Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 28 de septiembre de 2016

ALBERTO ROYO. CONTRA LA NUEVA EDUCACIÓN

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca comparece aquí, una semana más con este último programa de un mes de septiembre que hemos dedicado en su integridad a libros relacionados con la educación.

Desde la aprobación de la LOGSE, la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo, llevada a cabo por el entonces gobierno socialista en un ya lejano 1990, en nuestro país hemos asistido -especialmente en los claustros de profesores y en el seno de la comunidad educativa, aunque también fuera de ella, en medios de comunicación y círculos culturales, entre políticos e intelectuales- a un muchas veces agrio debate entre quienes defienden dos visiones contrapuestas de la enseñanza (desde muchos puntos de vista, el asunto más importante de los próximos cincuenta años para nuestra sociedad; de ahí la trascendencia de la controversia), a las que podemos denominar, en una simplificación reduccionista -y en el fondo inexacta- pero que permite entendernos de entrada, “tradicional” y “moderna” respectivamente.

La primera de ellas sostendría el obligado mantenimiento en la enseñanza de valores que desde siglos han demostrado su eficacia práctica y su, por así decirlo, superioridad moral universal; unos principios que, en la opinión de los defensores de estas tesis, habrían desaparecido del sistema educativo actual: el reconocimiento del mérito y la capacidad; la importancia del esfuerzo y el trabajo, el rigor y la exigencia intelectuales; el respeto a la autoridad del profesor; el énfasis en la adquisición de conocimientos sólidos como piedra angular de la enseñanza; la potenciación de la memoria; la necesidad de un uso prudente pero también desacomplejado de la disciplina; la irrenunciable y democrática igualdad de “salida” de todos los estudiantes unida al fecundo elitismo de “llegada”; el reconocimiento a los mejores, a los más laboriosos y a los más dotados frente a incapaces y vagos; la indispensable aspiración a la excelencia y el alejamiento de la mediocridad; la recuperación en las aulas de la paciencia y la humildad, el estudio y la atención, la tenacidad y el sacrificio, la voluntad y el afán de superación, sin cuyo concurso nunca ha sido posible aprender... De este lado del metafórico cuadrilátero se sitúan -al margen de la discusión estrictamente profesional entre docentes- destacados intelectuales, escritores, filósofos o catedráticos -Fernando Savater, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte, Emilio Lledó, Adela Cortina, Félix de Azúa, por citar solo a algunos de los más conspicuos-, que se manifiestan reiteradamente en los medios de comunicación defendiendo los postulados antedichos y criticando el deplorable estado de nuestra enseñanza. Negar la legitimidad de sus pronunciamientos, el indudable acierto de bastantes de sus tesis y la mucha razón que en ellas subyace parece insensato.

En el otro extremo nos encontraríamos a quienes, guiados por idéntico afán de mejorar el estado de nuestra educación, parten de premisas aparentemente opuestas. El mundo es cada vez más complejo, sostienen con obvio realismo, cambia aceleradamente (unos cambios que en síntesis afortunada Alessandro Baricco ha descrito de este poético modo: la superficie en vez de la profundidad, la velocidad en vez de la reflexión, las secuencias en vez del análisis, el surf en vez de la profundización, la comunicación en vez de la expresión, el multitasking en vez de la especialización, el placer en vez del esfuerzo), y algunas de las manifestaciones de esta auténtica “convulsión” social, cultural y hasta -casi- antropológica, inusitada en nuestra pequeña historia como especie, como son el exponencial desarrollo tecnológico y la generalizada introducción de los dispositivos electrónicos en todas las facetas de nuestras vidas, la irrefrenable aceleración de los tiempos, la reformulación del ocio, los cambios de las relaciones y los hábitos sociales, los nuevos modos de entretenimiento, el replanteamiento de la concepción clásica de la familia, las transformaciones en el trabajo, el crecimiento global y uno de sus corolarios más relevantes, el incremento de la “interdependencia” entre personas y pueblos, la facilidad y el consiguiente aumento de los desplazamientos, el desarrollo de las formas, medios, sistemas, protocolos e instrumentos de comunicación, la multiplicación de las vías de acceso a la información y la disponibilidad universal de las fuentes de conocimiento, por citar solo algunas de las más significativas, repercuten inevitablemente en el ámbito escolar, hasta el punto de que hacen indispensable una renovación profunda -una “revolución”- en todas las vertientes de la realidad educativa: los objetivos y el propósito último de la enseñanza; las competencias y habilidades que los alumnos deberían alcanzar; la selección de contenidos que resultarían relevantes en la sociedad del presente y, sobre todo, del futuro; los métodos educativos más eficaces de cara a la consecución de los logros pretendidos en esos entornos -escolares y sociales- tan novedosos; la consideración de distintos modos de concebir los espacios y los tiempos de la enseñanza; la necesidad de la evaluación y los momentos, procedimientos e instrumentos más convenientes para llevarla a cabo; la atención a la diversidad de un alumnado progresivamente más heterogéneo; la transmisión de valores que den a la enseñanza una dimensión que supere a la mera instrucción, y tantos otros… En este sector se alinea -y de nuevo hago abstracción de las filias y fobias que puedan suscitar sus planteamientos entre los docentes “de a pie”- otro amplio contingente de pensadores -casi todos, en este caso, vinculados al ámbito académico-, como pueden ser, con diversos matices en la “adscripción”, José Antonio Marina, Mariano Fernández Enguita, Víctor Pérez Díaz, César Coll o Elena Martín, en nuestro país, y Ken Robinson, Mark Prensky o Roger Schanck, por mencionar algunos de los más conocidos de entre los extranjeros. Resulta innecesario subrayar que, como en el caso anterior, la mayor parte de sus afirmaciones y propuestas son muy atinadas y pertinentes, compartiendo, en cualquier caso, con sus oponentes en las “filas” contrarias, ya se ha dicho, idénticos nobles fines y bienintencionados propósitos.

A mi juicio, pues, y yendo al fondo de los respectivos enfoques (dos “tendencias” solo opuestas en la superficie, pues en mis casi cuatro décadas de experiencia docente, en secundaria y la universidad, no he encontrado nunca a nadie con una mínima solvencia intelectual -aunque es cierto que ignorantes, aprovechados, chapuceros e indocumentados afloran por doquier, no importa cuales sean su ideología, visión del mundo o interpretación de la realidad- que no suscribiera simultáneamente lo esencial de ambos planteamientos), la principal discrepancia entre ellos reside en el distinto modo de entender la misión esencial de la educación y, dentro de ella, del profesorado. Siendo el profesor, en esencia, un “pontífice”, alguien que establece “puentes” entre la ignorante “barbarie” externa a la ciudadela del conocimiento, y el privilegiado reducto de civilización y saber que representa el interior de la escuela, la así llamada concepción tradicional de la enseñanza propondría una operación de “afuera hacia adentro”, mediante la cual los alumnos sin “desbravar” debieran ser los que dieran, con su esfuerzo y entrega, los pasos necesarios para atravesar el puente y aproximarse al territorio de la educación y la cultura, cuya defensa y preservación garantizaría la figura del profesor; mientras que la “facción” renovadora o modernizadora de la enseñanza abogaría por un movimiento de “adentro hacia afuera”, en el que serían las instituciones -y sobre todo el docente- los que deberían transitar ese puente simbólico para, una vez en la orilla “enemiga” (la de la desinformación y la falta de motivación, la de la ignorancia y la estulticia, la de la desidia y la superficialidad, la del disfrute inmediato y la facilidad), atraer a sus estudiantes al benéfico espacio de la formación y la sabiduría.

Si el debate se planteara en estos términos, como una respetuosa y dialogante confrontación entre modos de “explicar” el mundo, concepciones de la realidad, tesis teóricas, argumentos técnicos, soluciones prácticas o, en definitiva, distintos pero legítimos modos de entender el hecho educativo, la polémica que pudiera suscitar no excedería del ámbito académico y universitario y en él se resolvería. Pero aun siendo cierto que las extraordinarias repercusiones -culturales, sociales, económicas, políticas- que tiene la educación en la vida de las naciones -y sobre todo en la de sus ciudadanos-, los múltiples intereses a los que afecta y la considerable carga ideológica que conllevan los diferentes modelos propugnados dotan a las opiniones en materia educativa -sean cuales sean- de una enorme potencialidad conflictiva y pueden, por tanto, enconar una discusión que, en principio, debiera producirse en espacios y con medios más racionales y apacibles, no resulta fácilmente entendible que, al menos en nuestro país, el enfrentamiento “racional”, la contraposición argumentada y sensata de ideas convenientemente fundamentadas haya dado paso -sobre todo por una de las dos fuerzas en liza- a la desconsideración y el insulto al “adversario”, al menosprecio y la descalificación de quien no piensa del mismo modo, a la ridiculización del discrepante y la ofensa a quien sostiene tesis que no se comparten, sumiendo ese indispensable debate sobre la educación -tan necesitada de soluciones de consenso- en un clima de banalización y trivialidad, de apriorismos seudocientíficos y opiniones infundadas, de aseveraciones dictadas por el impulso primario o la intuición indemostrada, de dictámenes rotundos cuya única prueba de consistencia reside en lo categórico de su formulación, en un contexto tan cercano al griterío y la trifulca a los que por desgracia nos tienen tan acostumbrados nuestros políticos y periodistas que las perspectivas de un cambio que, por fin, lleve la educación en España a los niveles que la cordura y la moral compartida, que la economía y el progreso social, que la inteligencia y las legítimas aspiraciones de crecimiento de los españoles exigen, se vislumbran muy remotas.

Y en este espacio de furibunda exaltación emocional se inscribe el libro del que hoy -ya brevemente- quiero hablaros, Contra la nueva educación, escrito por el profesor de secundaria Alberto Royo, presentado por Plataforma Editorial y prologado por Antonio Muñoz Molina con unas inmejorables intenciones pero con una sorprendente falta de información en un escritor -un intelectual, un pensador- tan riguroso y ejemplar, tan lúcido, tan atinado siempre en sus juicios y opiniones como es el escritor jienense. Y ello es así -la inclusión del libro en este a mi juicio deleznable y poco solvente movimiento del exabrupto y de la crítica formulada sin un cabal y sólido conocimiento de lo que se defiende desde el otro lado de la “trinchera”- porque, pese a que Royo confiesa ya desde la introducción -y persiste en ello hasta el último de los tres epílogos de su obra- que su pretensión es la defensa de sus tesis con argumentos y que desea que la lectura de su libro soliviante y suscite debate pero no que resulte agresivo ni ataque u ofenda a aquellos contra cuyos esquemas escribe, solo dos líneas después de esta afirmación, llama a sus oponentes visionarios, iluminados y farsantes, en un preámbulo (todo cabe en siete escasas páginas) en el que, además, desliza calificativos -siempre con los mismos destinatarios, todos ellos aquejados de diletantismo educativo- como embaucadores, listillos, vendedores de felicidad, telepredicadores de la ignorancia sublimada, dispensadores de placebos pedagógicos, charlatanes, agentes patógenos, acusando a quienes no piensan como él de perpetradores de ocurrencias, hallazgos terminológicos, innovaciones insensatas, supercherías, propuestas excéntricas, culpables de sumir a la educación -y al país entero- en un apocalíptico estado de regresión intelectual, buenista, antiilustrado, facilista, populista, bobalicón, profundamente reaccionario, en el que se defendería el igualitarismo en la mediocridad, el desprecio del conocimiento, la desconsideración hacia el esfuerzo y la aversión al mérito. Como se ve (¡¡ya solo en la introducción!!), una peligrosa pendiente de improperios (y un intelectualmente inadmisible juicio de intenciones) en la que ya había incurrido mi estimado (y lo seguirá siendo, su criterio en estas cuestiones deformado -a mi juicio- por la falta de información) Muñoz Molina en un prólogo en el que afloran términos como pseudoexpertos, charlatanes, brujos, gurús, sanadores, astrólogos y otros similares para referirse a quienes -en su opinión- han desbaratado nuestro sistema educativo. (Por poner un solo ejemplo de la relativa “miopía” del por tantas razones admirable académico y de la imposible traslación al presente de sus valiosos referentes educativos, véase este dato, ofrecido por el catedrático Fernández Enguita: en la época de la segunda República, bajo la inspiración de la Institución Libre de Enseñanza, tan querida y elogiada -con razón- por Muñoz Molina, había en España 2.526 profesores de secundaria y 49.168 maestros; la cifra actual, sumando ambos cuerpos, sobrepasa los setecientos mil. ¿Cabe -a partir de estos datos- predicar en nuestros días como hacen los “tradicionales”, así, a priori y sin ningún análisis, la autoridad y el prestigio, la altura intelectual y el respeto moral que sin duda merecía la figura venerable del profesor republicano, para la masa indiscriminada de los profesores de hoy, normalmente mal formada de inicio, seleccionada en unas oposiciones disparatadas e injustas y que jamás rinde cuentas de su trabajo? Le sorprendería a Muñoz Molina leer la prosa “cotidiana” de muchos profesores de secundaria, plagada de faltas de ortografía y anacolutos, carentes en numerosas ocasiones sus perpetradores de la más mínima capacidad para expresar las propias ideas (de haberlas) ¿Son los propósitos y la metodología, los contenidos y las prácticas, los ritmos y los procedimientos de una escuela tan radicalmente distinta extrapolables -como parece defenderse de modo un tanto acrítico y superficial- a la institución escolar en el siglo XXI?).

Y con este enfoque tan profundo, argumentado y “constructivo”, y siguiendo la línea marcada por su admirado Moreno Castillo (cuyo último libro presenté hace siete días y al que Alberto Royo cita de continuo y menciona de forma elogiosa en sus agradecimientos finales), el autor sigue repartiendo mandobles a diestro y siniestro a lo largo de los ocho capítulos y los tres mencionados epílogos del libro, en los que desarrolla su pretensión de desenmascarar a la legión de chamanes (también pedabobos o pedagogós, en otras supuestamente ingeniosas muestras de su profundidad de análisis y su bondad de intenciones) que imponen sus dicterios en los centros de enseñanza, los que prefieren una sociedad imbécil a la que dominar con comodidad, los que prefieren que el derecho al ascenso social sea un derecho restringido, un privilegio, sacando a la luz las absurdas mixtificaciones seudocientíficas con las que los miembros de la recurrente Secta nublarían la conciencia de profesores pusilánimes que se dejan llevar por la corriente imperante (en el paroxismo de esta actitud de descrédito hacia quienes defienden otros modelos educativos llega a decir de César Bona, el maestro español recientemente “finalista” en el prestigioso Global Teacher Prize por su innovador y exitoso buen hacer profesional: tengo la sensación de que se le está utilizando (o quizás él se ha prestado a ello, lo desconozco) para imponer el “modelo de docente de consenso” con el que puedan estar de acuerdo todos los mandamases educativos), y revelando, tras la constante y superficial crítica a unas tesis que no conoce en profundidad y que, en consecuencia, son presentadas -sin acudir jamás a unas fuentes originarias, que, insisto, evidentemente no ha leído-, a partir de fragmentos descontextualizados, retazos de programas televisivos, declaraciones en prensa -todos ellos forzosamente imprecisos y protagonizados, además, en muchos casos, por personajes menores, poco relevantes y nada significativos del estado real de la investigación en pedagogía- y multitud de anécdotas, ocurrencias, simplezas, chascarrillos, generalidades y burdos tópicos de sala de profesores, revelando, digo, las grandes, infalibles, intemporales, sencillas e indiscutibles verdades de la enseñanza, mágicas reglas de oro capaces, de ser correctamente observadas, de solucionar para siempre los problemas de la educación del mundo que viene: Yo pongo a mis alumnos a es-tu-diar [un doble sic de sorpresa por la afirmación y el despreciativo “silabeo”]; Porque el método [para enseñar] no consiste en otra cosa que ser profesor [sic eufórico por el hallazgo tautológico]; Cuando un profesor cierra la puerta de la clase, ahí, nadie lo gobierna [de nuevo un sic, escandalizado esta vez, por el descarado elogio de la irresponsabilidad (o de la sola -y difusa- responsabilidad ante uno mismo)]; Premio o reconocimiento a quien se esfuerce o destaque; sanción o reprobación a quien no lo haga [sic desconcertado por no haber yo previsto, tras tantos años de profesión, que la solución a la compleja dificultad de la enseñanza estaba -como la carta de Poe- tan claramente a la vista]; (Sorprende, por cierto, a propósito del carácter falsamente científico de los fundamentos teóricos de las disciplinas universitarias “renovadoras”, el uso por Royo -en una solitaria ocasión, eso sí- de algunos estudios de psicólogos y neurocientíficos que demuestran la profunda conexión entre lectura y desarrollo cerebral; creyendo, además, que lo hace pro domo sua, por cuanto los “expertos” del “enemigo” estarían, ignorantes despiadados, abogando por la prohibición de la lectura en los centros de enseñanza).

Y así, bajo el látigo fustigador de Alberto Royo van “cayendo”, una a una, como indefensos bolos ante la llegada de su implacable némesis esférica, todas las ridículas preocupaciones teóricas -auténticos parásitos del pensamiento; de hecho, el autor presenta el libro como un compendio de algunas de las variedades de parásitos más peligrosas representadas en los principales dogmas pedagógicos posmodernos, y de ese modo, con los nombres de algunos de estos organismos, titula cada capítulo- con las que la pedagogía ha entretenido su vacuidad y dilapidado su infecundo tiempo en las últimas décadas: la educación en valores, la creatividad, la innovación, el plurilingüismo, la atención a la diversidad, los métodos didácticos renovadores, la presencia de las tecnologías en las aulas, la inteligencia emocional o la vinculación de la enseñanza con la empleabilidad y el mercado laboral. Por el camino, Royo no escatima invectivas -casi siempre ad hominen, ante el más que previsible desconocimiento de la obra, como ya he aventurado- contra los charlatanes, un término que designa un totum revolutum que incluye a, en efecto, escritores de endeble fundamento teórico y cursilería rampante como Paulo Coelho (el cual, por cierto, y como es obvio, no constituye una fuente de referencia en ni uno solo de los muchos textos pedagógicos con “consistencia” doctrinal y científica), pero también a autoridades académicas de prestigio internacional, doctores y catedráticos universitarios con décadas de contrastada investigación y sólidas publicaciones a sus espaldas, como Sir Ken Robinson o Mark Prensky y hasta el pobre, bienintencionado, competente y admirable divulgador… ¡¡Eduard Punset!! (sin que el autor se ahorre el previsible chiste sobre el pan de molde, en un ejemplo paradigmático del tono de su obra).

En fin, leed, claro está, este Contra la nueva educación, de Alberto Royo, aunque solo sea para ampliar la perspectiva si os interesa el fenómeno educativo, a mi juicio uno de los cuatro o cinco temas básicos del debate público en las próximas décadas. Así lo he pretendido también yo en estas cuatro semanas dedicadas al asunto en el mes de septiembre, en el que con una inmerecida voluntad de equilibrio (inmerecida para uno de los “contendientes”, incapaces sus representantes de análisis profundos o propuestas consistentes) os he presentado dos libros de cada una de las “tendencias”, por así llamarlas, mayoritarias en nuestro país en relación con el mundo de la enseñanza. Ampliar la perspectiva, he dicho, y solo eso, porque si hablamos de reflexión, de estudio, de investigación, de exigencia intelectual, de premisas bien fundamentadas, de proyectos realistas, de experiencias conocedoras del mundo -no solo el educativo- en que vivimos y, por tanto, ajustadas a los tiempos, me temo que las tesis “tradicionales” deben buscarse defensores mucho más solventes y rigurosos que los que se vislumbran entre las superficiales páginas de Alberto Royo y Ricardo Moreno Castillo.

The Headmaster ritual, una espléndida canción de The Smiths, grupo de culto de los 80, cierra por hoy nuestro espacio. Su descarnada visión de los aspectos más brutales de la educación tradicional la hacen muy ajustada al tema del debate, aunque es evidente que los postulados de Alberto Royo están muy lejos -por fortuna- de los planteamientos en ella implícitos.

Hablar de lo inmediato, lo cómodo y lo atractivo es mucho más sugerente que recurrir a conceptos como «esfuerzo», «constancia» o «dificultad». Por eso triunfan la «educación fast food» y la «felicidad low cost». Por eso la televisión, la radio, la prensa escrita y la digital actúan de altavoces de embaucadores y listillos que tratan de engatusar al incauto y despachar su poción mágica explotando la ausencia de criterio de la clase política o beneficiándose de corruptelas a mayor o menor escala. Dada la desigualdad de condiciones en la que unos y otros nos encontramos a la hora de defender nuestros planteamientos, debemos comprometernos y combatir en la medida de nuestras posibilidades la ola antiilustrada y mentecata que nos azota, la preocupante regresión intelectual que estamos viviendo. Debemos afanarnos en virar, firmes en nuestras convicciones y seguros de que nuestra causa, la educación pública, es justa, «noble, pero imperfecta», como bien dijo el filósofo Gregorio Luri.

Este libro es mi modesta aportación a la causa. Parto de dos ideas que entiendo que marcan la línea hegemónica de la enseñanza actual: por un lado, la aclamada novedad, que otorga licencia para juzgar (al profesor) y para imponer modas y tendencias sin mediar siquiera la imprescindible reflexión; por otro, la concesión de la categoría de «experto educativo» a quien no lo es. No veo, solo, en todo esto una motivación económica (lo nuevo vende –es, pues, negocio– y lo viejo no). Observo en nuestra sociedad (y por supuesto en la educación) una apuesta por lo elemental, lo corriente, lo vulgar, lo superficial y una ofensiva constante contra la cultura y el conocimiento. Vendedores de felicidad, telepredicadores de la ignorancia sublimada y dispensadores de placebos pedagógicos que se esfuerzan por convencernos de los efectos curativos de sus métodos, campan a sus anchas y son tenidos en cuenta más que quienes opinan de forma discreta, seria e ilustrada. De una u otra forma, por interés mercantil o por deseo de imponer la indigencia intelectual, la enseñanza se nos muestra como un organismo debilitado por las infaustas reformas y contrarreformas educativas y por el daño producido por determinados pedagogos y charlatanes que, ante la imprudencia de una Administración educativa (da igual de qué ideología) ofuscada por lo políticamente correcto y condicionada por sus prejuicios ideológicos, ha visto disminuidas sus defensas hasta quedar expuesto a los numerosos agentes patógenos que sin ninguna piedad atacan el sistema con la intención de someterlo y vivir a su costa.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

RICARDO MORENO CASTILLO. LA CONJURA DE LOS IGNORANTES
 
Hola, buenas tardes. Sed bienvenidos a una nueva edición de Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura en Radio Universidad de Salamanca. En esta ocasión os traigo un nuevo título de la serie que a lo largo del mes de septiembre, y coincidiendo con el comienzo del curso académico en sus diferentes niveles, estamos dedicando a obras que abordan el fenómeno educativo, que tanta trascendencia social, cultural, económica, filosófica y también política o ideológica tiene en la vida de las sociedades y en la de sus ciudadanos.
 
Y quiero enfatizar esta dimensión ideológica del asunto, pues será la que aflore de un modo más notable en las dos emisiones, la de hoy y la de dentro de siete días, que quedan para cerrar estos programas monográficos. Porque si bien en los dos miércoles precedentes los libros presentados nacían -es casi inevitable que así sea- desde una particular y subjetiva visión de la realidad, planteando los problemas de la educación en nuestro complejo, cambiante y tecnologizado siglo XXI y presentando sus posibles soluciones a partir de las personales visiones de sus autores, Ken Robinson, en el caso de Escuelas creativas, y José Antonio Marina, responsable de Despertad al diplodocus, lo cierto es que el muy abundante aparato bibliográfico y la infinidad de referencias teóricas y ejemplos prácticos que los acompañan, así como el enfoque más aparentemente “neutro” o “documental” con el que se argumentan sus respectivas propuestas permiten calificar ambos libros como “ensayos divulgativos” y los acercan -modesta pero convincentemente- a la literatura científica al uso, en la que se pretende “construir” un sistema o esquema general que explique, y en cierto modo agote, el fenómeno objeto del estudio, y que se caracteriza además por una demostrable solvencia técnica, una exposición relativamente académica de las tesis sostenidas, una argumentación contrastada, una fiabilidad de las fuentes empleadas, un rigor en los datos que se ofrecen como documentados y más o menos objetivos y una suficiente “verificabilidad” de las conclusiones obtenidas.
 
No ocurre así en el caso de mis dos últimas recomendaciones “educativas”, en concreto en la de hoy, en la que ya me centro, La conjura de los ignorantes, el furibundo alegato antipedagógico de un autor, Ricardo Moreno Castillo, que ya había publicado un par de ellos en el pasado. En esta ocasión el planteamiento es, en cambio, rabiosamente subjetivo, pues nos hallamos ante un mero conjunto de opiniones, no presentadas con voluntad de “edificar” algún corpus teórico u ofrecer un modelo de análisis de la realidad sobre la que se escribe que aparezca como cerrado o explicativo u omnicomprensivo, sino, al modo de la literatura panfletaria -Panfleto antipedagógico se llamó la primera obra de este profesor de matemáticas centrada en la situación de la enseñanza en España, reivindicando así también, con el beligerante término, su condición de casi clandestina oposición al “poder” supuestamente establecido-, se pretende “desmontar” abrupta y frontalmente, sin ambages ni componendas, las falacias que encierran las tesis sobre la educación dominantes -siempre a su muy personal juicio- entre políticos, responsables, “expertos” y formadores de futuros profesores, de los cuales, Robinson y Marina, mis dos “invitados” de hace unos días, son destacados representantes. Y como luego veremos, en consonancia con esta irrespetuosa dimensión de libelo escrito “a la contra”, en el libro se encadenan críticas agudas, sarcasmos hirientes, menosprecios a mansalva, denuncias que se pretenden clarividentes, atrevidos desenmascaramientos de las presuntas falsedades que se esconden tras aparentes certezas, fogosos improperios, invectivas jocosas, denuestos sin censura y ridiculizaciones al borde del insulto, todo ello emitido en un tono general de suficiencia y condescendencia despreciativa, apasionada vehemencia y exaltada indignación, prejuicios intelectuales, ironía pretendidamente divertida y elemental sentido del humor hecho de tópicos de sala de profesores “cuartelera”, aunque también, justo es reconocerlo, con una absoluta libertad. Sin embargo, y en definitiva, se trata, insisto, de simples opiniones -y basta repasar la sucinta, y en general (hay excepciones notables) algo “vaporosa” bibliografía final para comprobarlo-, interesantes en cuanto representan el sentir del autor, de una parte cada vez menos significativa del estamento docente y, fuera de él, de importantes sectores de nuestra opinión pública, pero, en la mayoría de los casos, solo fundamentadas en la percepción personal de quienes las mantienen, y de todas formas controvertidas y discutibles, tal y como espero que podáis apreciar tras mis comentarios en esta reseña. El libro, publicado por la Editorial Pasos Perdidos a principios de este mismo año, se presenta con un revelador subtítulo -De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza- y con un entregado prólogo del inteligente y siempre polémico Arcadi Espada.
 
El núcleo central de las tesis de Moreno Castillo es simple: las constantes reformas educativas que desde hace más de treinta años se suceden en el mundo (y especialmente en España: la LOGSE, fuente de todo mal para el autor, se aprobó en 1990) se nutren de un sustrato intelectual, académico y pseudocientífico disparatado, el de la pedagogía, que sostenido por psicólogos, sociólogos, asesores, profesores, consejeros, orientadores, políticos y, claro está, pedagogos, y basado en una jerga abstrusa, autorreferencial y vacía de contenido, está condenando a la escuela pública -y de nuevo el marco al que nos referimos es, esencialmente, el español- al descrédito, el desastre y, en último término, la aniquilación. La pedagogía es un mero lenguaje que no alude a ninguna realidad constatable -afirma, categórico- y, en consecuencia, no es una ciencia y no puede imponer sus conclusiones aprovechándose de un estatuto del que carece. Y ello por cuatro razones, tres de las cuales se resumen -sin desarrollo ulterior- en el prólogo (los argumentos ad hominen que emiten sus “practicantes” contra quienes discrepan de las tesis -de la “religión”- oficiales, la resistencia de los pedagogos a cotejar con la realidad las hipótesis que defienden, y la afición de los “sectarios” -la expresión “secta pedagógica”, acuñada por Mercedes Ruiz Paz, ha prosperado en el entorno “contrarreformista”- a crear neologismos). La cuarta de las razones explica la existencia del resto del libro y tiene que ver con las patochadas y estupideces que dicen los pedagogos (Arcadi Espada ya había hablado en el prólogo de bullshit, chorradas y caca de la vaca para calificar las “mentiras” de la “nueva pedagogía”). A develar la falsedad de esas tonterías se dedican los veinte capítulos del libro, que se plantea como una antología de despropósitos, pues el método utilizado consiste en presentar una selección de textos -de desvaríos- suscritos por muy eminentes pedagogos (utilizándose el término no en sentido estricto, “profesionales de la pedagogía”, sino incluyendo en él a todos los que se han dejado abducir [sic] por la jerga pedagógica), con el objetivo explícito de que afloren, sin necesidad de glosas (aunque, como es esperable, el autor comenta larga, profusa y despectivamente cada uno de ellos), los disparates y las extravagancias, la estupidez y la ignorancia que a su juicio encierran. Y así, en las páginas del libro comparecen temas como el derecho de los alumnos al éxito, la responsabilidad del niño, el valor -reaccionario (o progresista)- del esfuerzo, la diversidad del alumnado, la importancia de la creatividad, lo que en realidad esconde el repetidísimo lema “aprender a aprender”, las contradicciones de la escuela, la autoridad del profesor, la necesidad -o no- de la jerarquización y el orden en las aulas, la relevancia de los contenidos en la enseñanza, la pertinencia de la evaluación cuantitativa, las calificaciones y las reválidas, cuestiones todas sobre las que el pensamiento de Moreno Castillo discrepa combativa y airadamente de las premisas sostenidas por los muy cortos de luces partidarios de la innovación y la renovación de la enseñanza.

Estamos, como puede suponerse, ante una casi cruenta -exagerando un poco- manifestación del combate descarnado -fuertemente ideologizado, además- entre quienes se presentan como reformistas o incluso revolucionarios (el vocablo “revolución” aparecía reiteradamente en las dos obras que os presenté en semanas anteriores), que postulan la necesidad de transformar radicalmente la enseñanza ante el nuevo escenario que vive el mundo como consecuencia -aunque no solo- de la incorporación masiva de la tecnología a nuestras vidas, un colectivo -al decir de sus oponentes- que se presenta con la coartada de su superioridad moral como encarnación del progresismo, el izquierdismo y la innovación, y que, además, detenta el poder capaz de decidir sobre cuestiones educativas; y, por otro lado, los profesores de a pie -y quienes les dan voz; valientemente, sostienen sus adalides, pues deben enfrentarse al status quo imperante- que abominarían de los “engendros pedagógicos” y que reivindicarían una enseñanza de calidad basada en lo que siempre ha resultado eficaz: esfuerzo, disciplina, autoridad, respeto, en otras palabras lo que se corresponde realmente con el significado de “pedagogía” (y no en su moderna y desvirtuada interpretación que ha hecho suya la Secta Pedagógica -las enfáticas mayúsculas las pone Moreno): El arte de enseñar, (…) que depende de la capacidad de hablar claramente y de saber escuchar, de la capacidad de entusiasmarse y entusiasmar a los demás, de la capacidad de combinar cierta dosis de autoridad y severidad (que inevitablemente son necesarias cuando se trata de educar a alguien) con la cortesía, la serenidad y las buenas maneras. Todas esas cosas que uno puede aprender observando a los buenos profesores, pero que propiamente no se pueden enseñar (el subrayado, dictado por la perplejidad, es mío).

Sin duda son verdad -y lo afirmo desde la relativa autoridad que me confieren mis treinta y seis años de docencia en la enseñanza pública- muchas de las reflexiones que se presentan en el libro, y realista resulta también la denuncia de un deplorable papanatismo, una notable mediocridad profesional y una vergonzosa indigencia intelectual en más de uno de los defensores de los postulados renovadores, y ciertas igualmente algunas de las situaciones sobre las que Moreno Castillo deposita su mirada crítica -aunque llena de prejuicios-, no resultando por ello sorprendente, antes al contrario, que en este La conjura de los ignorantes haya puntos coincidentes con las opiniones sobre educación -que yo, en general, también comparto- de escritores, intelectuales y pensadores valiosos cuya obra admiro y cuyo criterio considero en la mayor parte de las ocasiones pertinente, como Antonio Muñoz Molina, Javier Marías, Félix de Azúa, Luis Landero, Eduardo Mendoza, Rafael Argullol, Arturo Pérez-Reverte, Adela Cortina, Fernando Savater, Emilio Lledó, Francisco Rodríguez Adrados o Victoria Camps, por citar solo algunos de los que recoge el autor. Por todo ello ya merece la pena la lectura de esta controvertida obra.

Otra cosa es, sin embargo -y aquí afloran las principales carencias del esquemático enfoque de los contrarreformistas (limitaciones inocentes en el caso de los autores antes citados que, educados en una sociedad y en un tiempo sin especial conflictividad en la enseñanza y en los que los principios educativos clásicos, persistentes desde siglos atrás, podían mantener su vigencia, no conocen "desde dentro" la realidad última, compleja y ambigua, poliédrica y confusa, heterogénea y problemática, de escuelas e institutos, pero de enorme responsabilidad -o ceguera- en quienes conviven día a día con estudiantes)-, desconocer que ese mundo idílico de la enseñanza tradicional pudo, en efecto, servir para formar y educar de un modo relativamente satisfactorio a quienes ahora tenemos más de cuarenta años, pero ello con tres matices muy significativos que obligan a relativizar su automática extrapolación a nuestros días: primero, que la cifra de quienes cursaban estudios secundarios era injustamente reducida (la universalización -la democratización- de la enseñanza hasta los 16 años es fruto de la LOGSE); segundo, que un número importante de los hijos de familias de economía precaria, de la clases más desfavorecidas, quedaba fuera del proceso; y tercero, que la realidad externa -y con ella los hábitos de estudio, las costumbres sociales, las vías de acceso a la información, las formas del ocio, la implicación de las familias, los modos de aprender, la capacidad de atención, los estímulos al esfuerzo, la valoración de la disciplina- ha cambiado considerablemente en las últimas tres décadas).

Las reflexiones del autor, en muchos casos, simples ocurrencias o impresiones espontáneas, vagas e imprecisas, con unos niveles de profundidad y solvencia científica cercanos a los de las conversaciones de barra de bar -justo uno de los extremos que se denuncia-, pretenden recoger un supuesto “sentido común” hecho de aparentes obviedades, verdades que no necesitan demostración, tautologías, certezas intemporales que, nacidas en contextos y ámbitos muy disímiles a los actuales debieran seguir siendo válidas en estos, afirmaciones supuestamente indiscutibles, simplismos que denotan inexplicable pereza intelectual, argumentaciones que retuercen de modo caricaturesco las tesis combatidas hasta el punto de hacer decir lo que no quieren a los textos criticados, y reiteración de “mantras” -cultura del esfuerzo, disciplina y respeto, principio de autoridad- que si en esencia no están vacíos de contenido, sí que, en la práctica, significan poco -o no tienen el sentido inequívoco que sus defensores le dan- en un mundo que -fuera de las aulas- cuestiona o hace caso omiso de los valores que tales nociones -en sí estimables- encarnan.

Pretender además -en una inacabable y absurda serie de reduccionistas e inconcebibles simplificaciones- que existe un concepto uniforme y clausurado de “los pedagogos” (como si no hubiera diferencias notables entre todos ellos); que el trabajo de años de investigación y estudio de muchos de estos especialistas es tan solo un esfuerzo estéril y sin valor; que las sobresalientes carreras profesionales -reconocidas por instituciones y universidades de prestigio- “construidas” por un sinnúmero de esos denostados expertos y la cuantiosa cifra de sus libros, artículos, informes y publicaciones académicas de influencia teórica -y eficacia práctica- probadas son pura filfa intelectual y un fraude universalmente aceptado; que el mundo educativo se divide en dos grandes bloques: los estúpidos que incapaces de pensar por sí mismos han sido “abducidos” por una Secta que marca sus pautas desde el poder, y el “poblado galo” irreductible que, lúcido y corajudo, moralmente íntegro e intelectualmente insobornable, no se deja engañar por los fútiles cantos de sirena de una pandilla de falsificadores engañabobos; que todo este movimiento que se manifiesta por doquier en los cinco continentes y que aboga por la adecuación de la enseñanza a los retos que le imponen las aceleradas transformaciones que viven nuestras cambiantes sociedades, responde a un propósito premeditado -una conjura- que un grupo de profesionales irresponsables e ignorantes urde, trama y lleva a cabo de común acuerdo para preservar su incierto futuro profesional conduciendo a la ruina a los pueblos y a sus ciudadanos; que no se puede enseñar a ser profesor (ninguneando, por cierto, y condenando al limbo, a los miles de másteres y profesores que en el mundo entero forman a futuros docentes) pues nada hay que aprender más que la intuición, la voluntad, la responsabilidad y el compromiso -las habilidades docentes surgidas, pues, en los cientos de miles de profesores españoles, por generación espontánea, por talento innato, por los azares de los genes, por inspiración divina-; que todo en la práctica diaria del profesor -la desbordante complejidad de la labor docente en la actualidad- se resuelve atendiendo a las cuatro reglas que el propio Moreno nos brinda graciosamente (antes de comenzar un tema, explicar muy bien los conocimientos necesarios para entenderlo; la explicación ha de ser lenta y pausada, y la pizarra, clara y ordenada [sic]; nunca avergonzar al alumno porque no sepa algo [de nuevo sic]; en la medida de lo posible procurar relacionar la propia materia con las restantes [no puedo evitarlo, otra vez sic]); que el buen aprovechamiento de la vida académica exige por parte de los alumnos el cumplimiento de otros tres “preceptos” que también sintetiza el autor (el alumno ha de llegar a la escuela bien despierto y bien desayunado [¿cabe duda de mi desconcertado sic?]; ha de esforzarse por seguir la explicación y si no la entiende pedir la palabra y que el maestro se la aclare; tiene que dedicar un tiempo en casa a estudiar y hacer los deberes que le manda el profesor… et voilà!, fin de los problemas educativos); que la mejora del alumnado llegará con un razonable ejercicio de la autoridad combinándola sabiamente con una cierta dosis de mano izquierda pero también sin complejos… sostener tal cúmulo de trivialidades delirantes absolutamente inanes, tal cantidad de endebles e inconsistentes simplezas carentes de unos mínimos rigor y solidez y totalmente desconocedoras del perfil de los jóvenes actuales y del de sus familias y entornos, no es admisible intelectualmente y sitúa el pretendido debate entre dos “tendencias” opuestas en una posición tal de desequilibrio que lo convierte en imposible (piénsese, tan solo y a modo de ejemplo, en las quinientas referencias bibliográficas que maneja el catedrático Mariano Fernández Enguita en otro libro reciente y muy estimulante que también os recomiendo -pese a ser su contenido más técnico y específicamente profesional- y que, por desgracia, no puedo glosar aquí, La educación en la encrucijada, que presentó la Fundación Santillana hace unos meses; en particular, sus capítulos 5 y 6, en los que analiza, con datos muy solventes, la situación actual del alumnado y del profesorado de secundaria, respectivamente, aportando propuestas para una reforma de la enseñanza acorde a esa nueva situación, son de lectura ineludible. Es de prever que si la acomete nuestro apocalíptico Ricardo Moreno Castillo los efectos serán devastadores para su injustificada autocomplacencia profesoral).

En fin, publicación admisible (pese a algunos disculpables errores ortográficos), pues, y hasta necesaria y valiosa para mitigar cierto entusiasmo idealista que puede apreciarse en los planteamientos más entregados a la causa “revolucionaria” en educación, y también para poner un imprescindible punto de realismo en un asunto en el que las utopías soñadoras pueden, en ocasiones, desconocer o ignorar la tozudez de los hechos. Interesante también en tanto apunta algunos valores tradicionales o líneas de fuerza “clásicas” en la práctica educativa que, sin duda, no se deberían dejar de lado del todo en el estudio de las indispensables reformas que necesita la enseñanza. Desde la perspectiva de la investigación, el análisis y la confrontación intelectuales, este La conjura de los ignorantes repleto de contradicciones y obviedades resulta, en cambio, a mi juicio, totalmente inútil, pues ambos enfoques -el tradicional y el renovador- “juegan en ligas” muy diferentes, por decirlo con una metáfora futbolística de las que tanto gustan al autor.

Starfish and coffee, un tema de Prince parcialmente “ambientado” en una clase, sirve de ilustración musical a esta mi ya muy larga reseña de hoy. Resulta tentador imaginar que haría “nuestro convencional” Moreno Castillo con una alumna como Cynthia Rose, la protagonista de la canción.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

JOSÉ ANTONIO MARINA. DESPERTAD AL DIPLODOCUS
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que cada miércoles os ofrezco una propuesta de lectura, no siempre estrictamente literaria, con la intención de orientaros, siempre según mi particular punto de vista, en el inabarcable universo de la edición bibliográfica y de recomendaros un libro que a mi humilde juicio pueda tocar vuestra sensibilidad, estimular vuestra inteligencia, despertar vuestras emociones o, en el peor de los casos, entretener vuestro tiempo con una diversión de calidad.
 
En esta nuestra segunda cita de septiembre continuamos con la breve serie que abrimos hace siete días y que aprovecha el comienzo del curso académico en los distintos niveles de enseñanza para presentaros libros relativos al fenómeno de la educación, uno de los asuntos más cruciales en estos momentos de cambio -en la tecnología y en todas sus “derivadas”- y cuyo desarrollo condicionará la evolución del mundo entero -y hasta, enfáticamente, el del ser humano- en las próximas décadas. El título del que esta tarde quiero hablaros es Despertad al diplodocus, la por ahora última obra del prolífico y ubicuo profesor español José Antonio Marina, que vio la luz en la Editorial Ariel a finales del pasado 2015 con el muy sugestivo subtítulo de Una conspiración educativa para transformar la escuela… y todo lo demás.
 
José Antonio Marina fue, originariamente, catedrático de Filosofía en Institutos de Secundaria. Desde hace más de veinticinco años, sin embargo, y tras la extraordinaria recepción de sus libros Elogio y refutación del ingenio y Teoría de la inteligencia creadora (dos textos esenciales en una obra que cuenta con decenas de publicaciones) y la multiplicación de premios (el Anagrama y el Nacional de ensayo, entre los más sobresalientes), abandonó la docencia directa centrándose en su labor de investigador, escritor, conferenciante, editor e impulsor de infinidad de iniciativas que, moviéndose en terrenos tan dispares como la psicología, la neurociencia, la lingüística, la organización empresarial, la religión o la política, se vinculan, de un modo u otro, al tema que hoy nos ocupa, la educación. Es, pues, un reconocido experto en la materia, hasta el punto que, como sin duda sabréis, pues el dato ocupó las páginas de los periódicos y tuvo una importante presencia en los medios de comunicación, elaboró y redactó -a propuesta del PP, en una iniciativa a la que no es descartable que acaben sumándose el resto de los partidos- un Libro Blanco para la reforma de la educación en España (con muchos puntos en común, como es natural, con el texto del que ahora os hablo) que aspira a ser el documento base en el que se fundamente el necesario “Pacto de Estado” que modernice definitivamente el maltrecho escenario de nuestra achacosa educación.
 
El libro parte de la noción -de significado inequívoco- de “conspiración” para, desde su significado más optimista y rebosante de vitalidad, sostener sus tesis. Ya desde la cita inicial que abre la obra -en la que se explica el sentido etimológico del término (conspirar es “respirar juntos”, estar de acuerdo, convocar, unirse varias personas para conseguir algo)- queda clara la voluntad movilizadora del autor, que llama a un proceso colectivo de transformación de la educación, a una revolución generalizada, apasionada y entusiasta, que implique, en una complicidad irradiante, a la sociedad entera -y hablamos, en este caso, de España (aunque el análisis es global y sería aplicable en otros ámbitos e incluso otras culturas diferentes a los nuestros)-, un movimiento efervescente, una ebullición social que despierte de una vez al metafórico diplodocus del título, el anquilosado sistema de enseñanza de nuestro país que, como tantos otros en estos convulsos tiempos, se halla en estado de emergencia educativa.
 
Con una apelación previa -algo enfática e impostada, pero clarificadora y necesaria- al aprendizaje de “humanidad” en que consiste en último término la educación, una idea que se trae a colación a propósito de la desgraciada imagen del pequeño Aylan Kurdi, varado en la playa, su indefenso cuerpecito sin vida multiplicado en todos los noticiarios del mundo, Marina nos ofrece -con su habitual y multidisciplinar profusión de estudios, referencias, datos y estadísticas para argumentar y justificar sus planteamientos, y tocado por un leve aunque, a mi juicio, muy perceptible y enojoso narcisismo- los ejes programáticos de un proyecto para renovar radicalmente la escuela española en solo cinco años, en la conciencia de que solo desde el progreso educativo puede encararse la evolución cultural. Para ello es necesario -arguye- pasar de la consideración del “sistema educativo”, un concepto restringido y a la postre cerrado, al de “sociedad del aprendizaje”, una idea abierta que implica a toda la comunidad. Y es que, aprovechando una vez más el para él recurrente -pues lo menciona en casi todas sus obras- proverbio africano “para educar a un niño hace falta la tribu entera”, el autor defiende esa ya referida movilización educativa de la sociedad, en la convicción de que el contexto en que vivimos forma parte de nuestra inteligencia, razón por la que nos interesa vivir en sociedades más inteligentes (pues ello incrementará la capacidad individual). Un corolario natural de esta idea es que, en consecuencia, solo lograremos el cambio en la educación si cambiamos la sociedad y esta solo lo hará, cerrando el bucle, si mejora la educación. Y otra conclusión -también sostenida con reiteración en otras de sus obras- es que la transformación que se proclama para la educación sería -debería ser- extrapolable, con pautas similares y en un proceso de ida y vuelta, a las empresas, las organizaciones, las administraciones públicas o la sanidad.
 
Antes de entrar a analizar las claves y los agentes de este proyecto global -la escuela, la familia, la ciudad, la empresa y el Estado-, Marina introduce un capítulo previo en el que indica cómo orientarse en ese proceso de cambio. De este modo, sienta las bases que permitan establecer hacia dónde ir, el objetivo final, el horizonte de esta transformación. Defiende así la importancia de una nueva ciencia -más poderosa y “abarcadora” que la psicología, la antropología o la pedagogía, y que en cierto modo las contiene, supera a todas ellas-, la de la evolución cultural y del progreso educativo. Repasando y sistematizando las diversas concepciones de la inteligencia, y distinguiendo en ella dos planos fundamentales, la inteligencia generadora y la ejecutiva, con interesantes análisis de la inteligencia individual y la compartida o social, así como de las posibilidades que ofrecen los cada vez más acelerados avances en inteligencia artificial, acaba por delimitar los fines últimos de la educación pretendida: el fomento -en al menos el 90% de los alumnos- de destrezas que favorezcan la consecución de la felicidad individual y la felicidad objetiva. Y esas destrezas acabarían por configurar, en el análisis que nos presenta, la llamada autorregulación o autogestión, entendida como la capacidad de dirigir los propios procesos psíquicos de acuerdo con metas elegidas. A este respecto, es especialmente revelador el recuerdo que hace Marina de las trascendentales aportaciones de James Heckman, premio Nobel de Economía, que no solo ha demostrado que la influencia de la inversión en educación infantil es la que más beneficio económico “devuelve” a los países, sino que la clave de esas tan positivas repercusiones no está tanto en el aumento de los contenidos como en el desarrollo en los niños -y por tanto, a la postre, en las personas- de hábitos de tenacidad, esfuerzo y entusiasmo, los por él llamados non cognitive skills, que el Instituto de Educación de la Universidad de Londres amplía aludiendo a motivación, perseverancia, autocontrol, metacognición, relaciones sociales, resiliencia y capacidad para enfrentarse a los problemas, y que el propio Marina reformula en términos de gestión de la propia energía mental, gestión de la acción, gestión de la memoria y gestión del pensamiento. Todas estas capacidades se constituirían así en el referente final de una enseñanza que debiera buscar la educación de esa cualidad de autorregulación (Marina prefiere autogestión) de las personas.
 
En la segunda mitad de la obra se analizan, en capítulos independientes, los cinco grandes motores del cambio, como los denomina el autor, ya referidos: la escuela, la familia, la ciudad, la empresa y el Estado, en un esquema casi totalmente coincidente con el de Ken Robinson, comentado aquí la semana pasada. Me detendré especialmente -el tiempo es limitado y apremia- en algunos de los planteamientos para la renovación de la escuela recogidos en el libro.

José Antonio Marina parte del hecho, a mi juicio indiscutible, de que la docencia tiene que ser -va a ser- una profesión de elite, noción acorde con la importancia de la educación de cara el desarrollo de las sociedades en el mundo que viene. Ello supondrá, en consecuencia, que los educadores han de ser profesionales excelentes, extraordinariamente cualificados, pues todo cambio educativo los ha de tener como protagonistas principales. Así, subraya el dato -que proporciona la consultora McKinsey- según el cual los países que año tras año encabezan las listas de los mejores niveles educativos, como Finlandia, Singapur o Corea del Sur, seleccionan al 100% de sus docentes entre el tercio superior -el de mejor rendimiento académico- de sus estudiantes universitarios. En Estados Unidos la cifra baja al 23%, desplomándose, entre los profesores en barrios pobres, a solo el 14%. Sin datos objetivos en España, la realidad es más cercana a la estadounidense, pues resulta evidente que los mejores expedientes no recalan en los claustros de profesores y eligen otros destinos profesionales más prestigiosos y mejor remunerados. Es por ello necesaria una transformación que implique, de entrada, a la profesión docente, pues aun aceptando que hay infinidad de profesores implicados en experiencias renovadoras -y en el libro se ponen interesantes ejemplos de ello, siendo fascinante, al menos a priori, la puesta en marcha por los jesuitas, Horizonte 2020, que pretende reformar de manera sustancial la enseñanza en sus colegios-, existe en muchos casos un cierto conformismo o complacencia o abierta resistencia al cambio (el 97% de los profesores españoles creen, con una autosuficiencia sorprendente, que están suficientemente formados para el ejercicio de su profesión, según el estudio TALIS, de la OCDE). En este sentido, en el capítulo se presentan interesantes reflexiones acerca de la exigencia de una mejora en el sistema de acceso y la formación del profesorado (lo que implicará una renovación sustancial de las universidades y en particular de las Facultades de Educación); de la necesidad de evaluación de los profesores (práctica que deberá acabar por imponerse, superando los hábitos de secretismo en las aulas que aún imperan entre nuestro cuerpo docente); del fomento del trabajo en equipo y de las dinámicas colaborativas frente al individualismo actual; de la potenciación del liderazgo directivo; de la creación de comunidades de aprendizaje y redes educadoras con el barrio, con la ciudad, con el mundo cultural o empresarial; de la importancia de implicar y dar la voz al estudiante, entre otras pistas para un proyecto que habría de abocar en una estimulante transformación de los centros educativos.

Despertad al diplodocus se completa, siguiendo una lógica ascendente de complejidad, con capítulos centrados en la familia como elemento dinamizador del cambio educativo (con sugerentes apuntes acerca de la inteligencia de las familias, los distintos estilos educativos de los padres, la importancia de las relaciones con los progenitores en el desarrollo escolar y personal de los niños, la relevancia de la formación del carácter, la participación de los padres en los centros educativos, y hasta un “decálogo de actividades” en las que se concentraría lo esencial de los benéficos efectos que lleva consigo la implicación parental en la educación), el papel de la ciudad -magnífico ejemplo de inteligencia compartida- como fuente de creatividad, innovación y, en consecuencia, educación de sus ciudadanos (con abundantes ejemplos -Medellín, Gijón, Granollers, la red “Ciudades con Talento”, “La Ciudad de los Niños”, los PEC, “Proyectos Educativos de Ciudad”, Chicago, algunos distritos de Barcelona- de fecundas iniciativas en este sentido), la empresa como organización que aprende y enseña, que crea conocimiento (que incluye, entre otros estimables focos de análisis, una atractiva aportación en torno al talento) y, por último, el Estado (en el que se delimitan las funciones que estados y gobiernos deben asumir en la inevitable transformación de la enseñanza).

El libro finaliza con un epílogo en el que tras reiterar su esperanzador mensaje de movilización educativa se recuerdan algunos de los proyectos en los que la prodigiosa y versátil productividad de José Antonio Marina -y su “activismo educativo”- le llevan a comprometerse. Se trata de iniciativas que, al alcance de cualquier ciudadano a través de internet, pueden permitir su intervención y su participación en el imparable proceso de cambio en la enseñanza que el autor propugna y, racional e ilusionadamente, defiende.

La casa por el tejado, un estupendo tema de Fito y los Fitipaldis que contiene una profunda referencia al mundo de la escuela, complementa esta tarde mi reseña.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

KEN ROBINSON. ESCUELAS CREATIVAS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más, un curso más, a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias que lleva desde 2010 ofreciéndoos nuestros modestos y bienintencionados consejos de lectura en la emisora universitaria salamantina (antes lo hizo desde Onda Cero). Y es que, en efecto, con la emisión de esta tarde damos comienzo a nuestra séptima temporada consecutiva en la frecuencia -tanto convencional como digital- de Radio Universidad, con el programa número doscientos setenta de una ya larga lista de sugerencias lectoras.
 
Con mi propuesta de hoy, y aprovechando el marcado carácter escolar y académico que siempre impregna el mes de septiembre, que alberga el comienzo del curso en los distintos niveles educativos, quiero abrir una breve serie, que se prolongará a lo largo de todo el mes, centrada en libros en los que la enseñanza y la educación protagonizarán mis comentarios. Y así, en este primer programa de la nueva temporada, voy a hablaros -y a recomendaros la lectura, incluso a los no directamente afectados por estos temas, por no ser ya alumnos ni todavía profesores- de Escuelas creativas, el último libro de Sir Ken Robinson, uno de los grandes referentes mundiales en asuntos educativos, un influyente experto sobradamente conocido no solo por su ubicua carrera profesional, que incluye numerosas colaboraciones con diversas entidades, asociaciones y organismos internacionales relacionados con la cultura y la formación, sino también por su sobresaliente repercusión en los medios sociales; en particular, el memorable vídeo de su charla TED, ¿Matan las escuelas la creatividad?, del año 2006, ha sido visto más de trescientos millones de veces en Youtube, y aunque -como señala el autor en una de sus muy frecuentes muestras de humor- esa cifra no es comparable al número de visitas que recibe en dicha plataforma cualquier clip de Miley Cyrus, ello solo se debe a que -escribe Robison- yo no me contoneo como ella. Escuelas creativas, escrito en colaboración con Lou Aronica, vio la luz en nuestro país en diciembre de 2015 con el significativo subtítulo de La revolución que está transformando la educación y con traducción de Rosa Pérez Pérez, en la Editorial Grijalbo, responsable también de la publicación de las dos anteriores obras de Robinson en España, escritas asimismo con Lou Aronica e igualmente interesantes, El elemento y Encuentra tu elemento.
 
A grandes rasgos, tras una oportuna e imprescindible aclaración y delimitación de fronteras conceptuales entre nociones básicas (educación, enseñanza, formación, aprendizaje… y hasta escuela) el libro parte de la descripción y el análisis del funcionamiento de los actuales sistemas de enseñanza surgidos en la Revolución Industrial y caracterizados por la normalización, mostrando su profunda inadecuación a los fines que debe tener la educación dos siglos después de los inicios de aquel trascendental acontecimiento. Sobre la base de esa constatación -de esa crítica- el autor sostiene la necesidad de un cambio y nos lo muestra, nos ofrece una nueva visión acerca de cómo deberían ser los sistemas educativos del futuro. Y consciente de que de nada sirve postular un planteamiento más, meramente teórico, del asunto, propone una teoría transformadora, para pasar práctica y efectivamente de la situación presente a su “revolucionaria” propuesta (la revolución por la que abogo, escribe), basada en principios radicalmente opuestos a aquellos en los que se fundamentan los sistemas educativos mayoritariamente vigentes: la fe en la valía del individuo, el derecho a la autodeterminación, el potencial de evolución y realización personal del ser humano, la importancia de la responsabilidad cívica y el respeto a los demás. A partir de ellos, Robinson “dibuja” los objetivos esenciales de su innovadora propuesta -personal, cultural, social y económico- y determina su meta, su horizonte, la finalidad última de la educación que, a su juicio, no debe ser otra que capacitar a los alumnos para que comprendan el mundo que les rodea y conozcan sus talentos naturales con objeto de que puedan realizarse como individuos y convertirse en ciudadanos activos y compasivos.
 
La mayor parte de las escuelas e institutos de los países desarrollados funcionan conforme a una lógica heredada de una situación, una organización, unos fines, unas necesidades y una realidad que nada tienen que ver con los que vivimos en nuestros días (y mucho menos con el mundo que se aproxima a pasos agigantados y que definirá las próximas décadas). Esa lógica, derivada del desmesurado incremento de la demanda de mano de obra que reclamaba el creciente número de fábricas, industrias textiles y astilleros en los albores del siglo XIX, exigía una formación básica uniforme, estandarizada, que nutriese al sistema productivo de cohortes de trabajadores capaces de afrontar las actividades repetitivas que caracterizaban la producción en serie industrial. En consecuencia, la estructura y los principios, la distribución de los espacios y los tiempos, la selección de materias y los programas educativos, los métodos pedagógicos y los sistemas de evaluación de esas escuelas “normalizadas” se acomodaban a los parámetros de la fabricación de bienes y productos: itinerarios académicos lineales, planes de estudios fijos, fronteras nítidas entre asignaturas, organización estandarizada de la enseñanza, separación estricta por edades, metodologías uniformes, actividades y ritmos idénticos para todos los estudiantes, procesos de aprendizaje basados en la memoria y la repetición, pruebas calificadoras cuantificables, indiscriminadas y rígidas, en definitiva, unos parámetros que, siendo quizá válidos para aquellas concretas circunstancias, producen en la actualidad nocivos efectos en términos de unos generalizados aburrimiento y desinterés, ansiedad y presión, frustración y en algunos casos incluso suicidios, también, con mucha más frecuencia de la deseada -sobre todo en España-, abandono escolar y, lo que resulta aún más grave, descenso en los niveles de conocimiento e inadecuación de la formación a las exigencias de las muy tecnologizadas sociedades de nuestros días; en definitiva, todas las consecuencias de lo que ha venido en llamarse “fracaso escolar” (por citar únicamente un dato, el 20% de los jóvenes españoles entre 18 y 24 años ha abandonado la educación formal y ni estudia ni trabaja, según datos de la Encuesta de Población Activa de 2015).
 
Ante este panorama, y tras glosar muy sucintamente los rasgos de este nuevo escenario en el que nos movemos (baste un significativo ejemplo de ese mundo radicalmente “distinto” al de hace solo unos lustros: En 2014, había unos siete mil millones de ordenadores conectados a internet en la Tierra, el equivalente a la población mundial. En 2015, la cifra se ha duplicado. En 2014, se estimaba que, en un solo minuto en internet, se mandaban doscientos cuatro millones de correos electrónicos, se descargaban cuarenta y siete mil aplicaciones, se realizaban seis millones de visitas a Facebook y dos millones de nuevas búsquedas en Google, se subían tres mil fotografías, se publicaban cien mil tuits, había 1,3 millones de visualizaciones de vídeos de YouTube y se subían treinta nuevas horas de vídeo. Cada minuto… Tardaríamos cinco años en ver todos los vídeos que navegan por la red en un solo segundo), Robinson propone, ambiciosa y, a mi juicio, algo ingenuamente, un controvertido “cambio de metáfora”: frente a una educación tradicional basada, como se ha visto, en los fundamentos de los procesos mecánicos, un modelo de enseñanza renovadora y “ecológica” regida por la vigorización “biológica”, “orgánica” de los centros, que busque la “salud” y el bienestar intelectual, físico, espiritual y social de los estudiantes, la interdependencia de los diferentes agentes educativos, padres y alumnos, profesores y centros, instituciones y autoridades, el “cultivo” equitativo de los talentos de todos los escolares, sin discriminación ni diferencia entre ellos, sean cuales sean sus circunstancias, y la personalización de la enseñanza, lo que supone el desarrollo óptimo de cada alumno, para hacerlos capaces de relacionarse con su mundo interior y con la realidad que les rodea.
 
La parte sustancial del libro se centra en explicar cómo se lleva a la práctica este poderoso cambio de la cultura escolar, el paso de la normalización a la individualización, de la “escuela en serie” al más moderno sistema educativo adaptativo complejo, de la uniformización a la enseñanza personalizada. Ilustrando sus tesis -o incluso fundamentándolas- con numerosas estadísticas, datos, anécdotas y casos reales (en una “técnica” marca de la casa, como pudo comprobarse en El elemento y Encuentra tu elemento, plagados de ejemplos, vivencias y situaciones protagonizados por personas o colectivos concretos), Robinson defiende, en ese revolucionario proceso por el que aboga, el cambio en las escuelas, ofreciendo abundantes muestras de experiencias y proyectos de renovación que, en ese sentido, ya se están llevando a cabo en Estados Unidos, Finlandia (con su paradigmático modelo de excelencia educativa), México, Corea y otras muchas partes del mundo: aprovechamiento de la tecnología en las clases, iniciativas de “escuela en casa” o de “no escolarización”, introducción del teatro o el arte en las aulas o escuelas libres, entre otros.
 
Ese cambio en las escuelas exige, a juicio del autor, investigar y modificar los planteamientos preexistentes sobre alumnos, profesores, directores, familias y autoridades educativas -principales implicados en el proceso-, y también sobre planes de estudio, metodologías y sistemas de evaluación, dedicando diversos capítulos de su libro al análisis pormenorizado de cada uno de estos asuntos. En primer lugar, Robinson se centra en el modo en que los estudiantes aprenden, para conocer así las condiciones necesarias para que lleguen a querer y poder hacerlo. Partiendo de lo que califica como asombrosa capacidad de los niños para aprender por sí mismos, propone personalizar la enseñanza. Del mismo modo, y sobre la base de la controvertida cuestión del carácter diverso y polifacético de la inteligencia, sugiere desarrollar las cualidades y los intereses específicos de los alumnos (cada uno con distintos talentos, personalidades, esperanzas, motivaciones, preocupaciones e inclinaciones), adaptar los horarios a los diferentes ritmos (al modo de los postulados del movimiento de la “educación lenta”), evaluar de manera que se estimule el progreso y el crecimiento personal e introducir el juego en el espacio educativo.
 
En lo que respecta a los cambios necesarios en los profesores, la propuesta de Ken Robinson gira en torno a lo que define como el arte de facilitar el aprendizaje, más allá de otras funciones -poner exámenes, realizar labores administrativas, asistir a reuniones, redactar informes o impartir disciplina- que en la actualidad les ocupan la mayor parte de su tiempo y los atosigan, distrayéndolos -y mermando por tanto su eficacia- de su tarea principal. Esa creación de condiciones óptimas para que los estudiantes aprendan exigiría, en el planteamiento del experto británico, que los profesores motiven a los alumnos, faciliten su aprendizaje, tengan expectativas positivas con respecto a ellos y los capaciten para creer en sí mismos, ofreciendo el autor para cada uno de esos cuatro frentes un amplio abanico de reflexiones y soluciones concretas, entre las que quiero destacar -sin que quepa la glosa en una reseña que avanza ya hacia la desmesura- la “clase invertida”, el “pensamiento de diseño”, la enseñanza como diversión, el “derribo de muros” (aportación docente de profesores no “profesionales” procedentes de la comunidad “civil”, ajena a la universidad y a los centros de enseñanza), el aprendizaje basado en proyectos, la “escuela democrática” (que presupone la incorporación de los alumnos en la gestión) o las propuestas para introducir la creatividad en las aulas (un terreno este, el de la creatividad, en la que el autor es un sobresaliente especialista).
 
En el capítulo relativo a los planes de estudio, y tras un análisis de las áreas de conocimiento en que se ha basado la educación a lo largo de la historia, Robinson explicita las ocho competencias fundamentales que los centros de enseñanza deben proporcionar a los alumnos para su exitoso desarrollo en la vida, las ocho "ces": curiosidad, creatividad, crítica, comunicación, colaboración, compasión, calma y civismo. Sobre esta base formula su propuesta de estructura de un plan de estudios novedoso que, basado en los principios de diversidad, profundidad y dinamismo, debiera recoger, agrupados en unas dinámicas “disciplinas” frente a las clásicas y rígidas “asignaturas”, y en igualdad de condiciones, recursos e importancia, artes, humanidades, artes del lenguaje, matemáticas, educación física y ciencia.
 
El libro incluye también secciones -y no puedo detenerme ya en el comentario pormenorizado de cada una de ellas- sobre los cambios que deben llevarse a cabo en la evaluación (a partir de la premisa según la cual los exámenes no evalúan gran parte de lo que es importante, y además lo hacen de forma muy limitada, se destacan los indudables inconvenientes de esta forma tradicional de evaluación -negativa homogeneización, presión y estrés, escasa fiabilidad, imposibilidad de “medir” lo verdaderamente relevante- y se anticipan mecanismos alternativos de análisis, descripción y valoración del aprendizaje alcanzado por los alumnos, entre los que destacan, como ejemplo revelador, los registros de aprendizaje); en el liderazgo de los directores y las condiciones de los centros (con atinadas reflexiones acerca de la organización de las escuelas de alto rendimiento y sorprendentes ejemplos de centros innovadores); en el papel de las familias (valorando la participación activa de los padres en la enseñanza -y no solo en el seguimiento y la orientación de sus hijos-, la colaboración del entorno familiar en novedosas iniciativas educativas en las escuelas, como lecturas familiares, presencia virtual, uso de redes sociales, acciones de difusión mediática, reuniones, asociaciones e iniciativas varias para padres, e incluso la educación en casa, facilitada en la actualidad por la profusión de cursos en línea); y, por último, en la política educativa y las autoridades, a las que Robinson recomienda que posterguen el ejercicio de los tradicionales mandar y controlar y lo sustituyan por un estimular de forma creativa el ambiente, el clima general de la enseñanza, tal y como se hace, de hecho, en experiencias -que se recogen al final del capítulo- en Argentina, China, Escocia, Otawa, Texas o Dubái.
 
Ante las objeciones que tildan de aventuradas y “progresistas” las tesis que defiende -pretendiendo con ello desautorizarlas, al oponerlas a las “tradicionales” ya consolidadas-, Robinson cierra su libro señalando que los principios y las ideas que lo inspiran han estado presentes en los distintos momentos de la historia de la humanidad y han sido sostenidos por autores de culturas, perspectivas y planteamientos ideológicos muy diversos, llegando a ponerse en práctica, aunque de manera limitada, en centros públicos y privados, en escuelas de áreas marginales y en privilegiadas instituciones de élite, con carácter experimental o en proyectos más o menos institucionalizados. La apuesta que en la actualidad exigen los tiempos es la de la generalización de unas prácticas que, a juicio del experto, resultan indispensables para adecuar la enseñanza a las necesidades de nuestra época. Se trata, pues, de un “cambio de escala” (y aquí es donde, a mi juicio, el planteamiento del entusiasta y brillante experto británico peca de “idealismo”): ampliar las muchas experiencias aisladas que ya se llevan a cabo en todo el mundo hasta llegar a la universalización de otro sistema de enseñanza más justo, inteligente y eficaz.
 
Os recomiendo vivamente la lectura de este Escuelas creativas de Sir Ken Robinson, no solo a quienes estéis directamente implicados -como alumnos o profesores- en el tema de la educación, sino a cualquiera con un mínimo de curiosidad e inquietud sobre el futuro de nuestras sociedades. De entre los muchos temas musicales que aluden al fenómeno educativo, os dejo hoy un clásico, The Old School Teacher, en la voz de Frank Sinatra.
 

miércoles, 27 de julio de 2016

DANIEL JAMES BROWN. REMANDO COMO UN SOLO HOMBRE

El remo es, en varios aspectos, un deporte de paradojas esenciales. En primer lugar, un bote de competición de ocho asientos –impulsado por hombres y mujeres corpulentos y con potencia física- está controlado y dirigido por la persona más baja y menos potente del bote. El timonel –hoy en día, a menudo, una mujer incluso cuando el resto del equipo es masculino- debe tener el carácter para mirar a hombres y mujeres el doble de altos que él a la cara, gritarles órdenes y confiar en que esos gigantes reaccionen inmediata y ciegamente a esas órdenes. Quizá es la relación más extraña que se da en el mundo del deporte.

La física del deporte presenta otra paradoja. Desde luego, el objetivo es que el bote se mueva por el agua tan rápido como sea posible. Sin embargo, cuanto más rápido va el bote, más difícil es remar bien. La complicadísima secuencia de movimientos, cada uno de los cuales tiene que ejecutarse con una precisión exquisita, se convierte en mucho más difícil de realizar a medida que aumenta el ritmo de palada. Remar a un ritmo de treinta y seis es un reto mucho mayor que remar a uno de veintiséis. A medida que se acelera el tempo, la penalización de un error –que el remo toque el agua una décima de segundo demasiado pronto o demasiado tarde, por ejemplo- se vuelve cada vez más severa y las posibilidades de un desastre son cada vez mayores. Al mismo tiempo, el esfuerzo que supone mantener un ritmo rápido hace que el dolor físico sea todavía más devastador y, por lo tanto que la probabilidad de cometer un error sea mayor. En este sentido, la velocidad es el objetivo último del remero, pero también su mayor enemigo. Dicho de otra manera, remar bella y eficazmente a menudo significa remar de forma dolorosa. Un entrenador anónimo lo expresó de forma muy clara: “Remar es como un pato hermoso. En la superficie todo es elegancia, ¡pero debajo el bicho patalea como un condenado!”

Sin embargo, la mayor paradoja del deporte tiene que ver con el carácter de las personas que tiran de los remos. Los grandes remeros y remeras están hechos de materias contradictorias: de agua y aceite, de fuego y tierra. Por un lado, deben tener una gran confianza en sí mismos, egos fuertes y una fuerza de voluntad titánica. Tienen que ser casi inmunes a la frustración. Nadie que no crea firmemente en sí mismo -en su capacidad de aguantar reveses y prevalecer frente a la adversidad- tiene probabilidades de meterse en algo tan audaz como el remo de alta competición. El deporte ofrece tantas posibilidades de sufrir, y tan pocas alegrías, que sólo los más tenazmente independientes y emprendedores tienen las de ganar. Y, sin embargo, al mismo tiempo –y en un aspecto crucial- ningún otro deporte exige y premia el abandono completo del propio yo como lo hace el remo. Los grandes equipos pueden tener hombres o mujeres con un talento o una fuerza excepcionales; pueden contar con timoneles y remeros de proa y de popa extraordinarios; pero no hay estrellas- Lo que importa es el trabajo en equipo: el fluir perfectamente sincronizado de músculos, remos, bote y agua; la sinfonía única, completa, unificada y bella en la que se convierte un equipo en movimiento. No importa la persona ni el individuo.

Se trata de una psicología compleja. Si bien los remeros tienen que controlar su fuerte sentimiento de independencia, al mismo tiempo tienen que mantenerse fieles a su individualidad, a sus capacidades únicas como remeros y remeras y, en general, como seres humanos. Incluso si pudieran, pocos entrenadores se limitarían a clonar a sus remeros más corpulentos, fuertes, listos y capaces. Las regatas de remo no las ganan los clones. Las ganan los equipos, y los grandes equipos son mezclas cuidadosamente equilibradas de capacidades físicas y tipos de personalidad. En términos físicos, por ejemplo, puede que los brazos de un remero sean más largos que los de otro, pero puede que este último tenga la espalda más fuerte que el primero. Ninguno de los dos es necesariamente un remero mejor o más valioso que el otro; tanto los brazos largos como la espalda fuerte son bazas para el bote. Sin embargo, si tienen que remar bien juntos, cada uno de estos remeros tiene que ajustarse a las necesidades y capacidades del otro. Cada uno tiene que estar dispuesto a ceder algo que quizá mejoraría su palada para el beneficio conjunto del bote -que el de los brazos cortos se estire un poco más y que el de los brazos largos se estire un poco menos-, de modo que los remos de ambos vayan paralelos y ambas palas entren y salgan del agua justo en el mismo momento. Esta coordinación y cooperación tan delicada tiene que multiplicarse por ocho individuos de altura y físico variados para sacar el máximo partido de las fortalezas de cada uno. Solo de esta forma las capacidades que trae consigo la diversidad -remeros más ligeros y técnicos en la proa y tiradores más fuertes y pesados en medio del bote, por ejemplo- pueden convertirse en ventajas en lugar de ser desventajas.

Y sacar provecho de la diversidad quizá es incluso más importante en lo que se refiere al carácter de los remeros. Un equipo que solo esté compuesto de ocho remeros muy enérgicos y agresivos degenera, a menudo, en una pelea disfuncional en el bote o se agota en la primera parte de una regata larga. De forma similar, puede que una tripulación de introvertidos silenciosos pero fuertes nunca encuentre la resolución visceral que hace que el bote deje atrás de golpe a sus competidores cuando todo parece perdido. Los buenos equipos son buenas mezclas de personalidades: alguien que encabece el ataque y alguien que se guarde un as en la manga; alguien que presente batalla y alguien que haga las paces; alguien que piense bien las cosas y alguien que tire adelante sin pensar. De alguna manera, todo esto tiene que cuadrar. Ese es el reto más difícil. Incluso después de encontrar la mezcla justa, cada hombre o mujer del bote tiene que entender cuál es su sitio en el entramado del equipo, aceptarlo y aceptar a los demás tal cual son. Si todo coincide con precisión, se trata de una experiencia única. La intensa vinculación afectiva y la sensación de euforia que resulta de ella son la razón por la que reman muchos remeros, mucho más que por trofeos u honores. Sin embargo, se necesitan chicos y chicas con un carácter extraordinario y con una capacidad física extraordinaria para conseguirlo.


Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro que con la emisión de hoy cierra la temporada 2015/2016 y se despide hasta el próximo curso, a principios de septiembre. Esta semana ponemos fin también al breve ciclo que en el mes de julio hemos dedicado a obras centradas en el mundo del deporte, con ocasión de la cercana -hoy ya inminente- inauguración de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. En el caso de mi propuesta de esta tarde se trata de un texto muy interesante con las competiciones de remo -de arraigada tradición olímpica- como núcleo principal, tal y como habréis podido comprobar en la extensa introducción a esta reseña. Se trata de Remando como un solo hombre, la crónica o reportaje o documento de ligera investigación histórica escrito por el norteamericano Daniel James Brown y publicado en España en 2015 gracias al esfuerzo conjunto de Nørdica Libros y Capitán Swing. Con un significativo subtítulo, La historia del equipo de remo que humilló a Hitler, el libro narra la extraordinaria hazaña de los componentes del conjunto estadounidense de remo a ocho que en las Olimpiadas de Berlín en 1936 (se cumplen ahora -el 14 de agosto- los ochenta años de su victoria) batieron al equipo alemán, entre otros duros competidores, en la misma casa y ante la consiguientemente malhumorada presencia del dictador nazi. La traducción de Guillem Usandizaga, que permite y alienta una lectura muy fluida, presenta no obstante algunos enojosos fallos (las “piernas” de las vacas; el equipo de “gimnástica” -un uso del término como poco insólito, si no abiertamente incorrecto-; un chirriante error de concordancia en la página 277; y sobre todo la reiterada presencia de construcciones gramaticales “catalanas”, como el “ya le iba bien”, “ya le parecía bien” y otros similares), acrecentados por la imagino que necesaria preservación del espíritu del texto original, lo que ha supuesto mantener numerosas manifestaciones de la molesta corrección política que atenaza al autor, singularmente la muy frecuente repetición de hombres/mujeres, ellos/ellas, remeros/remeras y otras fórmulas similares (hay varios ejemplos de ello en el fragmento que abre este comentario) que entorpecen la lectura y, al menos en mi caso, acaban provocando irritación.

Cuatro son los frentes que quiero destacar en este Remando como un solo hombre de lectura apasionante (pese a la, en cierto modo, aridez del tema elegido, al menos para quien, como es mi caso, no es especialmente aficionado al duro deporte náutico). En primer lugar la minuciosa indagación en la vida de sus personajes, singularmente en la de Joe Rantz, uno de los remeros, cuya trayectoria biográfica hila la narración. Por otro lado, e imbricada en la peripecia personal de su protagonista, sobresale la fidedigna descripción de la historia de los Estados Unidos en el primer tercio del siglo pasado, con el dramático hito de la Gran Depresión como elemento determinante. En tercer lugar, y en paralelo al relato “norteamericano”, se ofrece -cierto que con una más limitada extensión y un menor peso en el conjunto de la obra- la “fotografía” de la Alemania de los años treinta, con la ominosa presencia -aunque en esos años previos a las Olimpiadas todavía no demasiado sangrienta- del movimiento nacionalsocialista. Por último, permeando el texto entero y constituyéndose en su inexcusable leitmotiv, el libro contiene una muy valiosa profundización en el muy singular universo del remo, con multitud de detalles técnicos, profusión de precisiones sobre la práctica del esforzado deporte e innumerables reflexiones de corte filosófico, casi todas muy interesantes, acerca de los valores que entraña su ejercicio. En todas estas vertientes se aprecia la ingente labor de documentación del autor, que ha conversado con los familiares de los protagonistas, entrevistado a destacados personajes del mundo del remo y consultado una desbordante cantidad de fuentes, diarios, reportajes periodísticos, noticias de prensa, libros, películas y fotografías, citados en casi treinta páginas de interminables -en el buen sentido- notas finales.

El libro parte de una visita de su autor al domicilio de un Joe Rantz nonagenario y al borde de la muerte (que ocurrirá, en efecto, al poco tiempo, cuando el personaje ya había relatado lo sustancial de su historia al periodista). Los emotivos recuerdos del remero, de los que da cuenta entre lágrimas a su interlocutor, son el desencadenante de la historia que Daniel James Brown se ve compelido a narrar, impresionado por aquella apasionante vida cuyos detalles últimos habían permanecido ocultos hasta entonces para la mayor parte del mundo. Y así, con un eje central que se sitúa en 1933 -exactamente en un gris 19 de octubre en que se lleva a cabo la inscripción de los estudiantes universitarios de Seattle interesados en participar en los equipos de remo-, Brown retrocede hasta 1899 para, desde allí, presentarnos la esforzada vida de Joe Rantz, un chico sensible, con una infancia muy complicada, que se sobrepone a su muy difícil situación familiar hasta poder incorporarse -con mucho esfuerzo y considerable sacrificio- a las aulas de la universidad y llegar a participar en la exigente actividad del remo.

La conmovedora trayectoria vital del joven camina en paralelo al avance de unas fechas decisivas para los Estados Unidos en particular y para la humanidad en general, con el país víctima de la sequía y la pobreza, del caos financiero y la depresión económica, surcado por miles de desposeídos que atraviesan la legendaria Ruta 66 en busca de un paraíso imposible en el oeste, en una California de contornos fabulosos, casi mitológicos, “la tierra que mana leche y miel”, y en la que los desfavorecidos de la fortuna creen entrever la solución a todos sus males; y con un mundo en el que germinan los fascismos y que, tras la engañosa calma de los precarios años posteriores a la Gran Guerra, se encamina a una nueva y terrible contienda. Los nueve héroes de Berlín -los ocho remeros y su indispensable timonel- pertenecían, precisamente, a esa clase social golpeada por las inclementes condiciones de la época, los perdedores, los que nada tienen; eran chicos sencillos, toscos, asilvestrados, un poco bastos, de vidas nada refinadas, hijos todos ellos de agricultores, pescadores, madereros y trabajadores de los astilleros del Estado de Washington, jóvenes humildes, de vidas modestas, acostumbrados al duro trabajo, a ganarse la vida, a luchar por salir adelante sin ayudas, esforzadamente.

Las secciones del libro centradas en la vida de Joe Rantz y en la evolución de la Norteamérica de comienzos de siglo, que ocupan la mayor parte de sus páginas, se alternan con otros fragmentos, menores en extensión pero muy descriptivos y reveladores, que recogen el simultáneo crecimiento del fascismo en la Alemania de un Hitler recién llegado al poder que empieza a urdir sus siniestros planes y que prepara la gigantesca operación cosmética de disimulo y ocultación para demostrar al mundo, en las Olimpiadas de 1936, la bondad de su proyecto criminal entonces insospechado aún incluso para la mayor parte de sus conciudadanos. En este contexto berlinés destaca la llamativa presencia en el libro de Leni Riefenstahl, la cineasta alemana, autora de las ampulosas -y geniales, dicho sea de paso- películas propagandistas del régimen hitleriano, importante fuente documental, por otro lado, para que Brown recree las escenas que transcurren en las ceremonias y competiciones olímpicas.

Con ese doble marco de referencia, Estados Unidos y Alemania, la trama se desarrolla, no obstante, en torno al remo. Desde ese otoñal día de 1933 en que Joe se apunta a la para él casi desconocida actividad deportiva, el libro nos acompaña a lo largo de su fatigosa carrera que lo llevará, tres años más tarde, a ganar el oro olímpico junto a sus compañeros y sus lúcidos e inteligentes entrenadores y mentores. Asistimos así a un palpitante relato de los entrenamientos, pruebas, competiciones, récords, certámenes, ensayos y eliminatorias que concluirán en la jornada decisiva -narrada en unos vibrantes capítulos postreros que se leen con tensión y emoción inigualables- de la carrera final ganada ante la frustración de Hitler, sus principales autoridades y setenta y cinco mil estruendosos y a la postre decepcionados alemanes.

Y en el transcurso de esta crónica de la preparación del inigualable equipo de Joe Rantz y sus jóvenes colegas, el autor intercala constantemente pensamientos, sentencias (especialmente interesantes las de George Yeoman Pocock, genial constructor de botes, fantástico educador e inspirado experto en la materia, cuyas clarividentes máximas encabezan cada capítulo), consideraciones y lúcidos análisis sobre el remo, su técnica, las tácticas de competición, las características de los botes, las exigencias físicas que conlleva su práctica y, sobre todo, los valores y las virtudes morales que pone en juego. El libro alcanza así otra dimensión, más humana y universal, que trasciende la mera experiencia deportiva para constituirse en una metáfora general de la vida humana. El remo, su agotadora exigencia, sus retos permanentes, el sufrimiento que lleva consigo, la necesidad de constante superación que implica, la relevancia que en su ejercicio tienen el establecimiento de metas, el trabajo en equipo, la solidaridad y la confianza mutuas, la disciplina y la motivación, el respeto y la humildad, el juego limpio y la entrega a una causa común que supera a la propia individualidad, proporciona enseñanzas sin fin y acaba operando en la obra de Brown como un símbolo, como una forma de vida, como una serie de valores, como, en definitiva, un emblema de la libertad, que se opone -venciéndola- a la mezquina y cruel y despiadada e inhumana brutalidad nazi.

En fin, no caben ya más comentarios para glosar un libro que no necesita mayor labor de desentrañamiento. Es su lectura, que os recomiendo con entusiasmo, la que os hará disfrutar, aprender, emocionaros y conocer la excepcional experiencia de estos nobles e inocentes jóvenes norteamericanos capaces de enseñarnos, con su insuperable logro, tantas lecciones de vida.

Os dejo con Duke Kellington y su interpretación de In a sentimental mood, que suena en el trasatlántico en el que los remeros se dirigen ilusionados a Europa para participar en sus Juegos de ensueño. Con sus notas me despido hasta el curso próximo. Disfrutad de vuestro verano. Adiós.