales: la innumerable información contrastada y documentada que existe sobre estos hechos “objetivos” (hasta el punto de que la mera consulta de la entrada “Antoine de Saint-Exupéry” en la Wikipedia permite seguir fielmente -aunque de manera obviamente resumida- el hilo conductor de la novela) y la mucha información autobiográfica que permea las páginas de la obra del escritor francés, de cuyos libros El aviador, Correo del Sur, Vuelo nocturno, Tierra de hombres o Piloto de guerra se ha nutrido Iturbe para recrear escenas enteras de su novela.

La segunda vertiente de A cielo abierto, la más íntima y personal, bebiendo también de los escritos del propio Saint-Exupéry (hay muchas reflexiones extraídas de El Principito, y se explican escenas y hasta personajes del cuento inspirados al parecer en anécdotas vividas por el aviador), es, sin embargo, la que se presta a una mayor tarea estrictamente novelística de su autor, que recrea libremente los pensamientos y las sensaciones, las inquietudes y las emociones -su atrevimiento, su valentía, hasta su locura-, las contradicciones y los padecimientos, incluso los comentarios y las conversaciones de sus personajes (por ejemplo en frases como esta: Después de tantos avatares, por debajo de las cicatrices, del pelo que se empieza a caer y las ilusiones descoloridas, se reconocen en la fragilidad traviesa de los niños que siguen siendo), en un conjunto que, si bien ficticio, resulta coherente, creíble y verosímil, contribuyendo a dotar de “vida” lo que, sin esta componente, resultaría ser -ya se ha dicho- un frío reportaje periodístico.

Tras el relato de tantos avatares, en A cielo abierto se defiende una muy humana visión del mundo, una concepción moral de la existencia, unos valores -presentes en la obra entera de Saint-Exupéry, singularmente El Principito- que postulan la importancia del amor, la amistad, la entrega, la pasión, los sueños, la esperanza, la generosidad. Vivieron cada año como si fueran diez. Vencieron sus miedos. Llegaron a lugares asombrosos donde nadie había llegado, superaron retos que parecían imposibles, se sacrificaron para que la gente recibiera su correo en lugares remotos… No sé si valió la pena, pero de algo estoy seguro, ellos hicieron que sus vidas fueran extraordinarias, dice al final de la novela Daurat, el que fue jefe de los aviadores, en un resumen bien significativo del alcance moral de la propuesta del escritor francés y de su premiado “embajador” Antonio Iturbe.

Valores que aparecen también en La bibliotecaria de Auschwitz, de nuevo una recreación periodística de historias reales, precisa y abundantemente documentadas en una muy detallada bibliografía (de la que se da cuenta al término del libro). En este caso, es la dramática -pero a la vez aleccionadora- experiencia de Dita Kraus, la niña judía que entre los nueve y los dieciséis años fue objeto de sucesivas deportaciones desde su Praga natal a distintos campos de concentración y de exterminio, singularmente el de Auschwitz, en el que heroica y milagrosamente ejerció de bibliotecaria, custodiando y alentando la lectura -prohibida por los nazis- de los ocho únicos libros que algunos valerosos prisioneros lograron conservar. El relato, como casi todos los inspirados en los trágicos recuerdos de las víctimas, es sobrecogedor, emociona y conmueve, constituyendo además una bienintencionada defensa de la dignidad y el coraje, de la libertad y la esperanza, de la valentía y la lucha, de la solidaridad y la entrega, también de la lectura y los libros, hasta el punto de haber sido galardonado en su momento con el Premio Troa a los “Libros con valores”. Sin embargo, y al igual que en A cielo abierto, poco hay de literariamente estimable en la construcción que Iturbe “suma” al amplio y bien hilado bagaje documental en el que se inspira. Más allá de esta ya de por sí evocadora y formidable historia original, la narración -que aun así se lee con fruición; su autor es un periodista avezado y un escritor sobresaliente- resulta algo plana, fría y estereotipada, sus personajes -pese a ser el trasunto fiel de individuos reales que sufrieron desgarradas experiencias vitales- no son del todo convincentes, y se muestran más como emblemas de cartón piedra, como meros vehículos de las ideas que el autor quiere defender que como individuos plenos, con hondura (y ello a pesar del muy evidente propósito de Iturbe de dotarlos de aristas y ambigüedades, escapando del maniqueísmo trivial del nazi malvado -que los hay, obviamente, en la novela- o el judío sufriente y heroico -que también comparece, como era de esperar), con pulso vital y calidez humana. El lector siempre tiene la sensación -así ha sido, al menos en mi caso- de no estar escuchando la creíble voz de una persona sino la hasta cierto punto rutinaria y monótona narración de un ente artificioso.

Debiendo poner fin ya a esta muy larga reseña, me despido con mi encarecida invitación a leer -para la mayor parte de vosotros se tratará de releer- El Principito. No hay tiempo ya para glosar la valía de esta obra maestra, por lo que me limitaré a apuntar que siendo muchas las ediciones del libro en nuestro país, he elegido recomendaros una especial, bellísima, presentada en un cuidado estuche y con encuadernación en tela, que vio la luz en 2001, con ocasión del cincuentenario de su primera edición española, en la editorial Salamandra, que ha mantenido la traducción canónica de Bonifacio del Carril. El evocador y genial universo del joven príncipe se recoge aquí envuelto en la acogedora y deslumbrante belleza de una edición única.

Como acompañamiento musical a mis comentarios os dejo con J’attendrai, un tema de Tino Rossi, el cantante francés cuyas baladas románticas escuchan los protagonistas en un pasaje del libro.


Vuelan durante horas saltándose cualquier protocolo. Cuando ve una bandada de gaviotas flotando indolentes, cerca de la playa interminable más allá del cabo Bojador, desciende y las espanta como un chiquillo travieso. Los pájaros se elevan de repente y la danza de la vida se despliega sobre el cielo como si fuera el primer día de la creación.


Dejan atrás dunas y pequeñas cordilleras. De vez en cuando el jefe señala con el dedo y se vuelve lentamente para decir palabras que se lleva el viento. Tal vez señale un lugar al que viajó alguna vez con alguna caravana tras muchas jornadas de camino. Después, repliega la mano y deja de señalar. Nunca se había adentrado tan lejos. Se queda en silencio. El desierto que creía conocer resulta ser mucho más grande que su larga vida y que cualquier vida. Cuando el jefe Abdul Okri y él mismo hayan muerto, cuando todos hayamos muerto, el desierto seguirá ahí, viendo salir el sol por el este y poniéndose por el oeste.


Alcanzan un pequeño rebaño de nubes al llegar al golfo de Cintra. Toma altura para retozar un poco con ellas. Ve al jefe ponerse tenso de nuevo al ver que el avión se dirige a toda velocidad a chocar contra los cúmulos. Se ríe. ¿De qué creerá el jefe Abdul que están hechas las nubes? ¡Su conocimiento de las nubes es el mismo que el de un recién nacido! El Breguet alcanza los cúmulos blancos y entra en ellos como una cucharilla en un plato de chantillí. El mundo se pierde de vista, un leve temblor sacude el aparato y los hilachos de nueve corretean a su lado. Ve cómo el jefe alarga la mano para tratar de tocarlos y mueve la cabeza con asombro. Durante todas las noches del resto de su vida, sentado ante el narguile, podrá contar que un día toco las nubes.

Sobrepasan Agadir y el desierto se va suavizando con una telilla de matorrales y vegetación. Se encaminan hacia Saint-Louis de Senegal y el paisaje va mudando el color. Abandona la piel áspera del desierto y se viste con otra más fresca. El jefe Abdul señala los primeros árboles. Aquí hay uno. Allá otros dos. Más allá un racimo. Son ceibas, palmeras, acacias, enormes baobabs. Y empiezan a faltarle mano. Hasta que deja de gesticular y se queda quieto con la cabeza fija, magnetizado por el paisaje. Los ríos se ensanchan, la tierra se ha teñido de verde, el color con el que sueñan los musulmanes. Y entonces, el jefe se vuelve hacia el piloto. El viejo saharaui endurecido por el desierto, el jefe tribal intransigente, el guerrero feroz… derrama lágrimas tras las gafas de aviador. Él lo mira desconcertado y su pasajero señala insistentemente hacia abajo.



No atina a ver nada extraordinario. Solamente hay un bosque minúsculo. Nada especial. 

Un bosque… 

El jefe Abdul Okri nunca pudo imaginar que existieran tantos árboles en el mundo. Tal vez se acordara en ese momento de los polvorientos arbustos que crecen junto a su jaima y sintiera pena por ellos, perdidos en medio de la arena, tan lejos de su casa. Siente una ternura hacia ese hombre y los suyos, gentes en tierra áspera, desperdigados por el desierto como matojos resecos y, aun así, tal vez por eso, orgullosos.



Oye sollozar. Nunca creyó que vería llorar a un sheij tan altivo como él.

Tonio suspira, contagiado por la emoción. El ser humano, egoísta, odios, mezquino, capaz de las mayores atrocidades, puede también ser una criatura capaz de emocionarse al contemplar la paz milenaria de los árboles. Se inclina hacia delante y posa su mano en el hombro del saharaui.

Cada persona es un milagro…



 
Antonio Iturbe. A cielo abierto

miércoles, 15 de noviembre de 2017

GRAHAM SWIFT. EL DOMINGO DE LAS MADRES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana os traigo un libro excepcional de un autor que me entusiasma, pese a lo cual aún no había aparecido en el programa.

A finales de los ochenta, la editorial Anagrama comenzó a publicar en nuestro país los primeros libros de una portentosa generación de escritores británicos, el british dream team de Jorge Herralde, como empezó a ser conocida esta magnífica apuesta del editor catalán. Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro y Graham Swift “debutaron” en España en la colección Panorama de Narrativas del sello barcelonés, y desde entonces han ido presentando sus nuevas obras en el mismo sello hasta completar en él prácticamente la totalidad de su producción. De los cuatro primeros autores, Amis, Barnes, McEwan e Ishiguro, habéis tenido aquí una reseña sobre alguna de sus obras. No ha sido así en el caso de Graham Swift (y no por absurdas razones “jerárquicas” -todos son escritores excelentes y Swift, en particular, uno de los más destacados de entre ellos, sino por circunstancias meramente azarosas: unos libros aparecen aquí en un momento determinado y otros se postergan sin especial justificación), una carencia que quiero subsanar ahora recomendándoos con pasión El Domingo de las Madres, su, por ahora, última novela. Aprovecho también para sugeriros la lectura del resto de sus libros, singularmente El país del agua -que fue llevada al cine hace veinticinco años, con Jeremy Irons como protagonista y de la que tengo un recuerdo vago de algunas de sus escenas, casi todas las que contaban con la radiante presencia de Lena Heady en pantalla-; Últimos tragos, una novela magistral, emotiva, conmovedora, sobre la vida, la muerte, los sueños; o La luz del día, una falsa novela policiaca que respira la inteligencia y emoción marca de la casa en un escritor genial. El Domingo de las Madres cuenta con la traducción de Jesús Zulaika, que se reparte con Daniel Najmías la traslación al español de las novelas de Swift.

Estamos en Berkshire, Inglaterra, un 30 de marzo de 1924, cuarto domingo de Cuaresma y día en que se celebra en el Reino Unido el Domingo de las Madres, el equivalente británico de nuestro Día de la madre. Jane Fairchild, criada de los Niven, se enfrenta a una jornada inusual. Huérfana, no puede, como el resto del servicio, disfrutar del día libre que, cumpliendo la tradición -tan british-, los señores conceden a la servidumbre para la visita a sus familiares. El matrimonio Niven abandonará su mansión de Beechwood para festejar el día comiendo en Henley, una localidad cercana, con sus vecinos, los Sheringham y los Hobday, que celebran además el próximo enlace de Paul y Emma, sus respectivos hijos. Ante Jane se presenta, pues, un día “vacío” que, en sus planes, piensa ocupar en pasear en bicicleta por la zona, sentarse en el algún banco al sol o leer un libro en el jardín. Una llamada telefónica, sin embargo, lo cambiará todo, sus perspectivas para ese día y su vida entera. Paul, el vástago de los Sheringham con quien Jane mantiene una relación clandestina de años, le propone un encuentro en Upleigh House, la opulenta vivienda familiar, aprovechando la doble circunstancia de la ausencia de sus padres y del servicio y el hecho de que dispone de unas horas libres hasta el almuerzo con su prometida, previo a su inminente boda. No quiero contar más de la trama de una novela que, salvo por un acontecimiento extraordinario que no voy a desvelar, no presenta mayores alicientes. El libro entero, por lo demás muy breve, apenas ciento sesenta páginas, es el relato de unas pocas horas de ese día, aunque entremezclados con la narración principal aparecen, en constantes vueltas atrás y adelante, los años de infancia de la protagonista y los de su muy longeva ancianidad, cuando, con cerca de cien años y convertida en escritora, rememora aquella jornada decisiva vivida cuando solo tenía veintidós.

Y es que, como tantas otras veces en la alta literatura -y El Domingo de las Madres es, a mi juicio, una obra maestra (aun aceptando lo relativo de estas calificaciones)- el argumento resulta casi anecdótico, siendo el estilo, la belleza de la escritura o el genio del autor para abrir la historia a infinidad de evocaciones, sugerencias, ideas, reflexiones y elementos con valor simbólico que desbordan y enriquecen la relativa banalidad del aparente hilo conductor del texto, lo que confiere a la novela su dimensión magistral.

El estilo de Swift es deslumbrante. La sutileza en las descripciones; la exquisita ambientación; la elegancia en el retrato de los personajes; una formidable capacidad de penetración que se logra de un modo leve, mediante alusiones, con ligereza y a la vez densidad; el ritmo, lento y demorado pero atrayente y seductor; la voz en tercera persona que, sin embargo, suena íntima, honda, auténtica; la estructura como de rompecabezas, con -como se ha dicho- avances y retrocesos que se engarzan en la continuidad del relato sin forzarlo; los incisos, las significativas elipsis, las rupturas inesperadas y los giros sorprendentes presentados con naturalidad y sencillez… Todos ellos son recursos que dotan a la novela de una belleza, una emoción, una intensidad, un erotismo, una sensibilidad, una vibración, un lirismo, una pasión, una delicadeza, una melancolía, una ternura, un entusiasmo, un encanto, una complejidad y un magnetismo hipnóticos, inolvidables, magistrales.

La deliciosa recreación de las pocas horas de encuentro sexual entre Paul y Jane y el posterior deambular de ésta, desnuda y en soledad, ensimismada y pensativa, por las lujosas dependencias de una vacía e inmensa Upleigh House, la hace Swift incorporando sutilmente otras “subtramas”, una amplia gama de hilos temáticos que apuntan en distintas direcciones a partir de los recuerdos, las evocaciones y los pensamientos de la chica, dotando así a El Domingo de las Madres, de una riqueza, una profundidad, una ambición literaria y una hondura reflexiva, que van mucho más allá de la mera historia relatada, por más que esa “escena” central sobre la que gravita el libro tenga una fuerza y un poder de seducción innegables.

Por un lado, el autor nos lleva al pasado de la doncella, al confuso origen de su biografía. Nacida en 1901, pero sin que se sepa la fecha exacta, pues Jane es abandonada en un orfanato, siendo, por lo tanto, expósita (condición a la que alude su apellido, fairchild, uno de los habituales en inglés -googdchild, goodboy son otros- para estos niños sin padres), a los catorce años es enviada a servir en distintas casas, y dos después recala en Beechwood con los Niven. Son muchas, en este sentido, las reflexiones sobre la orfandad y la ausencia de la figura materna que aparecen en las disquisiciones de la chica.

Una orfandad que sugiere otra de las claves del libro, una suerte de recreación -muy sui géneris- del cuento de Cenicienta. No es sólo que la frase que antecede a la novela y aparece en su entradilla -¡Vas a ir al baile!- remita al personaje de Perrault, ni que el libro empiece con un significativo Érase una vez, como podréis comprobar en el fragmento que os dejo al término de esta reseña; el vínculo con Cenicienta es aún más claro y explícito en el propio texto de la obra. A partir de la relativa homofonía inglesa entre huérfana y orquídea (orphan/orchid), Swift hace decir a su protagonista: Y si eras huérfana tal vez podías convertirte en orquídea, como Cenicienta se convirtió en una princesa. Y la Jane nonagenaria revelará si, tras la relación con su amante/príncipe, esa conversión tuvo o no lugar.

Porque, en otro de los ejes temáticos del libro, la cuestión de las clases sociales, de las diferencias de origen es también esencial en el relato. Jane es una criada; una criada, además, en la rígida y jerarquizada estratificación social británica -tan presente en series como la clásica Arriba y abajo o la que lleva camino de serlo Downtown Abbey, con las que El Domingo de las Madres guarda muchos paralelismos. Y Paul, su amante, es un “señor” -¿En la cama se funden las diferencias?, se preguntará ella tras el coito-, alguien absolutamente ajeno, por su origen, por su dinero, por su posición, por sus relaciones, por sus expectativas vitales, a su modesta y anónima existencia. Mis años de criada, mis años de servicio, repetirá, obsesiva, la Jane anciana, cuando recupera sus recuerdos, en los que esta conflictiva dicotomía sierva/señor ocupa un lugar preponderante.

También tiene una significativa presencia en la narración la Gran Guerra, esa devastadora primera contienda mundial que, recién terminada cuando se inicia la “acción”, ha dejado el irremplazable hueco de cuatro chicos desaparecidos en los hogares de los Sheringham -Dick y Freddy- y los Niven -Philip y James-, cuatro jóvenes vidas segadas de raíz por el brutal enfrentamiento, una ausencia que, apenas perceptible y sin subrayados, asoma como telón de fondo de los hechos.

Igualmente remarcable resulta el intenso y dulce, el velado pero palpable erotismo de la escena central, con especial mención al recorrido de Jane desnuda por la casa de los Sheringham. El libro entero, pero en particular estas páginas, que ocupan casi la mitad de la novela, rezuma delectación, placer y sensualidad, sensaciones que se trasladan a la lectura de un modo muy etéreo y elegante, contagiando al lector.

Pero la vivencia de Jane en esa jornada particular es, por encima de todo, la excusa -bellísima y muy lograda en sí misma- para que Swift indague en la personalidad de la criada y nos permita conocer cómo ese acontecimiento del domingo 30 de marzo de 1924 cambiará su vida convirtiéndola en la escritora que acabará por ser hasta su ancianidad, tras una larga existencia en la que, según declara ella misma, pudo presenciar dos guerras mundiales y el “paso” de cuatro reyes y una reina.

Esa tarde nace en Jane el deseo y la voluntad de ser escritora. Porque lo vivido en esas horas no es solo lo que realmente ocurrió sino lo que pudo haber sucedido (sobre todo a partir del ese suceso inopinado -que debo mantener oculto por el bien de vuestro disfrute lector- que llevará la narración por derroteros imprevistos. Y es que la protagonista -que juega en tres planos simultáneos: el presente como criada de Beechwood, su infancia y su lúcida senectud- se interroga de continuo sobre el desarrollo de las situaciones que vive, sobre su posible evolución (que luego tendrá lugar o no ocurrirá o lo hará de otra manera a la que se producirá realmente, en un discurso sinuoso y envolvente, muy del “estilo Javier Marías”). Jane escribirá así su propia historia, incorporando en ella el paso del tiempo, lo que pudo llegar a ser: Todas las escenas. Todas las reales y todas las de los libros. Y todas las que, en cierto modo se hallaban en medio, porque se ceñían a lo que uno lograba imaginar y visualizar de la gente normal (…) O sólo lo que uno alcanzaba a suponer que podría haber sido verdad si las cosas un día, hace mucho tiempo, no hubieran tomado un rumbo diferente.

Y esa imbricación de lo real y lo inventado, de lo “verdaderamente” acontecido y lo imaginado, lo proyectado, lo fabulado, lleva, en consecuencia, al, a mi juicio, núcleo central del libro, la reflexión metaliteraria, la difícil separación entre hechos y ficción, entre realidad y literatura: Esa era la gran verdad de la vida: que el hecho y la ficción estaban siempre fundiéndose, intercambiándose. ¿Qué ocurrió realmente aquel día? ¿Qué es novela, relato, invención y qué transcripción de los hechos, historia real? En este sentido afirmará: En relación con esas palabras –cuento, historia, incluso narración– había una suerte de controversia, siempre presente en segundo plano, sobre la cuestión de la verdad, y podía resultar difícil precisar cuánto de verdad había en cada una de ellas. Estaba también la palabra «ficción» –un día llegaría a ser para ella el ingrediente prioritario–, que parecía desdeñar la verdad casi por completo. ¡Algo totalmente ficticio! Sin embargo, algo clara y totalmente ficticio también podía contener –y ahí residía el quid de la cuestión y su misterio– cierta verdad. Jugando de nuevo con las palabras, Jane se pregunta: ¿Y si a los huérfanos se les llamara “orquídeas”? ¿Y si al cielo se le llamara “tierra”? ¿Y si a los árboles se les llamara “narcisos”? ¿Habría alguna diferencia respecto de la naturaleza real de las cosas? ¿O de su misterio?

Adentrarse en ese misterio, intentar desentrañarlo (Nunca sabría [ni siquiera a los setenta u ochenta años] hasta qué punto la gente -la gente no escritora- se interesaba por otras vidas. Era un misterio), será el desencadenante de su vocación literaria: Se convertiría en escritora, y puesto que era escritora, o puesto que era eso lo que la había convertido en escritora, se vería constantemente asediada por la volubilidad de las palabras. Una palabra no era una cosa, no. Una cosa no era una palabra. Pero, de algún modo, ambas -cosas- se habían vuelto inseparables. ¿Era todo una gran invención? Las palabras eran como una piel invisible, una piel que envolvía el mundo y le confería realidad. Pero no podías decir que el mundo no estuviera ahí, no fuera real si quitabas las palabras. En el mejor de los casos parecía que las cosas bendecían las palabras que las nombraban, diferenciándolas, y que las palabras lo bendecían todo.

En su prolífica carrera, escribirá En los ojos de la mente, que recoge esas preocupaciones: era el título de su libro más conocido. ¿Y podía deslindar lo que había visto con ellos de lo que había vivido de verdad? Por supuesto que podía: no era una fantasiosa. Y por supuesto que no podía. En eso consistía ser escritora, ¿no? En abarcar la materia de la vida. El quid de la vida estribaba en abarcarla.

En este recorrido por sus preocupaciones literarias aparece la figura de Joseph Conrad (muerto, precisamente, en 1924; como finaliza en ese año -en este caso mera casualidad, obviamente no algo premeditado por el autor- Downtown Abbey). Sus libros, que Jane lee en la biblioteca de Beechwood y en la librería en la que más adelante empezará a trabajar (La gente leía libros, ¿no?, para huir de sí misma, para escapar de los problemas de la vida), contienen claves que se vinculan con la existencia de la chica. Los secretos (No era extraño en ella tener secretos, dice; el principal el oculto romance con el joven Sheringham) conectan con El agente secreto, del escritor polaco (Mucho después pensaría y a veces diría que todos los escritores eran agentes secretos. Pero lo cierto era que quizá -aunque eso no lo diría nunca- que todos somos agentes secretos, que es eso lo que somos en realidad). Juventud, otra novela de Conrad, la lleva a pensar en la vida de tantos jóvenes cercenada por la guerra: juventud era lo que el siglo había perdido. El exotismo de Conrad, escribiendo de Oriente mientras la gran matanza llena de sangre el orbe entero, suscitan su queja, de nuevo con la guerra presente: ¿es que no sabía en qué se había convertido el mundo? Por último, su propósito vital, superar su pasado de sirvienta sin expectativas y convertirse en escritora, “encontrar su propia lengua”, nos conduce de nuevo, en otra de las fecundas derivaciones abiertas por el talento de Swift, a Conrad, que se acogió a su nueva lengua, el inglés en el que escribió su obra fundamental, dejando atrás su polaco materno.

Jane será así, por fin, escritora, intentando dar cuenta del mundo, intentando explicar lo inexplicable: ¿Qué era exactamente, entonces, lo de contar la verdad? ¡Los lectores quieren siempre que hasta la explicación se explique! Y cualquier escritor que se precie los engatusará, los azuzará, se los llevará al huerto. ¿No era lo bastante obvio? Se trataba de ser fiel a la verdadera materia de la vida, se trataba de intentar capturar, aunque jamás se logre, la percepción misma de estar vivo. Se trataba de encontrar una lengua. Y se trataba de ser fiel al hecho -una cosa se seguía de la otra- de que en la vida hay muchas cosas -muchas más de las que pensamos, ay- que no pueden explicarse.

En fin, no dejéis de leer esta maravilla, esta preciosa joya literaria, El Domingo de las Madres, la última novela de Graham Swift. Pocos años antes de ese 1924 en que transcurre el libro, Antonin Dvorak compone esta Songs My Mother Taught Me -tan cercana al espíritu de la obra, con su triste recuerdo, con su melancólica belleza- que ahora escuchamos en la estremecedora versión de Victoria de los Ángeles


Érase una vez…, antes de que mataran a los chicos y cuando había más caballos que coches, antes de que desaparecieran los sirvientes varones y en Upleigh y en Beechwood tuvieran que arreglárselas con una cocinera y una sirvienta, los Sheringham eran propietarios no sólo de los cuatro caballos de su cuadra, sino también de un ejemplar que podía considerarse un «señor caballo», un caballo de carreras, un purasangre. Se llamaba Fandango, y su caballeriza estaba cerca de Newbury. Nunca había ganado nada de nada. Pero era el pequeño lujo de la familia, su esperanza de fama y gloria en las carreras del sur de Inglaterra. El trato era que Mamá y Papá –conocidos también, en el extraño lenguaje de él, como «los ineptos»– eran dueños de la cabeza y el cuerpo, y Dick y Freddy y él de una pata cada uno.

–¿Y la cuarta pata?

–Ah, la cuarta pata... Ésa ha sido siempre la pregunta.

Durante la mayor parte del tiempo no fue más que un nombre, un nombre que no podía verse, aunque un nombre muy caro dividido en cuatro y perfectamente adiestrado. Se había vendido en 1915, cuando él tenía quince años. «Antes de que tú aparecieras, Jay.» Pero una vez, hace mucho tiempo, una mañana de junio temprano, emprendieron todos una expedición extraña y disparatada sólo para verle, para ver cómo montaban al galope a Fandango, su caballo, por las colinas. Para contemplar desde la valla cómo se acercaba, atronador, con otros caballos y pasaba ante ellos como un rayo. Estaban él y Mamá y Papá y Dick y Freddy. Y –quién sabe– alguna parte interesada y fantasmal, propietaria real de la cuarta pata.

Él tenía la mano en la pierna de ella.

Fue la única vez que ella le había visto con los ojos casi empañados. Y tuvo la visión clara y nítida (la seguiría teniendo a los noventa años) de que podría haber ido con él, de que aún podría –como en una especie de milagro– ir con él, sólo con él, y estar allí ante la valla, viendo cómo pasaba Fandango a galope tendido, levantando barro y rocío de la hierba. Nunca había vivido nada así, pero podía imaginárselo, imaginarlo con claridad. El sol aún naciente, un disco rojo sobre las colinas grises, el aire aún vivificante y frío, mientras él compartía con ella, tal vez, una petaca de tapón plateado, y, con no demasiado sigilo, le agarraba el culo.

Pero ahora ella miraba cómo se movía, desnudo salvo el sello de plata en el dedo, cruzando la habitación bañada de sol. En la vida, más tarde, nunca utilizaría gustosamente –si es que llegó a utilizarla alguna vez– la palabra «garañón» para referirse a un hombre. Pero él era talmente uno. Tenía veintitrés años y ella veintidós. Y podría habérsele considerado un purasangre, aunque ella aún no conocía esa palabra, al igual que aún no conocía la palabra «garañón». Su vocabulario no era muy extenso todavía. «Purasangre» tenía que ver con la «progenie» y el «nacimiento», lo que contaba en los de su clase. Poco importaba con qué finalidad concreta.

Era marzo de 1924. No era junio, pero sí un día que parecía junio. Y debía de ser poco después de mediodía. Se abrió de golpe una ventana, y él, sin ropa, cruzó la habitación llena de sol tan despreocupadamente como cualquier animal desnudo. Era su habitación, ¿no? Podía hacer en ella lo que le viniera en gana. Podía hacerlo, estaba claro. Y ella no había estado en ella nunca, y nunca volvería a estar.

Y también estaba desnuda.

30 de marzo de 1924. Érase una vez... Las sombras de la celosía de la ventana se deslizaban sobre su cuerpo como follaje. Una vez hubo recogido del tocador la pitillera y el mechero y un pequeño cenicero de plata, se volvió, y entonces, bajo la mata de vello oscuro y enteramente bañado por el sol, dejó a la vista su verga, y sus huevos, meros apéndices fláccidos y aún pegajosos. Ella podía mirarlos si quería, a él no le importaba.

Pero también él podía mirarla a ella. Estaba estirada, desnuda, si se exceptuaba su par –su único par de pendientes baratos. No se había tapado con la sábana. Y hasta había enlazado las manos detrás de la cabeza (así podía verle mejor). Pero él podía mirarla a voluntad. Regálate los ojos. Era una expresión que le había venido a la mente. Se le habían empezado a ocurrir expresiones. Regálate los ojos.

Fuera, se estiraba también todo Berkshire, orlada de brillante verdor, pletórica de trinos, bendecida en marzo con un día de junio.

Él seguía siendo un adicto a los caballos. Es decir, seguía malgastando el dinero en ellos. Era su forma de economizar: tirar el dinero. Durante casi ocho años había tenido dinero para tres, en teoría. Él lo llamaba «pasta». Pero demostraría que era capaz de arreglárselas sin él. ¿Y qué es lo que habían hecho ellos dos con el dinero de siete años –como él le recordaba a veces–?: absolutamente nada. Salvo secretismos y riesgos y astucias y la aptitud mutua de ser buenos en ello.

Pero nunca habían hecho nada parecido. Ella nunca había estado en aquella cama –una cama individual, pero espaciosa–. Ni en aquella habitación, ni en aquella casa. Si no costaba nada, era el más maravilloso de los regalos.

Aunque si no costaba nada –ella siempre podría habérselo recordado–, ¿qué pasaba con las veces en que él le había dado seis peniques? ¿O incluso tres peniques? ¿Cuando era sólo el comienzo, antes de que lo suyo llegara a ser algo... –no sabía si era la palabra correcta– serio? Pero jamás se atrevería a recordárselo. Y menos aún ahora. Ni se atrevería tampoco a utilizar la palabra «serio». 

Se sentó en la cama, a su lado. Le pasó la mano por el vientre, como sacudiéndole un polvo invisible. Luego dejó encima de él el mechero y el cenicero, y siguió con la pitillera en la mano. Sacó dos cigarrillos y puso uno entre los labios fruncidos y salientes de ella, que no se había quitado las manos de la nuca. Él le encendió el cigarrillo y luego se encendió el suyo. Después de juntar pitillera y mechero y de dejarlos en la mesilla de noche, se tendió junto a ella cuan largo era, mientras el cenicero seguía a medio camino entre el ombligo y lo que hoy él, sin tapujos, llamaría alegremente el «coño». Verga, huevos, coño. He aquí tres vocablos sencillos, básicos.

Era un 30 de marzo. Domingo. Lo que venía llamándose el Domingo de las Madres.



Graham Swift. El Domingo de las Madres