Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 18 de enero de 2017

COLM TÓIBÍN. BROOKLYN. NORA WEBSTER

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro que como cada semana sale al aire en Radio Universidad de Salamanca con una propuesta de lectura que pueda resultar de vuestro agrado. Esta tarde quiero hablaros de un escritor que, aunque lleva años apareciendo en las páginas de cultura y en los suplementos literarios de los periódicos, y siendo objeto de estudio en revistas y medios especializados en el mundo entero, con sus libros publicados y aplaudidos por doquier, yo había ignorado hasta hace unos meses; una ignorancia consciente, una opción de lectura -de no lectura, más exactamente- que respondía, claro está, a un criterio regido por la lógica: la imposibilidad de leer todo lo que llega a nuestras librerías y, por tanto, la necesidad de seleccionar; pero también a un pálpito irracional: “algo” en mí, un extraño impulso no necesitado de justificación me decía que esos libros no iban a interesarme.

Y sin embargo, este verano pasado cayeron por fin en mis manos dos novelas de Colm Tóibín -pues de él, del autor irlandés, os estoy hablando- y su lectura no sólo me sorprendió, al permitirme “descubrir” a un escritor excepcional, sino que tanto Brooklyn como Nora Webster, los dos libros a los que me refiero, me apasionaron e hicieron que me lanzara a las librerías a completar la obra publicada en España de mi tardío aunque afortunado hallazgo. De estos dos títulos quiero hablaros ahora, recomendándoos con entusiasmo su lectura.

Brooklyn vio la luz en España en el año 2010. No obstante, yo no he llegado a ella hasta su reedición en 2016, con ocasión del estreno un año antes de la película homónima basada en su texto y dirigida por John Crowley y con Saoirse Ronan como actriz principal (por cierto, protagonista también de On Chesil Beach, un film previsto para 2017 basado igualmente en una obra literaria, la novela del mismo título escrita por Ian McEwan que ya os recomendé años atrás en este espacio; la actriz se dio a conocer en el mundo del cine cuando era casi una niña, en otra película realizada también a partir de una novela de McEwan, Expiación; ambas, película y novela, magníficas). El libro, en traducción de Ana Andrés Lleó, está editado por Lumen, responsable también de Nora Webster, que se presentó asimismo en 2016 en traducción esta vez de Antonia Martín Martín. Igualmente en la prestigiosa editorial catalana, no deberíais perderos El testamento de María, una joya, una maravilla, una novela breve magistral, una recreación humanísima y conmovedora de la vida de la Virgen María, desprovista de sus connotaciones religiosas, una doliente y atribulada mujer judía que sufre por el trágico -y para ella inexplicable- destino su hijo.

Brooklyn nos traslada a Enniscorthy, el pequeño pueblo del condado de Wesford -lugar en el que nació el propio Tóibín, su obra impregnada de elementos autobiográficos-, en el sudeste de la República de Irlanda, en los primeros años 50. Eilis Lacey es una chica más o menos anodina, de vida austera, que, finalizados sus básicos estudios de contabilidad, pasa a trabajar en una tienda de alimentación para contribuir así a paliar la precariedad económica de una familia -su madre May y su hermana mayor Rose- que tras la muerte del padre se desenvuelve con grisura y austeridad. La aparición de un sacerdote católico, el padre Flood -de lejana y remota amistad con el fallecido-, que vuelve al pueblo desde Nueva York para pasar unas vacaciones, abre a la chica la posibilidad -alentada sobre todo por la generosidad de la madre y de la hermana- de una optimista perspectiva de mejora vital, dejando atrás los estrechos horizontes del acostumbrado y previsible Enniscorthy y abriéndose a las posibilidades de crecimiento que ofrece un trabajo en unos grandes almacenes de Brooklyn, que el cura garantiza, encargándose además de facilitar a la chica los trámites para el viaje y de proveer las condiciones mínimas de su alojamiento y estancia en alguna casa de huéspedes en su propia parroquia en Norteamérica. El libro nos narra en su primera parte la modesta existencia de Eilis en su pueblo natal, las vicisitudes de su trabajo con la odiosa señorita Kelly, los entresijos de su insustancial vida familiar y, especialmente -pero eso será un rasgo esencial de la novela entera y me detendré en su análisis más adelante-, las interioridades de su alma. (De ese primer eje de la novela quedan apenas unos minutos en la versión cinematográfica). En las segunda y tercera partes asistimos a los días de la chica en Brooklyn, su perplejidad y su temor ante lo desconocido, su triste estancia en la pensión de la señora Kehoe, otra dama desagradable y fría, sus inicios en la vida laboral, sus actividades caritativas en la parroquia del padre Flood y el conocimiento de un buen chico, Tony, con quien se relacionará y que aportará algo de luz a su, de nuevo y pese al cambio de continente, apagada vida. En el capítulo postrero, Eilis se ve obligada a volver a Irlanda, por razones que no quiero adelantaros, como tampoco quiero desvelar qué sucede a su retorno al hogar familiar.

Pero más allá de la discreta trama, el libro interesa por su enorme capacidad de penetración en la personalidad de Eilis. Su desconcierto frente a la vida, su aprensión ante el futuro incierto, su soledad y su desamparo, su tenacidad en el estudio, su bondad, su timidez y sus miedos, su búsqueda de su identidad y del propio lugar en el mundo son mostrados con sutileza y sensibilidad, con belleza y emoción. Conocemos, sobre todo, sus dudas, pues la chica se debate entre ambos “escenarios”, valorando los atractivos de cada uno de ellos y añorando con nostalgia el universo que deja atrás (pensando una y otra vez en las mismas cosas, en todo lo que había perdido). En Brooklyn recuerda apenada y con pesadumbre su existencia pueblerina y limitada pero acogedora y familiar, cuestionando, desconsolada y tristísima, su inútil presencia en el país ajeno, pero la aparición de Tony en su vida cambiará esta percepción y entonces, y de vuelta a Enniscorthy, será el recuerdo de la muy tímida felicidad de los últimos días en Norteamérica el que la aflija, alimentando el deseo de su vuelta, hasta que el renacido contacto con la madre, con los amigos, con las personas y los lugares acostumbrados de su pueblo natal vuelva a sembrar de incertidumbre su titubeante personalidad: Se sentía extraña, era como si fuera dos personas, una que había luchado contra dos fríos inviernos y muchos días duros en Brooklyn y se había enamorado allí, y otra que era la hija de su madre, la Eilis que todo el mundo conocía, o creía conocer, afirma, siendo consciente, además, de que ella, siempre, en cualquier situación, pertenecía a otro lugar. Y es esta honda “prospección” en la conciencia y el espíritu, en el sentimiento y la voluntad de la chica lo más relevante del libro, ya que, a fin de cuentas, y tal y como señala el autor, una novela no trata de grandes conceptos, de cosas abstractas, sino del frío, los colores, los sabores… y Brooklyn trata del encuentro de una joven irlandesa con el nuevo mundo, especialmente con el amor… Y de lo que pasa cuando un inmigrante es extranjero en los dos países, e incluso de sí mismo.

Con Nora Webster se produce un fenómeno parecido: un hilo argumental leve, trivial, de escasa trascendencia, pero con una densidad emocional y una profundidad en el análisis de los sentimientos y las emociones, de los deseos y los impulsos de los personajes que su lectura se hace inolvidable. La base de la historia narrada es, hecho confesado abiertamente por el autor, autobiográfica, aunque el enfoque no lo es. Colm Tóibín tiene doce años cuando su padre muere, en 1967, y su madre, que ronda los cuarenta y cinco, queda viuda a cargo de dos hijos pequeños y con dos hijas algo mayores estudiando ya fuera de casa. La novela parte de esa misma situación, siendo Nora Webster el nombre literario elegido para la principal protagonista femenina, desde cuyo punto de vista se cuenta la historia en la que se modifican también los nombres reales del padre, Maurice en la novela, Michael en la realidad, y de las hijas y los dos hijos, siendo Donal, el mayor, el trasunto del propio escritor. Por cierto, no quiero dejar de mencionar un curioso juego circular y autorreferencial de las dos novelas que comento, un detalle menor, anecdótico, aunque pueda quizá tener mayor significación. En las últimas páginas de Brooklyn, la madre de Eilis menciona una visita de Nora Webster (también había ido Nora Webster, dijo, con Michael), un Michael del que no se especifica otro dato sobre su identidad. ¿Quiso Toíbín llamar en Brooklyn al marido de esa Nora fugaz con el nombre “real” de su padre, Michael, recurriendo años después en la segunda novela al “inventado” Maurice? Por otro lado, y por cerrar este paréntesis de curiosidades, como digo quizá no tan fútiles, mencionaré que el final un tanto abierto de Brooklyn, en el que no sabemos del todo qué futuro espera a Eilis, se desvela en parte en las primeras páginas de Nora Webster, cuando la madre de la chica, en una visita -ahora a la inversa- que hace a la propia Nora, le informa de la situación “actual” de su hija, cuando han trascurrido algunos años del desenlace del primero de los dos libros, unidos así -además de por los grandes temas tratados y por el estilo elíptico y sutil de Tóibín, de los que hablaré al final de esta reseña- por un doble vínculo ingenioso y delicado y claramente premeditado por su autor.

La nueva vida de Nora tras la muerte de su esposo se desenvuelve -en sus elementos externos- sin acontecimientos sobresalientes. En su situación de precariedad económica, la mujer vive el duelo e intenta sobreponerse a él con la vuelta al trabajo -que Toíbín nos cuenta con detalles de su vida laboral, la dificultad de “reacomodarse” tras tantos años de inactividad, lo aburrido de sus tareas administrativas y contables, la intransigencia de su jefa, la simpleza de su joven compañera de oficina, una insólita reunión sindical-, relacionándose con algunas otras mujeres del pueblo, revitalizando su vieja afición por la música, asistiendo a clases de canto, reuniéndose con familiares, singularmente con los hermanos de su marido, Jim y Margaret, y, sobre todo, ocupándose de sus hijos, en particular los dos pequeños, el mencionado Donal y Conor. Todo se centraba en los cuatro hijos, en su futuro, piensa, y así, la tartamudez de Donal, las quejas de Conor sobre su raqueta de tenis, los peligros de que Fiona, la hija mayor, viaje a Dublín en autostop, el temor a las consecuencias de implicación política de su otra hija, Aine, son los asuntos que centran su atención, todavía muy afectada por la ausencia de su marido.

Poco a poco el tiempo va pasando y en la vida de Nora empiezan a tener más peso los hechos de la realidad "exterior", va renaciendo una suerte de ilusión: se implica en las reivindicaciones laborales en la empresa, hay un interés -siquiera latente, apenas palpable- por los conflictos políticos que vive Irlanda, y en su existencia se abren algunos proyectos en relación a la música: audiciones, grabaciones, conciertos. Y eso es todo, en esencia: la vida sigue, nada excepcional, nada demasiado relevante, nada extraordinario.

Y sin embargo, como en Brooklyn, es la vida interior del personaje lo que Colm Toíbín nos muestra con maestría. Aparecen así las dos caras de una personalidad compleja, una mujer que puede ser terrible (durísima la “escena” en que abandona a Donal en el internado), intransigente, rígida, severa, antipática, controladora, quisquillosa, incapaz de cuidar intensamente -¿de amar?- a sus hijos, pero también perdida y llena de dolor por su viudedad (era el mundo lleno de ausencias), sufriendo su soledad cuando desaparece el principal pilar en que se sostenía su vida (Conque eso era estar sola, pensó. No era la soledad que venía experimentando, ni los momentos en que sentía la muerte de Maurice como un mazazo a todo a su ser, como si hubiera sufrido un accidente de tráfico; era ese deambular en un mar de gente con el ancla levada, en que todo era extrañamente vago y confuso). Y con el paso del tiempo aparece también la mujer que ansía su liberación, que lucha por su crecimiento personal, por encontrar el propio espacio que la presencia de Maurice le quitaba, la mujer que redescubre en la música clásica sus mejores posibilidades, la mujer sensible, la que sueña con cantar (No se lo había contado a nadie, porque era demasiado extraño, lo mucho que esa música representaba para ella. Era su vida soñada, la vida que podría haber tenido si hubiera nacido en otro lugar) y obtener logros en esa vertiente artística y cambiar de vida dejando atrás su insípido presente (Pensó en lo fácil que habría sido ser otra persona; que tener a los chicos en casa esperándola, y la cama y la lámpara junto a la cama, y su trabajo por la mañana, era todo una especie de accidente. De alguna manera todo eso era menos sólido que las nítidas notas del violonchelo que salían de los altavoces), la que se preguntaba si era la única persona que no tenía nada entre la grisura de sus días y el absoluto esplendor de esa vida imaginada.

Y en las dos novelas están muy presentes los mismos ejes temáticos, que parecen representar -he leído numerosas e interesantísimas entrevistas con Colm Toíbín, para “empaparme” de su pensamiento y su sensibilidad- las principales preocupaciones del autor: el exilio, la inmigración, los problemas políticos de Irlanda, el paso de la tradición a la modernidad, el mundo rural y las ciudades, la identidad, la importancia de la familia, el abandono y la pérdida, la muerte (A veces, nos cruzamos con ellos, con los que nos han dejado, los que ya no están. Llevan consigo algo que nosotros aun no conocemos... Es un misterio, dice Nora Webster), la dificultad de elegir, la duda. Y, sobre todo, en los dos libros sobresale el poético y delicado y muy sensible modo de contar las historias, el indudable magisterio literario del escritor, capaz como pocos de mostrar (sin énfasis, sin subrayados, de un modo tenue, difuminado, como impreciso, levísimo: Quería crear una poesía amarga del silencio, dice Toíbín en una entrevista, a propósito de Nora Webster. Cuando, a veces, se habla en la novela hay una poesía que va más allá de la entonación. La idea era que eso se convirtiera en un poder subterráneo, que el lector no lo detectara, pero lo sintiera. No se habla de tristeza, pero está ahí; no se habla del dolor, pero está ahí; en los actos, en los gestos, en el tono de la voz, en las sensaciones, en los pensamientos. Es la fuerza de lo que no se dice pero sabes que está. El poder de sugerir o describir antes que adjetivar. Con esa sutileza el lector termina de construir esas imágenes o ideas que quiero transmitir) lo íntimo, el silencio, la pena, el peso de la ausencia, lo insignificante en apariencia pero auténticamente revelador del núcleo central de una vida, las emociones, los secretos; capaz de profundizar en la psicología de los personajes; capaz de revelar cosas de uno mismo (siendo ese “uno mismo” tanto el personaje como el propio autor como, sin duda, el lector). Y a través de todo ello, apuntado también con pinceladas, con sutileza, con pequeños detalles, no con líneas fuertes ni grandes brochazos (si fuera pintor, dejaría algo en blanco para que el espectador imagine lo que habría ahí, afirma Toíbín en la entrevista antes citada), aparece el marco social, la espléndida recreación de la Irlanda de hace cincuenta años, tan pobre, tan triste.

Sí, porque son libros tristes estos dos que hoy os recomiendo con auténtico entusiasmo. No os perdáis Brooklyn y Nora Webster, dos novelas magníficas, inolvidables, del genial Colm Toíbín; tampoco dejéis de leer El testamento de María, también triste, pero una auténtica obra maestra. Como cierre musical de mi reseña os dejo con Casadh An Tsugain (Frankie’s Song), una pieza de la banda sonora de la versión cinematográfica de Brooklyn, compuesta por Michael Brook e interpretada por Iarla O Lionaird.


Hasta entonces, Eilis había supuesto que viviría en la ciudad toda la vida, como su madre, que conocería a todo el mundo, tendría los mismos amigos y vecinos, la misma rutina diaria en las mismas calles. Esperaba encontrar trabajo en la ciudad y después casarse, dejar el trabajo y tener hijos. Y ahora se sentía como si hubiera sido elegida para algo y no estaba en absoluto preparada, y eso, a pesar del miedo que la invadía, le provocaba un sentimiento, o más bien una serie de sentimientos, que creía debían de ser los que experimentaría cuando se acercara el día de la boda, días en los que todo el mundo la miraría con un brillo en los ojos mientras ella se afanaba con los preparativos, días en los que ella misma estaría en plena ebullición pero procuraría no pensar con demasiada precisión en cómo serían las semanas siguientes, por si perdía el valor.

No hubo un día en el que no ocurriera algo. Los formularios que llegaron de la embajada fueron rellenados y enviados. Eilis fue en tren a la ciudad de Wexford para hacerse lo que le pareció una revisión superficial, ya que el médico quedó aparentemente satisfecho cuando ella le dijo que nadie de su familia había padecido tuberculosis. El padre Flood escribió dando más detalles de dónde viviría cuando llegara y lo cerca que estaría de su lugar de trabajo; llegó su pasaje para Nueva York, en un barco que salía de Liverpool. Rose le dio dinero para ropa y le prometió que le compraría zapatos y un conjunto de ropa interior. La casa, pensó Eilis, estaba alegre de un modo desacostumbrado, casi anormal, y en las comidas que compartían había demasiadas charlas y risas. Le recordó las semanas anteriores a la partida de Jack a Birmingham, cuando hacían lo que fuera para apartar de su mente que iban a perderlo.

Un día, cuando un vecino fue a visitarlas y se sentó con ellas en la cocina a tomar el té, Eilis se dio cuenta de que su madre y Rose hacían lo imposible por ocultar sus sentimientos. El vecino, de forma no premeditada, casi para dar conversación, dijo:

—La echará de menos cuando se vaya, imagino.

—Oh, será terrible cuando se vaya —dijo la madre.

Su rostro tenía una expresión ensombrecida y tensa que Filis no había visto desde los meses posteriores a la muerte de su padre. Entonces, en los momentos que siguieron, el vecino se quedó visiblemente desconcertado por el tono de voz de la madre, la expresión de la cual se ensombreció aún más, hasta el punto de que la mujer tuvo que levantarse y salir en silencio de la habitación. Eilis sabía que su madre iba a llorar. Se sorprendió al ver que ella, su hija, en lugar de seguirla al vestíbulo o al comedor, se quedaba a charlar tranquilamente con el vecino, con la esperanza de que la madre volviera pronto y pudieran continuar lo que parecía una conversación corriente.

Ni cuando se despertaba por la noche y pensaba en ello, se permitía a sí misma llegar a la conclusión de que no quería ir. Llevó a cabo todos los preparativos y le preocupaba tener que llevar dos maletas de ropa sin ayuda, se aseguró de no perder el bolso de mano que Rose le había regalado y en el que llevaría el pasaporte, las direcciones de Brooklyn en las que viviría y trabajaría y la dirección del padre Flood, por si no iba a recogerla, tal como había prometido hacer. Y dinero. Y su bolsita de maquillaje. Y quizá un abrigo que podía llevar en el brazo, aunque quizá se lo pusiera, pensó, si no hacía demasiado calor. Era posible que a finales de septiembre aún hiciera calor, le habían advertido.

Ya había hecho una maleta y repasaba mentalmente su contenido, esperando no tener que volver a abrirla. Una de aquellas noches, tumbada despierta en la cama, cayó en la cuenta de que la próxima vez que abriera aquella maleta lo haría en una habitación diferente, en un país diferente, y entonces por su mente cruzó involuntariamente el pensamiento de que sería mucho más feliz si la abriera otra persona y que esa persona se quedara la ropa y los zapatos y los usara a diario. Ella preferiría quedarse en su hogar, dormir en aquella habitación, vivir en aquella casa, arreglárselas sin la ropa y los zapatos. Los preparativos que se estaban haciendo, todo el ajetreo y las charlas, estarían mucho mejor si fueran para otra persona, pensó, alguien como ella, alguien de su edad y estatura, que incluso tuviera su aspecto, siempre y cuando ella, la persona que ahora estaba pensando, pudiera despertarse en aquella misma cama cada mañana y hacer su vida durante el día en aquellas calles familiares y volver a la cocina de su casa, con su madre y Rose.

Aunque dejaba que tales pensamientos fluyeran sin cesar, se detenía cuando su mente se acercaba al miedo o al terror real, lo peor, al pensamiento de que iba a perder aquel mundo para siempre, que nunca volvería a vivir un día corriente en aquel lugar corriente, que el resto de su vida sería una lucha con lo desconocido. En el piso de abajo, cuando estaban Rose y su madre, hablaba de cuestiones prácticas y seguía resplandeciente.

miércoles, 11 de enero de 2017

ANNABEL PITCHER. MI HERMANA VIVE SOBRE LA REPISA DE LA CHIMENEA

Hola, buenas tardes, bienvenidos a una nueva edición de Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca que os saluda en esta primera emisión de 2017, deseando a todos nuestros muy escasos oyentes un estupendo comienzo de año.

Hoy quiero hablaros de un libro cuya presencia en el programa es deudora de estas fechas festivas que apenas dejamos atrás. Rodeado de sobrinos, y empecinado en que mis cartas a los Reyes Magos insistieran, tozudamente y contra el cada vez mayor desinterés de los chicos, en pedir para ellos libros, he recalado, en mi pesquisa de “material” para facilitar el trabajo de Sus Majestades, en una obra estimable que me atrevo ahora a recomendaros a todos vosotros, estudiantes universitarios bastante alejados ya, por edad e ilusiones, por escepticismo y madurez, por descreimiento y realista pragmatismo vital, de la formidable imaginación y la sensible capacidad para la construcción de quimeras, de los juveniles y en muchos casos inocentes hijos de mis hermanos.

Voy, así, a recomendaros una novela sobre cuya valoración, no obstante -seré sincero-, no logro ponerme de acuerdo conmigo mismo. Me ha gustado, moderadamente, sin suscitar un entusiasmo desbordante, pero tengo algunas reticencias intelectuales ante ella; ha llegado incluso a emocionarme en algunos pasajes pero me asaltan serias dudas acerca de su enfoque que en ocasiones roza la fácil sensiblería; me parece curiosa en su planteamiento y bien escrita, pero a la vez puede que resulte demasiado trivial y en exceso sencilla; he pasado algunas horas placenteras leyéndola, pero el disfrute se ve algo disminuido por la sospecha de haber caído en las redes de un mero producto editorial, primorosamente presentado, con todos los ingredientes para llegar de modo simple a la gente, pero alejado, en el fondo, no ya de la alta literatura, sino de la literatura a secas. ¿Y qué puede importar?, os preguntaréis... ¿para qué se necesitan las etiquetas, y encima con ampulosas mayúsculas: la Literatura? De lo que se trata, podréis pensar algunos de quienes ahora nos seguís, es de leer algo que nos toque, que nos haga sentir y pensar y alegrarnos y llorar y conmovernos... Y si todo eso ocurre, si se produce el milagro de que un libro remueva nuestra conciencia o nuestra sensibilidad, ¿qué importa entonces su mayor o menor calidad según no se sabe qué supuestamente objetivos cánones, qué importa su carencia de virtudes literarias a tenor de difusos parámetros críticos, qué importan su rigor literario, su hondura artística, el nivel de su escritura, siempre discutibles? Y sin embargo importa, importa la Literatura, también pueden conmover los culebrones y también provocan el llanto aquellos seriales radiofónicos del pasado y también tocan la fibra sensible algunos programas televisivos de baja estofa y son eso, basura, visceralidad elemental, primitiva y despreciable. ¿Dónde poner, pues, la frontera? ¿Qué permite distinguir con nitidez el grano de la paja, una obra literaria con un mínimo de dignidad de un mero producto comercial sólidamente manufacturado?

En fin, espero que podáis entender mis dudas, aunque el caso es que, más allá de su fácil acomodación a la simplicidad que pide su destinatario natural adolescente este Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, escrito por Annabel Pitcher y publicado en 2011 por la editorial Siruela en traducción de Lola Diez, sí tiene algunas, bastantes, virtudes y por ello me atrevo a recomendaros su lectura. Desde esa fecha han visto la luz en la misma editorial otros dos libros de la autora, El silencio es un pez de colores y Nubes de kétchup que se mueven, al parecer, en coordenadas muy parecidas a este que ahora os presento.

Debo deciros de entrada que, en consonancia con este segmento de lectores al que aparentemente -y solo así, como luego veremos- va dirigido, Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea es una novela con un niño, un niño de diez años, como personaje principal. Entronca así con otros libros relativamente recientes que comparten idéntico protagonismo infantil, pienso ahora en El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, o el conocidísimo El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Además, por mi mente ha revoloteado, durante su lectura, y en distintos pasajes del texto, una película también exitosa y con un menor, una niña en este caso, como protagonista, la notable y doblemente oscarizada, Little Miss Sunshine, quizá la recordéis.

Podría pensarse, pues, como acabo de sugerir, que se trata de un libro dirigido a los adolescentes; además, la juventud y una cierta frescura o espontaneidad en las manifestaciones de su autora también podrían indicarnos ese carácter juvenil de la obra. Sin embargo, sin descartar, antes al contrario, lo interesante, educativa, ejemplar y aleccionadora que puede resultar su lectura para un muchacho en formación, pues el libro rezuma enseñanzas, valores, nobles principios (y creo que por ello acabará siendo un éxito de ventas e incluso imponiéndose como lectura escolar), estamos no obstante ante una obra para adultos.

Jamie Matthews es un avispado y sensible niño de diez años. Cuando sólo tenía cinco -por lo que apenas guarda recuerdos de su vida en aquella época- su hermana Rose, que entonces contaba igualmente diez años de edad, murió mientras jugaba con sus padres, su gemela Jasmine y su pequeño hermano, en la plaza de Trafalgar Square en Londres, infortunada y accidental víctima de unas bombas diseminadas por terroristas islámicos en diversas papeleras de la capital inglesa. La brutal y dolorosa desaparición de Rose, altera, destruye irremisiblemente la vida de la familia. Los padres, incapaces de superar el trauma causado por la pérdida de su hijita, acaban separándose cinco años después. La madre deja el hogar familiar para irse a vivir con Nigel, al que conoce en las reuniones de los grupos de ayuda y apoyo psicológico tras el atentado, pues su esposa falleció también en ellos. El padre, destrozado, abandona su trabajo, deja Londres con la ahora quinceañera Jasmine, a la que llaman Jas, con el pequeño Jamie, con Roger, el querido gato del niño, y con la urna que contiene los restos de Rose, que así pasará a vivir sobre la repisa de la chimenea, lo que aclara el en primera instancia extraño título del libro. Todos ellos se instalan en Ambleside, un pueblo perdido en el Distrito de los Lagos, en el noroeste de Inglaterra. Jamie y Jas empiezan el colegio mientras su padre, que no puede olvidar la vida truncada de su pequeña, se hunde progresivamente en una espiral de sufrimiento y autoconmiseración, se emborracha de continuo y descuida totalmente sus obligaciones como cabeza de familia. Los niños, pues, deben salir adelante sin el apoyo de sus progenitores, pues la madre, aunque Jamie cree ciegamente en su pronto retorno, ha decidido dejar atrás a su familia para así remontar el terrible dolor causado por la muerte de su hija, y permanece en Londres con su nueva pareja.

Jamie narra la historia desde ese momento en que, instalados en Ambleside, empiezan no sólo un nuevo curso escolar sino una nueva vida. El niño debe crecer, y lo hará y madurará, todo lo que es posible a los diez años, y la novela es el relato de esa evolución, de ese cambio, de ese curso académico crucial, de ese año decisivo en la vida de todos los protagonistas. Presenciamos, pues, emocionados, la tierna y triste soledad de Jamie, sensible y por ello acosado por sus compañeros de colegio, enamorado de su compañera Sunya -un retrato magnífico el de la niña-, debatiéndose consigo mismo entre el encantamiento que le suscita su joven amiga, paquistaní de origen y musulmana de religión, y el odio irracional que su padre profesa y exterioriza hacia quienes -en una generalización racista- han asesinado a su hija; lo vemos cariñosamente aferrado a su gato Roger, a quien adora, protegido del mundo por su camiseta de Spiderman, presunto regalo y principal rastro vivo en su existencia de su añorada madre, urdiendo planes para el imposible reencuentro, la reconciliación y la normalidad familiar, que tendrá lugar, en su deseado sueño, gracias a su participación, junto con su hermana, en un concurso de la televisión, lo que recuerda la peripecia de la protagonista de Little Miss Sunshine a la que antes me he referido. Y también, de manera tangencial pero igualmente destacada, asistimos al despertar de la estupenda Jasmine a la juventud, sus pelos de colores, sus uñas pintadas, su estética vagamente punki, su primer novio, el recuerdo, también en ella, sobre todo en ella, de su gemela muerta. Y observamos la crisis vital del padre, procurando vagamente rehabilitar su existencia, hundido en el alcohol, la apatía y la desesperación e intentando construir, desde la ruina devastada de su vida, algo parecido a un razonable nido familiar para sus hijos. Y nos entristece, sin comprenderlo del todo, el desapego de la madre, que ahuyenta su pasado en la distancia de sus hijos.

Y todo ello contado desde la perspectiva y con el lenguaje de un niño de diez años, en uno de los formidables logros de la novela, la verosimilitud de la voz narrativa, su ternura, su sensibilidad, la emoción que rezuma cada párrafo. Algunas amigas -así, en femenino- que han leído el libro me han confesado haber llorado con su lectura, yo mismo me he sentido acongojado, al borde de las lágrimas, en muchos pasajes.

En fin, por todo ello, y al margen de las dudas "intelectualoides" del comienzo de esta reseña, os recomiendo vivamente el libro, Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, escrito por una muy joven Annabel Pitcher y que publica Siruela. Como complemento musical a mi reseña, os dejo ahora con Thriller, el clásico de Michael Jackson, que suena en un momento de la novela.


Mañana es mi cumpleaños, y una semana después empiezan las clases en mi nuevo colegio, la Escuela Primaria de la Iglesia de Inglaterra en Ambleside. Está a unas dos millas de nuestra casa, así que papá me va a tener que llevar en coche. Aquí no es como en Londres. No hay autobuses ni trenes por si está demasiado borracho para salir. Jas dice que ella irá conmigo andando si no conseguimos que nos lleven, porque su escuela está como una milla más allá. Dijo Por lo menos nos vamos a quedar en los huesos y yo me miré los brazos y dije Para los chicos estar en los huesos no es bueno. A Jas no le sobra un gramo, pero come como un ratón y se pasa horas leyendo lo que pone por detrás de los envases para ver las calorías. Hoy ha hecho una tarta para mi cumpleaños. Ha dicho que era una tarta sana, con margarina en lugar de mantequilla y casi sin azúcar, así que lo más probable es que sepa raro. Nos la vamos a comer mañana, y me dejan cortarla a mí porque es mi día.

He mirado antes en el buzón y no había nada más que un menú de la Casa del Kebab, que he escondido para ahorrarle a papá el disgusto. Ningún regalo de cumpleaños de mamá. Ni una tarjeta de felicitación. Pero todavía queda mañana. No se va a olvidar. Antes de que nos fuéramos de Londres, yo compré una tarjeta de Nos mudamos de casa y se la mandé a ella. Lo único que escribí dentro fue la dirección de la casa y mi nombre. No sabía qué más poner. Ella está viviendo en Hampstead con el tipo aquel del grupo de apoyo. Se llama Nigel, y yo lo conocí en uno de esos actos conmemorativos en el centro de Londres. Con la barba larga y en plan greñas. La nariz torcida. Fumando en pipa. Escribe libros sobre otros que han escrito libros, cosa a la que no lo veo mucho sentido. Su mujer murió también el 9 de septiembre. Puede que mamá se case con él. Puede que tengan una niña y la llamen Rose y entonces se olviden del todo de mí y de Jas y de la primera mujer de Nigel. Me pregunto si de ella encontrarían algún pedazo. Igual él tiene una urna sobre la repisa de la chimenea y lo mismo le compra flores en su aniversario de boda. Eso a mamá no le haría ni pizca de gracia. 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

T. C. BOYLE. MÚSICA ACUÁTICA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a la última emisión de Todos los libros un libro de este año 2016. Como sabéis nuestros más asiduos oyentes, nuestro espacio ha venido dedicando los programas del mes de diciembre a recomendaciones de libros “viajeros”, obras que despiertan en el lector el espíritu aventurero, el ansia de conocer nuevos países, la voluntad y el anhelo de explorar territorios exóticos, bien sea porque en algunos de los textos elegidos las tramas argumentales se desenvuelven en lugares muy alejados de los de nuestra cotidianidad y por ello altamente sugestivos, estimulando así en nosotros el afán por partir a conocerlos -casos de Vietnam, Australia y los Polos, escenarios de las novelas comentadas aquí los tres miércoles precedentes- e invitándonos a experimentar casi en paralelo lectura y vida (si es que cabe tal distinción), bien sea porque, como ocurre con mi propuesta de esta tarde, el propio libro, al tener como centro una historia de expediciones y descubrimientos, al narrar las peripecias de exploradores y aventureros, contiene expresamente una invitación al viaje, conminando al lector, con la aparentemente inapreciable pero poderosa fuerza persuasiva de la buena literatura, para que abandone todas sus ocupaciones y corra de inmediato a seguir los pasos de los heroicos protagonistas que el autor ha presentado ante sus ojos. Ello ocurre, sin duda, con este Música acuática, que fue la primera novela (publicada en 1981) de T.C. Boyle y que, presentada anteriormente en España en ediciones ya inencontrables de La otra orilla y Galaxia Gutemberg, ha vuelto a ver la luz este 2016 en la Editorial Impedimenta, en traducción de Manuel Pereira.

Confieso abiertamente, de entrada, que a lo largo de estas últimas décadas han sido varias las ocasiones en que tuve en mis manos libros de Tom Coraghessan Boyle (así de impronunciable es su nombre completo) sin decidirme nunca a comprarlos y leerlos. Autor de cerca de treinta novelas y libros de relatos, algunas de sus obras han sido trasladadas al cine, conociendo con muchas de ellas un considerable éxito de ventas. En España, sus libros han sido publicados por editoriales de prestigio -Anagrama, Mondadori o la citada Galaxia Gutemberg-, en cuyos fondos yo “bebo” con asiduidad. Y sin embargo, por alguno de esos extraños impulsos -en absoluto racionales- que nos llevan a elegir o desechar posibles títulos para nuestras bibliotecas, nunca me había decidido a adentrarme en su, como digo, profusa obra narrativa…

… Hasta hace unos meses, en que la pulida edición de Música acuática en la editorial Impedimenta (que acoge en su sello dos o tres novelas más del norteamericano) atrajo mi atención y, tras sustraerme de nuevo varias veces a su influjo, a su irradiación desde los expositores de más de una librería, acabé por ceder a su tentadora atracción y me lancé a comprarlo, leerlo, disfrutarlo apasionadamente, para, pocos días después, entregarme con entusiasmo a la lectura del resto de sus novelas. (PD.- He leído ya otra novela espléndida, Mujeres, también en Impedimenta, sobre las relaciones del arquitecto Frank Lloyd Wright con cuatro de sus esposas/amantes/parejas. No os la perdáis).

Música acuática cuenta, en paralelo -aunque no desvelo nada esencial si anticipo que ambas tramas acabarán por confluir, hecho que cualquier lector avezado intuye desde el inicio-, las historias de dos personajes formidables, uno histórico y con existencia real, Mungo Park, el explorador y naturalista británico que, a caballo de los siglos XVIII y XIX, se lanzó -con una pasión y una entrega rayanas en la obsesión- al descubrimiento de las fuentes del Níger, el legendario río, de enigmático curso, que atraviesa gran parte del territorio del África occidental que bordea el golfo de Guinea, y otro de ficción, Ned Rise, una libre e imaginativa creación del autor, un individuo marginal, estafador, ladrón de cadáveres, un proscrito, un buscavidas que se mueve en los límites de la legalidad en un Londres desolador, absolutamente dickensiano, que padece en sus calles y en sus gentes los peores efectos de la revolución industrial, en esos años finiseculares en los que el mundo conocido perece mientras nace un nuevo orden mundial.

Mungo Park fue, como he señalado, un atrevido aventurero escocés que con veintipocos años, y auspiciado por la muy british Sociedad Africana para la Promoción de la Exploración, se lanzó, remontando el río Gambia y atravesando el Senegal, en pos de la resolución del misterio del río Níger, cuyo curso, desde Plinio y León el Africano, había sido objeto de especulaciones sin cuento durante siglos. Nadie sabía a ciencia cierta dónde desembocaba el Níger -había incluso algunas dudas acerca de si iba o no a dar a la mar. Una camarilla (…) insistía en que el Níger ni perdía fuerza en el Gran Desierto ni corría hacia el lago Chad. Si eso era así, la expedición se quedaría varada en medio del continente, sin ninguna posibilidad de retornar contra la corriente y enfrentada a largas y peligrosas caminatas por un territorio inexplorado -una perspectiva que olía a muerte, una inversión desastrosa y pésima-. Otros, sin embargo, opinaban que el Níger era en realidad el afluente superior del Nilo o del Congo, en cuyo caso la expedición podrá con toda seguridad -tal vez incluso festivamente- dejarse llevar por la corriente hacia el mar. Mungo estaba seguro de que esto último era cierto, e insistía en que tan pronto llegaran a la desembocadura del Congo sería muy fácil tomar un barco negrero con destino a Santa Elena o las Antillas. Obligado a abandonar esa primera expedición, fracasado su proyecto por la dureza de las condiciones meteorológicas, la hostilidad de la naturaleza y los constantes ataques de los lugareños, y de vuelta a Inglaterra, Park dará cuenta de sus andanzas en Viajes a las regiones interiores de África. 1795-1797. Diez años después, en 1806, retomará su sueño para, entre padecimientos indecibles y calamidades sin cuento (A finales del siglo XVIII, la costa de África occidental -desde Dakar hasta el golfo de Benín- tenía fama de ser el lugar más pútrido y pestilente del mundo. Con aquellos calores y humedades, con sus diluvios y las galaxias de insectos, era una especie de monumental cado de cultivo para las más exóticas y mortíferas enfermedades. “Cuidado con el golfo de Benín —decía una cantinela de marineros—, sólo uno de cada cuarenta sale de allí con vida.” Las fiebres acompañadas de erupciones: el pián, el tifus y la tripanosomiasis, prosperaban allí al igual que los gusanos con la boca en forma de garfios, el cólera y la peste. Había gusanos planos de bilharziosis y gusanos de Guinea en el agua potable, así como filarias en la saliva de mosquitos y tábanos, y los afilados incisivos de murciélagos y lobos transmitían la hidrofobia. Bastaba con salir al exterior, darse un baño, beber agua o comer cualquier cosa para que todos ellos -bacilos, espirilos y coccidios, virus, hongos nemarodos, tremarodos y amebas- te carcomieran la médula y los órganos, enturbiándote la visión, destrozándote los nervios, desvaneciendo tus recuerdos de la misma manera que un borrador en su vaivén sobre la pizarra pulveriza una oración), confirmar lo acertado de sus hipótesis, resolver la incógnita del legendario río (que efectivamente desarrolla sus más de cuatro mil kilómetros avanzando, desde sus fuentes en Guinea Conakry, primero hacia el este, atravesando Malí, para, más adelante, girar hacia el sur y descender por Níger, Benín y Nigeria hasta desembocar en las aguas del Golfo de Guinea) y perder finalmente la vida entre sus procelosas aguas tras combatir infructuosamente con hordas de airados indígenas.

Sobre esta base histórica, bien documentada, cimenta Boyle este primer eje de su libro, dibujando un Mungo Park poliédrico, que se debate entre su impulso viajero y la devoción y el cuidado de su familia (espléndido el perfil de Allie, la abnegada y a la vez atrevida esposa de Park, una feminista avant la lettre). El joven “héroe” aparece descrito como un soñador, muy firme sin embargo en su propósito, que vive atrapado por su quimérico objetivo (Lo oigo en sueños, lo oigo por la mañana cuando me despierto y los pájaros trinan en los árboles -un susurro, un retintín-, un sonido musical. ¿Sabes qué es? Es el Níger. Precipitándose, cayendo, arrastrándose hacia su ignota desembocadura, corriendo hacia el océano. Eso es lo que oigo, Allie, noche y día, día y noche. Música), incapaz de acomodarse a su feliz -pero incompleta- vida hogareña en su casa en Yarrow, Escocia, tal y como se deduce de la carta en que comunica a su mujer que volverá a África: El Yarrow es aburrido, la vida es aburrida. Más allá de eso hay otros prodigios, otras maravillas esperando al hombre capaz de arriesgarlo todo para descubrírselas al mundo. Yo soy ese hombre, Allie, yo soy ese hombre.

En Música acuática Mungo Park es un hijo de la Ilustración, un científico que lucha contra el escepticismo y la mistificación, contra la ignorancia y el desconocimiento. Dice un personaje: Toda nuestra historiografía, empezando por la que nos legaron los griegos hasta la de nuestro fallecido colega Gibbon, es, en el mejor de los casos, una mezcla de rumores, informes de tercera mano, intencionadas distorsiones y ficciones inventadas para el autoengrandecimiento de los partícipes y sus partidarios. Y, por si fuera poco, resulta que además esa mezcolanza de tergiversaciones y desatinos se va aún más distorsionada por el punto de vista del mismo historiador. Y más adelante: El primer hombre blanco que llega hasta aquí y cuenta esto tal como es. Un destructor de mitos, un iconoclasta, que toma nota escrupulosamente de los hechos de la realidad. Si usted no es absolutamente riguroso, hasta el más mínimo detalle, entonces es un farsante (…) Igual que Heródoto y Desceliers y todos esos héroes de gabinete que exploran el interior de África entre las cuatro paredes de sus estudios atestados de libros.

Pero, simultáneamente, y contrariando este eje “racional” y hasta científico, el libro nos traslada a un África de leyenda, en una narración abigarrada y delirante, imaginativa y repleta de excesos, un relato formidable, desmesurado, pleno de inventiva, que alberga multitud de historias fantásticas, de personajes al borde de lo mitológico, y que transcurre en un paisaje de fábula, poblado de animales sorprendentes, de presencias, de voces, de espíritus. Boyle explicita lo singular de su proyecto narrativo -la artificiosidad, la originalidad, la constante recreación de los géneros, la infinidad de citas -muchas de ellas explícitas-, la reinvención, los anacronismos, la parodia, la metaliteratura, el exotismo, el humor, en definitiva, la inmensa, la ilimitada libertad de la ficción- a través de la voz de su personaje: Por supuesto que tomo nota de los hechos. Apunto todas mis observaciones sobre la geografía, la cultura, la flora y la fauna. Desde luego que lo hago. Para eso estoy aquí. Pero ¿atenerme a los hechos y nada más?... Eso es algo que los lectores ingleses nunca aceptarían. Si quieren hechos, pueden leer las actas oficiales de los debates del Parlamento británico. O la sección necrológica del Times. Cuando ellos leen algo sobre África, lo que quieren es aventura, quieren quedarse atónitos. Quieren cuentos como los de Bruce y Jobson. Y eso es lo que yo me propongo darles. Cuentos.

Y cuentos, deslumbrantes historias hay también en la presentación del segundo gran protagonista del libro, el desgraciado Ned Rise, cuya figura no tengo tiempo ya para glosar. Vapuleado por la vida desde su nacimiento, sobreviviendo apenas a una niñez depravada, abriéndose paso entre la abigarrada fauna de desheredados que puebla el Londres industrial, trapicheando en mil y un negocios fraudulentos, salvando a duras penas su pellejo en un ambiente de miseria y falta de esperanzas, su existencia es una sucesión de episodios desgraciados, de embustes y estafas, de asuntos turbios, de persecuciones y engaños, de huidas y golpes y condenas y cárceles. Tras un inacabable -y a menudo hilarante- rosario de episodios vividos entre los bajos fondos londinenses, Rise acabará por acompañar a Mungo Park en su última aventura para, en su transcurso, descubrir que su insulsa existencia hasta el momento, su baqueteado paso por el mundo sin propósito ni razón, carece de sentido. Súbitamente iluminado al contemplar la locura del explorador (Mungo Park podía ser un engreído, un loco ambicioso, un egoísta, un ciego, un inepto, un vanidoso, pero por lo menos tenía una meta en la vida, una razón de vivir (…) arriesgar su estúpido pellejo con el fin de dilatar los mapas y dejar su nombre inscrito en los libros de historia) encontrará un nuevo enfoque para su propia existencia (No bastaba simplemente con sobrevivir. Un perro puede sobrevivir, una pulga. Tenía que haber algo más), en un giro final sorprendente -bastante fiel, al parecer, a los hechos reales acaecidos- y que no puedo, obviamente, revelar.

Leed, no lo dudéis, este Música acuática de T.C. Boyle, un manantial inagotable de buena literatura que os proporcionará numerosas horas de intenso placer. La referencia del título de la novela a la composición de Haendel -con una presencia indudable en el libro, con el Támesis, contrapunto del Níger, como protagonista- facilita mi recomendación musical de esta semana. Os dejo con la Suite nº 2 de esa obra, deseándoos un feliz fin de año y un estupendo comienzo de 2017.


Y silenciosamente fluye el Níger

Adentrarse en el río es como recorrer por dentro una anatomía humana, como navegar a través de las venas y las arterias y lo órganos que gotean, como explorar las cavidades del corazón o extender la mano para tocar el alma impalpable. Tierra, bosque, cielo, agua: el río resuena con el ritmo de la vida. Mungo lo siente, tan constante y omnipresente como el tictac de un reloj sobrenatural, lo siente durante los abrasadores días sin viento y las noches impenetrables que resbalan precipitándose al borde del vacío. Ned Rise también lo siente, y hasta M’Keal. Es una presencia. Un misterio. La sensación de comulgar con lo eterno que lo empaña todo, reduciéndolo al silencio, haciendo que callen los pájaros de cuellos largos, los hipopótamos, las chicharras, los cocodrilos, las fochas, los martinetes y las agachadizas, los grandes peces plateados que saltan en el agua sin salpicar. Es como si todos estuvieran hechizados, el explorador y sus hombres; como si la sangre que palpita en sus venas fluyera al compás del río, como si el Níger los estuviera limpiando de toda culpa, librándolos del horror y las vicisitudes del viaje por tierra. Persuasiva, suave, la corriente que los empuja durante esas primeras semanas de profundo silencio obedece a una fuerza y a una lógica completamente propias.

Pero de repente, una mañana, la tripulación despierta bajo un cielo ensangrentado y es como si les hubieran destaponado las orejas. Los sonidos resuenan brutalmente, insoportables, desde el chirrido de la caña del timón hasta el crujido de las pieles de buey vapuleadas por un viento cruel y tórrido que se ha levantado durante la noche. Los buitres nubios y los grandes grifos reales describen círculos sobre el Joliba, a tan baja altura que los hombres pueden oír el revoloteo de sus alas. Los hipopótamos resoplan como cañonazos y los cocodrilos ladran como perros. De repente todo el universo les está gritando.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

ALICIA KOPF. HERMANO DE HIELO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. A lo largo de este mes de diciembre nuestro programa os trae diversas invitaciones al viaje formuladas a partir de las reseñas de libros que se desenvuelven, en todo o en parte, en territorios ajenos a los de nuestra consabida normalidad, en lugares, regiones y países lejanos y con un punto de exotismo, de tal manera que, en todos los casos -al menos así me ha sucedido a mí-, adentrarnos en sus páginas supone simultáneamente tanto un disfrute desde el punto de vista de la literatura, pues se trata de novelas muy estimables, como una casi irresistible llamada a abandonar nuestras vidas acostumbradas, a menudo anodinas y sin especiales alicientes, para lanzarnos a la aventura, atravesando mares y continentes en busca de las intensas experiencias que los insólitos escenarios de los libros prometen.

Y así, en estas cuatro emisiones del mes “visitaremos” Vietnam y Australia (en donde hemos estado en las dos semanas precedentes), el África central que baña el río Níger (a donde nos desplazaremos dentro de siete días) y, en nuestra edición de hoy, los cada vez más surcados parajes de los polos, la inconmensurable blancura, desolada pero atrayente, del Ártico y el Antártico. El libro, ciertamente singular, que nos transportará a tan gélidos enclaves, es Hermano de hielo, la primera novela, escrita originariamente en catalán y traducida por ella misma al castellano, de Alicia Kopf, el nombre “artístico” de Inma Ávalos, una polifacética creadora que, pese a su juventud -no llega a los treinta y cinco años-, ya cuenta con una relevante obra en distintos campos como el videoarte o las performances. Hermano de hielo que, sobre todo en Cataluña, ha conseguido una extraordinaria repercusión, obtuvo este mismo año el Premio Llibreter, un prestigioso galardón que otorga el Gremio de Libreros catalán.

El libro, editado por Alpha Decay,  es un volumen misceláneo en el que, aunque sea de un modo ligero, pueden atisbarse algunas de las facetas en las que se desenvuelve la multidisciplinariedad de su autora. Hay en él, obviamente, narración, un relato novelesco, pero también fragmentos de investigación histórica, de reportaje periodístico, de crónica documentada, salpicado todo ello de fotografías, diagramas e imágenes, enlaces a páginas web, copias de entradas de blogs, fotogramas de películas, recortes de artículos de prensa, transcripciones de textos literarios o científicos, que complementan el discurrir de una exposición (algunos de cuyos capítulos habían sido anticipados por la autora en otros ámbitos, incluso en su propia bitácora personal) que carece propiamente de trama argumental aunque sí fluye con soltura y agilidad interesando en todo momento al lector. Esta condición heteróclita del libro de Kopf, ese carácter misceláneo, a caballo de diversos géneros, se reconoce de modo expreso, subrayando así el carácter consciente, voluntariamente pretendido del proyecto de su autora, en este fragmento de la obra que, pese a su extensión, no me resisto a transcribir, pues recoge varias de las claves de Hermano de hielo:

Las imágenes se adelantan siempre al pensamiento y contienen a menudo la respuesta a muchos enigmas. Antes de que supiera en qué se convertiría este proyecto, una de las primeras imágenes que recogí para la documentación fue el mapa de Islandia con la espiral de la artista Roni Horn. Ahora la visita a ese lugar se perfila como el punto final de un proyecto que ha incluido diversas exposiciones pero que es, en esencia y antes que nada, narrativo.
En este proceso, primero abordé la investigación histórica sobre el imaginario de los exploradores polares de principios del XX creyendo que redactaba una tesis doctoral. Hasta darme cuenta de que lo que me interesaba era precisamente el enigma de la fascinación por esas imágenes, imágenes que me devolvían preguntas sobre mi propia identidad y que planteaban cuestiones que convergían en aquellos documentos polares. A partir de ahí la exploración debía ser interior, debía ir hacia adentro para encontrar el origen de aquellos glaciares. En las diversas perforaciones a través de los estratos del hielo, llegué al origen más primario de todos nosotros, la familia. Desde ese momento la investigación histórica pasó a parecerme una distracción, la creación visual, ambigua, y la introspección, insuficiente. 
Las nuevas exploraciones removieron fundamentos e hicieron tambalear algunas paredes maestras de mí misma en una deconstrucción que me ha hecho sentir frágil durante unos meses. Un proceso que ha ido acompañado de la iluminación de zonas ocultas hasta entonces, y en paralelo, quizá en consecuencia, la pérdida de puntos de apoyo que creía importantes en mi vida. Todo ello con el telón de fondo de una familia en permanente estado de reconstrucción.
Islandia, entre las dos fallas de los continentes europeo y americano, con su actividad volcánica, sus géiseres, hielo, campos de lava -elementos que relaciono con algunas zonas de mi paisaje familiar-, me espera. Y si esta isla es el punto de unión de los dos continentes, su geografía refleja el rol que todos desempeñamos como resultado de la unión de identidades diferenciadas. Sus inestabilidades, fuerza geotérmica y estallidos son el resultado de esta fricción, cuando las fallas son profundas. Y me declaro islandesa, de ahora en adelante. Poniendo fin así a un proceso que no quiere ser permanente sino sólo una fase del viaje: me enfrento ya no librescamente sino físicamente al imaginario que me ha ocupado en los últimos años.
Lo polar, como lo tropical, es siempre utópico; convención, mitología. No quiere tener nada de épico ni exótico este viaje, tampoco pretende ser una evasión. Al contrario: es un viaje muy íntimo que hago sola hacia el volcán que conduce al centro de la Tierra, para confrontar una serie de metáforas con la realidad. Y como recomendó el profesor Lindenbrock a su discípulo Axel en la conocida obra de Verne, me dirijo hacia la península de Snæfellnes y hasta la boca del Snæfellsjökull para tomar una lección de abismo. Espero encontrar así el cierre de una narración de la que no veo aún el final. Después, el sol de Stromboli.

Y, en efecto, en el texto precedente apuntan las principales líneas de fuerza del libro, de las que yo ahora quiero comentaros con un cierto detenimiento aunque de manera breve tres de ellas.

Cuando el lector se adentra en las páginas de Hermano de hielo se encuentra, de entrada, con una serie de “viñetas” protagonizadas por algunos de los más conocidos aventureros polares. Las peripecias de Peary y Cook, de Shackleton, de Scott, de Amundsen, las rivalidades entre ellos, sus competitivas carreras -en ocasiones amañadas- en pos de un logro que no solo otorgaba la gloria -y un nombre en los libros de Historia- a quien lo alcanzara sino a quien lo hiciera en primer lugar, protagonizan esas primeras páginas y salpican, intermitentes, el resto de la obra que derivará, poco después, hacia otras ramificaciones del “fenómeno polar”, desde la atracción por los polos, la recurrente pulsión del ser humano por la conquista de territorios nunca hollados y la fascinación por los paisajes nevados, resplandecientes en su deslumbrante blancura, hasta casi cualquier otro aspecto vinculado a la gelidez y el hielo. Y así, en fragmentos generalmente muy breves, aparecen las raíces etimológicas de las palabras “ártico” y “antártico”, relacionadas con la existencia o no de osos; algunas novelas que “visitan” esos parajes -Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Poe, o La Esfinge de los hielos y Viaje al centro de la tierra, del indispensable Julio Verne-; la encantadora presencia de los pingüinos; un acercamiento “técnico” a la muerte por congelación o muerte blanca; el sueño del zepelín que sobrevoló el Polo Norte en 1926; el blog del científico español Carlos Pobes, “residente” en la estación polar Amundsen-Scott; un sustancioso artículo sobre el origen y la popularización de las bolas de cristal con nieve en su interior, con la inevitable mención a la que deja caer en el momento de su muerte el personaje que interpreta Orson Welles en Ciudadano Kane, mientras musita el ya legendario Rosebud; notas sobre la estructura y la formación de los copos de nieve y la creación de nieve artificial; reflexiones acerca de la omnipresencia del agua -el deshielo polar como referencia última- en nuestras vidas, también en nuestros cuerpos; el interesante pregón de Pepita Castellví, prestigiosa oceanógrafa catalana, en las fiestas de la Mercè de 2007, coincidiendo con el Año Polar Internacional; el fundamento científico que explica el valor del hielo como paliativo del dolor; y, en fin, las nubes australes, el vórtice polar, el ice blink, los icebergs y los organismos microscópicos que los habitan y colorean y tantos otros fenómenos curiosos que pueden verse en esos espacios imposibles.

Y de continuo, como ya se ha resaltado, aparecen intercaladas infinidad de curiosas anécdotas sobre los hombres -y también una destacada mujer, Louise Boyd, que con sesenta y ocho años sobrevolaría en avión el Polo Norte, en una vida repleta de muchos otros viajes árticos- que protagonizaron la edad heroica de las expediciones polares (aunque de su condición de héroes o antihéroes, hay una sugestiva reflexión a propósito de Fitzcarraldo, la estupenda película de Werner Herzog), de cuyo encantamiento y poderosa vis atractiva da cuenta esta significativa cita de Ernest Shackleton, que Alicia Kopf recoge en el libro: Las regiones polares dejan una impresión en los que han luchado por ellas, cuya profundidad no se explican fácilmente los hombres que no han salido del mundo civilizado.

Pero inmediatamente, con el transcurrir del texto, lo polar, la nieve y el hielo dejan de presentarse en sus aspectos más materiales, más realistas y pasan a usarse como expresivas metáforas, sobre todo en relación con la vida del hermano de la narradora (el Hermano de hielo del título), cuyo autismo, el frío aislamiento al que lo condena su discapacidad, enlaza simbólicamente con el motivo central del libro, tal y como se revela en el largo fragmento que os dejo como cierre a esta reseña.

Y por entre ambos planos, que no se plantean de modo autónomo y en compartimentos estancos, sino que surgen imbricados entre sí, alternándose uno y otro indistintamente en distintos momentos de la obra, irrumpe un tercero, el relato de la vida de la autora. La novela toma entonces otra deriva y se completa con episodios de la existencia de la propia Alicia Kopf (o de su trasunto ficcionado, que no parece diferenciarse demasiado del “real”), que acaba por ocupar la segunda parte del libro convirtiéndose en su núcleo central. Conocemos así, entre otros muchos elementos cotidianos (trabajos, clases, exposiciones, estudios, ejercicio físico, papeleos varios), el proceso creativo de la autora -en un indicativo capítulo titulado Matrioska o teoría de la narradora hueca-, sus lecturas, el sentido de su nombre “de guerra” -ese seudónimo con el que firma sus libros-, la relación con su hermano, con sus padres -que viven separados-, y, sobre todo, su intensa vida sentimental, que incluye ligues, amantes y novios, en una sucesión de experiencias de muy escaso relieve literario y, en su “normalidad”, reducido aliciente humano.

Esta vertiente de la novela -a mi juicio, como puede intuirse, la que me parece menos lograda, muy lejana en interés y calidad del eje estrictamente “polar”- fluye entre una profusión de elementos en los que el valor metafórico del hielo abre la narración a significados más ricos y que trascienden la mera descripción de los hechos. Así, los amores platónicos y los deseos insatisfechos viven “sepultados bajo el hielo”; la espera del amado remite a la mujer del explorador que aguarda su vuelta; el hundimiento emocional de alguna etapa de la vida recuerda al quebradizo hielo que se rompe tras una ligera pisada; la valerosa épica del expedicionario se asocia a la lucha necesaria para superar una crisis personal; el fecundo aislamiento creativo y la frustrada soledad sentimental de la narradora propician la presencia de la acogedora imagen del iglú; el atrevimiento y el riesgo que implican las conquistas polares pueden equipararse a la experiencia creativa, a la ardua labor narrativa, el escritor, al igual que el atrevido aventurero, descubriendo siempre territorios inexplorados, su tarea siempre en el límite, siempre al borde del fracaso; incluso el postrero viaje de la escritora a Islandia, que se describe con detalle en los capítulos finales, no se reduce a la dimensión estrictamente personal, sino que alcanza un valor “artístico”, como cierre del círculo que, en cierto modo, es Hermano de hielo, la verificación tangible, material, de la ficción, de la construcción literaria.

En fin, leed este Hermano de hielo tan interesante (pero solo eso, interesante, una calificación algo fría -cómo no, dado el contexto-; mi valoración no llega al apasionado entusiasmo con el que el libro ha sido recibido por lectores y crítica. Hunter, un tema de la islandesa Björk (otra artista espléndida aunque, muy a menudo, desesperadamente glacial) que se menciona en la novela, cierra por hoy este comentario.


EL HOMBRE DE HIELO

Mi hermano es un hombre atrapado en el hielo. Nos ve a través de él. O, más exactamente, en su interior hay una fisura en la que a veces hay hielo. Él está y no está. Se hace más presente durante algunas épocas en las que sus contornos se ven definidos; a veces se sumerge durante un tiempo en algún lugar. Su percepción puede estar a diez mil metros de altura (le gusta observar el paso de los aviones) o, en los períodos en los que el hielo es más grueso, a diez mil metros de profundidad. Además de los aviones, le interesan los trenes, los coches y los animales. Nosotros tomamos las decisiones por él, puesto que aunque a menudo no reconoce su propio cuerpo, este sigue presente.
—¿Debo comer?
En su aspecto no hay ningún indicio de lo que le ocurre. A falta de señales externas, se genera cierto extrañamiento en los desconocidos cuando se le acercan y él responde tartamudeando. Por suerte vive en una ciudad pequeña, en el barrio lo conocen y la gente en general cuida de él si se lo encuentra parado, dudando si cruzar o no la calle para ir a tirar la basura, en uno de los pocos momentos del día, si no el único, en los que sale solo.
La discapacidad se suele entender como aquello que impide a un individuo ser autosuficiente y, por lo tanto, tener destrezas por las que los demás —la sociedad— quieran pagar. Aunque viéndolo así, en el sentido económico, muchos nos podríamos incluir en esa categoría. También hay gran cantidad de discapacitados que cobran nóminas muy abultadas; discapacitados emocionales severos, cretinos de distintos niveles que dirigen empresas y países. Así que la discapacidad por uno u otro motivo parece una característica bastante extendida entre la mayor parte de la población, incluida yo misma, si nos atenemos al hecho de que nadie es totalmente independiente y funcional del todo. La diferencia más radical se halla en que la dependencia que implica la discapacidad intelectual o física severas, tal y como se entiende vulgarmente el término, conlleva una vulnerabilidad por parte de quien la sufre y un trabajo constante por parte de los que rodean a la persona afectada: cuidados que proporciona gente cuya labor a menudo no se reconoce, y por lo tanto no se retribuye como debería. Del mismo modo, las funciones que pueden ejercer las personas con supuesta discapacidad no carecen de valor por el mero hecho de no ser remuneradas.
Visto esto, puedo decir entonces que mi hermano tiene otras capacidades y ejerce otras ocupaciones: controlador aéreo freelance, observador atento de la fauna local, acompañante silencioso pero presente.
—¿Qué tal? —le pregunto.
—Bienmuybien.
(Lo dice todo junto, es lo que suele responder.) 
M tiene un catálogo de respuestas que le ayudan a afrontar las situaciones sociales. Es así como ha aprendido a integrarse en el mundo de los demás, un mundo al que se ha adaptado como un extranjero en un país lejano y de idioma extraño. Sabe que si todo el mundo se ríe, él tiene que reírse, y que si todo el mundo está serio, hay que estarlo también. Sólo interrumpe las conversaciones para preguntar las cosas que le son urgentes y básicas, cosas que repite cada día a la misma hora:
—¿Voy al baño? —Justo antes de las comidas.
—¿Bebo agua? —En la mesa, antes de comer.
Tener un hijo así, no nos engañemos, es duro para mi madre aunque ella nunca se queje. Pese a que el origen del problema es incierto, creo que a veces se siente culpable. Entre los dos, ella y mi hermano, que ahora ya es mayor y peludo pero conserva la candidez de la infancia en la mirada, se ha generado una cierta interdependencia. Desde que se separó de mi padre, ya hace más de veinte años, no ha tenido ninguna relación seria. Así pues, mi madre es una exploradora polar, y arrastra a mi hermano en su trineo.
De pequeño aún no se sabía qué le pasaba; en el parvulario sólo lo veían algo retrasado en el aprendizaje con respecto a sus compañeros. Sus dificultades se fueron revelando progresivamente a medida que aumentaba la exigencia escolar. Con mucha ayuda y empeño de mi madre consiguió acabar la primaria en la escuela pública del barrio, la misma a la que asistí yo, después de repetir dos cursos. Cuando la terminó, mis padres le buscaron distintas ocupaciones en un periplo en el que recuerdo a menudo a mi madre luchando para que le aceptaran en una u otra actividad o taller manual. Los cursos favoritos de mi hermano eran los de cerámica, de los que aún conservamos bonitos jarrones y figuras en casa; si le dan instrucciones claras, M es un artista meticuloso, que refleja su mundo desde la perspectiva arcaica que se traslada a todo aquello que hace. No habiendo aún ningún diagnóstico que pudiera darle carnet de entrada a centros especializados, centros que por otra parte escaseaban, y a los que al principio mis padres se negaban a llevarle por la dificultad para aceptar la situación, fue de un sitio a otro hasta que entró en una fundación para trabajadores con discapacidad intelectual donde se lavan coches y se realizan tareas de jardinería y limpieza de calles. Le recuerdo durante toda mi adolescencia con su uniforme, un mono verde, saliendo muy pronto por la mañana en bicicleta hacia la fundación. Al cabo de unos años le resultó difícil seguir adaptándose a las exigencias de un trabajo retribuido donde su tutor tenía que tomar muchas decisiones por él, así como respetar sus tiempos —mi hermano puede tardar una hora en salir del baño si nadie lo avisa—, y eso en un lugar concurrido puede generar problemas. Más tarde el médico encontró un remedio: un reloj de cocina que suena al cabo de cinco minutos y al que llamamos Manolo. A mi hermano ese aviso le permite desencallar su estado temporal de congelación y volver a la normalidad.
Después de unos años, y no sin gran pesar de mis padres, que tuvieron que aceptar que M no podía realizar ya una actividad laboral adaptada, pasó al taller de día de la misma fundación, donde se llevan a cabo manualidades y distintas actividades de carácter terapéutico, exentas del matiz laboral.
Desconocemos el origen de lo que le pasa, si se debe a una complicación en el parto —lo sacaron con ventosa, ¿le faltó oxígeno?— o si se trata de algo genético. Esta posibilidad me angustia por si el día de mañana quiero tener hijos. No hay constancia de ningún otro caso en la familia. Algunas investigaciones dicen que el aumento del autismo en los años sesenta y setenta se puede relacionar con el uso de fertilizantes, pero es posible que ese aumento se deba simplemente a que fue entonces cuando se empezó a diagnosticar. Los estudios sobre el tema no dejan nada claro, y los médicos saben muy poco. Hay casos de gemelos genéticamente idénticos criados en el mismo entorno: uno es autista y el otro no. Aún se desconoce la importancia de los factores ambientales o genéticos involucrados, y no hay indicadores biológicos que sirvan para detectar la presencia de este trastorno durante el embarazo. Eso me ha hecho desconfiar de la ciencia: durante años los médicos han dado nombres distintos a mi hermano, de-pendiendo de la moda patológica del momento. Primero fue borderline, de borderline pasó a Asperger, de Asperger a autista, y ahora, como este problema engloba casos tan distintos, se lo llama «trastorno del espectro autista» (tea). Esta etiqueta tan vaga me parece un camino de vuelta a la indefinición; las diferencias de comportamiento y de aspecto entre los distintos casos son tan grandes que unos y otros suelen tener poco en común.
Así pues, cuando llegué al mundo él ya estaba ahí, y durante muchos años fue un enigma, una cosa sin nombre. A mi hermano mayor lo diagnosticaron cuando tenía treinta años. Agradecí poder dar nombre a eso, aunque no fuera el más acertado. Creo que desde entonces he podido hablar más de ello. Es muy importante que las cosas tengan nombre, si no, no existen.
Que el nombre hace la cosa es muy cierto.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

RICHARD FLANAGAN. EL CAMINO ESTRECHO AL NORTE PROFUNDO

Y después, nadie se acordará realmente de ello. Tal como sucede con los grandes crímenes, será como si nunca hubiese ocurrido. El dolor, las muertes, la pena, la abyecta y mísera futilidad de un sufrimiento tan inmenso padecido por tantos; puede que todo ello solo exista entre las páginas de este libro y en un puñado de libros más. Es posible encerrar el horror en un libro, darle forma y significado. Pero en la vida el horror carece de forma, tal como carece de significado. El horror es y punto. Y mientras reina, es como si no hubiera nada en todo el universo que no forme parte de ese horror.

La historia que hay detrás de este libro arranca el 15 de febrero de 1942, con la caída de Singapur, mientras un imperio agoniza y otro despunta. Sin embargo, en 1943, Japón se halla al límite de sus fuerzas, sufre una gran escasez de recursos y está perdiendo la guerra, por lo que la necesidad de construir ese ferrocarril se vuelve acuciante. En China, los aliados suministran armamento al ejército nacionalista de Chiang Kai-shek a través de Birmania, y los estadounidenses controlan los mares. Para poder interrumpir esa crucial línea de suministro al enemigo chino y conquistar la India a través de Birmania –tal es el sueño descabellado de sus líderes–, Japón debe fortalecer el frente birmano por vía terrestre mediante el envío de efectivos y material. Pero no dispone del dinero ni la maquinaria necesarios para construir la línea ferroviaria que tanto necesita. Ni del tiempo.

La guerra, sin embargo, alimenta su propia lógica. El imperio japonés cree que vencerá gracias al indómito espíritu nipón, ese espíritu del que Occidente carece, llamado y considerado la voluntad del emperador. Ese es el espíritu que, según el imperio, prevalecerá hasta su victoria final. Y, para sustentar tan indómito espíritu, para fortalecer esa fe, el imperio tiene la buena fortuna de contar con esclavos. Cientos de miles de esclavos asiáticos y occidentales. Entre ellos veintidós mil prisioneros de guerra australianos, la mayoría de los cuales se había rendido en Singapur por razones estratégicas antes incluso de haber entrado en combate. Nueve mil de esos soldados serán enviados a trabajar en la construcción del ferrocarril. Cuando, el 25 de octubre de 1943, la locomotora a vapor C 5631 se convierta en el primer tren que recorra el trazado completo del Ferrocarril de la Muerte, remolcando en sus tres vagones a dignatarios japoneses y tailandeses, lo hará sobre infinitas capas de huesos humanos, incluidos los restos de uno de cada tres de esos soldados australianos.

Hoy, la locomotora a vapor C 5631 se exhibe con orgullo en un museo que forma parte del gran monumento extraoficial a los caídos de Japón, el santuario Yasukuni de Tokio. Además de la locomotora a vapor C 5631, el santuario alberga el Libro de las ánimas. En él se recogen los nombres de los más de dos millones de nombres que murieron sirviendo al emperador de Japón en los conflictos bélicos que se produjeron entre 1867 y 1951. La inscripción en el Libro de las ánimas que se conserva en este lugar sagrado conlleva la absolución de todos los pecados cometidos. Entre esos nombres se hallan los de 1.068 hombres condenados por crímenes de guerra y ejecutados tras la Segunda Guerra Mundial. Y entre esos 1.068 nombres de criminales de guerra ejecutados se cuentan algunos de los que trabajaron en el Ferrocarril de la Muerte y fueron declarados culpables de malos tratos a los prisioneros de guerra. La placa que preside la locomotora C 5631 no recoge una sola mención a estos hechos. Tampoco se menciona el horror que supuso la construcción del ferrocarril. Ni los nombres de los cientos de miles de hombres que murieron en el empeño. Tal vez no sea de extrañar, puesto que ni siquiera existe consenso en torno al número de personas que perdieron la vida en el Ferrocarril de la Muerte. Los prisioneros de guerra aliados –cerca de sesenta mil hombres– no eran sino una pequeña parte de los que trabajaron como esclavos en esa empresa faraónica. Junto a estos había doscientos cincuenta mil tamiles, chinos, javaneses, malayos, tailandeses y birmanos. O más. Algunos historiadores sostienen que cincuenta mil de estos trabajadores forzados murieron y otros cifran esa cantidad en cien mil, pero hay quienes la elevan incluso a doscientos mil. Nadie lo sabe, en realidad.

Y nadie lo sabrá jamás. Sus nombres ya han caído en el olvido. No hay ningún libro para sus ánimas perdidas. Suyas sean estas líneas.

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a una nueva emisión de Todos los libros un libro, que hoy os recibe así, con este impactante texto, un concentrado pero explícito resumen de la obra que quiero presentaros, una novela espléndida, ganadora el pasado 2014 del Man Booker, el más prestigioso premio de la literatura británica. Se trata de El camino estrecho al norte profundo, escrito por el australiano, nacido en Tasmania, Richard Flanagan, y publicado en nuestro país en el sello editorial Literatura Random House este 2016. La traducción de Rita da Costa permite la ágil lectura, pese a alguna “inconveniencia” menor, como un excesivo uso de las expresiones “los mismos”, “las mismas” como pronombres en lugar de “ellos”, “ellas”; un fallo, por otra parte, muy habitual hoy en día en documentos oficiales y artículos periodísticos que, con inusitada frecuencia, nos asaltan con una redacción pobre y desmañada.

Richard Flanagan es, al parecer, autor de una decena de libros, entre ensayos y novelas, algunos de los cuales habían sido presentados en España, pero yo no lo he llegado a conocer hasta la publicación de esta su obra más destacada, premiada y reconocida mundialmente, objeto también de innumerables traducciones a muy diversas lenguas.

El primero de los dos grandes ejes en torno a los cuales se organiza el libro es la historia de La Línea, ese Ferrocarril de la muerte al que se alude en el interesante texto que encabeza esta reseña, una línea férrea levantada por Japón en la Segunda Guerra Mundial, que debería unir -con intenciones bélicas- Bangkok, capital de Tailandia, entonces Siam, y Rangún, que lo es de Birmania, hoy Myanmar, atravesando centenares de kilómetros de intrincada selva, punteada por bloques de montaña y caudalosos ríos. La construcción de la línea (Una línea legendaria, nacida de la desesperación y el fanatismo, compuesta de mitos y fantasía en la misma medida en que lo estaría de madera, hierro y los miles de vidas que su construcción habría de costar) constituye uno de los episodios más ignominiosos de una contienda por otro lado repleta de ellos, una muestra no demasiado conocida de la brutalidad humana, ejercida en este caso por el ejército japonés, que empleó, durante los muchos años que necesitó el proyecto -a partir de junio de 1942, cuando se inició, y hasta el final de la guerra, tres años después; aunque la estructura básica se liquidó en poco más de un año-, a cerca de trescientos mil prisioneros, sobre todo asiáticos pero también europeos, norteamericanos y, lo que resulta relevante de cara a la obra que os comento, en torno a veinte mil australianos, todos ellos hacinados en infectos campos de concentración y obligados al trabajo en un inhumano régimen de esclavitud. La insensata y desmesurada tarea, una locura que exigía sobreponerse a un clima infernal, con una lluvia torrencial y permanente que convertía cualquier terreno en un lodazal impracticable, y a una naturaleza desbocada y hostil, salvaje e indomeñable, una selva húmeda, oscura e impenetrable, agobiante y opresiva, que albergaba una profusión de amenazantes animales, miríadas de insectos portadores de todo tipo de enfermedades: la pelagra y el cólera, la malaria y el botulismo, llevó a la muerte a miles de hombres -las distintas estadísticas difieren entre sí, según las fuentes, pero las más benévolas nunca bajan de cien mil vidas perdidas-, fallecidos en distintas etapas de la delirante empresa (Esa absurda sucesión de terraplenes, zanjas y cadáveres, de tierra destripada, tierra amontonada, roca reventada y más cadáveres, de bamboleantes puentes de caballete hechos de bambú, traviesas de teca y más cadáveres, de incontables placas de anclaje e inexorables raíles de hierro, y un cadáver tras otro, tras otro, tras otro), a causa no tanto de las muy adversas condiciones “naturales” como, sobre todo, de la ferocidad y la violencia despiadadas con que se desempeñaron los responsables nipones. (Hace unos meses vió la luz en nuestro país, editado por Capitán Swing, otro interesante libro -este un ensayo-, La violación de Nankín, escrito por Iris Chang, que nos da a conocer otra manifestación igualmente abominable del salvajismo genocida del ejercito japonés en la segunda gran guerra: la masacre cometida por las tropas imperiales niponas en la ciudad china de Nankín, con entre doscientos y trescientos mil muertos y varios miles más de víctimas de torturas, violaciones, mutilaciones y muchas otras depravadas formas de bestialidad. Además, un clásico del cine, El puente sobre el Río Kwai, que dirigió Richard Lester en 1957, resulta igualmente un atractivo complemento a la novela de la que hoy os hablo, al centrarse también -aunque desde una perspectiva más optimista y luminosa- en la oscura peripecia de la apertura de la siniestra línea férrea).

Richard Flanagan, cuyo padre participó en la insoportable tarea y fue uno de los afortunados supervivientes, decidió dar cauce literario a los numerosos relatos que su progenitor le había transmitido en relación a la aciaga experiencia vivida en su juventud, y con ese contingente de narraciones estructura el esqueleto central de su novela (cuya última página escribió, cuenta Rodrigo Fresán, horas antes de la muerte de aquel). Para ello, inventa el personaje de Dorrigo Evans, un cirujano militar australiano, tasmano más exactamente, como el propio autor, que, prisionero también de los japoneses, asume tanto por su posición jerárquica -coronel- como por su cualificación profesional y sus indudables cualidades humanas, el papel de representante y, más aun, protector del millar de hombres a su cargo.

Con una estructura compleja, que va y viene en el tiempo -desde un presente en el que el personaje está a punto de cumplir los ochenta años hasta los primeros días de su infancia-, que da voz también a distintos protagonistas -singularmente a algunos de los despiadados oficiales del Japón-, e incluyendo en su centro una emotiva, intensa, conmovedora, romántica e inolvidable historia de amor imposible vivida en su juventud por Dorrigo Evans, poco tiempo antes de su movilización militar, que se narra en la segunda sección del libro pero que acabará permeando todas las demás, incluyendo en ellas los memorables capítulos -el núcleo principal de la novela- dedicados a contar su espantosa estancia, una espeluznante y sobrecogedora vivencia, en el campo de prisioneros de La Línea, El camino estrecho al norte profundo presenta muchos motivos de interés desde este punto de vista casi “documental”. La minuciosa y fidedigna descripción de la vida en el campo de concentración, la exactitud al mostrar las altas dosis de brutalidad y violencia que inspiraban la actuación de los mandos japoneses, el crudo y en algunos casos insoportable inventario de atrocidades perpetradas sobre los prisioneros -pienso en el apaleamiento hasta la muerte de Moreno Gardiner, un soldado cuya figura encierra, de modo muy sutil pero relevante, una de las claves, menor pero significativa, del libro-, la exhaustiva narración -que, muy bien fundamentada, alcanza, sin perder su condición novelesca, la categoría de crónica- de la devastación física y moral de los hombres, de los golpes, las torturas, el cansancio y las enfermedades, del hambre y la suciedad, de las penalidades y la miseria, de sus sucintos harapos, de sus llagas, de sus tribulaciones, de su, en definitiva, deshumanización (Cuando llegara su turno, también él -ese muchacho de mirada tierna que sostenía una lámpara- mataría brutalmente y moriría del mismo modo), constituye uno de los logros del libro y nos permite conocer, como digo con rigor y verosimilitud cercanos casi a los del documento histórico, un vertiente de la barbarie de la que ha llegado a ser capaz el ser humano (Creyó artisbar la verdad de un mundo espeluznante en el que era imposible escapar al horror, en el que la violencia era eterna, la única y grna verdad, mayor que las civilizaciones que creaba, mayor que cualquier dios al que adoraran los hombres, pues era el único dios verdadero. Era como si el hombre existiera con el solo fin de transmitir la violencia necesaria para perpetuar la supremacía de esta. Pues el mundo no cambiaba, su violencia siempre había existido y jamás sería erradicada, los hombres seguirían muriendo bajo la bota, los puños y el horror de otros hombres hasta el fin de los tiempos, y toda la historia humana se reducía a una historia de violencia), de una dimensión similar a la que afloró en los campos de concentración nazis, de los que, sorprendentemente por cuanto la acaecida en Asia no es apenas conocida, la infame tragedia del Ferrocarril de la muerte era contemporánea.

Especialmente emotiva, más allá de la convincente “ambientación”, es, en esta misma vertiente del libro centrada en el sudeste asiático, la construcción literaria de los personajes que penan en aquel infierno. El citado Moreno Gardiner, Jack Raimbow, Chiquitín Middleton, Mick Green, Jackie Mirorski, Gitano Nolan, el joven Lenny (casi un niño, que muere entre delirios, clamando por su pueblo natal en donde esperan los brazos de su madre), Conejo Hendricks, Cangrejo Burrows, Gallito MacNeice, Lagarto Brancusi, Gallipoli von Kessler, Compadre Fahey, Toro Herbert, Cabeza de Oveja, Bonox Baker, Jimmy Bigelow (conmovedora, hasta provocar las lágrimas en el lector, la terrible escena con la trompeta del regimiento en uno de los innumerables funerales), son caracterizaciones vivas, creíbles, muy humanas y profundas pese a su papel poco menos que episódico en la trama. Gentes del común, individuos normales y corrientes, casi todos muy jóvenes, condenados por los azares de la vida a vivir y morir en aquel dantesco escenario. Dorrigo Evans no es un australiano típico, como tampoco lo son ellos, voluntarios de las periferias, barriadas y tierras de nadie de su inmenso país: arrieros, tramperos, estibadores, cazadores de canguros, oficinistas de medio pelo, cazadores de dingos y esquiladores de ovejas. Son empleados de banca y profesores, dependientes, taladores y corredores de apuestas de poca monta, receptores del magro subsidio de desempleo, cantamañanas, matones de barrio, gamberros, buscavidas, pobres diablos sin demasiadas luces, curtidos por las penas, marcados a fuego por una depresión que los había obligado a criarse en chabolas y chozas privadas de electricidad, cuyos padres habían vuelto muertos, lisiados o enajenados de la Primera Guerra Mundial, cuyas madres se las arreglaban para seguir tirando a base de aspirinas y esperanza, que malvivían en asentamientos militares, precarios campamentos gubernamentales, míseros arrabales y barriadas en un mundo decimonónico que se había plantado a trompicones en pleno siglo XX.

Y por encima de todos, Dorrigo Evans, un héroe cívico, un hombre de éxito apreciado y reconocido por sus conciudadanos, que valoran en él su brillante trayectoria como cirujano y su comportamiento ejemplar en la guerra, y que, casi octogenario y con la muerte ya cercana, relativiza sus logros vitales y recuerda tan solo la intensa, fugaz e inacabada historia de amor con Amy, la joven esposa de su tío, a la que había conocido con veintitantos años, cayendo ambos bajo la poderosa atracción del prohibido amor. El amor que nos sobrevive, su recuerdo lo único que nos salva, son, a mi juicio, las claves últimas de esta novela magistral que alcanza en esas cien páginas en las que se desarrolla la apasionada relación sus momentos más sensibles, conmovedores, arrebatadores, palpitantes e inolvidables (aunque parte de la crítica las ha despreciado por considerarlas menores, triviales concesiones a un romanticismo fácil o manifestaciones simplistas de impostura, incluso).

En fin, leed esta espléndida novela, El camino estrecho al norte profundo (título extraído de un haiku de Matsuo Bashō, citado, entre otros muchos, en la obra), estoy seguro de que no os decepcionará. Waltzing Matilda, la conocida canción folclórica australiana, su himno nacional oficioso que ha conocido infinidad de versiones. En esta ocasión os las ofrezco en la interpretación -sin demasiada emoción; buscad, pese a no ser australiano, la desgarradora creación de Tom Waits- de Slim Dusty, un cantante australiano.


¿Y qué fue de la Línea? Con el sueño de un imperio global japonés reducido a polvo radiactivo, el ferrocarril perdió su razón de ser y y sus valedores. Los ingenieros y guardias japoneses responsables de la obra fueron encarcelados o repatriados, los esclavos que se habían quedado para mantener la Línea fueron liberados. Pocas semanas después del fin de la guerra, la Línea empezó a abrazar su propio fin. Los tailandeses la abandonaron, los ingleses la la desmantelaron, los pueblos locales la despedazaron y vendieron.

Y al cabo de cierto tiempo la Línea empezó a torcerse y combarse. Sus terraplenes se vinieron abajo, sus taludes y puentes se vieron arrastrados por el agua, sus zanjas volvieron a llenarse. El abandono dio paso a la metamorfosis. Allí donde la muerte había acechado, regresó la vida.

La Línea abrazó la lluvia y el sol. Las semillas germinaron en las fosas comunes, entre cráneos, fémures y mangos de pico rotos; los zarcillos vegetales rodearon placas de anclaje y clavículas, abriéndose paso con determinación hasta cubrir traviesas de teca y tibias, escápulas, vértebras, peronés y fémures.

La Línea abrazó la hierba que tapizó los terraplenes que los esclavos habían levantado acarreando tierra y piedras en sus canastos de bambú trenzado, abrazó las termitas que devoraron las vigas de los puentes caídos que los esclavos habían cortado, transportado y construido, abrazó la herrumbre que carcomió los raíles que los esclavos habían llevado a hombros en largas filas, abrazó la podredumbre y la ruina.

Solo quedaron el calor y las nubes cargadas de lluvia, e insectos y pájaros y animales y vegetación que nada sabían y a los que nada importaba. Los humanos son tan solo una de tantas cosas, y todas esas cosas anhelan vivir, y la forma de vida más elevada es la libertad: la de un un hombre para ser hombre, una nube para ser nube, el bambú para ser bambú.

Habrían de pasar décadas. Quienes creían que convenía preservar el recuerdo habrían de desbrozar unos pocos tramos de la vía, transformados con el tiempo en extrañas piernas sin tronco, lugares turísticos, lugares sagrados, lugares de exaltación nacional.

Pues la Línea se había roto, como todas las líneas antes o después. Todo había sido en vano, y nada y nada de todo aquello permaneció. Los hombres seguirían empeñados en dotarlo de sentido y esperanza, pero los anales del pasado son un relato enmarañado que solo habla del caos.

Y sobre esa colosal ruina, infinita y soterrada, se extendió la solitaria jungla, allanándolo todo a su paso. De sueños imperiales y hombres muertos, solo la alta hierba quedó.