Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 22 de marzo de 2017

EILEEN CHANG. UN AMOR QUE DESTRUYE CIUDADES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que cada semana os ofrecemos una propuesta de lectura, siempre variada y de calidad, con la intención de facilitar vuestra elección si os decidís a abriros paso entre el ingente arsenal de publicaciones -en torno a setenta mil nuevos títulos cada año- que inundan nuestras librerías sin cesar, de un torrencial modo que hace imposible el seleccionar con tranquilidad y, sobre todo, criterio, una obra literaria estimable.

Más bien en desacuerdo con la aplicación al ámbito literario de la política de cuotas que tan necesaria parece en otros dominios, incurro sin embargo, cada mes de marzo y sin refunfuñar demasiado -al menos en público- en esa un tanto simplista práctica que consiste en repartir igualitariamente -como si en literatura tuviera sentido la igualdad- la presencia de uno y otro sexo en cualquier lista o elenco o registro o enumeración de destacados o favoritos. Y así, con ocasión de la celebración del Día Internacional de la mujer, todas mis recomendaciones de estas semanas marceñas se dedican a libros no solo escritos por mujeres si no que centran sus planteamientos, su trama, sus personajes, su intención, su enfoque, en una perspectiva femenina, aunque no necesariamente teñida de un feminismo reivindicativo, militante o combativo.

Tras Maylis de Kerangal, Adda Ravnkilde y Lucia Berlin, que han comparecido aquí en las semanas precedentes, esta tarde le toca el turno a la para mí hasta ahora desconocida Eileen Chang, una singular escritora china, fallecida hace más de veinte años, de cuya, al parecer, prolífica obra la Editorial Libros del Asteroide ofreció en nuestro país el pasado 2016, una muestra, la novela corta Un amor que destruye ciudades, traducida por Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong y de la que ahora quiero hablaros. (Un par de breves incisos a propósito de la versión al castellano: ¿resultan congruentes con el modo de hablar de una joven y medianamente refinada mujer china en los años cuarenta expresiones como “no me metas en el mismo saco” o “de perdidos al río”? En el mismo sentido, que del fondo gris de un muro sobre el que resaltan la blanca y bella cara, los labios rojos y los ojos brillantes de la protagonista, se diga que “pone en valor” su rostro, resulta un chirriante anacronismo).

Las referencias que la editorial proporciona de la existencia de la propia Eileen Chang la sitúan en un entorno vital muy cercano a aquel en que se desenvuelve la protagonista de su libro. Nacida como Zang Ailing en Shanghai en 1920 en el seno de una familia acomodada, educada por su padre tras la ruptura de su matrimonio y el consiguiente divorcio, Eileen vivió en Hong Kong, en cuya universidad estudiaba, la ocupación japonesa en la Segunda Guerra mundial (algunos de cuyos episodios se reviven en el libro y son fundamentales en su desenlace). De vuelta a una China entregada al comunismo maoísta, las raíces burguesas de su familia y su cosmopolitismo e independencia ante la obligada afiliación a la causa revolucionaria la llevaron, tras un primer matrimonio, a abandonar el país. Radicada en Estados Unidos, en donde volvió a casarse, continuó con la carrera literaria ya iniciada en China, ejerciendo de profesora en diversas universidades y muriendo en Los Ángeles en 1995.

Un amor que destruye ciudades, escrita en 1943, narra la historia de una ya no tan joven -para los parámetros orientales en aquella época- Liusu. Sus veintiocho años y su inesperado divorcio de un esposo indeseable suscitan el rechazo de su familia, los Bai, un clan que vive conforme a pautas tradicionales y bajo cuya férula -hecha, sobre todo, de insinuaciones y sobreentendidos, de murmuraciones y una sutil animadversión de hermanos y cuñadas- se ve obligada a “recogerse”. Imposibilitada, por falta de medios y de preparación profesional, para independizarse y buscar una vida propia alejada de la opresiva atmósfera familiar, Liusu acabará encontrando su oportunidad cuando una casamentera amiga de los Bai, la amigable señora Xu, presenta a Fan Liuyuan, un rico heredero, educado y seductor, de personalidad fascinante, a una de las hermanas menores de la chica con la intención de concertar el matrimonio entre ambos. El atractivo joven, sin embargo, caerá deslumbrado irremisiblemente por Liusu. El relato da cuenta de la intensa -pero no simple ni elemental ni mucho menos previsible- relación entre Fan y Liusu, que se desarrolla, inicialmente, en una anticuada y asfixiante Shanghai, para pasar, al cabo de poco tiempo, a una Hong Kong mucho más mundana, abierta y moderna, a donde la pareja huye y en donde vivirá su profundo y contradictorio idilio, que se verá sorprendido, el 7 de diciembre de 1941, por el ataque japonés a Pearl Harbour y los posteriores bombardeos nipones sobre Hong Kong, seguidos de la ocupación de la posesión británica en las semanas inmediatas, acontecimientos todos que harán cambiar sustancialmente el sentido y la evolución de su amor, en una dirección que no quiero desvelar.

Lo mejor del libro, desde mi punto de vista, está en la presentación de los dos mundos -uno que muere y otro que apenas comienza a nacer- en los que se desarrolla la existencia de Liusu. Por un lado, está el ambiente tradicional de la oscura mansión de la familia Bai (un día en ella equivalía a mil fuera, como se resalta en el significativo fragmento con el que cerraré esta reseña). Un microcosmos -reflejo de toda una sociedad- opresivo, sin libertad, en el que la mujer debe someterse a un estrecho y castrante rol, exigido e impuesto por las rígidas convenciones. Un tiempo detenido (tantas veces reflejado en las películas de Zhang Yimou: los fanales con sus tenues lucecitas, las costumbres seculares, la sujeción femenina, la ciega autoridad del pater familias, los bisbiseos de los sirvientes) que, no por casualidad, se nos muestra -real y metafóricamente- en la primera imagen de la novela, que resalta este atraso en que la joven vive encerrada: En Shangai para "ahorrar con luz natural", como se suele decir, todos los relojes se adelantaron una hora, salvo en la mansión de los Bai. Pero, paulatinamente, la “acción” nos lleva a una China que se abre a la modernidad: un mundo en el que afloran la libertad, el cosmopolitismo, la sofisticación, poblado de deslumbrantes hoteles, de elegantes restaurantes, de cafés y tiendas exclusivas, el universo -tan cinematográfico- del lujo, la ópera, los bailes, el jazz, la vida galante, los clubes nocturnos, también del opio y la refinada prostitución, una sutil y fascinante mezcla de la exquisita elegancia de Oriente y la distinción occidental, que tiene al Hong Kong de aquellos años como escenario perfecto para una singular historia de amor. (Entre paréntesis, yo estuve en Shanghai en los noventa y, con los muchos cambios que el tiempo lleva consigo, pude apreciar -hoy, imagino, nada de eso será posible- ese atractivo contraste, tan propicio a la melancolía, entre un mundo que muere y otro que se abre paso, entre, en ese caso, los restos aún perceptibles de un languideciente régimen comunista que daba sus últimos estertores entre los gastados despojos de la imponente arquitectura colonial de la primera mitad del siglo XX, y un futurista siglo XXI que se adivinaba en los primeros rascacielos que despuntaban en un horizonte plagado de grúas y edificios en construcción, delimitando un espacio urbano por el que la moda de Occidente ya empezaba a inundar el paisaje… y, entre ambos escenarios, alguna pequeña calleja, una casa a punto de desmoronarse, una esquina oscura en la que un anciano jugaba al mahjong o sorbía su sopa de fideos mientras el devastador y frenético fluir del tiempo acababa con los escasos vestigios de lo que había sido su vida, en su entorno solo mínimos atisbos de aquella perdida ciudad de entreguerras).

En este marco de mudanza y transformación Liusu y Fan viven su historia de amor, un amor que no se hace explícito, que se alimenta de simultáneos atracción y rechazo, reserva y entrega, un amor que brota y estalla entre suspicacias, dudas, escepticismo, sospechas, ocultación, silencios, expectativas, espera, pruebas. Este planteamiento aproxima el relato a otra película, cuya presencia en nuestra mente resulta inevitable a lo largo de toda la lectura: Deseando amar, de Wong Kar Wai, con la que Un amor que destruye ciudades guarda muchos paralelismos.

La guerra, al fin, precipitará el desenlace de esa algo atascada relación, la destrucción de la ciudad durante los bombardeos propiciará la máxima expresión del amor: la caída de Hong Kong -piensa Liusu- le había permitido salir victoriosa. Pero en un mundo ilógico, ¿quién podía decir cuál era la causa y cuál el efecto? ¿Para que ella pudiera realizarse, una gran ciudad había tenido que caer?, dando explicación del porqué del título de la obra.

El amor frente a las fuerzas del mundo, pues, como en el poema que Fan recita a su amada: “En la vida, en la muerte, en la distancia, de todo corazón yo te prometo. Tomados de la mano viviremos, unidos hasta el fin, los dos ancianos”. No sé mucho de chino antiguo, ignoro si lo recito bien. Pero para mí es uno de los poemas más tristes que conozco; dice que la vida, la muerte y la separación son grandes vicisitudes que están fuera de nuestro control. En comparación con las fuerzas del mundo, los seres humanos somos insignificantes. Aun así, nos empeñamos en decir: «Me quedaré contigo para siempre, no nos separaremos jamás en la vida». ¡Como si fuera algo que pudiéramos decidir!

El breve librito se cierra con un también sucinto relato, Bloqueados, fechado en agosto de 1943, y con el mismo trasfondo de la guerra entre China y Japón como contexto a la historia narrada. Un tranvía que circula por las calles de Shanghai se detiene, bloqueado de improviso en una fantasmagórica operación militar. En ese ámbito clausurado y como onírico, y entre la perplejidad de los atrapados pasajeros, una profesora universitaria y un oscuro y anodino contable, extraños entre sí hasta ese momento, entablan conversación y viven una conmovedora y fugaz relación sentimental, llevados de la intensa magia que provoca la inusual situación. Cuando, tras solucionarse el episodio que impedía el avance del tranvía, éste reanuda su trayecto, los esporádicos y obviamente platónicos amantes, se van cada uno por su lado, el recuerdo de su experiencia diluyéndose en las brumosas fronteras entre sueño y realidad. Concentrado y emotivo, el cuento es muy bello y participa de la misma atmósfera delicada y evanescente, romántica y sugerente de Un amor que destruye ciudades.

Como acompañamiento y clausura a esta reseña os ofrezco ahora Yumeji’s Theme, un tema de la banda sonora, compuesta por Shigeru Umebayashi, de Deseando amar, la película de Wong Kar Wai, tan cercana estilísticamente, como he señalado, a mi recomendación de esta semana.


En la penumbra se distinguían baúles de libros de diferentes tamaños apilados contra la pared: hileras de estuches de palo rosa, tallados con inscripciones lacadas en verde. Frente a la puerta de entrada, sobre la consola, se erguía un carillón de cloisonné protegido por un fanal. El mecanismo del reloj se había averiado hacía años y llevaba mucho tiempo parado. Colgados en la pared, a ambos lados, había sendas caligrafías en papel bermellón decorado con florones dorados que representaban el carácter shou de la «longevidad». Cada florón tenía en su centro un gran carácter escrito en tinta tan abundante que parecía a punto de gotear. En la penumbra esas grafías parecían flotar en el aire, lejos del papel. Liusu se sentía como ellas, ingrávida y fluctuante. La mansión de los Bai semejaba hasta cierto punto una morada de inmortales: al cabo del vagaroso transcurrir de un día allí, habían volado mil años en el mundo real. Y mil años en esa casa eran como un único día interminablemente monótono y tedioso. Liusu se rodeó el cuello con las manos. Siete, ocho años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Que todavía era joven? No importaba, en un par de años habría envejecido; y, de todos modos, allí la juventud no era nada del otro mundo. Había jóvenes de sobra. Los niños nacían uno detrás de otro, con sus ojos nuevos, resplandecientes, sus bocas nuevas, tiernas y rosadas, sus inteligencias nuevas. Año tras año, el paso del tiempo los desgastaba; les embotaba los ojos, las mentes. Nacía entonces una nueva generación; la anterior era absorbida por el espléndido fondo bermellón salpicado de oro, y las diminutas motas de oro deslucido eran los ojos apocados de sus predecesores.

Súbitamente, Liusu lanzó un grito, se cubrió la cara y corrió, titubeante, escaleras arriba... Ya en su habitación, encendió la luz, se precipitó hacia el espejo de vestir y se examinó detenidamente. Menos mal, todavía no había envejecido mucho. Las figuras esbeltas como la suya, de cintura eternamente grácil y pechos incipientes como los de una adolescente, eran las que menos delataban la edad. Su rostro, cuya blancura era antaño la de la porcelana, poseía ahora el matiz del jade claro y translúcido. Sus redondas mejillas habían ido afinándose en los últimos años, por lo que su pequeño rostro parecía aún más menudo y encantador. Pese a la estrechez de su óvalo, el entrecejo era despejado, y sus ojos, preciosos y seductores, eran límpidos como agua clara.

miércoles, 15 de marzo de 2017

LUCIA BERLIN. MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Cada miércoles, en Radio Universidad de Salamanca, nuestro espacio os ofrece una recomendación de lectura en la confianza de que pueda interesaros. Nuestras propuestas, que elijo con criterios de calidad y guiado de mi propio gusto personal, no siempre se someten a razones de oportunidad, no siendo ni el éxito ni la actualidad del libro reseñado argumentos suficientes para la presencia aquí de un determinado título. No obstante, ambas circunstancias, la extraordinaria y positiva repercusión en crítica y público, y la relativa novedad, sí se dan en el caso de mi sugerencia de hoy, un libro espléndido pero muy publicitado, muy premiado, muy vendido, muy recomendado, muy regalado… hasta el punto de que uno se cuestiona si tiene objeto que os hable de él, partiendo de la casi absoluta seguridad de que ya lo conocéis, de que probablemente ya lo habréis leído, mis palabras, pues, innecesarias (tantas veces lo son…). Y sin embargo, me ha entusiasmado tanto, ha sido tan grande el placer derivado de su lectura que no puedo dejar de compartir mi emoción y sumarme al aluvión de elogios con mi apasionada reseña.

Os hablo de Manual para mujeres de la limpieza, la deslumbrante colección de cuentos de la norteamericana Lucia Berlin, que publicó el pasado marzo la editorial Alfaguara y que multiplica sus ediciones desde entonces. El libro se presenta en traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, a la que solo puede oponerse -a mi juicio- una objeción muy menor: el hecho de que no aclare -y bastaría con una mera nota a pie de página- el significado de “AA”, fórmula que con reiteración aparece en el libro y cuya identificación con las siglas de “Alcohólicos Anónimos” no es tan obvia -al menos en las primeras ocasiones en que se menciona- como para hacer innecesaria la acotación. Los relatos (cuarenta y tres de un total de setenta y siete escritos por la autora en toda su vida) vienen precedidos por un esclarecedor e ilustrativo prólogo de Lydia Davis, otra excepcional cuentista, y por una introducción de Stephen Emerson, escritor y amigo personal de la autora. Emerson es responsable también de la edición y de una sucinta nota biográfica que cierra el volumen. Permitidme un consejo personal a propósito de estos “estudios” complementarios: la comprensión y el provecho que se obtienen de las atinadas notas preliminares de Lydia Davis aumentan si accedemos a su preámbulo al finalizar la lectura del libro; del mismo modo, el disfrute de los cuentos es mayor si se lee la biografía final de la autora antes de adentrarse en ellos.

Y es que la vida y la obra de Lucia Berlin se confunden hasta extremos que, en ocasiones -así me ha ocurrido de continuo mientras leía sus relatos- pareciera que leyendo este Manual para mujeres de la limpieza estamos accediendo a una particular variante de autobiografía. No procede aquí detallar las vicisitudes concretas de sus cerca de setenta años, pues nació en 1936 (el 12 de noviembre de este pasado año hubiera cumplido ochenta) y murió en 2004. Baste decir que la literatura no fue su principal ocupación ya que aunque siempre escribió no publicó su primer libro hasta muy tardíamente, con casi cuarenta y cinco años. Hasta entonces, variados escenarios vitales, tres divorcios, cuatro hijos de padres diferentes y trabajos muy diversos para mantenerlos son los rasgos más destacados de una existencia como mínimo agitada e “intensa”. No obstante, y como digo, podemos conocer su vida real a través de sus cuentos, en los que las protagonistas -que en ocasiones llevan su nombre, reforzando este carácter de ficción autorreferencial- dan cuenta de sus sucesivas parejas, sus fracasos sentimentales, sus tres matrimonios fallidos, los cuatro hijos, la madre alcohólica y finalmente suicida, a la que odia y con la que apenas trata, el cáncer de la hermana -siempre Sally, en los muchos relatos en que aparece-, el abuelo dentista, el excéntrico tío John, tuerto -el ojo de cristal- por un disparo de su padre -el brutal dentista-, la escoliosis padecida desde la infancia, la necesidad de usar corsé y la relativa marginación que ello conlleva siendo niña, las propias crisis alcohólicas, los abundantes episodios de delírium trémens, el peregrinaje por distintos centros de desintoxicación, la sucesión de empleos: mujer de la limpieza, sanitaria (urgencias, pediatría: hijos del crack, heridas de bala, bebés con sida. Hernias y tumores, pero sobre todo las heridas de los pobres de la ciudad, desesperados y llenos de rabia, dice en un significativo fragmento de un cuento, recogiendo uno de los “tonos” más notables de vida y obra), recepcionista, operadora telefónica, profesora en colegios, algunos religiosos, y hasta en cárceles, el jazz y sus músicos, los muchos lugares de su vida, la residencia temporal en una caravana, la itinerancia: Chile, Oakland, El Paso, México… E insisto, estoy hablando tanto de los personajes como de la propia Lucia Berlin, todos esos elementos coincidentes.

Hasta tal punto es atinada esta percepción que si juntamos todos los cuentos, hacemos abstracción de sus “fronteras” formales (“aquí se acaba un historia, aquí empieza otra”), los organizamos cronológicamente y los consideramos por tanto como un todo unitario -una operación que de manera inconsciente y casi inevitable llevamos a cabo mientras los leemos- nos encontraremos con una muy completa fotografía de la vida (externa, pero sobre todo interior) de su autora. Yo he tenido en todo momento la sensación de estar leyendo una novela en la que lo autobiográfico -presente en formas diversas, con personajes que se llaman de modos distintos, en situaciones que se retoman desde ángulos diferentes- es el hilo conductor de la narración.

Y como digo, las concomitancias entre la vida de la autora y la de sus “criaturas” no se refieren solo a los hechos vividos, los sucesos o los acontecimientos experimentados, los lugares visitados o las anécdotas protagonizadas, sino a las vivencias interiores, sentimientos y emociones: esperanza, decepción, dolor, amargura, desorientación, felicidad, tristeza, desesperación, tedio, amor, también humor. Vemos siempre en la narradora a una mujer algo neurótica, alcohólica, insegura, tierna, melancólica, sensible, sufriente y a la vez vividora, simultáneamente desencantada y feliz, vibrante y tranquila, inteligente y valiente, radicalmente libre, tal y como, al parecer, era la propia Lucia.

Las claves de la literatura de Lucia Berlin, muy bien analizadas por Lydia Davis en el prólogo, no están, no obstante, en sus historias, casi todas comunes, sin mayor notoriedad, sino en lo que la brillantez literaria de su autora nos deja entrever tras ellas: los desastres de la existencia, la fealdad y el deterioro, la marginalidad, la sordidez y el desarraigo, la enfermedad y la vejez, en definitiva, el fracaso que, en cierto sentido, es toda vida… Desde esta perspectiva, vienen a nuestra memoria Raymond Carver o Anne Sexton, con universos literarios y personales relativamente similares. También, aunque desde enfoques casi opuestos, hay coincidencias con Emma Reyes, cuya excepcional Memoria por correspondencia acabo de leer y os presentaré en fechas próximas.

En un breve repaso a algunos de sus cuentos pueden apreciarse todas estas notas mencionadas (y dejad de leer aquí quienes prefiráis adentraros en los relatos sin conocimiento previo alguno de sus tramas). Así, en Lavandería Ángel, que os dejo íntegro al final de esta reseña, un suceso anodino muy repetido en sus cuentos -la espera en una lavandería- permite ver un trozo de realidad y, con alusiones, silencios y elipsis, contar mucho de la vida de la protagonista. En Doctor H.A. Moynihan -siendo ese el apellido “real” de su rama materna-, la vemos (en realidad a la protagonista, pero de ahora en adelante la identificaré con la propia autora, por las razones ya comentadas) en Texas, de niña, ayudando a su abuelo -estrafalario, autoritario, racista- en la clínica, en un episodio sanguinolento y surrealista. En Estrellas y Santos está, desde el punto de vista de la historia, su infancia en colegios religiosos, su primera experiencia escolar en El Paso, la relación con las monjas, la vivencia de la religión (siendo ella protestante, alumna en un colegio católico). En el plano formal, se produce una “intromisión” explícita de la personalidad de la autora en la voz de la narradora del relato. En el cuento que da título al libro, Manual para mujeres de la limpieza, está su vida, las anécdotas con las diferentes personas y en las casas para las que trabaja, y ello punteado por los trayectos de autobús a cada casa y por hilarantes consejos para mujeres de la limpieza. Entre medias, meros apuntes de, en ocasiones, una sola frase, con el recuerdo de su relación con un hombre, Terry, Ter, que ha muerto y deja a la protagonista al borde de unas lágrimas que nunca brotan y que solo se desencadenan al final a causa de un suceso -ni siquiera eso- trivial. En Mi jockey, un cuento genial de solo cinco párrafos, no hay historia apenas: un jockey, una caída del caballo, múltiples fracturas y la protagonista, que trabaja en Urgencias, se hace cargo del dolorido y aterrado enfermo, lo cuida, lo protege, lo acuna (Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?), apenas una página de emoción y ternura… y una cita culta de Mishima.

Los rasgos autobiográficos vuelven a aparecer en El Tim. En él, la narradora da clase de español a hispanos en un colegio de monjas. El Tim es un chico conflictivo, insolente, desafiante, que distorsiona las clases y plantea un duelo sutil a su profesora, que se resuelve -si es que lo hace, la ambigüedad y la “apertura”, los cortes súbitos al final de un cuento son notas dominantes en la escritura de Berlin- de un modo elusivo, indirecto, con muchas líneas de fuerza soterradas y no mencionadas expresamente. Punto de vista, que menciona expresa y significativamente Tristeza, un cuento de Chéjov, plantea también el juego autora/narradora, con reflexiones iniciales acerca del planteamiento de un cuento, pero es, sobre todo, una magistral descripción de los rituales en los que se desenvuelve el tristísimo domingo de una mujer solitaria de cincuenta y tantos años. El relato entero es genial, pero el final, presentado con leves pinceladas incompletas con la habitual sutileza de la autora, es estremecedor y prodigioso. En Su primera desintoxicación, vuelven a apreciarse de modo notorio los rasgos autobiográficos. Otro cuento desolador en el que la protagonista, profesora, con cuatro hijos y sin marido, lleva al extremo sus problemas con el alcohol hasta el punto de estrellar su coche contra una tapia y tener que ser internada en un centro de desintoxicación. En Dolor fantasma -una metáfora sugerida a partir del que cree sentir un personaje del cuento, un paciente sin piernas que comparte habitación con el padre de la protagonista en la residencia de ancianos en que ambos están internados- se entreveran las conversaciones entre padre e hija en la residencia con los recuerdos de la infancia de la niña, en las distintas minas del mundo -Idaho, Arizona, Colorado, Bolivia, Chile- en las que su progenitor trabajaba. Dentelladas de tigre nos pone en contacto con la extravagante familia del personaje principal, en una historia con el aborto como tema de fondo. Por Apuntes de la sala de urgencias, 1977, desfila la deprimente serie de visitantes, frecuentadores y usuarios de las urgencias, en un clima -común en el “territorio Berlin”- de soledad, vejez, desolación, desamparo e intentos de suicidio. El miedo, la pobreza, el alcoholismo, la soledad son enfermedades terminales. Urgencias, de hecho. Y ante todo ello, la protagonista: Mis lágrimas eran por mi propia soledad, mi propia ceguera. En Carpe diem reaparece una lavandería, y en ella la narradora vive un incidente menor que se narra mientras la presencia implícita de la llegada de la menopausia impregna el relato. También en Toda luna, todo año volvemos encontrar a una mujer madura, solitaria después de la muerte de su marido. Estamos en Zihuatanejo, México, escenario real de la vida de Berlin. Se narra con pasión, alegría y vitalidad, una formidable experiencia de submarinismo -que surgirá en más cuentos- y la existencia, modesta y esencial pero magnífica e intensa en unas palapas sobre el mar.

Los elementos de carácter autobiográfico vuelven a estar en Buenos y malos: el colegio, Chile, el padre ingeniero, una cierta maldad inocente en la niña, la culpa. Melina es otro cuento memorable, con una estructura de relato más convencional, aunque incluye las peculiaridades algo excéntricas de la vida de Berlin: los exmaridos, los hijos, el ambiente bohemio, la música de jazz, pero con un final imprevisto -y prodigioso- que lo acerca a la lógica del cuento breve clásico. Otro tanto -el esquema relativamente “convencional”, aunque espléndido- se da en Amigos, con la entrañable pareja de ancianos que lo protagoniza y el inesperado punto de vista final. Inmanejable vuelve a traer el tema del alcoholismo, los hijos, la desorientación vital (más exactamente, la doble vida: normalidad/adicción). Contiene la frase -con la precisión y la belleza, con la profundidad y la lucidez de un haiku- que la editorial ha escogido para la portada: En la profunda noche del alma las licorerías y los bares están cerrados.

En Paso nos vemos de nuevo ante un incidente en un centro de desintoxicación, en el que un combate de boxeo que los pacientes contemplan en la televisión “funciona” como metáfora de la deriva de la propia vida, en un final melancólico y tristísimo, aunque lleno de hermoso lirismo. El mismo escenario -un sórdido centro de desintoxicación- aparece en Perdidos: El mundo sigue girando. Nada importa mucho, ¿no? Me refiero a importar de verdad. Sin embargo, a veces, de pronto, durante apenas un segundo, se te concede la gracia de creer que sí, que importa muchísimo. Penas presenta a dos hermanas que están juntas en un hotel en México, de vacaciones; hablan de sus penas, los divorcios, el cáncer, la muerte de la madre (Su mayor temor, ser como su madre […] era cruel, una borracha), el alcoholismo (tengo una enfermedad letal. Estoy aterrorizada). En Macadán, el asfalto del título se carga de valor metafórico para hija, madre y abuela, en un cuento cortísimo e intenso. Querida Conchi cuenta, a través de cartas que la narradora escribe desde Nuevo México a su amiga Conchi en Chile, sus primeros meses en la universidad, en un relato una vez más autobiográfico.

Triste idiota conecta con Penas, de nuevo el protagonismo de las dos hermanas, el cáncer -ahora ya terminal-, y recrea episodios de la infancia de la narradora y de su madurez con 54 años, recorre una vida entera. Como siempre, y por encima de la anécdota contada, aparece el detalle revelador, la mirada de dolor del hijo en un incidente trivial, la misma que he visto después en todos mis hijos a lo largo de su vida. La herida de un accidente, un divorcio, un fracaso. Mi deseo feroz de protegerlos. Mi impotenciaLuto nos trae de nuevo a una protagonista encargada de la limpieza de casas, en este caso la de un muerto, y la conversación con los hijos del difunto. Una ocasión más para hablar de la muerte, la familia, la pena, el dolor. Pude ver que la muerte empezaba a ablandarla. La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos. La dura historia familiar reaparece en Panteón de Dolores: la madre cruel y loca, sus prejuicios racistas, su incapacidad para escuchar. También el cáncer de la hermana y una suerte de desesperación, al menos de desconcierto: No hay ninguna guía para la muerte. Contiene un significativo autorretrato: Mi naturaleza es oscura. He conocido la muerte, la violencia. Estaba completamente sola. Hasta la vista recrea la vida con su hermana, en uno más de los cuentos en los que el cáncer de Sally, la muerte, los recuerdos de la infancia -los felices y los más dolorosos- son protagonistas. Cuando te estás muriendo es natural volver la vista atrás, recapitular sobre tu vida, arrepentirte. Están también el amor, el adulterio, la vida: ¿Qué es el matrimonio, a fin de cuentas? Nunca lo he sabido muy bien. Y ahora es la muerte lo que no entiendo.

A ver esa sonrisa es también autobiográfico, un relato genial de una aventura amorosa de la protagonista con un amigo de uno de sus hijos. Narrada -por primera vez en el libro- en dos voces, la propia de la protagonista habitual y la de un abogado que la asesorará en un conflicto jurídico, vuelven a aflorar el alcohol, el lado destructivo, y algunos “escenarios” habituales de vida y cuentos: sexo rabioso y peleas, botellas rotas. Gente vomitando y gritando. Mujeres abofeteadas. La policía y gruñidos, golpes. También el suicidio, tan presente en otros cuentos (y en la vida real de la autora): ¿Qué te parece? ¿Nos casamos o nos suicidamos? Y de nuevo la figura a terrible de la madre llena Mamá, de título explícito, un cuento en que se nos muestran los rasgos más crueles de su personalidad: Mamá odiaba la palabra “amor”. La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra “furcia”; al igual que el odio a los niños, a los mexicanos, en el fondo a sus propias hijas. Pero, a la vez, se recuerda con añoranza su sentido del humor, cáustico y escalofriante, las surrealistas notas de suicidio.

Carmen habla, una vez más, de adicciones, de modesto tráfico de drogas, de un aborto espontáneo y tristísimo. Eso es lo asqueroso de las drogas, pensé. Funcionan. En Silencio volvemos a la infancia, a los distintos colegios, en anécdotas ya aparecidas en otros cuentos: el placer de niña en la biblioteca, los problemas con la madre y con las profesoras y compañeras: Mal en casa, mal en la escuela. La amistad con una niña vecina, siria, a los siete años. La indescriptible -y dolorosísima, al tratarse de una niña- soledad. Mijito -otra obra maestra- es terrible y tristísimo, conmovedor y bellísimo, una historia de abusos sexuales, con miseria, pobreza y hambre, pero contada con ternura y emoción, un cuento precioso, genial, enternecedor. Narrado también en dos planos, oímos la voz de una joven mexicana analfabeta que acaba de tener un hijo de un hombre ahora encarcelado por largo tiempo, y la “habitual” de la trabajadora de la clínica pediátrica que la atiende en sus esporádicas consultas con cariño y ternura pero que nunca mira a los ojos a los padres de los niños enfermos (Si miras a los ojos de los padres compartirás, confirmarás el miedo y el agotamiento y el dolor). Contiene un fragmento memorable, magistral y estremecedor en el que la adolescente, que en su vida de golpes y errancia con su hijo enfermo y lloroso apenas ha aprendido algunos términos en inglés, resume su vida a través de las palabras que conoce en ese idioma: Empecé a repasar todas las palabras que sabía: Juzgado, Kentucky Fry, hamburguesa, adiós, grasiento, negro, imbécil, ajá, pañales, ¿cuánto?, hay que joderse, niños, hospital, basta, cállate, hola, lo siento, General Hospital, All My Children, hernia inguinal, preoperatorio, posoperatorio, Geraldo, cupones de alimentos, dinero, coche, crack, policía, Miami Vice, José Canseco, indigente, preciosa de verdad, ni lo sueñes, discúlpeme, lo siento, por favor, por favor, basta, cállate, cállate, lo siento. Santa María madre de Dios reza por nosotros.

En Y llegó el sábado, otra historia durísima, la narradora es profesora en una cárcel. El tono es desesperanzado: El dolor está en la conciencia de que la felicidad no durará. Espera un momento retoma la enfermedad de Sally, la hermana de la narradora. Es un cuento muy triste, impregnado por la presencia de la muerte y por los recuerdos que la protagonista evoca (Todos tenemos nuestro álbum de recuerdos mentales, afirma, en una muy buena definición, a mi juicio, del planteamiento último del libro) siete años después de la desaparición de su hermana. Y sin embargo rezuma belleza, ternura, vida. B.F. y yo nos presenta a la protagonista ya mayor, con setenta años, al final de su existencia, impedida y enferma. Es una historia crepuscular, en la que la narradora, de vuelta de todo, contempla la vida con tranquilidad e ironía. Ese mismo tono terminal, de clausura de una vida, languideciente y mortecino, respira Volver al hogar, un cuento en el que la voz que habla recuerda su vida en la cercanía ya de la muerte, especulando con lo que hubiera podido ser su existencia si hubiera tomado ciertas decisiones o las circunstancias hubieran sido otras. Con una imagen que sirve de desencadenante, los cuervos que al atardecer ve llegar en grandes bandadas y poblar el árbol que contempla cada día frente al porche delantero de su casa, poco antes de que anochezca, pero que por la mañana, misteriosamente, han desaparecido, sin que ella tenga conciencia de cuándo han abandonado el árbol, la mujer se pregunta: ¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida he estado, digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué amor pudo haberse dado que no sentí?

En fin, espero que con tan exhaustivo repaso a una amplia muestra de los cuarenta y tres cuentos de Lucia Berlin que recoge su Manual para mujeres de la limpieza, queráis atender mi recomendación de esta tarde y os lancéis decididos a la librería más cercana para comprarlo y empezar a paladearlo. Estoy seguro de que os entusiasmará.

En un libro repleto de referencias musicales, he elegido como complemento a mis comentarios Polka Dots and Moonbeams, la melancólica balada interpretada por Lester Young que suena en el inmejorable final de esa maravilla que es el cuento Punto de vista.


Lavandería Ángel

Un indio viejo y alto con unos Levi’s descoloridos y un bonito cinturón zuni. Su pelo blanco y largo, anudado en la nuca con un cordón morado. Lo raro fue que durante un año más o menos siempre estábamos en la Lavandería Ángel a la misma hora. Aunque no a las mismas horas. Quiero decir que algunos días yo iba a las siete un lunes, o a las seis y media un viernes por la tarde, y me lo encontraba allí. Con la señora Armitage había sido diferente, aunque ella también era vieja. Eso fue en Nueva York, en la Lavandería San Juan de la calle 15. Portorriqueños. El suelo siempre encharcado de espuma. Entonces yo tenía críos pequeños y solía ir a lavar los pañales el jueves por la mañana. Ella vivía en el piso de arriba, el 4-C. Una mañana en la lavandería me dio una llave y yo la cogí. Me dijo que si algún jueves no la veía por allí, hiciera el favor de entrar en su casa, porque querría decir que estaba muerta. Era terrible pedirle a alguien una cosa así, y además me obligaba a hacer la colada los jueves. La señora Armitage murió un lunes, y nunca más volví a la Lavandería San Juan. El portero la encontró. No sé cómo. Durante meses, en la Lavandería Ángel, el indio y yo no nos dirigimos la palabra, pero nos sentábamos uno al lado del otro en las sillas amarillas de plástico, unidas en hilera como las de los aeropuertos. Rechinaban en el linóleo rasgado y el ruido daba dentera. El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ LA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos. Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS. En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos.

Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos. La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?». El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda. Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca. Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado. —Hermano, créeme, sé lo que es... He estado ahí, en la cloaca, donde estás tú. Sé exactamente cómo te sientes. Tony no abrió los ojos. Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso. La Lavandería Ángel está en Albuquerque, Nuevo México. Calle 4. Comercios destartalados y chatarrerías, locales donde venden cosas de segunda mano: catres del ejército, cajas de calcetines sueltos, ediciones de Higiene femenina de 1940. Almacenes de cereales y legumbres, pensiones para parejas y borrachos y ancianas teñidas con henna que hacen la colada en la lavandería de Ángel. Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen «Jueves». Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. «Tina», «Corky», «Junior». La gente de paso va a la lavandería de Ángel. Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados, y estrujan con la mano las latas vacías de cerveza Hamm’s.

Pero sobre todo son indios los que van a la lavandería de Ángel. Indios pueblo de San Felipe, Laguna o Sandía. Tony fue el único apache que conocí, en la lavandería o en cualquier otro sitio. Me gusta mirar las secadoras llenas de ropas indias y seguir los brillantes remolinos de púrpuras, naranjas, rojos y rosas hasta quedarme bizca. Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está la del campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., y Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS. Vi que la colcha no se ponía de un color morado oscuro, aunque sí quedó de un verde más parduzco, pero quise volver de todos modos. Me gustaban los indios y su colada. La máquina de Coca-Cola rota y el suelo encharcado me recordaban a Nueva York. Portorriqueños pasando la fregona a todas horas. Allí la cabina telefónica estaba fuera de servicio, igual que la de Ángel. ¿Habría encontrado muerta a la señora Armitage si hubiera sido un jueves? —Soy el jefe de mi tribu —dijo el indio. Llevaba un rato allí sentado, bebiendo oporto, mirándome fijamente las manos. Me contó que su mujer trabajaba limpiando casas. Habían tenido cuatro hijos. El más joven se había suicidado, el mayor había muerto en Vietnam. Los otros dos eran conductores de autobuses escolares. —¿Sabes por qué me gustas? —me preguntó. —No, ¿por qué? —Porque eres una piel roja —señaló mi cara en el espejo. Tengo la piel roja, es verdad, y no, nunca he visto a un indio de piel roja. Le gustaba mi nombre, y lo pronunciaba a la italiana. Lu-chí-a. Había estado en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Cómo no, entre sus bellos collares de plata y turquesa llevaba colgada una placa. Tenía una gran muesca en el borde. —¿Una bala? No, solía morderla cuando estaba asustado o caliente. Una vez me propuso que fuéramos a echarnos en su furgoneta y descansáramos juntos un rato. —Los esquimales lo llaman «reír juntos» —señalé el cartel verde lima, NO DEJEN NUNCA LAS MÁQUINAS SIN SUPERVISIÓN.

Nos echamos a reír, uno al lado del otro en nuestras sillas de plástico unidas. Luego nos quedamos en silencio. No se oía nada salvo el agua en movimiento, rítmica como las olas del océano. Su mano de buda estrechó la mía. Pasó un tren. Me dio un codazo. —¡Gran caballo de hierro! —y nos echamos a reír otra vez. Tengo muchos prejuicios infundados sobre la gente, como que a todos los negros por fuerza les ha de gustar Charlie Parker. Los alemanes son antipáticos, los indios tienen un sentido del humor raro. Parecido al de mi madre: uno de sus chistes favoritos es el del tipo que se agacha a atarse el cordón del zapato, y viene otro, le da una paliza y dice: «¡Siempre estás atándote los cordones!». El otro es el de un camarero que está sirviendo y le echa la sopa encima al cliente, y dice: «Oiga, está hecho una sopa». Tony solía repetirme chistes de esos los días lentos en la lavandería. Una vez estaba muy borracho, borracho violento, y se metió en una pelea con unos vagabundos en el aparcamiento. Le rompieron la botella de Jim Beam. Ángel dijo que le compraría una petaca si iba con él al cuarto de la plancha y le escuchaba. Saqué mi colada de la lavadora y la metí en la secadora mientras Ángel le hablaba de los doce pasos. Cuando salió, Tony me puso unas monedas en la mano. Metí su ropa en una secadora mientras él se debatía con el tapón de la botella de Jim Beam. Antes de que me diera tiempo a sentarme, empezó a hablar a gritos. —¡Soy un jefe! ¡Soy un jefe de la tribu apache! ¡Mierda! —Tú sí que estás hecho mierda —se quedó sentado, bebiendo, mirándome las manos en el espejo—. Por eso te toca hacer la colada, ¿eh, jefe apache? No sé por qué lo dije. Fue un comentario de muy mal gusto. A lo mejor pensé que se reiría. Y se rio, de hecho. —¿De qué tribu eres tú, piel roja? —me dijo, observándome las manos mientras sacaba un cigarrillo. —¿Sabes que mi primer cigarrillo me lo encendió un príncipe? ¿Te lo puedes creer? —Claro que me lo creo. ¿Quieres fuego? —me encendió el cigarrillo y nos sonreímos. Estábamos muy cerca uno del otro, y de pronto se desplomó hacia un lado y me quedé sola en el espejo. Había una chica joven, no en el espejo sino sentada junto a la ventana. Los rizos de su pelo en la bruma parecían pintados por Botticelli. Leí todos los carteles. DIOS, DAME FUERZAS. CUNA NUEVA A ESTRENAR (POR MUERTE DE BEBÉ).

La chica metió su ropa en un cesto turquesa y se fue. Llevé mi colada a la mesa, revisé la de Tony y puse otra moneda de diez centavos. Solo estábamos él y yo. Miré mis manos y mis ojos en el espejo. Unos bonitos ojos azules. Una vez estuve a bordo de un yate en Viña del Mar. Acepté el primer cigarrillo de mi vida y le pedí fuego al príncipe Alí Khan. «Enchanté», me dijo. La verdad es que no tenía cerillas. Doblé la ropa y cuando llegó Ángel me fui a casa. No recuerdo en qué momento caí en la cuenta de que nunca volví a ver a aquel viejo indio.

miércoles, 8 de marzo de 2017

ADDA RAVNKILDE. JUDITH FÜRSTE

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca que esta semana da inicio a un ciclo, prologado ya hace siete días con la presencia en el programa de un par de novelas de Maylis de Kerangal, dedicado, con la recurrente excusa de la celebración del Día Internacional de la Mujer, a la literatura femenina (sea eso lo que sea); un ciclo que nos llevará hasta las vacaciones de Semana Santa, con cinco libros -sin contar los ya presentados el miércoles pasado- escritos por mujeres y, en casi todos los casos, protagonizados también por féminas.

Mi propuesta de esta tarde es una novela de una autora para mí desconocida antes de su lectura, nacida además en un país cuya literatura tiene, en general, una casi inexistente repercusión en nuestro mercado editorial. Se trata de Adda Ravnkilde, una escritora danesa nacida en 1862 y fallecida a los veintiún años tras un recalcitrante suicidio, valga la expresión para describir un acto en el que, empeñada en su resolución, ingirió veneno, se cortó las venas y se disparó un tiro. Su libro, su única obra más allá de algunos otros esbozos preliminares, tímidos y finalmente descartados, de título Judith Fürste, fue publicado tras su muerte y después de una algo rocambolesca historia de la que más adelante os hablaré brevemente, viendo la luz en nuestro país hace un par de años en una serie de la editorial Alba que se presenta bajo una elocuente rúbrica, “rara avis”. La traducción es de Blanca Ortiz Ostalé y en la edición se desliza algún despiste menor como un chirriante “ostinaba” que hubiera merecido una revisión más atenta por parte de los responsables del sello editorial.

La historia, sin duda novelesca, de los orígenes del libro y de la intensa y torturada existencia de su autora, nos la relata en el prólogo el crítico y catedrático de literatura Georg Brandes, que recibió el manuscrito de su autora en 1883, siendo finalmente su editor y el responsable de su publicación un año después, cuando la joven Adda Ravnkilde ya se había quitado la vida. El experto profesor detectó enseguida el talento de la chica, inusualmente madura para su edad -algo que resulta palmario en su novela, en la que nos sorprende a cada instante la profundidad y capacidad de penetración de la narradora en la descripción y el análisis de los sentimientos-, le planteó una serie de objeciones y propuestas de mejora sobre esa su redacción original y la alentó a pulir esos defectos detectados y a encontrar la veta más genuina y personal de su escritura, manifiesta en gran parte de su relato. Al poco tiempo, Adda le remitió un nuevo manuscrito en el que depuraba esas imperfecciones de su texto primero y desarrollaba uno de los ejes -el del amor infructuoso, vencido, angustiado y pletórico de una joven por un atractivo y superficial hombre maduro- dándole más hondura y eliminando los elementos superfluos. Las obligaciones de Brandes le hicieron demorar su juicio sobre esta nueva propuesta de la jovencísima escritora. Transcurrido más de un mes sin recibir respuesta, Adda acudiría a una clase de su mentor y, a las pocas horas, acabaría con su vida. La vi dos horas antes de su muerte, el 29 de noviembre, leemos en el prólogo. Ese día, cuando subí a mi cátedra de la universidad, reparé en ella. Ocupaba uno de los primeros bancos de la sala, justo frente a mí; parecía exaltada, llena de vida, sus ojos tenían un brillo extraordinario, sonreía y rio en varias ocasiones durante mi intervención. Lo que menos imaginaba en esos momentos era que fuese digna de compasión.

Adda Ravnkilde, natural de Jutlandia, se había trasladado a Copenhague desde su pueblo de origen para formarse como maestra. Su entusiasmo juvenil no era incompatible con un espíritu algo atormentado, una pobre niña genial que había dejado atrás sus fértiles fantasías y sus audaces planes de futuro para adentrarse en la gran oscuridad, como la describe su mentor, intuyendo, quizá, su trágico destino final. Algunos de los rasgos de su personalidad, oscilante entre la exaltación y el desánimo, a caballo del entusiasmo y la decepción, se reflejarán en el personaje principal de su novela, siendo apreciados también por Brandes, que la dibuja con precisión en el prólogo: En el curso de nuestra conversación, pude hacerme una idea más clara de su personalidad: un espíritu con aspiraciones que había visto frustrada una gran esperanza y que llevaba impresa la huella de años de opresión, atormentado por la mezquindad de las relaciones mezquinas y por la necedad de los seres necios. Un alma valerosa y exaltada que conocía la tentación de perder el coraje para siempre, pero que aún conservaba frescas sus energías; sedienta de vida y, sin embargo, muy familiarizada con la idea de la muerte, deseosa del trato con hombres y mujeres librepensadores, necesitada de intercambiar impresiones, de dotar a su vida de un contenido espiritual más pleno; moderna, tremendamente moderna en su esencia a pesar de los resabios convencionales de su presentación; ambiciosa, sí, pero con una ambición que a diario debía enfrentarse a una melancolía que preguntaba en un susurro: ¿vale la pena conquistar la gloria? ¿Vale la pena vivir la vida?

Judith Fürste, la heroína del libro, tras una serie de infaustas peripecias personales (la muerte prematura del padre, la nueva boda de su madre con un hombre adinerado, mezquino e insensible al que la mujer se somete, el desamparo de la chica en el hogar familiar sobrevenido), accede, ante la imposibilidad de abandonar su casa y abrirse a los estudios, al trabajo y, en definitiva, a la vida independiente, a contraer matrimonio con Johann Banner, un aristócrata de vida disipada y mucho mayor que ella, al que no ama y a cuya irresistible capacidad de seducción, probada de continuo en infinidad de conquistas, el orgullo de la joven se resiste. La dolorida obstinación del esposo (Cientos de muchachas se habrían arrastrado de rodillas hasta sus tierras para conquistar su favor y ella lo rechazaba) y el tozudo empecinamiento de la chica se miden en una permanente esgrima sentimental, que condenará a ambos contendientes a una vida de humillaciones y sufrimientos mutuos que no solo no se atemperarán sino que se verán gélida y cruelmente acentuados con el nacimiento de su único hijo. La imposible convivencia acabará evolucionando en un giro que no por previsible debo desvelar si quiero mantener un mínimo respeto por vuestro interés como posibles lectores.

Aunque el personaje del marido está perfilado con brillantez, un hombre que se ha entregado a los placeres de la vida, que ha disfrutado de experiencias y mujeres sin cuento pero que ahora está decidido, por un lado, a retirarse a la placidez de una existencia sin demasiados sobresaltos (Ahora quería pasar el resto de sus días en una paz sin pasión) y, por otro, a descansar de su a la postre infructuosa búsqueda de la satisfacción de sus deseos (Hay personas que se condenan a sí mismas a una eterna persecución de sus deseos; yo me cuento entre ellas. No consiguen nada. Si al menos una vez lograsen amar a alguien más que a sí mismas, creo que se salvarían, pero no pueden), para acabar dándose cuenta de que el carácter es, como dijo el presocrático, nuestro destino irremisible y que no podemos escapar a nuestra naturaleza (Había salido huyendo de deseos y apetitos y ahora se encontraba con que no los había burlado), al caer furibundamente encaprichado de su renuente esposa, es, sin embargo, en el “dibujo” de la figura de la joven en donde la maestría de la autora resulta sobresaliente.

Judith es una mujer orgullosa y empecinada, dotada de un contumaz amor propio, inconformista y rebelde, rígida y atormentada, obcecada e inflexible en sus transacciones con el mundo y, en particular, con los hombres, a los que se niega a someterse, como era propio en la época, incapacitada para una existencia en paz (su conciencia se resistía a encontrar la paz), viviendo en conflicto permanente con la realidad y consigo misma, atada a una insensata ansia de dar con algo grandioso y absorbente que llenara su vida. Ese dilema en el que se desenvuelve, por un lado el riguroso mantenimiento de su propia independencia, su severa integridad, su incontaminada pureza, su rotunda negativa a aceptar el papel que las normas sociales imponen a su sexo, y, por otro, la necesidad de plegarse a las convenciones sociales (el amor, el matrimonio, la “normalidad”) con la consiguiente añoranza de una existencia trivial y mediocre pero tranquila y sin sobresaltos, permea su vida, un agotador y permanente combate interno, emocional y afectivo, sentimental e intelectual. Soy pura, no me he dejado tentar, me he ganado la vida y no me he vendido. Sí, vendido, pues eso es lo que me dispongo a hacer, afirma resignada y sin ilusión cuando, después de sus muchas cuitas, se aviene a contraer matrimonio.

Esa persistencia -ese empecinamiento- en mantener sus severas pautas de comportamiento, que apaga los aspectos más vitales y libres, más fecundos y auténticos de su personalidad, la aíslan, la hacen sufrir y la condenan a la infelicidad (Toda su vida no había sido sino un castigo por haber acumulado obstinación tras obstinación y no haberse postrado jamás) hasta que, por fin, acabe descubriendo la verdad de la vida: el amor, la entrega, el olvido de uno mismo y de las exigencias que el propio egoísmo impone; una verdad que Judith cifrará en el lema que, a la postre, puede resumir la esencia del libro: Más dichoso es quien da que quien recibe. Y es así como, transformada, reconocerá: Entonces comprendió que su pena y su tedio ante la vida, su sensación de desamparo y su amargura, su envidia, sí, hasta su odio y su dureza, todo eso no era otra cosa que amor, o que al amor se debía. Había empezado a amarlo, aun sin saberlo, desde su primer encuentro, y la semilla que su recuerdo había sembrado en el alma germinó y luchó hasta abrirse camino por la tierra en medio de la oscuridad y la desesperación, a través del deseo y la añoranza, por un suelo pedregoso y una tierra abrasada por el sol. Incansable, su amor había conseguido abrirse paso, y cuando, doblegada por la pena y presa del arrepentimiento, reconoció su culpa y su falta, entonces ese sentimiento brotó y creció más y más fuerte hasta eclipsarla por completo.

En fin, no hay tiempo ya para más. Os recomiendo vivamente esta novela de Adda Ravnkilde, Judith Fürste, que presenta la editorial Alba. Os dejo ahora, como acompañamiento musical a mi comentario, con la Marcha nupcial de las bodas de Fígaro, de Wolfgang Amadeus Mozart, que suena en un momento del libro.


Aquella noche Judith no conseguía conciliar el sueño y se agitaba inquieta de un lado a otro atormentada por los más tristes pensamientos. Desdeñada, traicionada por su propio hijo, incapaz de conquistar algo más que un puesto de segunda clase en su corazón. Recordaba el resentimiento que el niño le había guardado la única vez que lo había castigado; lo más probable era que no la quisiese. Ya lo había dicho Banner: «personas que jamás han amado ni han sido amadas». ¿Era ella una de esas personas? Sí. Sí, sí. Nunca, nunca la habían amado. No como ella necesitaba, total y enteramente. Y tampoco había amado. ¡No, tampoco! Al menos no como creía poder hacerlo, con todo el corazón, de forma desinteresada, sacrificada y altruista. No, ni a su madre, ni a su marido... ni a su hijo, ni siquiera a él; de lo contrario, el más mínimo pedacito de su corazón le habría bastado; un amor como aquél no exigía nada. De modo que eso era lo que le faltaba, el vacío que la ahogaba; por eso se volvía más ruin cada día que pasaba, más indiferente y más dura. Ah, ¿es que nunca iba a llegar? ¿No iba a amarla nunca nadie que despertara su amor? ¿No iba a conocer jamás ese sentimiento, con toda su ebriedad, su júbilo y su dulzura, tal y como sin duda tenía que existir? Porque existía, ¿no? En el mundo real y no solo en los libros. Aunque... sabe Dios. Lo cierto era que no había visto un amor semejante en toda su vida. Egoísmo, de eso sí había para dar y tomar; al menos ella no era la única que se movía siguiendo sus impulsos. Pensándolo detenidamente, tal vez ése fuera el resorte que lo impulsaba todo. El egoísmo había determinado el proceder de su madre, el de su padrastro, el suyo propio; sí, sobre todo el suyo propio. Tal vez el amor no fuera más que una palabra, una fantasía inexistente. Pero ¿acaso Banner no amaba a su hijo? No, egoísmo de nuevo; Banner se amaba a sí mismo, amaba su carne y su sangre, su propia vida, su futuro en el niño, nada más. Hallaba un triste placer en desentrañar todas las relaciones que le venían a la cabeza hasta topar con el egoísmo en el centro de cada una de ellas. Estaba entregada a este pasatiempo cuando la venció el sueño. Sin embargo, aún con un hilo de conocimiento, recordó los cuentecillos de los libros de lectura de sus años escolares, aquellas historias que hablaban de «amistad enternecedora», «pruebas de amor fraterno», «el amor de un negrito a sus padres», etcétera, y los entremezcló con pasajes vagos e imprecisos de las Sagradas Escrituras y con retazos de salmos de la misma época: «De tal manera amó Dios al mundo», «Hijos míos, amaos los unos a los otros», «El amor es el cumplimiento de la ley», y, semiinconsciente, suspiró:

–Y ¡pensar que hubo un tiempo en que creí en todo eso!

Después, se quedó dormida.

miércoles, 1 de marzo de 2017

MAYLIS DE KERANGAL. REPARAR A LOS VIVOS

Hola, buenas tardes, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca dedicado a las recomendaciones de lectura. En el caso de mi propuesta de esta tarde os traigo una novela (aunque, en último término, serán dos de las que os hablaré) que ha conocido un extraordinario éxito en Francia, de donde es su autora, y en el mundo entero, tanto por su multitudinaria acogida entre los lectores como por su fervorosa recepción y entregada crítica entre los expertos, pues no en vano este Reparar a los vivos, el libro del que hoy os hablo, acumula premios literarios sin cuento.

Reparar a los vivos es la última novela de Maylis de Kerangal, cuya anterior obra, Nacimiento de un puente, publicada como esta en Anagrama y con la que guarda unas innegables semejanzas estilísticas y hasta estructurales, también me ha interesado y os recomiendo igualmente. Reparar a los vivos, en la que centraré mi reseña, apareció en España en 2015, en traducción de Javier Albiñana, mientras que Nacimiento de un puente, en versión de Jaime Zulaika -uno y otro, “pesos pesados” de la traducción en nuestro país-, había visto la luz en 2013.

Quiero abrir mi comentario con unas breves palabras sobre Nacimiento de un puente, galardonada con los prestigiosos premios Médicis y Frank Hessel y, como digo, francamente interesante. En la ciudad de Coca, una invención de su autora difusamente ubicada en una California algo irreal y evanescente, su alcalde, John Johnson, alias el Boa, concibe un proyecto faraónico que dejará -además de bien repletos sus bolsillos- una indeleble y fastuosa huella de su paso por el mundo: la construcción de una gran megalópolis que acabará con el lento deambular de su pueblo por las veredas secundarias de la Historia. Para ello, decidido a desenclavar la ciudad y situarla en el mundo, y comprometido a sacar a Coca del anonimato provinciano en que dormita tranquila para introducirla en la economía mundial, convertirla en la ciudad del tercer milenio, polifónica y omnívora, destinada a la satisfacción, al gozo, a la experiencia del consumo, decide empezar su delirio mastodóntico con el levantamiento de un puente que permita arrumbar el tradicional Golden Bridge -estrecho, lento, viejo, anacrónico- y que constituya el emblema de la nueva Coca.

El libro da cuenta de la construcción de ese puente, y lo hace, en una historia que avanza con la intensidad de un thriller, a través de las vidas de media docena larga de personajes implicados en la tarea: el propio alcalde, megalomaníaco y corrupto; George Diderot, el arquitecto, desarraigado y misterioso, solitario y polémico, inteligente y algo despótico; Sancho Alfonso Cameron, el conductor de grúas; Shakira Urga, la atractiva secretaria; Summer Diamantis, responsable de la producción de hormigón; Mo Yun, el joven chino con una experiencia terrible como minero; Soren Cry y su ominoso pasado en Alaska; Duane Fischer y Buddy Loo, encargados del control de los efluvios del río, de los flujos de las bombas extractoras, para lo que aprovecharán sus conocimientos como buscadores de oro no demasiado afortunados; Katherine Thoreau, que aguanta diez horas encajonada en una máquina que despeja terraplenes para poder así sostener a su marido incapacitado y depresivo y a sus dos pequeños y exigentes hijos; Jacob, el iluminado y algo enloquecido defensor de la causa de los indígenas, entre los que vive seis meses cada año -el resto lo hace en el intelectual campus de Berkeley-, entregado apasionadamente a un dominio de la naturaleza que la envoltura forestal preserva hasta que la llegada de las hordas depredadoras que levantan el puente pone en peligro su pacífica estabilidad.

Pero más allá de la trama -como se ve, algo irrelevante: la erección (mecánica, industrial, técnica) de un puente-, son su condición de novela coral, el carácter metafórico de la obra (el puente contra la selva, la economía contra la naturaleza, el movimiento contra la inmovilidad), el trabajo con el lenguaje -el léxico muy rico, la prosa, arrebatada y algo barroca-, y la voluntad de estilo -los distintos puntos de vista, la multiplicidad de planos, de enfoques, de frentes- los elementos más destacados en el libro, presentes también en Reparar a los vivos, una obra mayor, una novela apasionante y genial.

Simon Limbres, un joven de Le Havre, se levanta a las 5.50 de la madrugada para iniciar su jornada de surf. Después de encontrar a dos de sus amigos y de disfrutar con ellos de las olas, de vuelta a casa -aún no son las 9, el día invernal no acaba de despuntar-, con los tres chicos medio adormilados por el pronto despertar, por el liberador cansancio del ejercicio matutino, por el acogedor abrazo de la calefacción de su furgoneta hippie, el vehículo se estrella contra un árbol, tal vez el hielo en la carretera, quizá una distracción o una fugaz cabezada del conductor. Chris y Johan, sus colegas de expedición, sufren solo algunos daños menores. Simon, al que no falla su poderoso corazón de diecinueve años, está sin embargo muerto cerebralmente, como se comprueba en cuanto es trasladado al hospital.

A partir de este irresistible -y trágico- inicio, la novela fluye arrebatada, acelerada e intensa, conmovedora y delicada; la acción se desencadena y, en apenas doscientas cincuenta páginas, el talento de Maylis de Kerangal nos hará vivir una jornada -el libro se cierra a las 5.49 de ese mismo día, a punto de cumplirse las veinticuatro horas desde el comienzo- emotiva y sobrecogedora, una historia excepcional que nos interesa y conmociona, que toca nuestra sensibilidad, estimula nuestra inteligencia y nos subyuga como solo puede hacerlo la gran literatura.

Y es que desde la muerte cerebral de Simon se pone en marcha un frenético proceso por “aprovechar” -y el verbo suena lamentablemente “utilitario”- los órganos rebosantes de vida del chico, que pueden servir para salvar a otras personas. Reparar a los vivos es el relato impetuoso y a la vez sutil, documentado y riguroso y simultáneamente humanísimo, austero y despojado al modo de la más sofisticada técnica quirúrgica pero poético como las más íntimas emociones de nuestras almas, de esa compleja secuencia de pequeños protocolos que llevan a que en un cortísimo espacio de tiempo -los requerimientos de conservación de los órganos así lo exigen- esos pulmones, esos riñones, ese corazón -sobre todo ese corazón- puedan llegar a un paciente que a cientos de kilómetros de distancia espera -tantas veces sin apenas esperanza- la milagrosa “absolución” de una condena hasta ese momento mortal e irremisible. En el caso de la novela, será una traductora parisina de 52 años -una mujer a la que solo conoceremos en las postrimerías del libro- la que recibirá la víscera primordial y salvadora.

El primer gran eje del libro es, pues, este del trasplante y las donaciones de órganos. He querido por ello presentar esta reseña en estos días cercanos al 27 de febrero, Día nacional del trasplante. En la novela comparecen todos los momentos y situaciones, todas las decisiones, todos los efectos y consecuencias, todas las repercusiones -emocionales y psicológicas, inconscientes y racionales, filosóficas y legales-, todas las implicaciones, las influencias, todas las fases y todas las formalidades, todos los afectados -los directamente implicados y los levemente concernidos, los protagonistas principales y los meros figurantes colaterales, los cirujanos-estrella y los oscuros e indispensables sanitarios, los expertos responsables y los meros colaboradores necesarios-, de ese fenómeno rozando lo mágico -pero la palabra idónea, ya repetida, es milagroso- que consiste en implantar en el pecho de un ser vivo un corazón ajeno de otro semejante ya fallecido. El libro acentúa esta vertiente que podríamos llamar documental, aparte de por su fidedigna recreación del lenguaje médico, como luego veremos, por las referencias a los pioneros como Christiaan Barnard, Norman Shumway o Christian Cabrol que en los años sesenta del pasado siglo inventaron el trasplante, lo idearon mentalmente, lo compusieron y descompusieron cientos de veces antes de realizarlo, e igualmente por las menciones a los investigadores que, una década antes, pusieron los cimientos que hicieron posible la donación de órganos, modificando -en cierto sentido- la noción de muerte conocida hasta entonces, al desplazar al momento de la interrupción de las funciones cerebrales -si ya no pienso ya no existo- la constatación del final irreversible de una persona, ese extraordinario hallazgo de Maurice Goulon y Pierre Mollaret que supuso el destronamiento del corazón y [la] consagración del cerebro; un golpe de Estado simbólico, una revolución.

Pero Reparar a los vivos está lejos de ser una crónica periodística o un reportaje para concienciar al lector sobre la necesidad de los trasplantes y sus complejidades jurídicas, médicas, morales y sobre todo emocionales (por más que la escritura revele una fecunda labor previa de documentación, manifestada expresamente por la autora, que presenció un trasplante, visitó la agencia francesa de biomedicina y mantuvo numerosas charlas con expertos en la materia antes de encarar su obra). Estamos ante una novela, de manera inequívoca, y ello se pone de manifiesto, fundamentalmente, por dos circunstancias que ya había resaltado a propósito de Nacimiento de un puente: la profundidad en el tratamiento de los personajes, en un nuevo planteamiento coral (Maylis de Kerangal ha hablado, para referirse a los trasplantes, de epopeya colectiva) y la singularidad, la riqueza, la precisión, el ritmo y el carácter simbólico del lenguaje (experiencia del lenguaje es la expresión elegida por la escritora para subrayar esta dimensión).

Desde el primero de los puntos de vista, destaca la penetrante indagación en las vidas de una decena de personajes “tocados” por el fatal acontecimiento (la muerte de Simon) y la ilusionante expectativa (el trasplante a Claire, la receptora del órgano). La madre del chico, Marianne; el padre, Sean, del que aquella está separada; Juliette, la enamorada novia del muchacho; Pierre Révol, el médico que realizará la extracción; el coordinador de los trasplantes, Thomas Rémige; la enfermera Cordélia Owl; Marthe Carrare, médico de la Agencia de Medicina; Claire Méjan, la destinataria del corazón de Simon; el brillante Virgilio Breva, responsable final de la operación de trasplante; o el prestigioso cirujano Emmanuel Harfang, no son meros nombres, ni muñecos o figuras de cartón piedra que aparecen para complementar la narración, son, por el contrario, caracteres con enjundia, con peso, con humanidad y hondura, y de cada uno de ellos conocemos su trayectoria personal, los rasgos definitorios de sus existencias, sus emociones, sus preocupaciones y todo el revoltijo de sentimientos que experimentan al verse envueltos -por azar o por necesidad, como víctimas inocentes o como profesionales implicados- en esa grandiosa tarea de “creación” de vida que es, en cierto modo, todo trasplante.

La prosa de De Kerangal es, por otro lado, y como se ha dicho, espléndida, desbordante, apasionada, fluyendo con sus aceleraciones y remansos, en una metáfora no explícita, al igual que los movimientos del corazón protagonista. Y tanto en los aspectos más técnicos, en los que el rigor de la autora es extremo y magnífico y muy convincente el resultado del ya mencionado trabajo de documentación, como en los aspectos más específicamente literarios, en la “poesía” del texto, la brillantez de la narración es indudable y provoca una lectura deslumbrante y siempre gozosa.

Os recomiendo con entusiasmo este Reparar a los vivos, un libro magnífico que, en definitiva, nos habla del corazón tanto literal como simbólicamente, algo que aflora ya desde la cita inicial (My heart is full, frase del personaje de Paul Newman en la película El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas) y se refleja en numerosas otras ocasiones en la novela, como en esta que no me resisto a transcribir: ¿Qué será del amor de Juliette cuando el corazón de Simon comience a latir en un cuerpo desconocido, qué será de cuanto colmaba ese corazón, de sus afectos lentamente depositados en estratos desde el primer día o inoculados aquí y allá en un arrebato de entusiasmo o en un acceso de ira, de sus amistades y sus aversiones, de sus rencores, su vehemencia, sus inclinaciones graves y tiernas? ¿Qué será de las salvas eléctricas que contraían tan fuertemente ese corazón desbordante, lleno, demasiado lleno, ese corazón full?

Quiero dejaros, como cierre a mis comentarios, con un breve fragmento del libro que explica su título. Os ofrezco también Beauty in the world, una bellísima y optimista canción de Macy Gray que se escucha en un momento especialmente intenso de la novela.


Al quedarse solo, Thomas se desploma en la silla, hunde los dedos en su pelo, en su cabeza, y exhala un largo resoplido. Seguro que se dice que aquello es duro, y quizá que también a él le gustaría hablar, soltar puñetazos en las paredes, patear las basuras, estrellar vasos. Tal vez sea un sí, más probablemente un no, porque suele pasar –una tercera parte de las entrevistas concluían con una negativa–, pero para Thomas Rémige una negativa límpida era preferible a un consentimiento arrancado en medio de la confusión, obtenido con fórceps y deplorado a los quince días por personas atormentadas por el arrepentimiento, que perdían el sueño y se hundían en el dolor, hay que pensar en los vivos dice a veces, masticando la punta de una cerilla, hay que pensar en los que se quedan –detrás de la puerta de su despacho, ha prendido la fotocopia de una página de Platónov, obra que nunca ha visto, pero ese fragmento de diálogo entre Voinitzev y Triletzki, que leyó en una revista que corría por la lavandería, le hizo estremecerse como se estremece el chiquillo al descubrir la fortuna, un Dracaufeu en un juego de cartas Pokémon, un ticket de oro en una tableta de chocolate. ¿Qué hacer, Nikolái? Enterrar a los muertos y reparar a los vivos.

miércoles, 22 de febrero de 2017

WALLACE STEGNER. EN LUGAR SEGURO

Hola, buenas tardes. Os confieso así, de entrada, que pocas veces la recomendación que semanalmente os hago desde aquí, desde Todos los libros un libro, en Radio Universidad de Salamanca, me resulta tan sencilla como la de esta tarde. Porque hoy quiero aconsejaros la lectura de una novela espléndida, llena de emoción, conmovedora. Una novela que, si os decidís a leerla, os dejará huella, dejará en vosotros una impronta difícil de borrar, pues se trata, más allá de sus valores literarios, que los tiene y muy destacados, de un libro que recoge como pocos la vida, la vida humana con sus alegrías y sus frustraciones, con sus muchos motivos para la felicidad y sus, desgraciadamente, irrebatibles argumentos para la tristeza. Se trata de En lugar seguro, el primer libro editado en España, han llegado otros, de su autor, el hasta hace poco para mí desconocido, Wallace Stegner. La novela se publicó, con traducción de Fernando González, en la ejemplar editorial Libros del Asteroide, precedida de un breve aunque sustancioso prólogo del escritor Ricardo Menéndez Salmón.

En lugar seguro cuenta la historia de dos matrimonios, los Morgan, Larry y Sally, y los Lang, Sid y Charity, desde que se conocen, a finales de la década de los treinta del pasado siglo, en medio de la Gran Depresión norteamericana, hasta 1972, año en el que, por razones que no querría desvelar, la fuerte unión, el indisoluble grupo que han formado a lo largo de tres décadas y media va a separarse inexorable y definitivamente. El relato es narrado por Larry Morgan, que da cuenta retrospectivamente de los acontecimientos vividos, algunos en común, otros de modo exclusivo por él y su pareja, durante esos más de treinta años, aunque en el libro hay capítulos en los que Larry transcribe experiencias no presenciadas directamente, en primera persona, sino relatadas o recordadas ante él por otros personajes. De hecho, en al menos un magnífico episodio del libro, la acción se adelanta incluso hasta los orígenes de la relación del matrimonio amigo, los fascinantes Sid y Charity Lang, cuyo fulminante enamoramiento y su no menos apasionada e intensa promesa de matrimonio tienen lugar, siendo ellos muy jóvenes, algunos años antes del encuentro con los Morgan, en Battell Pond, el escenario paradisíaco, el lugar seguro al que no sólo metafóricamente apunta el título de la novela.

Cuando este encuentro tiene lugar, cuando se conocen, Sid y Larry comparten como profesores universitarios parecidos afanes e idénticos sinsabores académicos en la Universidad de Wisconsin. A su vez, Sally y Charity están esperando un hijo, el primero para Sally, el tercero ya para la deslumbrante Charity. Ambas circunstancias, y sobre todo el poderoso encantamiento y la capacidad de seducción que ejercen sobre su entorno la luminosa belleza y la elegancia inocente, la estimulante alegría y la refinada educación, la amplia cultura y la enorme riqueza espiritual de los Lang convierten a los cuatro amigos en inseparables, en una amistad que llegará a durar toda la vida.

En el camino, en los muchos años de los que la narración de Larry Morgan nos informa, se alternarán lealtades y desacuerdos, alegrías y desgracias, sueños realizados y afanes por alcanzar, etapas de convivencia y largas temporadas de distanciamiento, ocasiones para la exaltación y ligeros desencuentros, pero esa amistad, la auténtica protagonista de la obra, perdurará, inquebrantable, transformando a sus protagonistas.

Por la novela, profundamente conmovedora, discurren todas las emociones humanas, el amor, la lealtad, la tristeza, el dolor, la nostalgia, la ilusión, el deseo, la ternura, la generosidad, la frustración, la entrega, el sufrimiento, la melancolía, la pasión, la amargura y tantas otras. Estamos ante cuatro personajes absolutamente magníficos, sobrehumanos, en cierto sentido, pues a mi juicio participan de ciertas formas de perfección inalcanzable. Pero por otro lado, como se resalta en el fragmento con el que os dejo como cierre a esta reseña, son gentes sencillas, individuos normales, sin especiales pretensiones, sin ambiciones extravagantes, personas excelentes quizá por su vivencia extraordinaria de una existencia relativamente común. Sin embargo, lo que los magnifica, hasta el punto de dejar en nosotros un recuerdo imborrable, es su entusiasmo, su voluntad decidida de trascender, podríamos decir, la mediocre realidad, su inquebrantable convicción, su fe en la vida, su deseo de convertir su paso sobre la tierra en la ocasión para una experiencia mejor, más digna, memorable, más plena y fecunda, grandiosamente humana. El caos es la ley de la naturaleza; el orden es el sueño del hombre, es el principio inspirador que se recoge en una cita del libro. Y conscientes de ello, los personajes de la novela luchan lúcidamente por imponer un orden bellísimo y feliz al terrible y destructor caos consustancial a nuestra naturaleza. Y casi todos lo logran. Cuando al término del libro, el narrador, trasunto del propio autor, se pregunta por todos los amigos, por todos los conocidos, por todos los allegados con los que coincidió en su aventura vital, imagina su destino, su futuro, su legado -qué habrá sido de ellos, dice-, y resume en una frase el espíritu del libro dejándonos a nosotros, los lectores, un motivo esencial de reflexión para nuestras vidas: Confío en habrán hecho algo más que sobrevivir. Confío en que habrán encontrado maneras para imponer algún tipo de orden en su caos.

No deberíais perderos este En lugar seguro, una novela excepcional de Wallace Stegner publicada por Libros del Asteroide, de la cual os dejo ahora un significativo texto en el que, como digo, se encierran algunas de sus claves.

Para ilustrar musicalmente una obra que gira sobre la amistad, he elegido un clásico, You’ve got a friend, en la interpretación que hacen su creadora, una Carole King que acaba de cumplir 75 años y a la que he dedicado un programa de homenaje en Buscando leones en las nubes, mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, y que podéis volver a escuchar en su blog: buscandoleonesenlasnubes.blogspot.com.  En esta ocasión, King acompaña al piano al igualmente espléndido James Taylor.


¿Cómo hacer un libro que cualquiera quiera leer a partir de unas vidas tan apacibles como éstas? ¿Dónde están las cosas de que se incautaron los novelistas y esperan los lectores? ¿Dónde está la vida de lujos y despilfarros ostentosos, la violencia, el sexo retorcido, los deseos de muerte? ¿Dónde están las infelicidades de barrio residencial, las promiscuidades, los divorcios convulsos, el alcohol, las drogas, los fines de semana perdidos? ¿Dónde los odios, las ambiciones políticas, la sed de poder? ¿Dónde la velocidad, el ruido, la fealdad, todo lo que nos hace quienes somos y nos hace reconocernos en la literatura?

Las personas de las que estamos hablando son vestigios de tiempos más tranquilos. Han sabido comprar paz y distanciarse de la fealdad industrial. Viven parte del año tras las paredes de una universidad y en una floresta el resto de él. Su inteligencia y su tradición civilizada les protegen de la mayoría de las tentaciones, indiscreciones, vulgaridades y errores apasionados que nos atosigan y perturban a casi todos nosotros. Fascinan a sus hijos por lo decentes, lo refinados, lo clementes y comprensivos y cultivados y benevolentes que son. Y desconciertan a sus hijos porque a pesar de todo lo que tienen y son, a pesar de que a los ojos de muchos son una pareja ideal, los encuentran remotos, poco fiables, ásperos incluso. Y se han perdido algo, y lo demuestran.

¿Por qué? Porque son quienes son. ¿Por qué son tan irremediablemente quienes son? Pregunta sin respuesta, quizás imposible de responder. En casi cuarenta años ninguno de los dos ha sido capaz de cambiar al otro ni tanto así como un signo de puntuación.

Otra consideración, ésta personal y turbadora. Soy amigo suyo. Los respeto y los quiero a los dos. Aún más, nuestras vidas han estado tan enlazadas entre sí que no podría escribir sobre ellos sin escribir igualmente sobre mi mujer y sobre mí. Me pregunto si podría recrear a cualquiera de nosotros sin que mis retratos quedasen afectados de compasión o de autocompasión. La amicitiae es una corriente cristalina. Un exceso de piedad puede hacerla imbebible.

miércoles, 15 de febrero de 2017

MEG WOLITZER. LOS INTERESANTES

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro. Como cada miércoles en Radio Universidad de Salamanca sale al aire nuestro espacio en el que semanalmente os ofrecemos una recomendación de lectura. Hoy os propongo una excelente novela de una autora norteamericana a la que yo no conocía, pese a que cuenta con varias obras en su haber -algunas de las cuales, además, traducidas en nuestro país-, y con un par de ellas habiendo sido, incluso, objeto de traslación al cine. Se trata de Meg Wolitzer, cuya última publicación, la extensa y espléndida Los interesantes, ha visto la luz hace unos meses en la serie Contemporánea de Alba Editorial en traducción de Laura Vidal. Por cierto, y a propósito de la edición, la siempre cuidadosa Alba Editorial -su colección de clásicos es una maravilla, una fuente permanente de disfrute y placer, por la soberbia selección de su catálogo y por el rigor y el esmero con el que se presentan sus libros, objetos todos ellos de una pulcritud en el diseño, un cuidado en los detalles y una belleza general excepcionales-, nos ofrece en este caso una muy desmañada publicación, repleta de fallos formales -varias decenas de ellos he contabilizado en mi lectura, interrumpida de continuo por los enojosos yerros-, numerosas erratas, reiterados desajustes en las concordancias, absurdas repeticiones, constantes errores tipográficos y todo tipo de chirriantes anacolutos. No creo que sea tampoco ajena al descuidado tono general la propia traductora, con, entre otros, dos patinazos destacados, un “Va a ser un día estupendo. Nos le merecemos” o un uso, a mi juicio impreciso y forzado, de “perpetrador” como sinónimo “automático” (no metafórico o alusivo o indirecto, lo que provoca que resulte difícil de entender en una primera instancia) de “asaltante sexual”. En fin, los veinticuatro euros que cuesta el libro bien merecían algo más de celo profesional...

Es ya clásica -¡¡se ha repetido tanto!!- la frase de Stendhal que califica la novela como un espejo al borde del camino (Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Tan pronto refleja el azul del cielo ante nuestros ojos, como el barro de los barrizales que hay en el camino), un espejo que muestra la vida en todos sus aspectos, que recoge todas sus dimensiones, sus innumerables vertientes, sus luces y sus sombras -el cielo y el barro-, los momentos de exaltación y los de recogimiento, las experiencias “abiertas” y expansivas y las más íntimas y recogidas, la profunda riqueza de las emociones humanas y la complejidad de nuestros sentimientos, el brillo de la inteligencia y el horrible abismo del mal, por mostrar tan sólo un somero elenco de algunas de las inquietudes que definen nuestra naturaleza. Y es de ahí, de esa condición de “vida duplicada”, de donde emana la poderosa atracción que el género ejerce sobre los lectores pues leyendo novelas conocemos la vida que en ellas vemos reflejada, aprendemos sobre nuestra propia existencia, crecemos, expandimos nuestros horizontes siempre limitados y que sin el fecundo encantamiento de la ficción se mostrarían aún más romos, más triviales, más inanes.

Viene esta reflexión a cuenta del libro que hoy os presento, pues Los interesantes recoge, con hondura e intensidad, con una notable capacidad de penetración y un brío y un vigor narrativos formidables, la vida -la vida entera, casi podríamos decir, exagerando sólo un poco- de seis personajes neoyorquinos a lo largo de cerca de cuarenta años de su existencia. Julie Jacobson, Alf y Goodman Wolf, Ethan Figman, Jonah Bay y Cathy Kiplinger son unos muchachos que cuentan con quince, dieciséis años cuando en julio de 1974 coinciden en el campamento veraniego de Spirit-in-the-Woods, a las afueras de Manhattan. Desde esos días adolescentes hasta que casi entrados en la sesentena se encaminan a la última etapa de sus vidas, Meg Wolitzer los sigue, en más de seiscientas apasionantes páginas, y nos da cuenta -su novela un fidedigno y detallista espejo- no sólo de los aspectos “externos” de su transcurrir vital (estudios, trabajos, amistades, relaciones sentimentales, familias, enfermedades y muertes, éxitos y fracasos profesionales), sino, principalmente -y sobre el telón de fondo de esa trama argumental que los ve crecer y evolucionar en sus vivencias-, de lo más íntimo de sus personalidades: sus afanes, sus ilusiones, sus decepciones, sus angustias y sus miedos, sus entusiasmos y sus pasiones, su energía, sus amores, sus depresiones, su dolor, sus frustraciones, sus sueños, su desconcierto y su amargura, su rebeldía y su conformismo, su perplejidad y su tristeza, sus alegrías y sus esperanzas, mostrándonos, en definitiva, los más recónditos pliegues de sus almas.

En un primer capítulo deslumbrante, que justifica por sí solo la adquisición y lectura del libro, conocemos a los jóvenes en su germinal aventura veraniega. Spirit-in-the-Woods es un campamento especializado en artes escénicas y visuales. Lo abren, en 1952, Edie y Manny Wunderlich, un matrimonio obsesionado con descubrir y potenciar el talento juvenil, comprometidos ambos con el noble propósito de acercar el arte al mundo generación tras generación, y creando para ello entre bosques, en medio de la naturaleza, su pequeña utopía. Allí, Julie Jacobson, la narradora, la chica tímida e insignificante del extrarradio, la chica anodina, invisible, pánfila, tristona, ignorante, inculta, patosa, la chica de quince años y aspecto inseguro desesperada por llamar la atención, la chica vulgar con el pelo frito por la permanente, se encuentra con un grupo de adolescentes de otra clase social -más elevada-, con otra cultura y otros hábitos -más refinados-, con otra forma de estar en el mundo -más desenvuelta-, que la impresionan: El chico feo y amable, la muchacha hermosa y delicada sentada frente a ella y el extraordinariamente magnético hermano de la muchacha hermosa; también el hijo amable y de voz queda de una cantante de folk famosa y, por último, la bailarina sexualmente segura y de carácter algo difícil con la cortina de pelo rubio. No eran todos más que innumerables células que se habían juntado para conformar aquel grupo en particular, un grupo que Julie Jacobson, una chica sin nada especial que ofrecer, había decidido que adoraba. Que estaba enamorada de él y que así sería durante el resto de su vida. Juntos crean Los Interesantes, una entrañable pandilla -algo más: un exclusivo club, una fratría- de jóvenes con todos los tics de la adolescencia -la importante presencia del sexo, el romanticismo aún algo infantil, las cabezas llenas de sueños, las aspiraciones quiméricas, las inseguridades juveniles, la vivencia de los últimos días de la soledad que a menudo acompaña a la niñez, la sensación de pertenencia e identidad grupales, la pedantería, el ingenio, el atrevimiento, la suficiencia-, pero diferentes de sus coetáneos por el enorme potencial que atesoran, por sus personalidades excepcionales, por su sobresaliente talento (siendo este, el del talento, uno de los ejes principales de libro, como luego comentaré). Son, todos ellos, poco más que niños, niños que disfrutan de las excursiones nocturnas a la luz de las linternas, de los juegos del campamento, de las noches compartidas en los tipis -las tiendas de campaña indias-, de los triviales coqueteos con las drogas, de los primeros indicios de la atracción sexual, incluso de, como indica Ethan, los chistes sobre eructos, aunque su brillante ingenio y su destacada inteligencia los lleven a finalizarlos con una mención a Kierkegaard. Y se encuentran y aprecian afinidades y se entienden y se quieren y se agrupan porque el mundo era insoportable y ellos no. Son los Interesantes: De hoy en adelante y puesto que somos las personas más interesantes que han pasado por este puto mundo -dijo Ethan-, puesto que somos tan irresistibles y tenemos los cerebros a punto de estallar de pensamientos intelectuales, nos vamos a llamar los Interesantes. Y que la gente con la que nos crucemos se caiga muerta de lo interesantes que somos, joder.

Interesantes, encantadores, irresistibles, más que probables “triunfadores” -en la peculiar nomenclatura estadounidense del éxito-, los protagonistas del libro son jóvenes con un excepcional talento, y ese es, en cierto modo, el tema principal de la novela: ¿qué hacemos con los “dones” que los genes o el destino o la naturaleza o las no se sabe si existentes fuerzas primigenias nos han otorgado? La mayoría de las personas no tiene talento, se dice en un momento de la obra. Pero también, el talento podía tomar muchos caminos distintos, dependiendo de las fuerzas que actuaran sobre él y dependiendo de la economía, de la disposición y de la fuerza más abrumadora y determinante de todas: la suerte. La novela entera es un conmovedor relato de lo que todas esas fuerzas hacen de la excepcional capacidad de esos privilegiados jóvenes.

En ese extraordinario capítulo inicial en el que asientan las bases de la novela y en el que se concentran bastantes de sus claves, asistimos a la narración de ese deslumbramiento iniciático de la “normalita” Julie (tener solo un poco de talento -dice la cita de Mary Robinson que abre el libro- era algo horrible, una tortura... ser solo un poco especial te hacía esperar casi siempre demasiado) por sus talentosos y “diferentes” compañeros. La brillantez, el encanto, la soltura, la belleza, la inteligencia, la cultura, la personalidad arrebatadora de los chicos -que para su sorpresa acaban aceptándola en el grupo y reconociéndola como amiga-, tan distintos a lo acostumbrado en su entorno habitual -una madre y una hermana de vidas mediocres y sin alicientes, el padre fallecido, un hombre gris muerto a los cuarenta y dos años- alteran para siempre la sensibilidad de la joven, moldean su carácter, despiertan en ella nuevas inquietudes, la convierten en alguien en cierto modo diferente (Aquel verano le había expandido el alma. Porque ahora estaba abierta a una clase de música que antes no habría escuchado jamás, a novelas difíciles (...) que antes no habría leído y a una clase de personas que antes no habría tenido la oportunidad de conocer). Al acabar el verano Julie será otra; encandilada, cambiará su nombre por el de Jules, más sofisticado. Había llegado allí como Julie y se marchaba como Jules, una persona con criterio.

A partir de esa experiencia inaugural, la autora nos cuenta -como se ha dicho- la vida de los jóvenes y la evolución de su amistad. Había seis personas en aquella construcción cónica de madera -el tipi del campamento- e iluminada por una única bombilla. Se volverían a reunir siempre que pudieran durante el resto del verano y con frecuencia en Nueva York durante el año y medio siguiente. Pasarían un verano más todos juntos. Después, durante los más de treinta años siguientes, solo cuatro de ellos se reunirían siempre que pudieran, pero entonces, claro, sería algo totalmente distinto. La novela describe de un modo magnífico el transcurso de esas tres largas décadas y el desarrollo de esos lazos afectivos juveniles y su conversión en ese “algo totalmente distinto” del que habla el fragmento precedente.

Y así, el libro avanza y el pasado va quedando atrás y llega la juventud y los amigos experimentan los furiosos -y pese a ello a veces casi imperceptibles- embates de la vida y se harán adultos (y los años se acortarían y pasarían volando. Entonces no faltaría mucho para que todos se sintieran perplejos y tristes por haber alcanzado su yo adulto más denso, definitivo, sin apenas posibilidad de reinvención) y aparecerá la decepción (siempre he tenido la sensación de que uno se pasa la vida como... preparándose para los grandes momentos, ¿sabes? Pero cuando llegan, a veces no te sientes nada preparado, o incluso resulta que no son como habías pensado. Y eso es lo que los hace extraños. La realidad es realmente distinta de la fantasía), y la nostalgia por aquellos días de infancia, vividos mucho tiempo antes de la perplejidad, de la tristeza y la irreversibilidad actuales, y los recuerdos melancólicos (lo más emocionante de aquella época era el hecho de que eras joven), y la frustración por los proyectos rotos y por la imposibilidad de estar a la altura a la que apuntaban las capacidades y la ilusión y los sueños que se adivinaban en la infancia: la idea de que uno puede tener grandes sueños que quizá no se cumplan nunca. De que uno, sin darse cuenta, vaya haciéndose cada vez más pequeño. Y la vida los aleja y vuelve a acercarlos y todos se desperdigaban, se dispersaban, continuaban siendo amigos, pero empezaban a familiarizarse con una realidad que tenía un aspecto muy distinto cuando se enfrentaba a solas.

Veinticinco años después los afanes juveniles se atemperan, la vida apaga el entusiasmo, frena los impulsos, rebaja la fuerza, agosta el talento, condena a la mediocre madurez, obliga a la rendición: No hacía falta ser siempre el que deslumbra, el explosivo, el que hace partirse de risa a la gente, con el que todos quieren acostarse o el que escribe e interpreta una obra de arte que todos ovacionan. Podías dejar de obsesionarte con la idea de ser interesante.

Si a la detallada descripción de las existencias de los seis chicos añadimos un telón de fondo salpicado de acontecimientos de la vida norteamericana, con el impeachment de Nixon y Vietnam y la expansión del sida y Reagan y la guerra del Golfo, entre otras muchas referencias; y si además, el universo artístico e intelectualizado de los amigos se desenvuelve entre obras de teatro y citas de escritores y libros e infinidad de canciones que pueblan la banda sonora del libro; y si todo ello rebosa emoción y dulzura, inteligencia y sensibilidad, potencia narrativa y extraordinaria capacidad de penetración en la mente y el alma humanas, el resultado es una novela espléndida que no deberíais dejar de leer y que os recomiendo con entusiasmo.

Los interesantes se abre con una muy apropiada cita de Bob Dylan’s dream, una canción de una álbum clásico de Bob Dylan, The freewheelin’, publicado en 1963: En un tren camino al oeste cerré los ojos para descansar y tuve un sueño que me entristeció sobre mí y los primeros amigos que tuve. La triste pero intensa balada del último premio Nobel de Literatura cierra por hoy nuestro espacio.


Repasó mentalmente lo que había sido de los seis amigos de aquel primer verano, reunidos todos ellos bajo los auspicios del talento. Una se había convertido en una directora teatral ingeniosa y honesta que empezaba a darse a conocer, aunque ¿lo habría logrado de no haber contado con el trampolín del dinero de sus padres primero y de Ethan después? Probablemente no. Otro había renunciado a su talento musical por razones desconocidas y seguía siendo enigmático incluso para las personas que le querían. Otra había nacido con un gran talento para la danza pero, por un accidente biológico, tenía un cuerpo que no se correspondía con ese talento pasada cierta edad. Otro había sido encantador, privilegiado y holgazán, con el potencial de construir cosas pero también con el impulso de destruirlas. Otro -él mismo- había nacido “con talento de verdad” como escribía la gente en reseñas y semblanzas. Aunque Ethan no había nacido con privilegios, se había beneficiado de algún que otro trampolín a lo largo de su vida, aunque el talento que poseía era suyo y de nadie más. Existía antes de que apareciera el trampolín. (...) Luego quedaba la última integrante del grupo de amigos de Ethan, que no había sido lo bastante buena para hacer reír en el escenario y había tenido que cambiar de actividad, desarrollando una aptitud más que un arte.